Capítulo 29
Seiscientos mil euros en una cuenta a mi nombre pesan exactamente lo mismo que cero euros en una cuenta a mi nombre, y llevo trece días comprobándolo cada mañana en el móvil a las siete menos cuarto, antes de ponerme la bata, con la misma cara con la que se mira una absorción que ha salido dentro.
Amparo Segarra me dice buenos días reina todas las mañanas a las seis y veinte, deja el termo en la encimera y no me pregunta nada.
Menos una cosa.
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El sábado 30 mi hermana viene a cenar al piso de la calle Enmedio y se queda a dormir, y hace lo que hace desde los catorce años, que es abrir la nevera antes de quitarse la mochila y decir en voz alta lo que hay dentro, y esta vez lo que hay dentro son dos yogures y una lata de mejillones, y lo dice cantando, con la melodía de una cosa del verano pasado y una letra que habla de una señora que tiene seiscientos mil euros y dos yogures.
Cenamos pasta. Me cuenta lo de la entrega del proyecto de superficies, que le han dado la mejor nota del curso y que la profesora quiere que lo mande a un concurso de una asociación de fabricantes que dan seis mil euros y una estancia en Italia, y me lo cuenta entero, con los plazos, con las bases y con lo que ha decidido cambiar del relieve, y yo la escucho y le hago las tres preguntas que hay que hacer y hasta ahí bien.
Después recogemos, y mi hermana se apoya en el marco de la puerta de la cocina con el trapo en la mano.
— Oye.
— Dime.
— El lunes fuiste a una notaría de la calle Herrero a las nueve de la mañana — dice —. Y el lunes también era el día que él bajaba a la avenida del Rey Don Jaime. Y llevas trece días durmiendo aquí.
— Sí.
— ¿Y eso es una cosa o son dos?
Y yo estoy de espaldas, en el fregadero, con las dos manos dentro del agua y una sartén que no tiene nada que rascar, y le contesto sin girarme, que es exactamente lo que le hice a esta chica durante seis años en el pasillo de un hospital.
— Son dos.
Núria se queda un rato en el marco de la puerta.
— Vale — dice, y cuelga el trapo del asa del horno —. Ese te lo acepto.
Y en la calle Enmedio, a las once de la noche de un sábado, hay una furgoneta de reparto que no puede pasar y un hombre que le está diciendo algo al conductor desde una acera, y mi hermana se va a la cama sin discutirme una sola cosa por segunda vez en su vida, y las dos veces ha sido conmigo, y las dos veces me ha dejado peor que si me hubiera gritado.
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Subo al Desert de les Palmes el domingo 31 de mayo a las once de la mañana, conduciendo yo, de día, y aparco donde aparca todo el mundo, en la explanada de tierra debajo del convento, entre dos coches con la baca cargada de bicicletas y una furgoneta de una familia que está sacando neveras portátiles.
Apago el móvil. No lo silencio: lo apago, que es distinto, y lo meto en la guantera con la carpeta de cartulina de la notaría y las llaves de casa.
Subo el camino de los Bartolos con unas zapatillas que no son de esto y llego arriba en cuarenta y un minutos, sudando, con la camiseta pegada y la goma del pelo dándome dos vueltas en la muñeca izquierda porque hoy lo llevo recogido.
Y desde arriba se ve lo que se ve desde aquí, que es la única razón por la que la gente sube: el mar a la derecha, plano y blanco de la calima; Benicàssim abajo con los tejados; Castellón a lo lejos, echado en la llanura como se echa una mancha; y hacia el sur, detrás de la línea de los polígonos, ciento cuarenta chimeneas de las que a esta hora de un domingo humean once o doce, porque los hornos no se apagan los domingos.
Aquí arriba no hay nada tocable. Piedra, romero, un cortafuegos, un depósito de agua contra incendios pintado de verde y una antena.
Es el único sitio de esta provincia desde el que se ven a la vez las tres cosas de las que se compone mi vida desde el 9 de febrero, y he subido a mirarlas de una en una porque llevo trece días haciendo las cuentas de dos en dos y de dos en dos me salen bien.
Y de una en una no.
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La primera cuenta es la que se hace sola, la que cuadra a la primera y la que cualquiera de las catorce mil personas que hay ahora mismo en la Plana firmaría con las dos manos si se la pusieran delante encima de un mantel de hule.
He cobrado. Seiscientos mil euros íntegros, no fraccionados, con la fecha valor del 18 de mayo, y esta vez con carta de pago, no con un reconocimiento de deuda contra una sociedad de 2016.
Mi padre lleva trece días en una cama de un módulo de enfermería con un médico dos horas todos los días y sin cargar sacos de ropa mojada a los cincuenta y siete años.
Mi hermana entrega el proyecto de superficies con una beca que no ha tenido que pedirle a nadie.
Y yo tengo la dirección técnica de tres plantas, un contrato con cinco anualidades tasadas y treinta y seis meses de permanencia, que es lo que pedí en un folio con tres puntos numerados el 11 de febrero, escrito en una mesa de la calle Enmedio a las once de la noche con una calculadora al lado.
Los tres puntos que escribí en aquel folio a las once de la noche de un miércoles de febrero con la calculadora al lado y con el resguardo del recibo de la luz de vuelta para hacer las sumas, los tres, y el dos también, con su unidad médica y su plazo y su médico en el mismo pasillo.
Lo pedí, lo puse por escrito, lo negocié, lo cobré y no me lo regaló nadie.
La segunda cuenta es la que llevo trece días haciendo por las noches, y también cuadra, y esa es la parte que no se aguanta.
El 5102 sale el jueves 4 de junio a las cinco de la mañana del kilómetro cuatro con documentación en regla y con mi nombre y mi número de habilitación en el pie de un certificado, y en cuatro de esos sesenta y ocho palés va a faltar la fila de arriba y en el hueco va a viajar lo que cierra una deuda de julio de 2019.
Y cuando eso llegue a donde tenga que llegar, esta casa habrá devuelto lo que debía, y lo que quedará detrás será una fábrica precintada que se puede enfriar en una semana, derribar en septiembre por seguridad y cobrar de subvención en marzo.
Y de aquella noche de agosto quedarán, en el mundo entero: cuatro líneas en una sentencia firme; catorce piezas testigo y una libreta de cuadros que ha estado seis años en una cocina; un cuaderno de tapas de hule que oficialmente ardió; y dos hombres que pidieron en junio, en una hoja, doce noches de mantenimiento de parada porque se pagan mejor.
Y un hombre de setenta y cuatro años que lleva seis años apuntando lo que oye a través de cuarenta centímetros de mampostería y que es la única persona viva capaz de decir, con las horas, delante de quien haga falta, que aquel horno estuvo seis horas subiendo solo con la extracción cerrada y que a las tres de la madrugada la puerta de arriba estaba abierta.
Yo lo llamé el viernes 29 a las dos y cuarto de la tarde para preguntarle si le parecía bien que subiera un perito calígrafo a su cocina a mirar la tinta de una hoja de 2019.
Me dijo que sí. Me dijo que trajera la merienda.
Y desde el viernes a las dos y cuarto he llamado catorce veces a ese fijo, seis el sábado y ocho hoy, y ha sonado catorce veces nueve tonos y a la décima ese pitido largo de las líneas que no tienen contestador porque su dueño no ha querido uno nunca, y las catorce veces he mirado el reloj antes de colgar y las he apuntado con la hora en el cuaderno, que es lo que hago yo con lo que me da miedo.
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La tercera cuenta es la que he subido a hacer, y es la única de las tres que no sale, y me la hago de pie en la piedra, con el mar delante y el viento de mediodía dándome en la nuca.
Yo he firmado por mi padre.
He firmado por un hombre que el 14 de agosto de 2019, a las cuatro y nueve de la madrugada, subió andando por un camino que se acaba en un cementerio y un barranco; que había abierto con su llave una puerta de gorja que no se fuerza; que a las cuatro y veinte apuntó en un cuaderno cosido, con su letra de mayúsculas pequeñas y sus cifras alineadas a la derecha, mil doscientos setenta y ocho grados en la zona nueve, la extracción cerrada y cuatro palabras; y que salió de allí y no dio el aviso, y a las cuatro y cuarenta aquello empezó a arder por el horno, y dentro había dos hombres haciendo la parada de agosto que él mismo había firmado en junio en una hoja.
Y por ese hombre, que es mi padre y que me enseñó a leer una curva antes que a montar en bicicleta, he escrito cuatro apellidos por orden alfabético en un impreso de comparecencia, con la letra pequeña y recta de rellenar impresos, y me he callado una frase de doce palabras que era verdad y que no me pidió nadie.
Y con lo que he cobrado por callármela va a salir el jueves un camión que sirve para que la deuda de 2019 quede cerrada, y una deuda de 2019 no queda cerrada del todo mientras haya en Betxí una cocina con una libreta y un hombre dentro que sabe contar la noche por horas y que lleva desde el viernes sin coger el teléfono.
Eso es todo. No hay ninguna otra manera de decirlo y llevo cuarenta minutos aquí arriba buscándola.
He vendido barato lo que era mío, que era el silencio, y con el dinero de eso están comprando ahora lo que no era mío.
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Bajo el camino de los Bartolos en veintiséis minutos y llego al coche a las dos y media de la tarde con las piernas temblando y sin agua, y me siento con la puerta abierta y los pies fuera y saco el móvil de la guantera y lo enciendo.
Nueve llamadas perdidas de un número que me sé de memoria desde marzo sin habérmelo aprendido nunca a propósito, repartidas entre las once y veinte de la mañana y las dos y cuarto de la tarde, y ninguna del otro número, el de un fijo de una cocina de Betxí, que también me sé.
No devuelvo ninguna de las nueve.
Lo que hago es abrir el cuaderno encima del volante y escribir tres columnas, que es como se escribe un plan de trabajo cuando no hay tiempo de hacerlo bonito: lo que hace falta, quién lo tiene y a qué hora se puede pedir.
Hace falta un horno de rodillos de ciento diez metros con la curva controlada y alguien que sepa mirarle la mirilla.
Hace falta el cuaderno original de tapas de hule, el de verdad, no las fotos, porque una pieza cocida esta semana no vale nada si no se puede pegar a un papel de 2019.
Hace falta esmalte, y frita, y tres óxidos de tierras raras en una proporción que no es redonda ni deducible y que me inventé en marzo porque me dio la gana, y de eso hay trescientos kilos de un bote solo en una almazara de la sierra pagados con mi dinero y con mi factura.
Hacen falta doscientas cuarenta piezas de sesenta por sesenta del mismo modelo y del mismo formato, y de eso hay en playa dos de Valdús cuarenta mil metros cuadrados bloqueados por una incidencia de calibre que firmé yo el lunes y que puedo desbloquear yo mañana a las siete.
Y hace falta que a las cinco de la mañana del jueves 4 de junio salga del kilómetro cuatro un camión que ya no lleve dentro lo que cree que lleva.
Cierro el cuaderno.
Y aquí es donde tendría que llamar, y no llamo, y no llamo porque el 2 de mayo, en un camino de naranjos del kilómetro ocho y medio de la CV-20, le dije a un hombre que a partir de aquel día no había nadie por encima de aquella conversación y que si uno de los dos hacía algo por su cuenta lo pagaría, y llevo trece días pagándolo y todavía no está pagado.
Arranco a las tres menos cuarto. Bajo por la CV-10, entro en Castellón por la avenida del Mar, subo tres pisos sin ascensor encima de una mercería de la calle Enmedio, me ducho, como de pie en la cocina un plato de arroz de ayer, duermo cuatro horas con el despertador puesto y a las nueve y media de la noche del domingo 31 de mayo, con la ventana del comedor abierta y la calle Enmedio llena de gente que vuelve de la playa, cojo la caja de piezas testigo, la caja de puros de dos euros del mercadillo de Onda, una lámpara de mano de catorce euros, dos monos de trabajo, un par de guantes de horno de los buenos y las llaves del coche, y fuera está oscuro desde hace hora y media.
Bajo al portal. Abro la puerta del conductor. Me siento, me pongo el cinturón y ajusto el retrovisor interior dos dedos, que es lo que hago siempre y que hoy me lleva más rato del que me lleva nunca.
El 11 de octubre de 2019, a las nueve y media de la noche, estuve dieciocho minutos de pie en el arcén del kilómetro seis con la puerta abierta, con el intermitente puesto y con una niña de dieciséis años en el asiento de atrás preguntándome desde detrás si me encontraba mal, y lo que me acuerdo de aquellos dieciocho minutos no tiene nada que ver con el miedo, y es que dentro del coche olía a la colonia de mi madre porque la había llevado al médico por la mañana.
Meto primera.
Salgo de la calle Enmedio a las nueve y treinta y ocho de la noche, cojo la ronda, salgo a la CV-10 con los faros dándome en la señal verde de Betxí y me meto en la Plana de noche por primera vez en seis años y siete meses, con las dos manos en el volante, a ciento diez, sin radio.
Voy a apagar un horno.