Lo que el fuego no devuelve Capítulo 28
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Capítulo 28

La llamo a las once y cuarto desde el coche, aparcado en línea en la avenida del Rey Don Jaime con dos kilos de fotocopias en el asiento del acompañante y cuarenta y cinco minutos por delante, y Ona Falguera me contesta al segundo tono con una voz que está bien.

— ¿Ya has entrado?

— A las doce — digo —. Te llamo por llamar.

— Tú no llamas por llamar.

— Hoy sí — y bajo la ventanilla, que dentro del coche hace un calor de mayo que no se aguanta —. Suba lo que suba de ahí, esta noche a las nueve estoy en la Foia.

— A las nueve — repite.

Y hay dos segundos en los que no dice nada, y en esos dos segundos se oye detrás de ella una puerta pesada y unos pasos en un suelo duro, y yo no pregunto dónde está, porque a esta mujer, cuando quiere que se le pregunte, se le nota.

— Jaume.

— Dime.

— Que suban lo que tengan que subir — dice —. Tú entra y lo dejas encima de la mesa.

———

Raquel Benlloch no me recibe en una oficina con placa.

Me recibe en una sala de reuniones de la primera planta con una mesa larga, ocho sillas y una pizarra blanca sin nada escrito, y no está sola: hay un hombre de unos treinta y cinco años con un ordenador portátil que no dice su nombre completo y que no abre la boca en cincuenta minutos.

Pongo la carpeta encima de la mesa, y pesa lo que pesa, y hace ese ruido de dos kilos de papel que no hace ninguna otra cosa de dos kilos.

Raquel Benlloch se pone unas gafas de leer que no le he visto nunca, se pasa el chicle de un carrillo al otro y empieza por el índice, que lo he hecho yo a mano y va grapado en la primera hoja, y va bajando con el bolígrafo del revés, sin marcar nada y sin levantar la vista, hasta el final; y después empieza por el principio otra vez y lee cuarenta minutos.

Doscientas fotografías de una libreta de cuadros con la regla de acero al lado.

Un cuaderno de ensayos de tapas de hule dado de alta en un registro el 3 de septiembre de 2019.

Novecientas fotografías con la fecha y la localización metidas dentro del archivo.

Cuatro años de facturas de suministro energético con mi firma al pie y las lecturas de un contador de agua de una parcela precintada judicialmente.

El acta de cierre de marzo de 2020 con mi firma y la del juzgado.

Y una declaración de cuatro folios, escrita por mí, en la que cuento el 2 de octubre de 2019 entero, con la cifra, con el margen y con los cuatro años que vinieron después.

Cuando acaba, a las trece y cinco, cierra la carpeta, la cuadra con el borde de la mesa y la deja plana debajo de las dos manos, y el hombre del portátil, que no ha dicho su nombre completo y que no ha abierto la boca, deja de teclear en el mismo segundo.

— Esta es la mejor carpeta que me ha traído nadie en diecinueve años — dice.

— Bien.

— No he dicho que sea buena para usted — se quita las gafas —. He dicho que es la mejor. Es distinto.

Y me lo explica en once minutos, sin adjetivos, con la voz plana de la funcionaria que ha explicado lo mismo trescientas veces, y no me suaviza una sola cosa, que es la única forma de respeto que conoce esta mujer.

Que esto, tal cual, abre un procedimiento, y que un procedimiento no para un camión, porque lo que para un camión es una autorización que tarda más que el barco.

Que lo del incendio no es suyo, que es de un juzgado de Nules y de una sentencia firme de 2019, y que para reabrir aquello hacen falta un escrito, un abogado, un perito y entre dieciocho y treinta y seis meses.

Que la libreta de un hombre de setenta y cuatro años es un documento privado y que lo primero que va a decir cualquiera es que se escribió el mes pasado.

Y que las fotos de mi primo valen mucho más si mi primo las reconoce delante de alguien, y que mi primo, en cuanto le llegue una citación, va a decir que él no se acuerda.

— ¿Y lo mío?

— Lo suyo es lo único de toda la carpeta que no necesita ni perito ni abogado — dice Raquel Benlloch —.

Usted acaba de traerme cuatro folios firmados en los que se pone a sí mismo dentro.

Y cuatro mil órdenes de carga con su nombre.

Y un acta de precinto con su firma de una fábrica que ha estado cociendo seis años.

— Ya lo sé.

— Ya lo sé usted, sí. Yo se lo digo igual, que para eso está grabado — se saca el chicle con una servilleta, lo dobla y lo deja en el borde de la mesa —.

Y le voy a decir una cosa más que no me ha preguntado.

Esta mañana ha entrado en la Fiscalía de Castellón la conclusión de una comprobación interna de un grupo de esta provincia por falsificación de certificados de ensayo.

La han pasado a las once y veinte. Va con una relación de accesos y cuatro nombres.

— ¿Cuatro?

— Cuatro — dice —. Y usted es uno.

Y ahí, sentado en una silla de una sala de reuniones sin nada en las paredes, con las dos manos encima de la mesa y una funcionaria enfrente que no me está haciendo daño a propósito, me tiro del guante de la mano derecha, un tirón corto desde el borde de la muñeca, y me lo dejo puesto.

———

Subo a la Foia a las nueve menos diez de la noche y Ona Falguera está sentada en el escalón de la era con las copias de una notaría de la calle Herrero encima de las rodillas y la bata doblada al lado, esperándome a la intemperie con la sierra ya negra, que es lo que hace la gente cuando quiere contar una cosa antes de entrar en una casa para no tener que contarla dentro.

Me lo cuenta entero y en orden y tarda dieciséis minutos, y los cuenta ella, porque cuando acaba mira el móvil y dice la cifra en voz alta, que es una manía que tenemos los dos y que no sé cuál de los dos le pegó al otro.

La carta de pago de los seiscientos mil.

La novación del contrato con cinco anualidades y treinta y seis meses de permanencia.

Su padre en el módulo de enfermería de Albocàsser desde el martes por una vía que no necesita la firma del interno.

La relación de accesos al expediente digital con cuatro nombres y con las horas.

La frase que su tía le ofreció escribir y que no está escrita.

Y el impreso del 5102 firmado a las diez y cuarenta y uno con la mano quieta.

No se deja nada. No se justifica en ninguna de las dieciséis. Y cuando llega al final no dice lo siento, y hace bien, porque a esta mujer decir lo siento le costaría lo mismo que a mí y valdría lo mismo, que es nada.

— Ya está — dice —. Pregunta lo que quieras.

Y yo me siento en el escalón, a un palmo, con los codos en las rodillas y la Plana temblando abajo llena de luces, y hago la única cosa que puedo hacer, que es la cuenta, porque a mí me han enseñado en esta provincia que a la gente se le contesta con la cuenta.

Que si ella no firma, el 5102 no sale, y si el 5102 no sale, La Vella se enfría, y una nave enfriada se derriba y lo que se derriba no se lee.

Que lo mío, dos kilos de fotocopias, es papel, y que el papel tarda tres años y lo ha dicho hoy una funcionaria de diecinueve años de oficio delante de un hombre con un portátil.

Que lo único que existe en el mundo capaz de poner encima de una mesa aquella noche de agosto es una pieza cocida, y que para que exista una pieza tiene que salir un camión, y que para que salga un camión hace falta una firma de una técnica habilitada.

Y que en esta provincia solo hay una persona que sepa hacer todo eso a la vez, y que llevo desde febrero durmiendo debajo de su techo.

— Lo has hecho bien — digo.

— No me digas eso.

— Lo has hecho bien, Ona. Yo habría hecho lo mismo y no habría sabido hacerlo.

Y entonces esta mujer, que no ha levantado la voz conmigo en tres meses y medio, se levanta del escalón de golpe con las copias en la mano y se queda de pie delante de mí en la era, y en la oscuridad no le veo la cara y no me hace falta.

— Grita — dice.

— No.

— Grítame, hostia. Dime que te he vendido, que es lo que he hecho. Dime que has estado cuarenta minutos con una funcionaria poniéndote a ti dentro mientras yo escribía tu apellido en un impreso por orden alfabético.

— Es que lo entiendo.

— Pues no lo entiendas — dice, y le tiembla la voz una vez y una sola, y se le pasa —. Porque si tú lo entiendes, esto no lo paga nadie. Y esto lo tiene que pagar alguien.

Se va a la almazara. A la una y media de la madrugada se le apaga la luz. Y tres días después baja sus cosas a Castellón, al tercero sin ascensor de la calle Enmedio que lleva tres meses pagando sin dormir en él, y la baja Benet en dos viajes, y yo no salgo a la era ninguna de las dos veces.

———

La junta es el miércoles 20 a las nueve de la mañana en la casa de Onda, en el comedor del mantel de hule, con acta y con seis personas.

Dura diecinueve minutos.

Punto único, dirección de producción. Mi tía no habla.

Habla uno de los dos parientes que llevan veinte años cobrando dividendos sin haber pisado una nave, y lee un papel que no ha escrito él, y en el papel hay tres cosas: una comprobación interna concluida y remitida a la Fiscalía en la que aparece mi nombre; ciento sesenta mil euros de bloqueo de calibre en abril; y que el interés del grupo aconseja que quien está en un expediente no firme papeles del grupo mientras dure.

Eso último es verdad, y lo he dicho yo mismo en esta mesa y con este mismo mantel de hule debajo, de un primo de mi padre en 2016 y de un jefe de expedición en 2019, y las dos veces me pareció que se caía por su propio peso.

Mi padre está sentado en la cabecera con las gafas colgando del cordón y el jersey de pico gris y no dice nada en diecinueve minutos, y cuando se vota levanta la mano derecha, y la mano derecha de mi padre tiene el índice cortado por la primera falange desde el año setenta y seis, y desde donde estoy yo ese dedo que no está no señala a nadie porque está levantado y quieto.