Lo que el fuego no devuelve Capítulo 22
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Capítulo 22

Quico está en la silla de anea, en la puerta de su casa, con el sol de las cinco y media dándole de lado y la petaca abierta en el regazo.

— Bon dia — digo.

— Bona vesprada — dice, sin levantar la vista de lo que está liando —. Que ja són les cinc i mitja.

— Buenas tardes.

— Ara sí — pasa la lengua por el papel, cierra el cigarro, se lo pone detrás de la oreja y me mira por primera vez —. I hui què véns a mirar?

— Hoy vengo a hablar contigo y no traigo ninguna excusa.

Quico Arnau se queda un momento con las dos manos en los brazos de la silla, mirándome desde abajo con esos ojos pequeños y muy claros que tiene la gente que se ha pasado cuarenta años delante de una mirilla de horno, y después se levanta con esa lentitud de los setenta y cuatro años que no es debilidad sino administración, entra en la casa y deja la puerta abierta.

———

La cocina de esta casa tiene el suelo de baldosa hidráulica de los años cuarenta, una mesa camilla con hule de cuadros, un calendario de una ferretería de Onda de 2017 colgado de una alcayata, una televisión pequeña encima de la nevera y una ventana que da a la medianera, y la medianera es la nave.

Me siento donde me dice, y desde esta silla, si me giro un poco, tengo a metro y medio la pared de mampostería de La Vella, con el revoco saltado y una mancha negra que sube desde la altura del alféizar y se pierde por encima del marco.

Un hombre ha desayunado, comido y cenado cuarenta y siete años a metro y medio de esa pared.

— Vols mistela?

— No bebo.

— Ja ho sé — dice Quico, y saca de la nevera una botella de agua y le llena un vaso hasta arriba, y no me pregunta por qué no bebo, que es lo primero que le pregunta todo el mundo a un hombre de treinta y seis años que dice que no bebe.

Se sienta enfrente, enciende el cigarro, le da una calada y el humo le sale casi entero por la boca sin llegar a bajar, y por la ventana entra el olor de la tarde, el ruido de una persiana en la casa de al lado y una mosca.

— Diga.

— El 14 de agosto de 2019.

— Això no.

— Quico.

— Això no, Jaume — deja el cigarro en el borde de un cenicero de publicidad y pone las dos manos en el hule —.

Jo tinc setanta-quatre anys, esta casa no és meua, i el que menge me l'apanye jo amb la pensió i amb l'hort.

Lo únic que tinc és que a mi no m'ha vingut a preguntar mai ningú.

Ni el jutge. Ni el perit. Ni el teu advocat, que va estar ahí fora quatre hores i no va tocar esta porta. I això val molt.

— Ya lo sé.

— Doncs ja està.

———

Y aquí es donde hago lo que llevo cuarenta y cuatro minutos de coche decidiendo si hacer, que es pagar por delante, que en esta provincia es lo único que se entiende y lo único que no se olvida.

Le cuento lo mío.

Le cuento el 2 de octubre de 2019 en un despacho de la calle Mayor de Castellón, con el abogado que pagaba el grupo sentado a la derecha del hombre al que yo iba a comprar, y le digo la cifra, los trescientos mil, y le digo el margen que llevaba, los cuatrocientos veinte, y le digo que salí de allí a las ocho de la tarde y que me fui a cenar y que dormí bien.

Le cuento que en junio de 2021 se dejó de pagar a la familia, que yo me enteré en septiembre por una línea que faltaba en un resumen trimestral y que no hice nada durante cuatro años.

Le cuento que en marzo de 2020 fui yo el que firmó el cierre de esta nave, con un perito y un abogado y él sentado en esa misma silla de anea a veinte metros de nosotros, y que no le dije ni buenos días.

Quico Arnau me escucha entero, sin moverse, con el cigarro consumiéndose solo en el borde del cenicero hasta que se le apaga, y cuando acabo se pasa la mano por la boca.

— Tu vas comprar al Tonet — dice.

— Sí.

— I ara véns ací a comprar-me a mi.

— No — digo —. Yo a ti no tengo con qué comprarte. Vengo a decirte lo que hice para que sepas con quién estás hablando, y eso a lo mejor tampoco vale nada, pero es lo único que se me ocurre traer a esta cocina.

El hombre se queda mirando el hule de cuadros un rato largo, y por la calle pasa una moto y se pierde hacia el pueblo, y el reloj de la pared, que es de esos de pilas con el segundero fuerte, se oye mucho más de lo que se oía hace un minuto.

— La xiqueta de Tonet — dice —. La que puja i baixa amb tu.

— Ona.

— Com està?

— Hay una denuncia dentro del grupo con su nombre y su número de habilitación por falsificar cuatro certificados que no ha firmado ella — digo —.

Y la persona que la escribió sabía lo que se firmó ante notario el 16 de febrero en el comedor de mi padre, y en ese comedor había cuatro personas y un notario.

Quico coge el cigarro apagado, lo mira, y no lo enciende.

— Espera'm ací.

———

Vuelve a los cuatro minutos con una libreta de cuadros de las de toda la vida, de cien hojas y espiral por arriba, con las tapas dobladas hacia atrás y la esquina de abajo redondeada de tanto pasar el pulgar, y la deja en el hule y pone la mano encima.

— Ací dins està cada nit d'este forn des del noranta-huit — dice —. Vint-i-un anys.

— ¿Los partes?

— Els partes estan a la fàbrica i se'n van cremar.

Açò no són partes — la abre por la mitad y me la gira, y en cada página hay una fecha, una hora de inicio y una tabla de dos columnas escrita con bolígrafo azul y una letra minúscula y apretada, y al lado, a mano alzada, una curva —. Açò és lo que jo sentia des d'ací.

— ¿Desde aquí?

— Des d'esta cadira — dice, y señala con la barbilla la medianera —.

Eixa paret té quaranta centímetres i el forn està a l'altra banda.

Jo he dormit ahí tota la vida, i quan te jubiles no deixes de sentir-ho, igual que no deixes de despertar-te a les cinc.

Els rodets fan un so quan van bé i un altre quan van mal.

L'extracció fa un brunzit continu, i quan el brunzit puja mig to és que està tancant.

Els cremadors entren i ixen cada tant, i eixe cada tant te diu la temperatura sense mirar cap pantalla.

Quan el forn puja, entren més sovint. Quan està en meseta, entren cada tres minuts i pico.

Jo he estat quaranta anys comptant això amb el rellotge de la cuina mentres sopava.

— Eso no se puede saber por el oído.

— Tu no — dice Quico Arnau —. Jo sí. Quaranta anys.

— ¿Y por qué lo apuntabas?

— Perquè si no ho apuntava no dormia.

———

Me deja pasar hojas y las paso yo, y hay veintiún años de noches en esta libreta, y en las veintiuna hay curvas iguales con su rampa, su meseta y su enfriamiento, y algunas tienen anotaciones al margen: una parada de dos horas, un cambio de formato, una tormenta que tiró la corriente en el dos mil siete, la muerte de su mujer en el dos mil doce apuntada en la esquina de una página entre dos temperaturas, con la fecha y nada más.

En diciembre de 2018 se acaban las curvas, y a partir de ahí pasa cuarenta páginas en blanco, y después hay una hoja escrita.

— Eixa nit no em tocava — dice —. Jo ja estava jubilat des de feia un any i tres mesos, i el forn eixe l'havien d'apagar la primera setmana d'agost per les vacances, com tots els anys des del noranta-quatre. I aquella nit jo estava al llit i el vaig sentir treballar.

La hoja tiene la fecha arriba, escrita en el mismo bolígrafo azul: 13-14 d'agost de 2019. Y debajo, una columna de horas y una curva.

A las 22.10, la anotación dice que la extracción baja de tono y se queda plana.

A las 22.30, dice que se para. A partir de ahí Quico apunta cada media hora, y hay trece entradas seguidas, de las diez y media de la noche a las cuatro y media de la madrugada, y en la última columna hay una temperatura estimada que va subiendo, y sube de una manera que yo he visto muchas veces en una pantalla y nunca en un papel escrito a mano por un hombre en una cocina.

La curva no tiene meseta.

Sube, sube y sube: seis horas seguidas de rampa sin un solo tramo plano, sin enfriamiento, sin corte y sin nadie tocando nada, y en un horno de rodillos de ciento diez metros con la extracción cerrada eso quiere decir una cosa sola y la sabe cualquiera que haya trabajado en una fábrica de esta provincia, que es que el calor que no sale por la chimenea se queda dentro, y lo que hay dentro de un horno de esos no se acaba en el material que se cuece, porque ahí dentro está la instalación entera, los cuadros, el cableado de mando, la cinta de entrada, el aceite de las reductoras y una acometida de gas.

— A les dos i mitja de la nit em vaig alçar — dice Quico —.

Me vaig posar els pantalons i vaig eixir al carrer, i vaig anar fins a la porta gran, i estava tancada amb el cadenat de sempre, el gros, el que posàrem l'any que se'n va anar l'última gent.

I la porta de dalt, la del pas de l'oficina, estava oberta.

— ¿Abierta?

— Oberta. Sense cadenat i sense res, i eixa porta no la forces. Eixa porta té pany de gorja i d'eixa clau n'hi havia tres.

— ¿Tres?

— Tres — dice, y levanta tres dedos y los deja levantados —. La meua, que està en eixe calaix des del divuit. La de l'encarregat de forn. I la que estava al despatx.

— ¿Y qué hiciste?

— Res — dice, y me sostiene la mirada sin pestañear —. Jo tenia setanta-quatre anys menys sis, aquella no era ma casa i jo allí dins ja no era ningú. Vaig tornar-me'n a la cuina i vaig continuar apuntant.

Y en la libreta, entre la anotación de las tres y la de las tres y media, hay una línea escrita más torcida que las otras y con la letra un poco más grande, y dice porta de dalt oberta.

———

La última entrada de la hoja es de las cuatro y media de la madrugada y la temperatura estimada de esa línea es un número que no pienso repetir en voz alta en esta cocina.

Debajo hay una raya horizontal, de las que echaba mi abuelo para cerrar una cuenta, y debajo de la raya, con el mismo bolígrafo azul y con la letra otra vez pequeña y tranquila, Quico Arnau apuntó una hora, un color, dos palabras y ocho caracteres: 4.10, blanc, cotxe menut, y la matrícula.

Me quedo mirando esa línea con las dos manos planas en el hule de cuadros.

— ¿Por qué apuntaste esto?

— Perquè un cotxe que aparca a les quatre i deu del matí al camí vell no ve de cap lloc — dice —. Ací s'acaba el camí. Darrere està el cementeri i després el barranc. El que ve ací és perquè ve ací.

— ¿Lo viste tú?

— Des de la finestra de dalt. Vaig sentir el motor i vaig pujar, perquè un motor a les quatre del matí en agost és o un metge o una desgràcia.

— ¿Y quién iba dentro?

— Això no ho sé — dice Quico Arnau, y coge la libreta, la cierra y se la pone debajo del brazo —.

Jo vaig vore un cotxe blanc amb els llums encesos, i vaig apuntar la matrícula perquè mon pare m'ensenyava que quan una cosa no te quadra s'apunta i ja s'entendrà després.

I ha tardat sis anys en entendre's, i encara no s'ha entés.

— Quico. Necesito esa libreta.

— Això no ix d'esta casa.

— Es la única prueba de que aquel horno estuvo seis horas subiendo solo.

— Això no ix d'esta casa, Jaume — repite, y lo dice bajo y sin ninguna dureza, apretándosela un poco más contra las costillas —.

Ni per tu, ni per la xiqueta de Tonet, ni per ningú que vinga en un cotxe bo.

Açò ho sé jo i el foc. I el foc no parla, i jo, mentres estiga assentat en esta cuina, tampoc.

— ¿Y si te lo pide ella?

Quico Arnau se queda quieto un segundo, mira la ventana que da a la medianera y se rasca la ceja con el pulgar.

— Que vinga — dice.

———

Salgo a la explanada de tierra a las siete y veinte de la tarde con ocho caracteres copiados en el reverso de un albarán y con la libreta dentro de aquella cocina, y me quedo un momento de pie junto al coche, con la chimenea de cuarenta metros detrás, el sol ya bajo por encima de la tapia del cementerio y el olor a tierra que suelta el campo cuando afloja el calor.

Miro el papel.

Es una matrícula de las de dos mil once o dos mil doce, de un utilitario blanco de los pequeños, de los que este grupo compró por lotes de cuatro para la gente de administración y de compras y para los que no tenían coche propio, y que se fueron dando de baja hacia 2021 cuando la renovación de flota.

Yo he ido en ese coche.

Yo he ido detrás, con dos carpetas de anillas encima de las rodillas, en septiembre de 2019, de Vila-real a Onda, con mi primo Ximo al volante hablando durante veinte kilómetros de una moto que se iba a comprar.