Lo que el fuego no devuelve Capítulo 31
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Capítulo 31

Un esmalte se aplica a campana, en cortina, sobre una pieza que baja por una cinta a velocidad constante, y la cortina tiene que ser continua y tiene que caer siempre a la misma altura, y como aquí no hay línea ni hay cinta ni hay campana, lo que hay es una mesa de rodillos libres de tres metros, una regla de acero, dos brochas de pelo de buey y ciento veinte piezas de sesenta por sesenta que hay que velar a mano una por una sin que se note.

Rampa, meseta y enfriamiento. Las tres cosas, en su sitio, como se hace.

Quico Arnau está delante de la mirilla siete con las manos en la espalda y el cigarro apagado detrás de la oreja.

Salió de Vila-real el martes a mediodía firmando un papel que el médico le dio a firmar con la cara torcida, y subió aquí el miércoles a las seis con la petaca, un termo y un mono azul de los suyos que huele a armario, y en cuatro horas no se ha sentado.

— Quico, siéntese.

— Estic bé.

— No es una pregunta.

— Xiqueta — dice, sin apartar el ojo de la mirilla —. Jo este forn el vaig encendre per primera vegada el nou de març del noranta-quatre i el vaig apagar l'últim dia del dihuit, i mentres puja no m'assente. Después ja m'assentaré, i em quedaré assentat un any.

———

Amparo Segarra llegó a las siete con su coche y con una bolsa de tela, y de la bolsa sacó tres cosas y las puso encima de la mesa de la vieja sala de clasificación, una al lado de otra, cuadradas con el borde.

La primera es el cuaderno de ensayos de La Vella de 2019, el original, el de tapas de hule y hojas cosidas, el que ha pasado seis años y nueve meses debajo de una lámpara en una mesa camilla de Vila-real.

La segunda es un cuaderno de ensayos nuevo, sin estrenar, de tapas de hule y hojas cosidas y numeradas de fábrica, de los que compra esta casa desde el dos mil siete en una papelería de Onda por catorce euros con setenta.

Y la tercera es un tampón de caucho con la leyenda del laboratorio central y una almohadilla de tinta azul de las que hay que humedecer con dos gotas antes de usarlas, y ese tampón es de ella, personal, y lo compró en el noventa y ocho porque el de la casa se había gastado y tardaban cuatro meses en pedirlo.

— Lo que hagas esta noche vale lo que valga el papel que lo acompañe — dijo, y se puso las gafas, y abrió el cuaderno nuevo por la primera hoja —.

Y esto lo va a mirar un perito y luego un instructor y luego un abogado que va a cobrar por buscarle el fallo.

Así que aquí se apunta todo. La hora de entrada.

Quién hay dentro y con qué documento de identidad.

El número de serie del pirómetro. La procedencia de cada pieza con su etiqueta.

El bote de esmalte con su lote y su factura.

Y cada media hora, la lectura, aunque no pase nada.

— Amparo, son las siete de la tarde de un miércoles.

— Apunta la fecha — dijo Amparo Segarra.

Y a las siete y cuarto de la tarde del 3 de junio, en la primera hoja de un cuaderno de catorce euros con setenta, en una fábrica precintada judicialmente desde el 14 de agosto de 2019, la jefa del laboratorio central de un grupo cerámico de la Plana abrió por su mano un ejercicio nuevo y firmó la apertura con una A, una S y una raya debajo.

Después se ha pasado seis horas seguidas apuntando en esa hoja con el lápiz que lleva clavado en el moño, media hora a media hora, sin saltarse ninguna y sin levantarse más que para ir a mirar el número de serie del pirómetro por segunda vez, y no ha tocado una pieza.

———

Las ciento veinte piezas salen de la playa de esta misma nave, de dos palés que llevan aquí desde marzo con su film, su cantonera y su etiqueta impresa: gris perla, sesenta por sesenta rectificado, calibre uno, tono B, con un código de producto que no existe en el maestro de artículos de Gres Valdús y que existe en las tres últimas expediciones del kilómetro cuatro.

O sea, el mismo material que va dentro del 5102.

Las velo a mano, de una en una, con el esmalte del bote blanco de Cromalt diluido a mil doscientos de densidad y aplicado en dos pasadas cruzadas, doce gramos por pieza pesados en la balanza, y a la sexta ya no necesito la balanza porque la mano lo sabe, y aun así peso las ciento catorce que faltan, porque el día que alguien me pregunte si pesé todas quiero poder abrir el cuaderno por esta página.

A las doce y media entran en el horno por la boca de la cinta, tumbadas sobre los rodillos, de una en una y con veinte centímetros entre pieza y pieza, y a partir de ahí es el horno el que manda y no manda nadie más, y a la una y veinticinco empiezan a salir por el otro extremo, a ciento cuarenta metros de aquí, y hay que ir andando hasta allí porque en esta nave no hay ninguna otra manera de saber si han salido.

Y lo que sale, a la luz de tres focos de obra en una nave de ciento cuarenta metros, es exactamente lo que tiene que salir, que es nada: ciento veinte porcelánicos gris perla de sesenta por sesenta rectificado, calibre uno, tono B, que no se distinguen de los otros ochenta mil que hay en esta playa ni con la carta de color delante, y que llevan dentro tres óxidos de tierras raras en una proporción que no es redonda ni deducible.

Las saco con los guantes de horno de los buenos, de doce en doce, a ciento ochenta grados todavía, y las apilo en dos palés de madera, y a la sexta tanda el guante de la mano derecha ya no aísla nada y a la novena me quema el canto de la palma y sigo, porque el enfriamiento del carro tarda cuarenta minutos y yo no tengo cuarenta minutos.

Setenta y dos para los cuatro palés. Cuarenta y ocho de testigo, envueltas en papel de burbuja, numeradas por detrás con lápiz de grafito y apuntadas en el cuaderno nuevo con su hora de salida del horno.

Amparo Segarra cierra la hoja a la una y cincuenta, echa una raya horizontal debajo de la última lectura para que no se pueda añadir nada después, la firma con su A y su S y su raya, me pasa el cuaderno girado y el bolígrafo con la punta hacia ella, y firmo yo debajo.

— Ya está — dice.

— Ya está.

— Reina — se quita las gafas y las deja colgando del cordón —. En once años no te he dicho nunca que hagas una cosa ni que dejes de hacerla.

— No.

— Pues no te lo voy a decir hoy tampoco — coge el termo, lo destapa y no se sirve nada —.

Pero yo esta noche me he traído la bolsa de tela con tres cosas, y me he traído también el bolso, y en el bolso hay una bata limpia y un cepillo de dientes.

Y eso lo he metido yo esta tarde en mi casa, a las seis menos cuarto, sabiendo lo que metía.

———

Núria me llama a las once y cuarenta de la noche, en mitad de la sexta pasada de esmalte, y contesto con el manos libres y la brocha en el aire.

— ¿Puedes hablar?

— Puedo escuchar.

— Vale, pues escucha, que esto lo he ensayado tres veces en el autobús — dice, y se oye que está andando por la calle Enmedio, por el ruido de las persianas —.

Hoy a las once y veinte he entrado en la unidad de Vigilancia Aduanera de Castellón y he dejado un sobre a nombre de Raquel Benlloch, en mano, con mi carné, y me han dado un papel con un sello de registro de entrada y la hora.

Y a las dos menos cuarto he llamado al timbre de una casa de la calle Sant Josep de Onda con una puerta de garaje verde, y he esperado seis minutos, y he dejado el mismo sobre en la mano de un señor mayor con las gafas colgando de un cordón. En la mano. No en la garita.

Dejo la brocha en el bote.

— Núria.

— Espera, que falta lo de dentro — dice —.

Copia de la hoja del trece al catorce de agosto de la libreta del señor de Betxí.

Copia de la última hoja escrita del cuaderno de hule con las tres líneas.

La foto del reverso de la pieza con los milímetros acotados y la otra al lado, las dos a la misma escala, que estaban en el sobre marrón del cajón de abajo de tu escritorio. Y una hoja mía.

— ¿Qué pone en tu hoja?

— En la de la señora del chicle pone: esto es de la técnica que no le contestó a usted en abril, mírelo el jueves. Y en la del señor mayor pone otra cosa.

— ¿Qué pone, Núria?

— Pone: la letra de las tres líneas es de mi padre. Y firmado, con mis dos apellidos.

Y me quedo de pie en una nave de Betxí a las once y cuarenta y tres de la noche, con la mano derecha llena de esmalte y ciento veinte piezas alineadas en una mesa de rodillos, y no me sale nada durante cinco o seis segundos.

— Yo no te lo he pedido.

— Ya lo sé — dice mi hermana —. Por eso lo he hecho yo.

— Núria, eso te pone dentro.

— Ona, es que yo ya estaba dentro — y se ríe, y se ríe de verdad, porque lleva veintidós años riéndose en el sitio exacto donde no hay que reírse —.

Llevo dentro desde los dieciséis. Lo único nuevo es que ahora hay un papel con mi firma, que es como estáis todos vosotros desde febrero y parecéis muy contentos.

— No estoy contenta.

— Tú tranquila, eh — dice, y cuelga.

———

Benet Gimeno para a doscientos metros de la nave del kilómetro cuatro a las dos y cuarenta de la madrugada, en el camino de servicio del campo de naranjos, con el morro hacia la salida, que es él quien lo decide y quien elige el sitio.

Nos bajamos con dos palés de mano de los pequeños, una caja de herramientas, un rollo de film de embalar del mismo ancho y del mismo micraje que el de la nave, un cúter, una linterna frontal y setenta y dos piezas repartidas en cuatro cajas de cartón que pesan cincuenta kilos entre las dos manos y que hay que cruzar doscientos metros de tierra sin luz.

— Trenta minuts, li vaig dir — dice.

— Setenta.

— Setanta no.

— Setenta, Benet, y no lo discuto — me cuelgo la caja del hombro —. Un palé bien abierto y bien cerrado son quince minutos. Uno mal cerrado son seis años.

Abre la puerta pequeña del testero sur con su llave, que es una llave que tiene desde 2023 porque él firma las hojas de ruta que salen de aquí, y entra delante y enciende un fluorescente de la tercera crujía y nada más.

Y ahí están, en el centro de la nave, flejados, filmados, con la cantonera puesta y la etiqueta impresa pegada en dos caras: sesenta y ocho palés de gris perla de sesenta por sesenta rectificado, lote 5102, en tres filas de veintidós y una de dos, con el CMR en una funda de plástico colgada del primero.

Los cuatro que busco están en el fondo, en la primera y la segunda fila, que es donde se carga lo que se descarga el último y lo que nadie mueve en una inspección de rutina, y eso lo sé desde el 16 de abril por un papel escrito a boli con sesenta y ocho pesadas en dos columnas.

Corto el film del primero con el cúter por la esquina de arriba, subo la mano por encima de la última cantonera y ahí está lo que ya sabía el 9 de febrero a las seis y veinte de la mañana con un albarán en la mano.

No hay fila de arriba. Hay una placa de aglomerado del grosor exacto de una caja tumbada, sujeta con cinta al bloque de abajo, y debajo, en el hueco que dejarían seis cajas de porcelánico, dos cubos industriales de plástico blanco con la tapa sellada y encajados en espuma.

No los abro. No los muevo. No los toco.

Un tercio de mi trabajo consiste en saber qué no hay que tocar hasta haberlo apuntado, y otro tercio en saber qué sí, y el tercero en no confundir las dos cosas a las tres de la madrugada con una linterna en la frente y sesenta y ocho minutos por delante.

Quito la placa de aglomerado, la dejo de canto contra la pata del palé y pongo en su sitio, tumbadas, una junto a otra, con la cara buena hacia abajo y el reverso hacia arriba, dieciocho piezas de sesenta por sesenta rectificado gris perla calibre uno tono B, cocidas esta noche a mil ciento noventa grados durante cuarenta y dos minutos en un horno de rodillos de una fábrica que lleva precintada desde el 14 de agosto de 2019.

Vuelvo a poner el cartón. Estiro el film con la palma hasta que la esquina cortada queda debajo. Dejo el palé como estaba, que es lo más difícil de todo.

Ciento cuarenta y nueve kilos.

Ese palé pesaba mil trescientos diez y ahora pesa mil cuatrocientos cincuenta y nueve, y el albarán dice mil cuatrocientos ochenta, y veintiún kilos de diferencia en un palé de veinticuatro toneladas de camión son humedad, tara mal cogida y madera, y eso no lo mira nadie, y por primera vez desde el 9 de febrero ese papel y esa carga se parecen.

Hago los cuatro, uno detrás de otro, sin descansar entre uno y otro y sin volver a mirar los cubos, y tardo sesenta y ocho minutos, y de los sesenta y ocho, once los gasto en el tercero, porque en el tercero el film está puesto al revés y la esquina cortada me queda a la vista y hay que rehacerlo entero.

———

A las cuatro y diez de la madrugada del jueves 4 de junio salgo por la puerta pequeña del testero sur y cruzo los doscientos metros de tierra compactada hasta el camino de servicio con las manos metidas debajo de las axilas, porque el canto de la palma derecha lo tengo levantado en dos sitios y me está empezando a doler ahora, que es cuando duele siempre.

El cielo por el lado del mar ya no es negro del todo. Huele a naranjo mojado del riego de la noche y a gasóleo de la carretera del puerto, y desde aquí, entre los árboles, se ven la explanada de tierra compactada y el testero norte con la puerta seccional verde.

Benet Gimeno enciende el motor y no arranca, y se queda con las dos manos en el volante mirando la explanada por el retrovisor, que es lo que hace este hombre cuando lo que toca es esperar y él ya ha hecho lo suyo.

Saco el móvil, busco el número, lo miro cuatro segundos con el pulgar encima de la pantalla y llamo por primera vez desde las diez y cuarenta y uno de la mañana del 18 de mayo, que son diecisiete días y dieciocho horas.

Contesta al primer tono, y no dice hola.

— Ona.

— Trae la lámpara.