Lo que el fuego no devuelve Capítulo 32
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Capítulo 32

Salgo de la Foia a las cuatro y once de la madrugada con una lámpara de mano de catorce euros en el bolsillo de la chaqueta, cogida de la balda de la almazara sin encender la luz de dentro, y hago los cuarenta y ocho kilómetros hasta la carretera del puerto en treinta y nueve minutos.

Tres palabras. Ni hola, ni dónde estás, ni ven. Trae la lámpara.

Un hombre que baja una sierra de noche con un objeto de catorce euros en el bolsillo porque se lo ha pedido alguien que hace diecisiete días le escribió el apellido en un impreso por orden alfabético es un hombre que no está calculando nada, y yo llevo desde los once años calculando, y en treinta y nueve minutos de curvas y de recta no hago una sola cuenta.

A las cuatro y cincuenta paro en el arcén de la carretera del puerto, cincuenta metros antes de la entrada, y apago las luces, y desde aquí se ve la explanada de tierra compactada de la nave del kilómetro cuatro con la puerta seccional verde subida entera, la luz blanca de fluorescente industrial saliendo por el hueco hasta media explanada, dos carretillas trabajando dentro y, aparcados en batería y con el morro hacia fuera, dos tráileres con el remolque abierto, un turismo gris que no conozco y el coche de mi tía; y a doscientos metros, en el camino de servicio de los naranjos, un coche parado con el morro hacia la salida y un hombre dentro que ha elegido ese sitio él solo.

Entro andando por la explanada.

———

Dentro de la nave hay siete personas.

Mi tía Neus está de pie junto a la primera fila de palés, con una chaqueta de punto y la carpeta de anillas debajo del brazo, a las cinco menos ocho de la mañana de un jueves de junio, y esta mujer se levanta a las seis y media desde que entró en esta casa.

Mi primo Ximo está tres metros detrás de ella, con el móvil en la mano y sin hacer fotos.

Hay dos conductores junto a las cabinas, de los nuestros, que me miran y bajan la vista los dos a la vez.

Hay un hombre de unos cincuenta años con una carpeta de plástico y un chaleco reflectante que no es de esta casa. Y hay un chaval con la carretilla.

Y en el centro, entre la segunda y la tercera fila, con un mono azul que le viene grande, las cejas blancas de polvo y el canto de la mano derecha levantado en dos sitios, está Ona Falguera Miravet, que ha entrado por su propio pie por esa misma puerta seccional cuatro minutos antes que yo.

Me pongo a la derecha del hombre del chaleco reflectante, que es donde hay que ponerse cuando uno quiere oír bien a alguien a quien no ha visto nunca, y desde ahí me quedan mi tía a seis metros y ella a nueve, y ahí me quedo, y eso va a ser todo lo que yo haga en esta nave en los diecinueve minutos siguientes.

— Buenos días — dice Ona.

— Señora Falguera — dice mi tía.

— Cuatro palés. Los del fondo de la primera y la segunda fila, los que están señalados con esa etiqueta — y levanta el brazo y los señala uno a uno, con el índice, sin prisa —. Que me los baje el chico a la playa de aquí delante y que los ponga en el suelo. Y después que apague la carretilla.

— No.

— Neus — digo yo.

Mi tía Neus no gira la cabeza hacia mí. Se ajusta el puño de la chaqueta de punto y mira a Ona a metro y medio de distancia, que es la distancia a la que se pone esta mujer de todo el mundo desde hace cincuenta y dos años.

— La carga está precintada, el CMR está hecho y el certificado de ensayo lo firmó usted misma el 18 de mayo a las diez y cuarenta y uno — dice —. Esa carga sale a las cinco.

— Esa carga sale a las cinco — repite Ona —. Yo no he dicho que no salga. He dicho que bajen cuatro palés al suelo. Cinco minutos.

— ¿Y después?

— Después la cargan y sale.

Y hay un silencio de tres o cuatro segundos en una nave de mil doscientos metros con dos carretillas paradas y siete personas, y mi tía Neus hace una cosa que le he visto hacer dos veces en cuatro meses, que es levantar las cejas un milímetro y bajarlas.

— Bájalos — dice.

———

El chaval baja los cuatro y los pone en fila en el suelo de hormigón, delante de todos, y apaga la carretilla y se aparta cinco pasos con ese gesto de quien no quiere que le pregunten nada, que en las fábricas de esta provincia es un gesto muy antiguo; y mientras se aparta, Ona Falguera se saca del bolsillo del mono un cúter de los de un euro y le saca la hoja con el pulgar hasta el tercer diente.

— Esto lo hago yo y lo hago despacio, y quiero que lo vean los siete — dice —.

El 9 de febrero, a las siete y veinte de la mañana, yo hice esto mismo en la zona de recepción de muestras del laboratorio de Valdús, sola, con un palé del lote 4471 que pesaba mil trescientos diez kilos y tenía que pesar mil cuatrocientos ochenta.

Corta el film por la esquina de arriba, con dos cortes limpios en ángulo y sin tocar la etiqueta impresa, sube la mano por encima de la última cantonera igual que se mete la mano en un sitio del que uno ya sabe lo que va a sacar, y retira el cartón.

— Ciento setenta kilos son seis cajas y pico, y seis cajas, en este formato y sobre un palé europeo, no son seis cajas sueltas por ahí perdidas. Son una fila. La de arriba.

Y aparta el cartón del todo.

Debajo no hay una placa de aglomerado.

Debajo hay dieciocho porcelánicos de sesenta por sesenta rectificado gris perla, tumbados, uno junto a otro, con la cara buena hacia abajo y el reverso hacia arriba, ocupando exactamente el hueco que dejarían seis cajas.

— Ahora este palé pesa mil cuatrocientos cincuenta y nueve — dice Ona Falguera —.

Y el albarán dice mil cuatrocientos ochenta.

Veintiún kilos de diferencia son humedad, tara y madera.

Es la primera vez desde febrero que un papel de esta casa y una carga de esta casa dicen lo mismo, y lo he arreglado yo esta noche a mano en sesenta y ocho minutos.

— Eso se arregla — dice mi tía.

— Todavía no ha visto usted lo que hay que arreglar.

———

Y entonces esta mujer hace lo único que sabe hacer, que es lo único que hacía falta hacer en esta nave a estas horas y que no se le ha ocurrido a nadie más en cuatro meses, porque a ninguno de los siete que estamos aquí de pie se nos ha ocurrido nunca mirar una baldosa con otra luz que la del día.

— Que alguien apague los fluorescentes de esta crujía y de la de al lado — dice —. El cuadro está en la pared del testero sur, a la derecha de la puerta pequeña. Los dos primeros automáticos.

No se mueve nadie: ni los dos conductores, que llevan doce y nueve años en la casa; ni el hombre del chaleco reflectante; ni el chaval de la carretilla, que es el único de los siete que querría moverse.

Los apago yo.

La nave del kilómetro cuatro a las cinco menos dos de la mañana de un 4 de junio, con la puerta seccional del testero norte subida y el cielo por el lado del mar empezando a ser gris, se queda en esa penumbra azul de los sitios grandes que no está oscura del todo y en la que aún se distingue una cara a cuatro metros.

Ona Falguera se saca del otro bolsillo del mono una lámpara de mano de catorce euros de las que se compran en cualquier ferretería, exactamente igual que la que llevo yo en el bolsillo de la chaqueta desde las cuatro y once de la madrugada y que he bajado cuarenta y ocho kilómetros de sierra y de recta creyendo que hacía falta.

Y la enciende, y la baja sobre el palé abierto, y en el suelo de hormigón de una nave de consolidación de carga de la carretera del puerto, dieciocho porcelánicos gris perla que a la luz del día no son nada se encienden a la vez en un violeta sucio con los bordes rosas, y el chaval de la carretilla dice una palabra en voz baja que se oye en toda la crujía.

— Esto es un esmalte — dice Ona, y no levanta la voz, y en esta nave no hace falta —.

Lleva tres óxidos de tierras raras en una proporción que no es redonda ni deducible y que me inventé yo en marzo.

No cambia el tono, ni el brillo, ni la absorción, ni el calibre, y no lo saca de una línea ni una clasificadora con veinte años.

La fórmula está fechada, firmada y depositada, con el bote de origen y la factura de compra pagada con mi dinero, y esa cadena la autentica cualquier laboratorio del mundo en una tarde y no la reproduce ninguno.

Levanta la lámpara y la pasa por encima de las dieciocho piezas, despacio, de un extremo a otro, y el violeta va girando con ella.

— Estas dieciocho salieron del horno a la una y cuarenta y ocho de esta madrugada.

Mil ciento noventa grados, cuarenta y dos minutos de meseta.

Hay un cuaderno de ensayos cosido, abierto ayer a las siete y cuarto de la tarde y firmado por la jefa del laboratorio central de este grupo, con la lectura de cada media hora y el documento de identidad de cada persona que había dentro.

— ¿Y dónde se coció eso? — dice el hombre del chaleco reflectante, que abre la boca por primera vez.

— En el horno de rodillos de la planta de Betxí — dice Ona —. La Vella. Precintada judicialmente desde el 14 de agosto de 2019, con sentencia firme, con dos muertos y con un acta de precinto firmada por un secretario judicial.

El hombre del chaleco reflectante cierra su carpeta de plástico, se la mete debajo del brazo y da dos pasos hacia la puerta seccional sin que nadie le haya dicho nada, que es lo que hace la gente de fuera cuando entiende una cosa antes que la gente de dentro.

— Usted quieto — dice mi tía, y no le sale.

———

Y aquí es donde Ona Falguera hace la segunda parte, que es la que llevo desde el 13 de mayo esperando oírle decir en voz alta delante de alguien que no sea yo.

— Y lo de esta noche no es lo importante — dice —. Lo de esta noche solo demuestra que ese horno cuece hoy. Lo importante es el reverso.

Coge una de las dieciocho, la levanta con las dos manos y la pone de canto contra su cadera, con el reverso hacia la gente, y la ilumina con la lámpara apagada, quiero decir, con la linterna blanca del móvil, y baja la luz a rasante.