Lo que el fuego no devuelve Capítulo 26
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Capítulo 26

Las dos hojas de la almazara están abiertas de par en par contra la pared a la una y diez de la madrugada, con la luz de dentro saliendo por el hueco y cayendo en la era en un rectángulo largo que llega hasta la higuera, y eso, en esta casa y a esta hora, es una manera de decir una cosa que no se dice por teléfono.

Ona Falguera está de pie delante de la piedra del molino, con la bata puesta encima de la ropa de calle, la goma del pelo en la muñeca izquierda y las dos manos en el canto de la losa, y no se gira cuando cruzo el umbral.

— Quítate el abrigo y ponte aquí — dice —. A mi izquierda.

— Ona.

— A mi izquierda, que aquí lo importante lo tienes que ver, no oír.

Y me pongo donde me dice, en el sitio que llevo treinta y seis años sin elegir, y desde ahí, encima de una losa de piedra de un metro veinte, hay tres cosas puestas en fila de izquierda a derecha con un palmo entre una y otra, y encima de las tres, en un ángulo, una hoja de su cuaderno con una columna de once horas escritas a mano.

— Se lee en este orden — dice —. De izquierda a derecha y sin saltar. Y no me preguntes nada hasta el final, porque si te contesto por el medio te voy a dar la explicación antes que el dato, y entonces lo que te vas a llevar es mi explicación.

Eso se lo dije yo en esta misma habitación el 3 de abril, con una carpeta debajo del brazo y cincuenta minutos por delante.

— Empieza — digo.

———

Tardo una hora y veinte minutos y no hablo en una hora y veinte minutos.

A la izquierda hay doscientas fotografías numeradas de una libreta de cuadros que yo tuve en las manos hace nueve días en una cocina de Betxí y que no salió de allí, y ahora está aquí entera, hoja a hoja, con una regla de acero al lado de cada página y la hora del disparo apuntada debajo, y eso es lo que hace esta mujer con las cosas que no le dejan llevarse.

En el centro hay un cuaderno de tapas de hule que oficialmente se quemó el 14 de agosto de 2019 y que ha pasado seis años y nueve meses encima de una mesa camilla de Vila-real debajo de una lámpara.

Y a la derecha está la memoria que le dejé el martes en esta piedra sin decirle lo que llevaba dentro, porque mi primo Ximo la trajo en la mano al almacén de Nules dentro de un sobre de plástico y me dijo que ahí estaba todo lo del diecinueve y que qué manía con las fotos.

La columna de horas la leo tres veces.

Y no hay ningún momento en el que aquello se rompa, que es lo que uno espera de una cosa así, porque la vida no se rompe en un sitio: se va estrechando.

Las diez y diez, la extracción bajando de tono.

Las diez y media, parada. Seis horas de rampa sin un solo tramo plano en un horno que tenía que estar apagado desde la primera semana de agosto.

Las tres, la puerta de arriba abierta y un hombre de setenta y cuatro años menos seis volviéndose a su cocina.

Las cuatro y nueve, una espalda subiendo por el camino viejo en una foto sacada por aburrimiento desde un coche parado.

Las cuatro y diez, ocho caracteres de una matrícula de un utilitario blanco que el grupo compró por lotes de cuatro y que se dio de baja en 2021 con la renovación de flota.

Las cuatro y veintiséis, la puerta pequeña de la escalera exterior abierta y luz dentro de la oficina.

Y las cuatro y cuarenta, que es la hora que hay escrita en una sentencia firme que yo he leído ciento cincuenta veces.

— El de las cuatro y nueve — digo, y es lo primero que digo en una hora y veinte.

— Ya lo sé.

— No se le ve la cara.

— No se le ve la cara y no hace falta — dice Ona, y no levanta la vista de la piedra —.

Quico Arnau no apuntó esa. Me dijo que un minuto antes del coche pasó alguien andando por el camino, hacia arriba, y que no lo apuntó porque no hacía falta apuntarlo.

Y cuando le pregunté por qué no hacía falta, me contestó que él lleva cuarenta años sintiendo entrar al turno de noche por ese camino y que no necesita ver una cara.

— Ona.

— Y después me dijo que eso se lo preguntara yo a mi padre.

———

Lo último que hay en esa piedra es una hoja de cuaderno cosido con tres líneas escritas en un bolígrafo distinto y con una letra de mayúsculas pequeñas y las cifras alineadas a la derecha, y la leo de pie, con las dos manos apoyadas en el canto de la losa, en una almazara de mil novecientos doce, a las tres menos veinte de la madrugada del sábado 16 de mayo.

Y en esas tres líneas hay una hora, una temperatura, dos palabras y una frase de cuatro.

Yo compré a este hombre el 2 de octubre de 2019 en un despacho de la calle Mayor de Castellón con trescientos mil euros y una promesa que no era un plazo.

Se lo conté a ella en esta habitación el 3 de abril y le dije que creía estar comprando una negligencia, y ella me preguntó si lo sabía cuando lo dije y le contesté que lo pensé en el coche volviendo y que lo dejé estar, y las dos cosas eran verdad.

Y aquí está lo que compré de verdad, escrito a mano por el vendedor veinte minutos antes.

No hi ha ningú.

Eso no me quita nada de encima. Eso me pone encima lo que faltaba, porque un hombre que compra una confesión falsa está haciendo una porquería y lo sabe, y un hombre que compra una confesión verdadera sin preguntar qué está comprando está haciendo lo otro, que es dejar el asunto cerrado con un papel para no tener que abrirlo nunca, y cobrar por ello un puesto, un despacho y treinta y dos años de esperar que alguien firme que eres de la casa.

Yo no tapé a un inocente. Yo cerré una puerta con dos hombres detrás y le puse precio a la llave, y he dormido seis años a nueve kilómetros de esa nave.

— Di algo — dice ella.

— ¿Qué quieres que diga?

— No lo sé. Llevas cuarenta minutos sin moverte y esto lo he montado yo sola y llevo dieciocho horas de pie.

Y me giro, y Ona Falguera está en el mismo sitio, con la bata puesta, el pelo suelto de un lado porque se le ha ido saliendo de la goma, las yemas del índice y del corazón azules y la cicatriz blanca del dorso de la derecha apoyada en el canto de la piedra, y tiene los ojos rojos de mirar renglones y no de otra cosa, porque a esta mujer los ojos se le ponen rojos por lo mismo por lo que se le ponen las manos, que es por trabajar.

— Tu padre no es inocente — digo —. Y mi tía mandó quemar aquello. Y yo compré el silencio de uno para no tener que mirar a la otra.

— Ya.

— Y no hay nadie en esta habitación que salga limpio de ahí.

— En esta habitación hay dos personas — dice Ona —. Y ninguna de las dos ha venido a salir limpia.

— Pregúntame lo que me ibas a preguntar hace veinte minutos.

— ¿Qué vas a hacer con tu tía?

Y esa es la única pregunta de la noche que tengo contestada desde antes de subir la sierra, porque la he ido armando en cincuenta y un minutos de curvas y porque a esta mujer no se le contesta con un sentimiento.

— El lunes bajo a Castellón y entrego todo lo que hay encima de esta piedra — digo —.

Y con lo mío dentro. Después habrá una junta, y en esa junta yo estaré fuera de la dirección de producción antes de quince días, y a mi tía le costará dos llamadas.

Y a partir de ahí ella tendrá tres peritos leyéndole ochocientas carpetas durante un año y medio, y yo tendré un instructor delante seis o siete veces, y los dos nos haremos viejos dentro del mismo procedimiento.

— Eso no es lo que te he preguntado.

— Sí lo es.

— Te he preguntado qué vas a hacer tú.

— Eso es lo que voy a hacer yo — digo, y bajo la voz —.

Yo con mi tía no voy a hacer nada más, Ona, y quiero que lo oigas bien porque no lo voy a repetir.

Ni una llamada, ni un coche en una puerta, ni un aviso a nadie de la costa.

Esa mujer se va a caer por el mismo sitio por el que se ha sostenido veintiocho años, que es un papel con una fecha, y eso no lo puedo hacer yo, y ese es exactamente el motivo por el que va a funcionar.

———

Lo que pasa después no se parece a nada de lo que ha pasado en esta almazara desde febrero, y no se parece porque aquí, esta noche, no hay nada que ganar.

En marzo, la primera vez, yo estaba de pie junto al murete con los guantes puestos y ella me los quitó y me preguntó a qué temperatura se hizo esto, y yo le contesté la cifra exacta, y aquello era una negociación de las dos partes aunque ninguno lo dijera.

En abril, arriba, ella me desabrochó la camisa botón a botón y me hizo repetir lo que le contestaba.

En mayo, en un coche debajo de un algarrobo, se retiró un arma de la mano y me lo dijo con todas las letras y luego se rió dos veces.

Esta noche no hay nada de eso. Ella deja la hoja del cuaderno donde está, con un peso de calibrar encima para que no se mueva, y se gira, y cruza el metro y veinte de piedra que hay entre las dos manos, y lo que dice lo dice sin adornarlo.

— Ven aquí.

— Ona, son las tres y media.

— Ya sé la hora que es — y me coge del cuello de la camisa con las dos manos, y no tira —. ¿Puedes o no puedes?

— Puedo.

— Dilo entero.

— Puedo, y quiero, y llevo desde la una y diez queriendo, y eso también me parece una porquería esta noche.

— Bien — dice —. A mí también.

Y no hay preliminar ninguno, y no hay una sola palabra bonita, y no la va a haber en las dos horas siguientes.

Le quito la bata y la dejo caer al suelo de tierra prensada, que es la primera vez que en esta habitación algo cae al suelo sin que a ninguno de los dos le importe, y ella me busca las manos y se las pone donde quiere que estén y me dice dónde con una palabra, y luego con otra, y luego deja de hablar.

La subo a la piedra del molino, que está fría y que es lo único plano que hay aquí, y la piedra le hace daño en la espalda y me lo dice, y le pongo el abrigo debajo, el bueno, doblado, y sigue.

Y cuando lo hacemos no nos miramos a la cara, y eso no lo hace el descuido, lo hace una hoja de cuaderno cosido a cuarenta centímetros con una frase de cuatro palabras y dos personas que saben leer.

Me pregunta dos veces si estoy bien y las dos veces le contesto, y a la segunda me hace repetirlo.

Le pregunto yo una vez, con la boca en el hueco de su hombro, si esto lo está haciendo por ella, que es la pregunta que le hice en un asiento de atrás el 2 de mayo y que aquella tarde tenía otra respuesta.

— Por mí — dice —. Y por ti. Y por ninguna otra cosa de las que hay encima de esta piedra.

— Otra vez.

— Por ti también, Jaume.

Y hay un momento, casi al final, en que ella se para en seco y se queda quieta encima de mí con las dos manos abiertas en mi pecho, y no dice nada durante seis o siete segundos, y por lo que le pasa por la cara en esos seis o siete segundos yo daría lo que ya no tengo.

— Sigue — digo.

— No estoy pensando en ti.

— Ya lo sé. Sigue igual.

Y sigue.

———

Amanece a las seis y cuarenta y a las seis y diez ya hay una raya gris larga por encima de la sierra, del lado de Aín, y la almazara con la puerta abierta se queda a esa hora de un color que no tiene nombre y que en febrero me pareció frío y hoy no.

Estamos sentados en el escalón de la era, ella con mi camisa y yo con la chaqueta encima de los hombros, con dos tazas y sin nada dentro de la casa que apetezca comer, y le cuento lo que llevo cuatro horas montando por dentro mientras leía una columna de once horas.

Que el lunes bajo a Castellón. Que llamo a Raquel Benlloch y le pido a ella el sitio y la hora, para que quede así en su informe.

Que le llevo las doscientas fotos de la libreta, el cuaderno de ensayos, las novecientas de Ximo con sus fechas y sus localizaciones, las lecturas del contador de agua desde 2016, las facturas de energía de cuatro años con mi firma al pie, y el papel de los sesenta y ocho pesos que hizo Benet con un boli en la playa dos.

Que dentro de esa carpeta va todo lo mío, sin quitar una hoja: el 2 de octubre de 2019, los cuatro años, el acta de cierre que firmé en marzo de 2020 y las cuatro mil y pico órdenes de carga que llevan mi nombre desde 2021.

Que eso me pone dentro y no fuera, y que a un instructor eso le da igual y que a mí también.

Cuarenta y ocho horas. Lunes por la mañana.

Ona escucha entera, con la taza en las dos manos y los pies descalzos en la piedra fría del escalón, y no me interrumpe ni una vez, y cuando acabo se queda mirando la Plana, que a esta hora todavía está debajo de una calima blanca de la que solo asoman las chimeneas.

— Sí — dice.

— ¿Sí?

— Sí. El lunes por la mañana.

Y me da la taza vacía, y se levanta, y entra en la casa a ponerse algo y a dormir tres horas, y ya en el umbral, sin volverse del todo, con una mano en el marco, me pregunta una cosa.

— Oye. La programación de junio. ¿Cuál es el primer lote grande de gris perla que sale hacia el sur cuando levantes el bloqueo?

— El cinco mil ciento dos.

— ¿Cuántos palés?

— Sesenta y ocho.

— Vale — dice, y entra.

Y me quedo sentado en el escalón de la era con dos tazas vacías y la sierra poniéndose amarilla por arriba, haciendo la cuenta más pequeña de las cuatro que he hecho esta noche.

Que esta mujer tiene desde el 16 de febrero acceso al expediente digital de calidad de las tres plantas, con la programación de expediciones, los lotes, los destinos y las fechas, y que lo abre todos los días a las siete de la mañana antes de ponerse la bata.

Y que en tres meses no me ha pedido nunca un número que pudiera mirar ella.