Capítulo 23
Una pieza cocida no se acuerda de nada, y esa es la primera cosa que hay que quitarse de la cabeza antes de empezar, porque si no una se pasa dos semanas buscando una confesión donde solo hay óxidos.
Un porcelánico no guarda la fecha, no guarda el nombre del que lo prensó y no guarda la intención de nadie.
Lo que guarda es lo que le pasó: la temperatura máxima que alcanzó y cuánto tiempo la aguantó, la atmósfera que había alrededor mientras se le cerraba la porosidad, el agua con la que se molió la pasta, la frita que llevaba encima y el sitio exacto del horno por el que iba pasando.
Eso no se borra, no se corrige y no se declara mal en un albarán, porque no está escrito en ninguna parte: está fundido dentro, a mil ciento noventa grados, y para quitarlo habría que volver a fundirlo.
Así que la pregunta no es de dónde vienes, que es la pregunta que haría un juez y la que hace todo el mundo. La pregunta es qué te pasó, y a quién más le pasó exactamente lo mismo.
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Empiezo el lunes 11 de mayo a las seis y media de la mañana y trabajo cuarenta y una horas en tres días con dos noches de cuatro horas de sueño, y lo apunto todo, con la hora y con el equipo y con el número de serie del equipo, porque lo que salva no es la conclusión.
Encima de la piedra del molino de la almazara pongo tres grupos, y el orden en que los pongo ya es medio ensayo.
Grupo A: la pieza que me metí en el bolso el 9 de febrero, un gris perla de sesenta por sesenta rectificado del lote 4471, con destino Orán, tres kilos escasos, con medio punto al verde en la esquina inferior derecha que no ve nadie que no lleve once años mirando lo mismo bajo la misma luz.
Grupo B: las catorce piezas testigo de la planta de Betxí que saqué del archivo de Valdús el 23 de marzo con una hoja de préstamo firmada por mí y sellada por Amparo Segarra, de enero a agosto de 2019, la última con 13-08-19 escrito por detrás a lápiz de grafito.
Y grupo C, que es el que no me ha pedido nadie y el que decide todo: doce testigos de los tres hornos de Valdús, cuatro de cada uno, de estas mismas semanas.
Los saqué del cajón de este año un martes por la tarde con la misma hoja de préstamo y son mi blanco, mi referencia y mi contraste, porque sin algo con que comparar no tengo nada más que una impresión, y una impresión no es un resultado.
En un ensayo lo que hunde a la gente lista nunca es lo que mide mal: es medir dos cosas y no medir la tercera, enamorarse de la diferencia que encuentra y no comprobar si esa diferencia está también en todas partes.
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El primer día lo dedico entero a lo que se puede ver, que es peso, calibre, planaridad, rectitud de aristas y absorción de agua por el método del vacío, veintisiete piezas por triplicado, y a las nueve de la noche tengo ochenta y un resultados y todos están dentro, porque todas las piezas de este país están dentro; un porcelánico que no está dentro se queda en la fábrica y se vende de segunda a un almacenista de la costa.
Este día lo doy por perdido antes de empezarlo y lo hago igual y lo apunto igual, porque el día que alguien me pregunte si comprobé lo básico quiero poder abrir el cuaderno por esta página y enseñársela sin decir nada.
El segundo día bajo a Valdús a las seis, me encierro en la sala de instrumental con la puerta cerrada y le digo a la de administración que no me pase a nadie.
Aquí hay un equipo de fluorescencia de rayos X que compró el grupo en 2018 para controlar las materias primas, que costó lo que cuesta y que usa alguien dos veces por semana durante veinte minutos para mirar una arcilla.
Yo lo uso once horas seguidas: preparo perlas de las tres familias con el horno de fusión, tiro cada muestra por triplicado, calibro con los patrones de la casa al empezar y vuelvo a calibrar a media tarde para que nadie pueda decirme que la deriva del equipo me ha dado el resultado, y a las siete de la tarde tengo cuarenta y dos análisis, un dolor de cabeza que me llega hasta la nuca y lo primero.
En el esmalte de la pieza del 4471 hay hierro, y hay hierro en todos los esmaltes del mundo porque el hierro está en todo y no se va nunca del todo; lo que importa siempre es cuánto.
En los doce testigos de Valdús el hierro del vidriado se mueve entre cuarenta y ocho y sesenta y una partes por millón, con una desviación pequeña y previsible, porque Valdús muele con agua de red y el agua de red de esta comarca es la que es y no cambia de un mes para otro.
En la pieza del 4471 hay ciento noventa. Y en las catorce piezas de La Vella de 2019 hay entre ciento setenta y dos y doscientas cuatro.
Me quedo sentada en el taburete de la sala de instrumental un rato largo, con las hojas impresas todavía calientes en la mano y el zumbido de la refrigeración del equipo llenándome la cabeza, sin escribir nada, porque La Vella nunca estuvo enganchada a la red para producción: La Vella tiene un pozo, y ese pozo saca de un acuífero que en Betxí lleva hierro y lleva sulfatos, y eso en aquella fábrica era una lata de las gordas.
Mi padre se pasó veinte años pidiendo que corrigieran la barbotina y quejándose de que el gres blanco salía crema si te descuidabas dos días, y en mi casa, de pequeña, la palabra pozo se decía con el mismo tono con el que se dice avería.
Eso es lo que tengo el martes por la noche, y lo escribo tal cual: la pieza del lote 4471, que salió de la planta de Valdús con un albarán de Valdús y un peso declarado de mil trescientos diez kilos, se molió con agua del pozo de Betxí.
Y eso todavía no es suficiente, porque un abogado con dos dedos de frente diría que se trajo la barbotina desde allí en cisterna, o que se usó agua de otro pozo parecido, o que entró una partida de arcilla con más hierro, y en las tres cosas tendría razón en que yo no puedo demostrar lo contrario con este papel.
El agua me dice dónde se molió la pasta.
No me dice dónde se coció la pieza, y lo que hace falta es el horno.
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Y el horno no deja composición. El horno deja marcas.
Esto lo aprendí a los diecinueve años con Amparo Segarra de pie detrás de mí en la mesa de clasificación y no lo aprendí en ningún libro.
Una pieza de porcelánico atraviesa ciento veinte metros de horno tumbada sobre unos rodillos cerámicos que giran todos a la misma velocidad y que la van empujando, y esos rodillos la tocan por el reverso todo el rato, a más de mil grados, justo cuando la pasta está en el punto en que ya no es polvo y todavía no es piedra.
Un rodillo nuevo deja una superficie limpia.
Un rodillo con la vida hecha deja rayado.
Y un rodillo con una muesca deja siempre lo mismo en el mismo sitio, pieza tras pieza, turno tras turno, año tras año, hasta que alguien decide pararlo todo y cambiarlo.
Nadie mira nunca el reverso de una baldosa. El reverso va contra el cemento cola y no lo ve un cliente en su vida.
El miércoles a las siete de la mañana pongo las veintisiete piezas boca abajo en la piedra del molino de la almazara con luz rasante, que es un flexo tumbado casi horizontal a dos palmos de la superficie, y me siento con una lupa de veinte aumentos, una regla de acero y el cuaderno abierto, y tardo cuatro horas en encontrarlo y lo encuentro porque lo estoy buscando, que es una diferencia que hay que apuntar también.
En el reverso de la pieza del 4471, paralela al borde largo y a ciento ochenta y dos milímetros de él, hay una banda de rayado de tres milímetros de ancho, un poco más brillante que el resto de la superficie, de las que deja un rodillo gastado que ya ha perdido el vidriado de protección.
La banda cruza la pieza entera de lado a lado menos en un punto, a cuarenta y un milímetros del borde corto, donde se interrumpe durante tres milímetros escasos y vuelve a empezar sin desviarse.
Un rodillo con una muesca en la generatriz.
Una picadura, un golpe de la esquina de un palé al montarlo, una esquirla de material cocida encima que un día saltó y se llevó un trozo.
La clase de cosa que un hornero ve, apunta en el parte y no cambia, porque cambiar un rodillo en caliente son dos horas de trabajo, un guante quemado y una parada, y porque ese rodillo no le está estropeando el producto a nadie.
Cojo la primera de las catorce de La Vella, la de marzo de 2019, y la pongo debajo del flexo, y la banda está a ciento ochenta y dos milímetros del borde largo, y a cuarenta y uno del corto está la interrupción.
Tres milímetros.
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Lo hago con las catorce, una a una, midiendo dos veces cada distancia y apuntando las dos medidas aunque coincidan, y de las catorce, once tienen la banda y la interrupción exactamente en el mismo sitio; las tres que no la tienen son de un formato de cuarenta y cinco por cuarenta y cinco, y en ese formato la pieza va colocada de otra manera sobre el mismo rodillo y esa zona la pisa por otro punto, y esa comprobación me lleva dos horas de dibujar disposiciones de carga en el cuaderno y me deja mucho más tranquila que las once que sí.
Después cojo los doce testigos de Valdús, que es la parte que de verdad importa y la que nadie haría con prisa.
En los tres hornos de Valdús hay rayado, porque en todos los hornos del mundo hay rayado, y hay dos bandas más marcadas en el horno dos y una en el tres, y las mido y las apunto todas con sus distancias.
En ninguna de las doce piezas hay una interrupción de tres milímetros a cuarenta y un milímetros del borde corto.
En ninguna. He mirado las doce dos veces, y la segunda he empezado por la última y con la lupa cambiada de mano, para no mirarlas con el mismo orden ni con la misma cabeza ni con el mismo cansancio.
A la una y veinte de la tarde del miércoles 13 de mayo dejo la lupa encima de la piedra, salgo a la era de la almazara y me siento en el escalón con las manos entre las rodillas.
Hace un sol de mayo que ya calienta de verdad, en la sierra huele a jara y a tomillo caliente y abajo, a través de la calima, se ve la Plana entera hasta Nules y una franja de mar, y estoy sentada en un escalón de piedra a seiscientos metros de altura, sin frío ninguno, con los dientes castañeteándome, porque el rodillo está diciendo lo que dice y no hay manera humana de que diga otra cosa.
Una baldosa fabricada en febrero de este año, con albarán de Gres Valdús y destino Orán, en un palé que pesaba ciento setenta kilos menos de lo que tenía que pesar y con mi firma falsificada al pie de su certificado, pasó por encima del mismo rodillo picado que una baldosa de marzo de 2019 de la planta de Betxí.
El mismo rodillo. En el mismo horno. En la misma nave.
Seis años y medio, una sentencia firme, un precinto judicial, dos hombres del turno de noche que tienen nombre en un papel del sumario y un padre mío cumpliendo condena en Albocàsser; y ese horno no se ha parado ni un solo día en todo ese tiempo, y esa muesca sigue en el mismo sitio porque nadie ha cambiado ese rodillo, y nadie ha cambiado ese rodillo porque para cambiarlo hay que parar, y ellos no han parado nunca.
Por eso lo tengo. Los hicieron el 14 de agosto de 2019 y desde entonces han hecho todo lo demás bien, y lo único que se les ha olvidado es lo mismo que se le olvida a todo el mundo, que es el reverso.
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Vuelvo dentro y hago lo que se hace, que es escribirlo mientras todavía duele.
Escribo la fecha, el método, los equipos con su número de serie, las condiciones de la sala, las tres réplicas de cada análisis y las hojas impresas numeradas y grapadas por detrás del cuaderno.
Dibujo el reverso de la pieza con la banda y la interrupción acotadas en milímetros y lo dibujo dos veces, una para la pieza del 4471 y otra para la de marzo de 2019, y las dos a la misma escala para que se puedan poner una encima de otra a contraluz.
Firmo las dos páginas al pie con la firma de verdad, la de los tres trazos separados y la O que empieza por abajo, y las fecho, y anoto la hora, que son las cinco y cuarenta de la tarde.
Y en la última línea escribo, con la letra pequeña y recta de rellenar impresos, las tres cosas que me faltan.
La primera es el reverso de una pieza cocida en ese horno entre agosto de 2019 y hoy, porque yo tengo los dos extremos de una cuerda de seis años y me falta el medio, y sin el medio siempre habrá alguien capaz de decir en una sala que el rodillo lo desmontaron y lo montaron en otro sitio.
La segunda es el cuaderno de ensayos de La Vella de 2019, que está en casa de una mujer de cincuenta y ocho años que me enseñó a apuntar la fecha y que el 23 de marzo se puso a alinear unos partes contra el canto de la mesa para no mirarme.
Y la tercera es una libreta de cuadros con veintiún años de noches apuntadas a mano que hay en una cocina de Betxí, a cuarenta centímetros de la medianera de la nave, y que su dueño no le enseña a ningún hombre que llegue en un coche bueno.
Que vinga, le dijo el jueves a Jaume.
Miro el reloj de la almazara y son las seis menos veinte de la tarde del miércoles 13 de mayo, y desde el taburete me quedo mirando la pieza del 4471 boca abajo en la piedra del molino, con el flexo todavía tumbado, esa banda brillante cruzándola de lado a lado y el corte de tres milímetros donde no llegó el rodillo.
Una firma la puede copiar cualquiera con dos días de práctica y un original delante.
Esta no.