Capítulo 30
En el cajón de la derecha, el de las llaves, que es un cajón de cocina con un ovillo de bramante, un destornillador y dos pilas gastadas, hay un llavero de tres llaves colgado de una alcayata interior y un hueco donde había una cuarta, y ese hueco se ve porque el hierro de la alcayata está limpio en un punto y oscuro en los demás.
— Jaume.
— Ya lo veo.
— Ahí fora hi ha el cotxe d'ella — dice Benet desde la puerta —. En l'explanada. Fred del tot. Porta ahí dos hores o tres.
———
Salimos a la explanada y desde ahí, en la fachada norte de La Vella, hay una escalera exterior de chapa que sube a la oficina y una puerta pequeña arriba abierta de par en par, y por los lucernarios de la nave grande sale una luz blanca de fluorescente industrial que no debería salir de un edificio precintado judicialmente desde el 14 de agosto de 2019, y por encima del remate desportillado de la chimenea de cuarenta metros hay una columna de aire temblando que a esta hora y con este cielo se ve contra las estrellas y que en marzo, con la palma en el ladrillo de la base, me pareció una cosa y esta noche me parece otra.
Subo la escalera de dos en dos. La oficina es un pasillo con dos mesas, un archivador y polvo de seis años, y al fondo hay una puerta de doble hoja que da al pasadizo que baja a la nave, y en el pasadizo el aire ya viene de otra manera: seco, con ese peso caliente que se te mete por la nariz y por las orejas y que es lo primero que aprende a reconocer un crío que entra en una fábrica cerámica, y que no se parece al calor de agosto en nada.
La nave grande de La Vella tiene ciento cuarenta metros de largo, cinco crujías y un horno de rodillos que la recorre entera, de ciento diez metros de longitud útil, con la bóveda revestida y una fila de mirillas cada seis metros por la cara sur; y la sala de control es un habitáculo de cuatro por tres con las paredes de bloque hasta media altura y cristal por arriba, con un pupitre de mando de los de finales de los noventa, dos pantallas de fósforo verde de las que ya no se fabrican y una silla giratoria a la que le falta un brazo.
Ona Falguera está sentada en esa silla con un mono de trabajo azul que le viene grande, el pelo recogido con la goma, un guante de horno de los gordos en la mano izquierda y el cuaderno abierto en las rodillas, y no se gira cuando entro: levanta la mano derecha y la deja levantada, y esa mano quiere decir espera, y espero, que es lo que se hace cuando el que está delante del pupitre sabe lo que hace y el que está en la puerta no.
Tarda cincuenta segundos en teclear una cosa en el pupitre, mirar la pantalla de la izquierda y apuntar en el cuaderno una hora y un número.
— ¿Qué hay? — digo.
— Mil ciento sesenta y cuatro en la zona nueve y bajando doce grados cada diez minutos, que es todo lo que le puedo bajar — dice, y sigue sin girarse —.
Llegué a las diez y cuarto. Cuando llegué estaba en mil doscientos ochenta y subiendo, con las cuatro zonas de arriba en llama y la extracción cerrada.
— ¿Cerrada?
— El tiro está cerrado desde la sala de máquinas y la sala de máquinas está en la otra punta, detrás del enfriamiento, y tiene un candado por fuera que no es de aquí — y ahí sí gira la silla, y tiene la cara colorada del calor y las cejas blancas de polvo y una marca de la goma del guante en la muñeca —.
Llevo tres horas bajándole la curva desde este pupitre y desde este pupitre no se abre el tiro. Es lo primero que miré.
— Ona.
— Y una cosa más, y esto lo dices tú a los tuyos y lo dices ahora, porque no lo voy a repetir — se levanta de la silla —.
Cuando se abra esa puerta, la corriente se corta por orden.
Primero gas, la llave amarilla de la pared del fondo.
Luego quemadores. Y el general, el último, y solo después de que giren los ventiladores de enfriamiento tres minutos.
Si alguien tira del general el primero, esta bóveda se me viene abajo con lo que tenga dentro.
Benet Gimeno, que ha bajado detrás de mí y que lleva dos minutos parado en el hueco de la puerta de la sala de control sin decir una palabra, se descuelga la linterna del cinturón, la enciende contra la palma para comprobar la pila y se la vuelve a apagar, que es lo que hace este hombre antes de meterse en cualquier sitio desde que llevaba tráiler a Argelia.
— Jo sé on està eixa sala — dice —. Jo de xiquet jugava ahí.
———
La sala de máquinas está a ciento veinte metros, al final de la nave, pasado el tramo de enfriamiento, en un cubículo de bloque con una puerta metálica de una hoja y un marco de perfil laminado, y en el pasador hay un candado de arco largo con la pintura todavía sin saltar, de los que se compran en una ferretería por nueve euros y que llevan puesta la marca del cartón donde iban colgados; y Benet Gimeno llega hasta ese candado quince metros antes que yo, lo mira dos segundos y da dos golpes en la chapa con la palma abierta.
Y desde dentro, a través de una puerta metálica de un milímetro y medio y de ciento veinte metros de nave con un horno de rodillos trabajando al lado, contesta una voz.
Vuelvo al coche. Bajo la explanada y subo la escalera y hago el camino entero en dos minutos y cuarenta, y traigo la barra de uñas del maletero, que es una barra de acero de setenta centímetros que lleva ahí desde que compré el coche y que no he usado nunca, y meto el extremo por debajo del arco y hago palanca contra el marco, y a la tercera el pasador de chapa que sujeta el candado se dobla y salta, y no salta el candado, que sigue entero, sino el hierro barato al que estaba enganchado.
Abro la puerta.
Benet entra con la linterna y la baja al suelo enseguida, y grita cuatro cosas en valenciano hacia la nave, y las cuatro son la lista que ha dicho ella, en el mismo orden, y no se salta ninguna. Gas. Quemadores. Ventiladores tres minutos. General.
Yo me quedo en el marco de la puerta y no entro.
Quico Arnau sale andando.
Sale por su propio pie, un poco encorvado por la cintura y con las dos manos abiertas por delante buscando el aire de fuera, con la camisa pegada, sin gafas, con un moratón en el pómulo derecho que no se ha hecho aquí dentro y una tira de esparadrapo de fontanero en la muñeca izquierda que se ha puesto él, y camina cuatro metros por la nave y se apoya con una mano en el bastidor del enfriamiento y se queda ahí, respirando, mirando el horno.
— Quico.
— Espera.
Se estira. Se pasa la mano por la boca. Y hace la única cosa que este hombre podía hacer en una nave de Betxí a la una y veinte de la madrugada del 1 de junio.
— Tens tabac?
— No fumo.
— Ja ho sé — dice Quico Arnau —. Però ho havia de preguntar.
———
Se lo lleva Benet a la cocina, a su silla, con el vaso de agua y con la ventana abierta, y le pone la mano en el hombro dos veces en el camino y no le dice nada, y a las dos menos veinte de la madrugada llama al médico de guardia del pueblo, que llega en su coche particular, mira, escucha, dice que a un hombre de setenta y cuatro años con esa tensión no se le queda en casa y se lo lleva a Vila-real, y Quico Arnau va, y lo único que discute en toda la noche es que le dejen coger la petaca de la mesa.
Y de la libreta de cuadros no dice ni una palabra en las cuarenta y cinco minutos que estamos en esa cocina, ni cuando le pregunto yo, ni cuando el médico le pregunta si le falta algo, y no la dice hasta que ya está de pie en la puerta de su casa con la manta encima de los hombros y el coche esperándolo con el motor en marcha.
— Van vindre dissabte a les nou — dice —. Dos. Van dir que venien de part del grup, per lo del perit, i jo els vaig obrir perquè jo l'havia demanat, el perit. I van entrar a la cuina, i el de davant es va assentar en esta cadira i em va parlar molt bé de ton pare.
— Quico.
— La llibreta la tenien ells abans que jo entenguera què passava — dice, y me mira desde debajo de la manta con esos ojos pequeños y muy claros —. Jo he perdut vint-i-un anys de nits, Jaume.
— No.
— Com que no?
— El 15 de mayo, en su cocina, había una mujer con un trípode de doce euros y una regla de acero — digo —. Doscientas fotos, hoja por hoja, con la hora de cada disparo debajo. Están en tres sitios y uno es una oficina de la avenida del Rey Don Jaime.
Quico Arnau se queda quieto en el umbral de su casa con la manta puesta y el médico esperándolo con la puerta del coche abierta, y después mira hacia la explanada de tierra, hacia donde está el otro coche, el que lleva ahí aparcado desde las diez y cuarto con el capó frío, y suelta el aire por la nariz.
— La xiqueta de Tonet — dice.
———
A las tres y diez de la madrugada estamos los dos de pie en la explanada de tierra, a cuatro metros el uno del otro, con la nave apagada detrás y esa oscuridad de pueblo de interior que no tiene ni el resplandor del mar ni el de la autopista, y no nos hemos tocado y no nos vamos a tocar.
— No me has cogido el teléfono en nueve llamadas — digo.
— No.
— Has bajado de noche.
— He bajado de noche, sí — dice Ona, y se quita la goma de la muñeca y se rehace el moño con las dos manos, mirando el bulto negro de la chimenea —. Y no me lo digas de esa manera, que no lo he hecho por nadie de aquí.
— No te lo estoy diciendo de ninguna manera.
— Ya. Ese es el problema.
Y ahí nos quedamos un rato largo, con el olor a tierra que suelta el campo cuando afloja el calor y con el tejado roto de una fábrica de la que ha salido andando un hombre de setenta y cuatro años.
— El horno queda en meseta baja, a cuatrocientos veinte, con el tiro abierto y los rodillos girando — dice al final, y lo dice con el tono con el que le pasaría un parte a un jefe de turno —. Ni apagado ni caliente. Un horno parado se muere, y este todavía no me lo puedo permitir muerto.
— ¿Todavía?
— Buenas noches, Jaume.
Y sube a su coche y arranca y sale al camino viejo y coge la carretera de Vila-real, de noche, ella sola, y yo me quedo en la explanada mirando cómo se le pierden las luces detrás de la tapia del cementerio.
———
Benet llega a las tres y media con la carpeta de plástico de las hojas de ruta y la abre encima del capó, con la linterna en la boca.
Yo he subido aquí esta noche pensando dos cosas, y las dos eran de un hombre al que han apartado y que se ha quedado con el mapa viejo en la mano.
La primera era que a Quico Arnau lo habían encerrado en la sala de máquinas de esta nave para que no contara la noche del 14 de agosto de 2019.
Y esa era verdad. La segunda era que este horno estaba subiendo desde el viernes porque aquí dentro se estaba cociendo lo que iba a salir el jueves, y que si lo parábamos, parábamos el jueves.
Y esa es la que está mal, y la tengo delante en un papel doblado en cuatro.
— El cinc mil cent dos es va consolidar al quatre divendres vint-i-nou a la nit — dice Benet, siguiendo la línea con la uña —. Seixanta-huit palets. Precintat dissabte al matí, amb el CMR fet i el precinte numerat. I la fulla de ruta la vaig firmar jo el dissabte abans que em manaren a Lleida.
— ¿Cuándo sale?
— Dijous quatre, a les cinc del matí. Dos camions — dobla el papel y me lo pone en la mano —. Estos dies eixa nau no l'obri ningú.
De manera que lo que se estaba cociendo aquí esta noche no era el 5102.
El 5102 lleva dos días flejado, precintado y numerado en una nave de la carretera del puerto, con el sello de un tercero encima del cierre y con un papel que lo hace legal firmado el 18 de mayo a las diez y cuarenta y uno de la mañana.
Aquí lo que había esta noche era un horno de rodillos de ciento diez metros subiendo solo, sin meseta y con la extracción cerrada desde la sala de máquinas, y un hombre de setenta y cuatro años encerrado con un candado de nueve euros detrás del tramo de enfriamiento, a la misma hora de la madrugada y en la misma nave.
Otra vez.
Y en la explanada de tierra, a las tres y cuarenta de la madrugada del lunes 1 de junio, con el papel doblado en la mano y la nave apagada detrás, me acuerdo de una cosa que ha dicho hace media hora una mujer que se ha ido de aquí conduciendo de noche por primera vez en seis años y siete meses, y que la ha dicho con el tono con el que se le pasa un parte a un jefe de turno, que es el tono con el que esta mujer dice las cosas que ha decidido y no piensa consultar.
Que ese horno queda en meseta baja, a cuatrocientos veinte grados, con el tiro abierto y los rodillos girando, y que ni apagado ni caliente.
Que todavía.