Lo que el fuego no devuelve Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Salgo a las nueve y veinte por la puerta del garaje verde, y en la garita hay un hombre que lleva once años abriéndome esa puerta y que esta mañana no me mira, y que no me ha mirado tampoco cuando he entrado a las nueve menos diez, y que va a seguir sin mirarme durante los ocho meses siguientes cada vez que pase por delante.

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Lo demás tarda ocho días y no hace ruido, que es como se hacen aquí las cosas y como se han hecho siempre desde 1974.

El jueves me quitan la firma en los bancos.

El viernes deja de funcionarme la tarjeta de las tres plantas, y no me lo dice nadie: lo descubro yo a las seis y cuarto de la mañana en el torno de Onda, delante de dos hombres del turno que se ponen a mirar el móvil.

El lunes 25 administración pide el coche de empresa por escrito y lo llevo yo mismo y lo dejo con las llaves en recepción.

Y a partir del miércoles, en las tres plantas, doscientas ochenta personas que llevaban seis años mirándome el hombro cuando cruzaba la nave dejan de mirármelo, y no por deslealtad, sino porque en una fábrica el organigrama se lee en el pasillo mucho antes que en el papel.

A Benet Gimeno lo mandan a la ruta de Lleida el 26 de mayo, que son cuatrocientos cincuenta kilómetros de subida con la misma dieta, y se lo comunican por escrito y con acuse, que en doce años no se le había comunicado nada a este hombre por escrito.

Sube a la Foia el domingo 31 a las ocho de la mañana con su coche, no con el de empresa, y no entra en la casa, y se queda de pie en la era con las llaves colgando del índice y una carpeta de plástico debajo del brazo.

— Ahí dentro están las hojas de ruta de la nave del quatre desde el veintitrés — dice —. Copiadas. No las he robado, que eso me lo pregunta usted antes de cogerlas: las pedí en tráfico con mi número y me las dieron porque yo soy el que las firma cuando el camión sale.

— Benet.

— I una altra cosa, que és per la que he pujat — dice, mirando la sierra —. El Quico no ha obert la porta des d'ahir.

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Y esa misma tarde, en la cocina de la Foia, con las hojas de ruta encima del hule y seis años de resúmenes trimestrales sacados de las cajas del altillo, hago la cuenta que llevo trece días sin hacer porque no me apetecía hacerla.

Este grupo cobra el seis por ciento por mover dinero de otra gente dentro de veinticuatro toneladas de material que nadie abre. Eso lo dijo mi padre en un despacho de Onda el 16 de febrero, sin nombrarlo, hablando del setenta y cuatro y de un horno de balsa.

En los resúmenes trimestrales esas comisiones no se llaman así.

Se llaman servicios logísticos complementarios y van en una línea sola por trimestre, y en veinticuatro trimestres esa línea se mueve entre setenta y ciento treinta mil euros, con la estacionalidad que tiene todo aquí, más en primavera y menos en agosto.

En el tercer trimestre de 2019, en esa línea, entre una de setenta y una de ciento nueve, hay una entrada de doscientos cuarenta y seis mil euros con fecha de julio, y la miro tres veces con el dedo puesto por si me he saltado un renglón.

Doscientos cuarenta y seis mil es el seis por ciento de cuatro millones cien mil.

Y cuatro millones cien mil, en cajas de fruta de plástico de cuarenta por treinta por veintidós, precintadas con cinta marrón y apiladas de dos en dos encima del suelo de un despacho de dirección con la puerta de cristal traslúcido, es exactamente lo que vio Amparo Segarra el lunes 12 de agosto de 2019 al bajar por la escalera exterior con una caja de archivo en los brazos.

Se facturó en julio y se cobró en julio, con su fecha y su importe y el nombre de quien lo ordenó, en una carpeta de anillas de lomo ancho con la etiqueta escrita a mano, y lo que se cobra en este negocio desde 1974 es mover, no guardar.

Y a mediados de agosto de 2019 este grupo tenía en un despacho de una fábrica vieja de Betxí cuatro millones cien mil euros de un tercero que ya se había facturado, una salida cancelada dos veces por el cierre de agosto y un agujero propio de junio que alguien tapó, y a un cliente al que había que devolverle cuatro millones cien mil no se le devuelve tres millones doscientos con una explicación.

Se le devuelve un incendio.

Con un tiro puenteado desde hacía tres años, catorce incidencias de extracción anotadas y sin resolver en los partes de mantenimiento, un encargado de horno con una de las dos llaves que abrían aquella puerta desde fuera y una compañía de seguros que no paga hasta que haya causa establecida.

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Levanto la cabeza de las hojas a las once y veinte de la noche del domingo 31 de mayo, en la cocina de una masía de la Serra d'Espadà, con la ventana abierta y el olor a jara caliente que sube del bancal, y hay dos cosas encima de este hule y las dos son de esta semana.

Una es una copia de la comparecencia de la comprobación interna, que me la ha traído mi abogado el jueves, con cuatro nombres escritos a mano por orden alfabético y con la hora y el minuto de cada acceso, firmada al pie con tres trazos separados y una O que empieza por abajo.

La otra es la programación de expediciones de junio, que la sigo recibiendo por correo interno todos los lunes porque a nadie de administración se le ha ocurrido todavía quitarme de esa lista de distribución.

Lote 5102. Sesenta y ocho palés de gris perla de sesenta por sesenta rectificado. Certificado de ensayo de producto emitido el 18 de mayo a las 10.41. Salida del kilómetro cuatro el jueves 4 de junio a las cinco de la mañana.

Y yo llevo trece días creyendo que ese papel se firmó para hundirme a mí, porque es lo que cree siempre el que está debajo, y me ha costado trece días y seis años de resúmenes trimestrales entender que yo no valgo cuatro millones cien mil euros y que a nadie de esta familia le hace falta gastar una firma en apartarme, porque para apartarme bastaba con esperar.

Ese papel es la puerta legal por la que sale el jueves lo que cierra la deuda de 2019, y yo no pinto nada en él.

Y una deuda de 2019 no se cierra del todo mientras quede en esta provincia alguien capaz de contar aquella noche por horas y por medias horas, con la extracción parándose a las diez y media y la puerta de arriba abierta a las tres, y de contarlo sentado en una silla delante de un instructor sin equivocarse en un solo dato, porque lo tiene apuntado desde hace seis años.

Cojo el móvil y marco el fijo de una casa de Betxí que está pegada a un muro de mampostería, y suena nueve veces, y a la décima salta ese tono largo de las líneas que no tienen contestador porque su dueño nunca ha querido uno.

Marco otra vez.

Nueve veces.