Lo que el fuego no devuelve Capítulo 27
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Capítulo 27

Un certificado de ensayo tarda en firmarse el tiempo que tarda una mano en recorrer once centímetros, y llevo once años sabiéndolo y once años administrándolo, porque lo único que tengo yo en este negocio es que esos once centímetros los ando cuando me da la gana.

Neus Bonastre llega a las nueve en punto con la carpeta de anillas debajo del brazo y una chaqueta de punto de un beis distinto del de febrero, y no me da la mano, y se sienta en la silla de al lado dejando una silla vacía entre las dos.

— Buenos días.

— Buenos días.

— Su padre entró el martes en el módulo de enfermería — dice, mirando al frente —.

En Albocàsser, no en Segorbe. La instancia de traslado no la firmó él y sin su firma eso no se mueve, así que lo hemos hecho por el otro lado, que es el informe del médico del centro y una plaza en enfermería, que no necesita que el interno pida nada.

Tiene cama, tiene médico dos horas todos los días y le han quitado la lavandería, que es lo único que va a llevar mal.

— ¿Y eso cómo se hace?

— Eso se arregla — dice Neus Bonastre.

———

El notario de febrero hoy no está. En su sitio hay una mujer de unos cuarenta y cinco años con el pelo recogido y una carpeta de plástico, y nos hace pasar a un despacho con dos ventanas a la calle, una mesa grande y ocho sillas alrededor, y encima de la mesa, cuadrados con el borde, hay ya cuatro documentos separados.

Mi tía de Betxí diría que esto es una barbaridad de papel para dos personas. Mi padre diría que un papel bien hecho pesa menos que una conversación.

Neus se sienta enfrente y no apoya la espalda en el respaldo ni una sola vez en las dos horas siguientes.

El primero es una carta de pago. Seiscientos mil euros, íntegros, no fraccionados, ingresados en una cuenta a mi nombre con fecha valor de hoy, con el justificante de la orden grapado detrás y con la cancelación del reconocimiento de deuda de 16 de febrero y de la fianza solidaria de Roc Bonastre Ferrandis. Lo leo entero. Está bien hecho.

El segundo es una novación de mi contrato.

Dirección técnica de laboratorio de las tres plantas, más el laboratorio de desarrollo de producto, más presupuesto propio, más facultad de suspensión de expediciones con la palabra podrá que yo hice cambiar en febrero y que sigue puesta, más una indemnización tasada que ha subido de tres anualidades a cinco, más una cláusula nueva de permanencia de treinta y seis meses que es lo único de todo el papel que está puesto para mí y no para ellos.

El tercero es un acta de la comprobación interna abierta el 20 de abril por la denuncia anónima, con mi audiencia y con mi comparecencia escrita.

El cuarto es un impreso de certificado de ensayo de producto con el membrete de Gres Valdús y el número del lote impreso arriba a la derecha.

5102.

— Los ensayos están hechos — dice Neus —. Se hicieron el jueves y el viernes en el laboratorio central, por triplicado, con el equipo que usa usted, y las hojas están ahí detrás. Absorción, flexión, dimensiones, deslizamiento. No hay una sola cifra fuera.

— Ya lo sé — digo —. Las hice yo.

— Sí.

— Sesenta y ocho palés de gris perla de sesenta por sesenta rectificado. Salida hacia el sur, primera semana de junio.

— Jueves 4 — dice Neus Bonastre, y se ajusta el puño de la chaqueta —. Y usted no ha mirado esa programación esta mañana, porque esta mañana ha venido aquí. La miró el sábado.

———

Y aquí es donde esta mujer hace lo que ha venido a hacer, que no es amenazarme, porque en cincuenta y dos años no ha amenazado a nadie y no le hace falta. Lo que hace es poner las cosas encima de la mesa, en orden, con su fecha, y dejar que las cuentes tú.

Abre la carpeta de anillas y saca cuatro hojas y las pone en fila, y las cuatro son de la comprobación interna, y me las va explicando con la voz plana de la gente que ha explicado lo mismo trescientas veces.

Que el instructor de la comprobación ha pedido, y consta pedido por escrito, la relación de accesos al expediente digital de calidad de los cuatro lotes de la denuncia.

Que esa relación existe, que la ha dado el informático, que son cuatro personas y que están las cuatro con nombre, apellidos, hora y minuto.

Que la técnica habilitada, que soy yo, estaba el 18 de febrero a las 07.

14 dentro de ese expediente, porque yo entro todos los días a las siete y pico.

Y que el 18 de febrero a las 21.48, con el certificado del 4471 ya emitido y firmado, dentro del expediente había otra persona.

— Léalo — dice.

Y lo leo. Nueve caracteres y dos apellidos.

— Eso lo mira cualquiera — digo.

— Eso lo mira cualquiera y no lo mira nadie — dice Neus —.

Y hay dos maneras de que eso acabe. En una, la interesada comparece hoy, dice lo que sabe, no dice lo que no sabe, y la comprobación concluye que los cuatro certificados no los firmó ella y que el expediente estuvo abierto por cuatro personas, y eso pasa a la Fiscalía tal cual y el instructor hace su trabajo.

En la otra, la interesada comparece hoy y añade una frase.

— ¿Qué frase?

— La que usted quiera — dice —. Una que diga que el 18 de febrero por la noche esa persona estaba con usted. O en un sitio. O al teléfono. Cualquier cosa de esas que se ponen en una comparecencia y que luego no se comprueba nunca porque nadie las discute.

Nos quedamos las dos calladas en un despacho de la calle Herrero con la notaria ordenando papeles a dos metros y un autobús pasando por debajo de las ventanas.

Y aquí es donde hago yo la única cosa que no traía preparada de casa, que es una pregunta que llevo desde el viernes por la noche sin poder soltar y que en once años de laboratorio no he hecho nunca en el momento equivocado.

— El 12 de agosto de 2019, un lunes, Amparo Segarra bajó por la escalera exterior de La Vella con una caja de archivo en los brazos y le dio los buenos días a una mujer que estaba sentada en el despacho de dirección — digo —.

Con cuatro cajas de fruta precintadas en el suelo y una carpeta de anillas encima.

Neus Bonastre no aparta la vista y no cambia de postura.

— Segarra lleva diecinueve años en esta casa — dice.

— Le he dicho una fecha y una hora.

— Le he contestado lo único que se contesta a eso — y se ajusta el puño de la chaqueta de punto —.

Que Segarra lleva diecinueve años en esta casa, que nunca ha faltado un día y que la recogida de archivo de agosto la hace ella desde el dos mil siete.

Lo demás no lo hablamos aquí, ni hoy, ni con la notaria a dos metros. Ni usted ni yo.

— Nosotros.

— Nosotros — dice.

— ¿Y por qué me lo cuenta? — digo —. Podría no decirme la segunda.

— Porque si no se la digo, usted no elige — dice Neus Bonastre —. Y una cosa que no se elige no se sostiene. Yo llevo veintiocho años en esta casa y lo único que no se cae solo es lo que la gente ha decidido con la cuenta delante.

———

Y hago la cuenta, y la hago ahí sentada, en dos minutos y medio, con las manos encima de la mesa y sin mover un dedo, y es la peor de mi vida y es aritmética pura.

Si yo no firmo nada esta mañana: mi padre se queda en enfermería o no, según le convenga a esta mujer; los seiscientos mil vuelven a ser un papel contra una sociedad de 2016; el 5102 no sale, ni el 4, ni el 11, ni nunca, porque un lote sin certificado no cruza aduana; La Vella se enfría; el horno de ciento diez metros de Betxí se para y se muere, y cuando se muere un horno se le cae la bóveda y le bailan los rodillos, y esa nave se derriba en septiembre por seguridad y encima cobran la subvención.

Y a las doce de hoy un hombre le entrega a una funcionaria de Vigilancia Aduanera dos kilos de fotocopias con su nombre al pie de cuatro mil órdenes de carga, y esa funcionaria me dijo el 22 de abril, de pie y con las gafas de sol en la mano, que ella llega siempre tarde y que cuando llega lo que iba a pasar ya ha pasado, y que un juez tarda tres años en leer lo que ella escribe.

Tres años. Papel contra papel. Once expedientes administrativos, once multas de cargador, once recursos ganados y una empresa que dice que se equivocó al calcular la tara.

Y si firmo: el 5102 sale el jueves 4 de junio a las cinco de la mañana, con documentación en regla, y sale con sesenta y ocho palés de porcelánico gris perla que van a existir en el mundo con una fecha, un peso declarado y un certificado firmado por una técnica habilitada.

Y una carga que existe se puede abrir.

Eso es todo lo que hay. Papel que tarda tres años contra material que se puede poner encima de una mesa y leer con una lámpara de catorce euros.

Y el precio de lo segundo es que el hombre que a las doce va a entregar dos kilos de papel se queda dentro de ese papel él solo.

———

— La comparecencia la escribo yo — digo.

— Escríbala.

Y la escribo a mano, en el impreso, con la letra pequeña y recta de rellenar impresos, y tardo veintidós minutos, y no pongo una sola cosa que no sea verdad, y esto es exactamente lo que voy a tener que recordar dentro de unos años.

Escribo que los cuatro certificados no llevan mi firma.

Escribo que la firma que aparece en ellos es una imitación hecha con un original delante y que lo puede establecer un perito calígrafo en seis semanas.

Escribo que el expediente digital de calidad de esos cuatro lotes fue accedido, según la relación de accesos que consta en la comprobación, por cuatro personas, y escribo las cuatro con sus nombres y sus dos apellidos y con la hora y el minuto de cada acceso, y las escribo por orden alfabético porque un orden alfabético no lo ha elegido nadie.

Y no escribo la frase.

No escribo que a las nueve y cuarto de la noche del 18 de febrero yo estaba sola en la cocina de la calle Enmedio y él a cincuenta y un kilómetros de allí, y que eso no lo puede probar ninguno de los dos.

No escribo que un hombre que parara catorce camiones en abril por una incidencia de calibre real no tiene ninguna clase de motivo para haber firmado un certificado en febrero que hacía salir un palé con dos cubos blancos dentro.

No escribo que ese hombre me contó el 3 de abril, en una almazara, durante cincuenta minutos, la única cosa de su vida que no se puede contar.

No escribo nada de eso, que es todo verdad y que no me lo ha preguntado nadie.

Firmo la comparecencia.

Después la notaria pone delante el impreso del 5102, con las hojas de ensayo grapadas detrás, y las repaso las cuatro, y están bien, y las hice yo el jueves y el viernes con las manos que tengo puestas encima de esta mesa, y en la casilla de abajo hay tres huecos para el nombre, el número de habilitación y la fecha.

— Eso no lo firmo yo — digo.

Neus Bonastre no cambia de cara.

Y a las diez y cuarenta y uno de la mañana del lunes 18 de mayo escribo Ona Falguera Miravet en esa casilla, con los siete dígitos y la letra, y la fecha de hoy, y hago la rúbrica de los tres trazos separados y la O que empieza por abajo, y me sale exactamente igual que las seis mil que llevo hechas, y la mano me va perfectamente bien.

Once centímetros.

— Está bien hecho — digo, y le doy la vuelta al papel y se lo empujo hasta el centro de la mesa.

— Sí — dice Neus.

— No me lo diga otra vez.

— No pensaba decírselo.

Y recoge sus cuatro hojas en el orden en que las ha sacado, las mete en la carpeta de anillas, cierra las anillas con ese chasquido de metal que se oye en toda la habitación y se levanta, y ya de pie, con la carpeta contra el pecho y sin haberme tocado una sola vez en once años de conocerla de vista y cuatro meses de conocerla, dice la única cosa de toda la mañana que no traía preparada.

— Yo tenía veinticuatro años en el noventa y ocho y puse en esta casa todo lo que tenía — dice —.

Y en veintiocho años nadie me ha puesto delante un papel para que eligiera, porque nadie ha pensado nunca que hubiera que darme a elegir nada.

Usted acaba de elegir. Acuérdese de eso cuando le venga mal.

Sale. La notaria me da las copias en una carpeta de cartulina y me dice que la salida es por el otro pasillo.

———

El baño de la notaría es un cuarto estrecho de baldosa blanca hasta el techo con un lavabo de porcelana, un espejo con una luz encima y un dispensador de jabón de esos rosas que hacen espuma y no limpian nada.

Abro el grifo y me lavo las manos.

Me las lavo bien, con las uñas y con el canto, y después me las vuelvo a lavar, y a la tercera me quedo mirándome las yemas del índice y del corazón debajo de esa luz, ese azul de cobalto que llevo encima desde el jueves, y el verde de cromo de la semana pasada que ha perdido intensidad y no se ha ido, y me froto la yema del índice con el pulgar, arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que el agua sale fría y me duele la muñeca de tenerla debajo del chorro.

No se va con jabón. No se va con acetona, ni con piedra pómez, ni con el rascador de los bordes de esmalte.

Lo único que quita el óxido es que pasen los meses y no vuelvas a tocar cobalto, y yo toco cobalto todos los días de mi vida desde los dieciocho años, y esta mañana he estado veintidós minutos escribiendo cuatro nombres por orden alfabético en un impreso.

Cierro el grifo. Me seco con papel.

Y en el bolso, encima de las copias, empieza a vibrar el móvil, y son las once y cuarto de la mañana y en la pantalla pone un nombre, y son cuarenta y cinco minutos antes de las doce.