Capítulo 25 #2
— Porque en marzo tú no tenías nada, y una mujer con un cuaderno y sin nada es una mujer con un cuaderno — dice Amparo Segarra, y lo empuja quince centímetros por encima del tapete, hacia mí —. Ahora tienes catorce piezas, un rodillo picado y a Quico Arnau abriéndote la puerta. Ahora esto vale.
Lo cojo. Pesa lo que pesa un cuaderno cosido de doscientas hojas y huele a armario.
— Apunta la fecha — dice.
Y saco el mío del bolso, y la apunto delante de ella, con la hora, en la letra pequeña y recta de rellenar impresos, y ella se pone las gafas que no llevaba puestas para verme hacerlo.
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Subo a la Foia y a las diez menos veinte de la noche abro las dos hojas de la almazara, enciendo el fluorescente del techo y monto encima de la piedra del molino, de izquierda a derecha, la única cosa que he sabido hacer siempre, que es poner en fila lo que hay para que hable solo.
A la izquierda, doscientas fotos numeradas de una libreta de cuadros, pasadas al portátil y ampliadas hoja a hoja.
En el centro, el cuaderno de ensayos de La Vella, ejercicio 2019, enero a agosto, abierto por la última hoja escrita.
A la derecha, la memoria que Jaume dejó el martes encima de esta piedra sin decirme lo que había dentro, con novecientas y pico fotografías de un hombre de treinta y tres años que no ha borrado nada en su vida, ordenadas por fecha y con la localización metida dentro del archivo, porque un teléfono apunta siempre la fecha y el sitio y no le pide permiso a su dueño.
Y arriba, en una hoja de mi cuaderno, una columna de horas.
22.10: la extracción baja de tono y se queda plana.
22.30: se para. 22.30 a 04.30: seis horas de rampa continua, sin meseta, sin corte y sin enfriamiento.
03.00: porta de dalt oberta. 03.52: foto en el camino viejo de Betxí, encuadre movido, tierra y una caña.
04.09: foto del mismo encuadre. En el margen derecho, a contraluz de nada, la espalda de un hombre andando cuesta arriba.
04.10: 4.10, blanc, cotxe menut, y ocho caracteres.
04.26: foto de la fachada norte con la puerta pequeña de arriba abierta y luz dentro.
04.30: última entrada de la libreta. 04.
41: foto en la que el cielo por encima de la cubierta no es el cielo.
06.58: foto del camino viejo con luz de día y humo negro subiendo recto, porque aquella madrugada no hacía nada de viento.
Once líneas. Llevo once años poniendo once líneas en un impreso y firmando debajo, y esta es la primera vez que las pongo sabiendo lo que va a pasar cuando lleguen abajo.
La foto de las 04.26 es la que se lleva por delante seis años de sentencia firme, porque en esa fachada norte hay una puerta a ras de suelo y una escalera exterior de chapa que sube a la oficina, y la puerta de arriba de esa escalera está abierta y detrás hay luz, y son las cuatro y veintiséis de la madrugada del 14 de agosto de 2019, y a las cuatro y cuarenta esa nave empieza a arder por el horno de rodillos, y en la sentencia esto ocupa cuatro líneas y las cuatro hablan de un tiro puenteado y de un encargado que no dio el aviso.
Nadie preguntó nunca quién estaba dentro con la luz encendida a las cuatro y veintiséis.
La otra cuenta la hago después, de pie, con las dos manos apoyadas en el canto de la piedra y sin escribirla en ningún sitio hasta tenerla dos veces.
Una caja de fruta de las de plástico son cuarenta por treinta por veintidós, que son veintiséis litros y pico.
Un fajo de cien billetes de cincuenta ocupa ciento dieciocho centímetros cúbicos y son cinco mil euros, y eso son cuarenta y dos mil euros por litro si el que llena la caja la llena como se llena una caja y no como se llena un bolso.
Veintiséis litros por cuarenta y dos mil dan un millón y pico por caja.
Cuatro cajas apiladas de dos en dos encima de una mesa de despacho de una fábrica precintada, dos días antes.
Entre cuatro y cuatro millones y medio, según cómo estuvieran puestos.
Y lo que ardió allí dentro, según todos los papeles que yo he leído en seis años y medio, fue una instalación vieja, un tiro manipulado y dos hombres del turno de noche que habían pedido en junio, en una hoja, doce noches de mantenimiento de parada porque se pagan mejor.
———
La última hoja escrita del cuaderno de ensayos de La Vella la dejo para el final, y la dejo para el final a propósito, porque llevo desde las nueve menos diez de la mañana sabiendo lo que hay en ella y he preferido montar antes la columna de horas, que es lo que se hace en un laboratorio cuando una ya sabe el resultado: se termina el ensayo igual, con el mismo orden y con las mismas réplicas, para no poder decirse después que se lo saltó.
En un cuaderno cosido no se arranca una hoja. La última entrada escrita de este es del 13 de agosto de 2019, a las seis y cuarto de la tarde, y la firma el técnico de la planta con las absorciones de la tanda de la mañana y una nota al margen sobre el molino.
Y debajo de esa línea, en el mismo renglón siguiente, sin dejar hueco, hay tres líneas más escritas con otro bolígrafo y con otra letra.
Es una letra de mayúsculas pequeñas, con las cifras alineadas a la derecha porque a él le enseñaron a alinearlas a la derecha, y yo la he visto en el cuaderno de 2014 hace ocho semanas en una sala de archivo con un deshumidificador zumbando, y la he visto en los márgenes de un convenio doblado en el bolsillo de atrás de un pantalón, y la he visto en la lista de la compra de una cocina de la calle Enmedio, y la he visto en veintidós postales de Navidad.
14-8-19. 4.20.
Forn 1: 1.278 zona 9. Extracció tancada.
No hi ha ningú.