Capítulo 24
Mi tía me abre la puerta ella misma, y eso ya me dice que en esta casa no hay nadie más y que no lo va a haber en toda la tarde.
— Pasa.
Trescientos metros construidos en dos alturas, terrazo pulido, muebles de los ochenta en perfecto estado y esa temperatura de las casas que no se calientan porque no hay nadie dentro que tenga frío.
En el recibidor hay un aparador con un teléfono fijo encima y una foto enmarcada, una sola, en blanco y negro, de dos críos delante de una nave de tres crujías: una niña de unos veinte y un chico de unos treinta y siete, y el que sonríe es él.
En el salón hay dos sofás de tres plazas con la funda puesta y sin una arruga, y una mesa baja con un cenicero de cristal limpio en una casa donde no fuma nadie desde hace treinta años.
— Siéntate donde quieras.
Me siento en el de la izquierda, junto a la ventana, con la puerta del pasillo a mi derecha, y ella se sienta enfrente en una butaca, cruza las piernas y se pone la carpeta de anillas encima de las rodillas.
Va a la cocina antes, deja un vaso de agua en la mesa baja y lo deja a treinta centímetros de mí. No me lo da en la mano. En cincuenta y dos años esta mujer no le ha dado nada en la mano a nadie de esta familia.
———
— ¿Quieres ver la habitación? — dice.
— ¿Qué habitación?
— La de los papeles. Nunca la has visto.
Y me levanta y me lleva por el pasillo hasta la segunda puerta de la derecha, y la abre, y enciende la luz, y lo que hay dentro es un dormitorio de matrimonio vaciado: sin cama, sin armario, sin cortinas, con estanterías metálicas de suelo a techo en las cuatro paredes y la puerta y la ventana como únicos huecos, y en las estanterías, puestas de pie y apretadas unas contra otras, carpetas de anillas de lomo ancho, todas del mismo color, todas con una etiqueta blanca escrita a mano con rotulador negro.
Empieza abajo a la izquierda, en 1998, y sigue por la pared del fondo, por la de la ventana y por la de la derecha, y termina arriba, en el primer trimestre de este año, y en la última balda hay tres huecos vacíos esperando.
Debe de haber setecientas u ochocientas.
— Aquí está todo — dice —. Y cuando digo todo digo todo, Jaume. Las facturas buenas y las otras. Las nóminas. Los contratos de suministro. Los albaranes de las cosas que no eran nuestras. Los certificados. Los pagos de 2019 y 2020 y 2021 con su fecha y su importe y el nombre de quien los ordenó.
— ¿Y eso por qué lo guardas?
— Porque si no lo guardo no sé dónde está — dice, y apaga la luz —. Y una cosa que no sé dónde está no es mía.
———
Volvemos al salón. Se sienta. Abre la carpeta que trae en las rodillas y saca tres documentos grapados por separado, y los pone en la mesa baja uno al lado del otro, cuadrados con el borde, y luego se echa hacia atrás en la butaca y junta las manos.
Yo me tiro del guante de la mano derecha, un tirón corto, y me lo dejo puesto.
— Lee.
El primero es un proyecto de pacto sucesorio, con el membrete de una notaría de Castellón y la fecha en blanco, en el que Roc Bonastre Ferrandis atribuye a Jaume Bonastre Vilaplana la totalidad de sus participaciones en las tres sociedades operativas del grupo, con efectos desde la firma y con reserva de usufructo vitalicio. Ochenta y uno por ciento de la casa.
El segundo es un acta de junta general universal, redactada, con el orden del día escrito y los asistentes previstos enumerados: mi padre, mi tía, mi primo, dos personas más de la familia que llevan veinte años cobrando dividendos y no han pisado una nave. Punto único. Nombramiento de presidente.
El tercero tiene dos folios y ese sí me cuesta leerlo entero.
Es un documento de reconocimiento, redactado en primera persona y para ser firmado por mi padre, en el que Roc Bonastre declara ante notario y ante la familia reunida, con esas palabras, que Jaume Bonastre Vilaplana es su hijo a todos los efectos, que lo ha sido desde 1989, y que así lo ha querido siempre.
Está redactado. Está maquetado. Tiene el pie de firma con su nombre y su documento de identidad.
— ¿Desde cuándo tienes esto? — digo.
— Desde el 3 de septiembre de 2019 — dice Neus —. Lo encargué el día que te nombraron. Lo he ido actualizando cada dos años con los cambios de participaciones. Esta versión es de enero.
Y esa frase se me queda dentro y se me va a quedar mucho tiempo, porque quiere decir que la cosa que yo llevo treinta y dos años esperando existe desde hace seis años y medio, encuadernada, en una carpeta de anillas, en la segunda balda de la pared del fondo de un dormitorio vaciado de Vila-real, a cuarenta minutos de mi casa, esperando el día en que a alguien le hiciera falta dármela.
— Otra vez.
— No he dicho nada más.
— Otra vez, tía.
— Que está desde el diecinueve — repite, sin mover un músculo de la cara —. Y que tu padre lo firma. Eso lo hablo yo con él en una tarde.
———
Lo que pide me lo dice en dos minutos y no le hace falta más, y me lo dice sentada, con la carpeta cerrada sobre las rodillas y sin apoyar una sola vez la espalda en el respaldo de la butaca.
Que me aparte del asunto del laboratorio.
Que la comprobación interna siga su curso sin que yo la toque, sin que le pida papeles a nadie, sin que llame a nadie y sin que aparezca en la audiencia de la interesada.
Que levante el bloqueo de calibre el lunes y que la ruta salga.
Y que la directora técnica del grupo, con la que el grupo tiene firmado un reconocimiento de deuda de seiscientos mil euros y un contrato con indemnización tasada, presente su dimisión antes del cierre del semestre, cobre lo que se le debe hasta el último euro y se vaya a trabajar a otra empresa de esta provincia, que hay ciento y la madre.
— Y la denuncia — digo.
— La denuncia seguirá su curso.
— La denuncia la escribió alguien que estaba en el comedor de mi padre el 16 de febrero.
— La denuncia es anónima — dice —. Eso quiere decir que no la ha escrito nadie. Es la ventaja que tienen.
— Y si eso llega a la Fiscalía, la única persona física de todo el expediente es ella.
— Sí.
Lo dice sin subir la voz, sin apartar la vista y sin ponerle nada delante ni detrás, con la misma cara con la que me ha ofrecido el vaso de agua, y ahí es donde entiendo que llevo veinte años equivocado con esta mujer.
Yo creía que mi tía Neus no amenaza porque es fina.
Mi tía Neus no amenaza porque no le hace falta: pone las cosas encima de la mesa, en orden, con su fecha, y deja que las cuentes tú.
— ¿Y qué le pasa a ella?
— Lo que le pase a ella depende de un instructor y de un perito — dice —. A lo mejor no le pasa nada. A lo mejor le pasa. Esas cosas no las decidimos nosotros.
— Nosotros.
— Nosotros — repite.
———
Y después mi tía hace la única cosa de toda la tarde que no tenía preparada.
Se levanta, va hasta la ventana, mira la calle un momento y se queda ahí de pie, de espaldas, con el puño de la chaqueta de punto entre los dedos.
— Yo tenía veinticuatro años en el noventa y ocho — dice —.
Puse en esta casa la herencia de mi madre entera, que era lo que hacía falta el año que esto se caía, y llevé las cuentas desde el primer mes.
Y en veintiocho años no me he sentado nunca delante de un cliente.
Ni una vez. Cuando venían los italianos, yo estaba en el despacho de al lado con los números que ellos iban a discutir, y salía a saludar, y me iba.
— ¿Y eso quién lo decidió?
— Nadie — dice —. Eso no lo decide nadie, se hace.
— Podrías haber salido igual.
— Podría — y se vuelve —. Y habría durado dos años, y este grupo tendría hoy una nave y un juicio. Yo elegí la otra cosa. Elegí hacerme necesaria por detrás, y me ha funcionado veintiocho años, y en veintiocho años no he perdido un solo asunto.
— Y no has ganado ninguno delante de nadie.
— No — dice Neus Bonastre —. Y esa es la parte que tú estás a punto de comprarte, Jaume, porque tú llevas treinta y dos años haciendo exactamente lo mismo que yo y todavía crees que hay un día en que te lo dan.
Yo te lo estoy dando. Está ahí encima de la mesa, en tres papeles, con notario y con la familia sentada. Eso no se lo he ofrecido a nadie nunca.
— ¿Y a Ximo?
— Ximo se va a Alicante en junio — dice —. Tres o cuatro meses. Le he buscado algo con los del almacén de allí, que le viene bien salir.
— Ximo tiene treinta y tres años.
— Ya lo sé la edad que tiene mi hijo.
— Y en Alicante no tenemos almacén.
— Tenemos un cliente que sí — dice, y se estira el puño de la chaqueta de punto —. Y no me mires así, Jaume, que a ti también te mandaron a Rumanía tres meses en el dos mil catorce y volviste hablando de otra manera.
Y por primera vez en toda la tarde miento yo, y miento por omisión y con la cara quieta, que es lo que he aprendido en esta casa y no en otra parte: no le digo que el jueves pasado copié ocho caracteres en el reverso de un albarán en una cocina de Betxí, ni le digo de quién es la matrícula de un utilitario blanco que estaba en el camino viejo a las cuatro y diez de la madrugada del 14 de agosto de 2019.
Me lo quedo entero, sentado en el sofá de la izquierda de esta casa, mientras a mi tía se le mueve un músculo en la mano derecha al decir la palabra Alicante.
———
Y aquí es donde digo que no, y lo digo sin levantarme del sofá, con las manos en las rodillas y el vaso de agua todavía lleno a treinta centímetros.
— No.
Mi tía Neus no cambia de cara. Vuelve a la butaca, se sienta, recoge los tres documentos en el orden en que los ha sacado, los grapa mentalmente y los mete en la carpeta de anillas, y cierra las anillas con ese chasquido de metal que se oye en toda la habitación.
— Piénsalo hasta el lunes.
— Ya está pensado.
— Lo has pensado en cuatro segundos.
— Lo he pensado mientras hablabas — digo —. He ido calculando lo que me cuesta y he acabado a la vez que tú.
Y es verdad, y voy a decirlo entero porque a esta mujer se le contesta con la cuenta y no con el sentimiento.
Que en dos semanas voy a estar fuera de la dirección de producción, porque a mi tía le sobra con dos llamadas y una junta de las de verdad.
Que Benet Gimeno lleva doce años conduciendo para esta casa y que va a tener que elegir, y que elija lo que elija va a perder algo.
Que la gente de las tres plantas, doscientas ochenta personas que me miran el hombro cuando cruzo la nave, va a dejar de mirarme incluso el hombro en cuanto corra la voz.
Que voy a perder el acceso a los papeles, que es lo único con lo que estoy peleando.
Que mi padre tiene setenta y un años y que esto se lo van a contar de una manera que yo no voy a poder corregir.
Y que la mujer que vive en mi casa se queda con una denuncia con su nombre y sin nadie dentro del grupo que pueda pararla.
— Todo eso lo sabes — dice Neus.
— Todo eso lo sé.
— ¿Y aun así?
— Aun así.
Mi tía se queda mirándome desde la butaca con la carpeta cerrada sobre las rodillas, y por segunda vez en cuatro meses hace algo con la cara: levanta las cejas un milímetro y las baja.
— Eso se arregla — dice.
———
Subo a la Foia por la CV-20 y hago los cincuenta y un minutos en cincuenta y ocho, y llego a las nueve menos cuarto con la sierra ya morada y la luz de la almazara encendida por las rendijas.
Se lo cuento todo. Los tres papeles, el 3 de septiembre de 2019, la habitación de las carpetas, lo de Alicante, lo que ha pedido y lo que he contestado, y tardo veinte minutos y no me dejo nada, porque el trato era ese.
Ona me escucha sentada en el taburete, con la bata puesta y las manos quietas encima de las rodillas, y no me interrumpe ni una vez.
— ¿Y qué te va a costar? — dice al final.
— Lo he contado en el coche. Dos semanas la dirección, un mes la gente, y a mi padre no lo sé.
— ¿Y a mí?
— A ti te cuesta que ya no hay nadie dentro que pueda parar esa denuncia.
Se queda callada. Después se levanta, apaga el horno de sobremesa, enrolla el cable del flexo en el gancho de la pared y cierra las dos hojas de la almazara, en el orden de siempre, sin saltarse un paso.
Y subimos a la casa, y nos sentamos en la cocina, y estamos ahí hasta las dos y media de la madrugada con dos tazas y el mapa entero encima del hule, hablando de Quico Arnau, de Amparo Segarra y de una libreta de cuadros, y en cuatro horas y media no nos tocamos ni una vez.
Ni la mano.
Y a las dos y media, cuando ella sube y yo me quedo abajo aclarando las tazas, hago la última cuenta del día, que es la que no le he dicho.
Que esos tres papeles llevaban seis años y medio en una balda esperando a que alguien me los enseñara.
Y que ahora llevan tres horas y media volviendo a esa balda, a la segunda de la pared del fondo, entre 2019 y 2020, con su etiqueta escrita a mano.
Y que ahí se van a quedar, esperando.