Lo que el fuego no devuelve Capítulo 25
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Capítulo 25

A esta cocina se viene una sola vez, y por eso hoy traigo el móvil cargado al cien por cien, un cable, una batería externa de las de veinte mil, un trípode de mesa de doce euros y una regla de acero, que es todo lo que hace falta para copiar veintiún años de noches sin sacarlas de una casa.

Quico Arnau está en la silla de anea con la petaca abierta en el regazo y no se levanta cuando me ve venir.

— Bon dia — digo.

— Bon dia — pasa la lengua por el papel, cierra el cigarro y se lo pone detrás de la oreja —. Has vingut sola.

— He venido sola.

— I de dia.

— Y de día — digo —. De noche no conduzco.

Quico Arnau se queda mirándome desde abajo con esos ojos pequeños y muy claros, y no me pregunta por qué, que es lo que le agradezco a este hombre antes de haber entrado en su casa.

— Ton pare tampoc conduïa de nit — dice, y se levanta —. Passa.

———

La cocina huele a café hecho hace rato y a la humedad que sale de una medianera de cuarenta centímetros cuando al otro lado hay algo caliente.

Le pido permiso para poner el trípode en el hule de cuadros y me lo da con la barbilla.

Le explico lo que voy a hacer y por qué, y se lo explico entero, con las palabras del oficio, sin ablandarlo: que voy a fotografiar las cien hojas una a una con la regla de acero al lado para tener la escala, que las voy a numerar en el mismo orden en que están, que voy a apuntar la hora de cada disparo, y que la libreta no se mueve de esta mesa ni un metro y sale de aquí exactamente igual que ha entrado, que es dentro de su casa.

— I això per a què val?

— Para que el día que alguien diga que esto lo escribió usted la semana pasada, haya doscientas fotos con una hora dentro y una regla al lado, y para que se pueda medir la tinta y la presión del bolígrafo en un papel que lleva seis años en un cajón — dejo la regla en la primera hoja —.

La libreta la tiene usted. Yo no me llevo la libreta. Me llevo que exista.

Quico se sienta enfrente, enciende el cigarro y no lo baja al pecho, y en las tres horas siguientes no se mueve de ahí y no toca el papel ni una vez.

Yo paso hojas con el canto de la uña, disparo, apunto, paso, disparo, apunto, y al cabo de una hora tengo la nuca agarrotada y el pulgar derecho blanco de apretar el mismo sitio, y por la ventana que da a la medianera entra el ruido de una persiana, un perro lejos, una radio en una cocina y esa vibración que no se oye pero está, la del aire moviéndose dentro de un tubo de ladrillo macizo a metro y medio de aquí.

Veintiún años de noches, y en veintiún años todas las curvas tienen su rampa, su meseta y su enfriamiento, y las tres cosas dibujadas a mano alzada con un pulso que yo conozco porque lo he visto en un cristal de locutorio, aunque no sea el mismo hombre.

Diciembre de 2018 se acaba a media hoja.

Cuarenta páginas en blanco. Y después, una sola hoja escrita.

La fotografío seis veces, con la regla en las dos direcciones y con luz de ventana y con luz de flexo, antes de leerla entera.

13-14 d'agost de 2019. Trece entradas seguidas de media en media hora, de las diez y media de la noche a las cuatro y media de la madrugada, con una temperatura estimada en la última columna que sube y sube y sube sin un solo tramo plano, sin corte, sin enfriamiento y sin que nadie toque nada, y a las diez y diez la extracción bajando de tono y a las diez y media parándose, y entre la línea de las tres y la de las tres y media, escrita más torcida y con la letra un poco más grande, porta de dalt oberta.

— Esta noche no le tocaba.

— Eixa nit no em tocava, no — dice Quico —. Eixe forn l'havien d'apagar la primera setmana d'agost, com tots els anys des del noranta-quatre, i jo el vaig sentir treballar des del llit.

— ¿Y la puerta de arriba?

— Eixa porta té pany de gorja i no se força. O tens la clau o no entres — levanta tres dedos, igual que se los levantó a Jaume, y los deja levantados —. Tres claus. La meua, que està en eixe calaix des del divuit i que eixa nit estava en eixe calaix. La de l'encarregat de forn. I la del despatx.

— Tres.

— La del despatx estava dins del despatx, xiqueta — baja dos dedos y deja uno —. Per a agafar-la havies d'entrar. I per a entrar necessitaves una de les altres dos.

Y ahí me quedo yo, con el móvil en el trípode y el dedo todavía apoyado en la pantalla, en una cocina de baldosa hidráulica de los años cuarenta, haciendo la única aritmética que se puede hacer con un tres del que se caen dos: que aquella noche había en el mundo dos llaves capaces de abrir esa puerta desde fuera, y que una estaba a cuatro metros de mí, en un cajón, en casa de un hombre de setenta y cuatro años que se levantó a las dos y media, fue andando hasta la puerta grande, la encontró cerrada con el candado gordo, vio la de arriba abierta y se volvió a su cocina a seguir apuntando.

— Quico.

— Diga.

— ¿Usted apuntó todo lo que vio?

Quico Arnau coge el cigarro, lo mira, y no lo enciende, y esa es exactamente la misma cosa que hizo el jueves 7 de mayo delante de otra persona, según me la contaron esa misma noche en una almazara con el mapa entero encima del hule.

— No — dice.

— ¿Qué no apuntó?

— Que un poc abans del cotxe va passar algú pel camí, a peu, cap amunt — deja el cigarro en el borde del cenicero de publicidad —. Un minut, o dos. I això no ho vaig apuntar perquè no feia falta apuntar-ho.

— ¿Por qué no hacía falta?

— Perquè jo conec com camina la gent, xiqueta — dice Quico Arnau, y me sostiene la mirada sin pestañear, igual que se la sostuvo a él —. Quaranta anys sentint entrar el torn de nit per eixe camí. Jo no necessite vore una cara.

Y no dice el nombre. Se levanta, coge la botella de agua de la nevera, me llena un vaso hasta arriba y lo deja en el hule a mi lado sin decir nada más, y por la ventana que da a la medianera sigue entrando el mismo perro lejos y la misma radio, y el reloj de pilas de la pared con el segundero fuerte se oye ahora mucho más de lo que se oía hace un minuto.

— Això ho pregunte jo no — dice al final, de pie, con la mano en el respaldo de la silla —. Això li ho preguntes tu a ell.

———

Amparo Segarra vive en un tercero con terraza de Vila-real, en una calle de las de plátanos podados a puño, encima de una administración de lotería, y me abre la puerta a las seis y diez de la tarde con un delantal puesto, sin gafas colgando de ningún cordón y con las manos mojadas.

En once años he estado en esta casa dos veces: una en 2011, en una comida de Navidad del laboratorio a la que fuimos siete, y otra en 2023, tres días después de enterrar a mi madre, a traerle unos papeles que me habría podido pedir por teléfono y que me pidió para tenerme dos horas sentada en un sofá.

En la mesa camilla del comedor, encima del tapete y debajo de la lámpara, hay un cuaderno de tapas de hule con las esquinas redondeadas y una etiqueta pegada en el lomo.

— Está ahí desde marzo — dice —. Lo saqué del armario el día que me pusiste el libro verde encima de la mesa y lleva ahí dos meses, encima de esa camilla, que es donde yo como.

— Amparo.

— No — se seca las manos en el delantal, se sienta y me señala la silla de enfrente —.

Yo no te voy a pedir perdón, reina, porque a mi edad pedir perdón es una manera de que te consuelen y yo no he venido a que me consueles tú.

Siéntate y pregunta lo que tengas que preguntar, y cuando acabes te lo llevas.

Y le pregunto, y me lo cuenta en once minutos, sin adjetivos, con la sintaxis de una circular interna y con las manos encima del tapete.

Que el 12 de agosto de 2019, un lunes, subió a La Vella a hacer la recogida anual del archivo de planta, que se hace siempre en la parada de agosto porque es la única semana en que no hay nadie estorbando.

Que entró por la oficina, que el laboratorio de allí eran nueve metros y una encimera, y que se llevó lo que se lleva siempre.

Que al pasar por el despacho de dirección, que tiene la puerta de cristal traslúcido y estaba abierta, había cuatro cajas de las de fruta, de plástico, apiladas de dos en dos, precintadas con cinta marrón por los cuatro lados, y encima de la pila una carpeta de anillas de lomo ancho con una etiqueta blanca escrita a mano con rotulador negro.

Que había una mujer sentada a la mesa. Que le dio los buenos días y que la mujer le contestó los buenos días y no se levantó.

— ¿Y qué hiciste?

— Coger mis cosas y bajar por la escalera de fuera — dice Amparo —.

Y dos días después ardió aquello, y a la semana siguiente ya nadie hablaba de otra cosa que del tiro y del mantenimiento, y yo estuve quince días esperando a que alguien me preguntara algo.

Y no me preguntó nadie. Ni el juzgado. Ni el perito.

Ni el abogado. A mí, que soy la que sabe qué había en cada balda de esa fábrica.

— ¿Y el cuaderno?

— El cuaderno lo cogí el día doce, con lo demás, porque me tocaba cogerlo — se acerca la taza que no se ha servido y la vuelve a apartar —.

Y el 3 de septiembre lo di de alta en el registro con mi firma y con mi letra, y esa misma tarde me lo traje a esta casa dentro del bolso.

Y me llevo seis años oyendo lo lista que soy.

— Eso es lo único de todo esto que no entiendo.

— Pues es lo único que está bien hecho — dice, y por primera vez desde que he entrado levanta la cabeza y me mira a la cara —.

Un cuaderno que no está en el registro no existe, Ona.

Si yo me lo llevo y no lo apunto, dentro de seis años esto es la libreta de una vieja.

Yo lo apunté para que existiera, y luego me lo traje para que siguiera existiendo, porque en aquella casa lo que existe y está a mano dura lo que le dejan durar.

Que es una cosa que también aprendí de la manera fea.

— ¿Y por qué no me lo diste en marzo?