Capítulo 21
Las dos hojas dicen que una denuncia interna anónima no es nada.
Que el grupo tiene que abrir una comprobación y me tiene que dar audiencia.
Que si de ahí sale algo, sale a la Fiscalía, y que en ese momento la carga de la prueba de que yo no firmé cuatro certificados la tengo yo.
Que un perito calígrafo cuesta entre mil doscientos y dos mil, que tarda seis semanas y que dice lo que dice, sin más.
Y hay una tercera cosa que el abogado no ha querido poner en el papel y que me ha dicho de pie, ya con la puerta abierta: que lo que a él le llama la atención de esas once líneas es que quien las escribió tuvo que mirar el expediente digital de calidad con calma, lote por lote, para encontrar los cuatro; y que a esa carpeta, en un grupo de esta clase, tienen acceso cuatro o cinco personas.
— ¿Paro?
— No. Reduce.
Y reduce, y pasamos a cuarenta por delante de un arcén ancho con una alcantarilla, un mojón y una higuera pequeña que ha salido sola del talud, y no hay nada más, porque en el kilómetro seis de la CV-20 no hay absolutamente nada.
— Ahí estuve dieciocho minutos de pie el 11 de octubre de 2019, a las nueve y media de la noche, con la puerta abierta y mi hermana de dieciséis años en el asiento de atrás preguntándome si me encontraba mal — digo —.
Íbamos a Betxí, a casa de mi tía, a contarlo antes de que saliera en el periódico. Y no llegamos.
Jaume no dice nada. Y no acelera.
— Hay un camino a la derecha en el ocho y medio — digo —. Cógelo.
———
El camino sube entre naranjos viejos, de los de riego a manta, con las eras de tierra levantadas y las cañas de la acequia altas, y a doscientos metros hay una vuelta donde se acaba el asfalto y hay sitio para dejar un coche debajo de un algarrobo.
Para. Apaga. Se queda con las dos manos en el volante.
— Ona, si esto es una conversación, la tenemos aquí y no pasa nada. Y si es otra cosa, dilo con todas las letras, porque yo hoy no adivino nada.
— Es las dos.
— Pues empieza por la que me vaya a doler más.
— Bien — y me giro entera en el asiento, con la espalda contra la puerta y las rodillas subidas, porque este coche es grande y aun así con él dentro no cabe nadie —.
El 16 de febrero, en el comedor de tu casa, tu tía me entregó un hombre.
Me dijeron delante de testigos que si yo hablaba lo pagabas tú.
Y yo salí de allí con eso encima y pensando que me habían dado una pistola.
— Te la dieron.
— Sí. Y llevo dos meses y medio limpiándola todas las noches — me aparto el pelo de la cara —.
El miércoles pasado me senté enfrente de una mujer de Vigilancia Aduanera en una cafetería de la avenida del Mar y estuve cuarenta minutos con el gatillo debajo del dedo.
Tenía el cuaderno en el bolso. Tenía las catorce piezas en el maletero. Y no dije nada.
— Ya lo sé.
— ¿Cómo que ya lo sabes?
— Porque volviste a las dos y media y te metiste en la almazara y no cenaste — dice —. Y porque el jueves me pediste el nombre del abogado.
— ¿Y no me has preguntado nada en nueve días?
— No.
— ¿Por qué no?
— Porque no es mi turno — dice, y ahí sí me mira —. Yo te conté lo mío el 3 de abril y estuve cincuenta minutos hablando y tú no te fuiste. Ahora hablas tú y yo me callo. Así funciona esto, o no funciona.
———
Y entonces se lo digo, y me sale de una vez y sin ensayar, que es como salen las cosas que una lleva tres semanas ensayando.
— Se acabó la prenda — digo —. No porque tu tía la haya levantado, que no la ha levantado, ni porque tu padre diga nada. Se acabó porque yo la retiro. Yo. Hoy. A las siete y media de la tarde en un camino de naranjos.
— Eso no lo puedes retirar tú.
— Puedo, porque el arma era mía y el que la tenía que disparar era yo, y yo he decidido que no la voy a disparar nunca, ni el día que me convenga — y le pongo la mano en el antebrazo, encima de la manga, y aprieto —.
Y quiero que te enteres bien de lo que eso significa, porque significa que a partir de hoy no tienes ninguna garantía de que yo me calle. Ninguna. Te quedas sin seguro.
Jaume Bonastre se queda quieto en el asiento del conductor de un coche parado debajo de un algarrobo, con el brazo debajo de mi mano.
— Vale — dice.
— ¿Vale?
— Vale — y suelta el aire por la nariz, muy despacio, y por primera vez en tres meses veo a este hombre bajar los hombros dos centímetros —. Llevo desde el nueve de febrero siendo un objeto de esa mesa. Un aval. Una cosa que se entrega. Y hoy me acabas de decir que no me entrega nadie.
— Y a cambio quiero una.
— Dila.
— Que lo que decidamos tú y yo lo decidamos tú y yo — digo —. No tu padre. No tu tía. No la señora del chicle. No mi padre, que me ha pedido dos veces que lo deje estar. Los dos, aquí, con lo que tengamos delante, y el que no esté de acuerdo lo dice en el momento y no tres semanas después.
— ¿Y si uno de los dos hace algo por su cuenta?
— Pues lo hará — digo —. Y lo pagará. Yo no te estoy prometiendo que voy a ser buena. Te estoy diciendo que a partir de hoy no hay nadie por encima de esta conversación.
Y este hombre, que mide un metro ochenta y nueve y que no ha bebido una copa desde 2013 y que baja la voz cuando se enfada, alarga el brazo, me coge por la nuca con la mano abierta y me acerca hasta que le tengo la boca a dos dedos.
— Trato — dice.
— Trato.
Y no me suelta la nuca, y con la boca a dos dedos de la mía y la mano abierta detrás de mi cabeza, este hombre se pone a hacer lo que hace siempre, que es enumerar, y me dice en voz baja y en frases completas lo que va a pasar a partir de mañana.
Que va a bajar a Betxí a ver a Quico Arnau y que va a ir solo y sin excusa.
Que va a pedirle a Ximo las fotos del verano del diecinueve y que va a esperar a que se las dé, porque a Ximo no se le mete prisa.
Que a partir de esta semana no vuelve a firmar un parte de carga de la ruta del sur sin haberlo pesado él en la báscula de suelo.
Y que si en algún momento de los próximos dos meses su tía le ofrece algo, cualquier cosa, sea lo que sea, va a subir a esta casa esa misma noche a contármelo entero antes de contestar.
— Eso último no me lo has preguntado — digo.
— Eso último no es tuyo. Es mío — dice —. Yo también estoy poniendo cosas encima de la mesa.
———
Lo que pasa después empieza siendo una tontería y se pone serio en cuatro segundos.
Le digo que se quite el cinturón, se lo quita.
Le digo que eche el asiento hacia atrás, y hace lo que hace la gente muy alta, que es buscar la palanca de siempre y encontrar otra, y el asiento se le va hacia delante de golpe y se da con la rodilla en la columna, y suelta una palabra que no había dicho delante de mí en tres meses.
— Esto es ridículo — digo.
— Esto es ridículo — dice él.
— Detrás hay más sitio.
— Detrás hay una caja de óxidos de trescientos kilos que compraste tú.
— Pues quita la caja.
Y la quita. Se baja, abre el maletón, la saca, la deja en la tierra debajo del algarrobo y la tapa con su chaqueta, con la chaqueta buena, para que no le entre polvo al bote de manganeso, y esa es la cosa más obscena que ha hecho este hombre por mí en tres meses y me tiene que ver la cara, porque cuando vuelve al coche ya no hay nada que negociar.
— ¿Puedo? — dice.
— Puedes, y no me lo preguntes cada cuatro minutos, que ya nos conocemos.
— Te lo voy a preguntar igual.
— Ya lo sé — y le cojo la cara con las dos manos —. Por eso.
Lo demás pasa en un asiento de atrás con la ventanilla bajada tres dedos y un olor a azahar tardío que sube de la era y que no se me va a ir de la cabeza en la vida, y no es lento y no es solemne, y me río dos veces y una de ellas contra su hombro.
Le digo lo que quiero y me lo hace. Le digo cómo, y me contesta que así no cabemos, y le digo que se las arregle, y se las arregla.
En algún momento me tiene sujeta por las caderas con las dos manos desnudas y me pregunta al oído, bajo, en frase completa, si esto lo estoy haciendo por mí, y le digo que sí, y me hace repetirlo.
— Otra vez.
— Por mí — digo —. Todo lo de esta tarde lo he hecho por mí. Lo de la prenda también.
Y ahí se le va algo de la cara, y me besa de una manera distinta a como me ha besado en toda la tarde, y de eso no voy a hacer inventario tampoco.
Cuando acabamos, con el cristal empañado y la caja de óxidos ahí fuera tapada con su chaqueta y el sol ya en la línea de los naranjos, me quedo tumbada encima de él con la mejilla en su esternón, contando latidos por costumbre profesional.
— Ciento cuatro — digo.
— ¿Es mucho?
— Es lo que hay.
———
Subimos a la Foia de noche, y conduce él, porque yo de noche no conduzco, y a las once menos veinte cruzo la era y abro las dos hojas de la almazara y enciendo la luz de dentro.
— Entra — digo —. Y cierra.
Jaume Bonastre entra y cierra las dos hojas y se queda de pie junto al murete del molino, con las manos desnudas y sin preguntar nada, que es lo que lleva haciendo desde el 8 de marzo cada vez que entra en esta habitación.
Abro el cajón de abajo de la balda, saco la caja de puros vacía que compré en el mercadillo de Onda por dos euros, y la pongo en la piedra del molino.
Dentro hay ocho probetas de cuatro por cuatro numeradas con lápiz por detrás, una hoja de cuaderno doblada en cuatro, un bote de plástico blanco medio lleno con su etiqueta y su lote, y un albarán de compra de Cromalt de hace tres años.
— El 2 de marzo empecé a formular una cosa — digo —. Tardé seis noches. La noche del 8 la acabé, y esa es la noche que entraste con dos tazas y me preguntaste qué eran las ochenta y dos probetas y yo te dije que eran ensayos de tono, y me dijiste que no eran ensayos de tono, y tenías razón.
— Ya.
— Y llevo cincuenta y cinco días sin decírtelo.
— Ya.
Cojo la lámpara de mano de catorce euros de la balda, apago el fluorescente del techo y la almazara se queda a oscuras del todo, con esa oscuridad de piedra que aquí es completa porque no hay una farola en cuatro kilómetros.
— Dame la mano.
Me la da. Le pongo la probeta número diecinueve en la palma, la de la cuarta tanda, y le doblo los dedos encima con los míos hasta que la sujeta él solo, porque ese índice se le dobla hasta donde se le dobla y no más.
— ¿Qué es?
— Un esmalte — digo —. Con tres óxidos de tierras raras metidos en la frita en una proporción que no es redonda ni deducible y que me inventé porque me dio la gana.
Aguanta mil ciento noventa a cuarenta y dos minutos.
No cambia el tono, ni el brillo, ni la absorción, ni el calibre.
A la luz del día es gris perla y no es nada, y no lo saca de una línea ni una clasificadora con veinte años.
Y no lo puede copiar nadie sin la fórmula, ni teniendo la pieza delante.
— ¿Y qué hace?
Enciendo la lámpara.
En la palma de una mano con injertos brillantes que no tienen pliegues, en la oscuridad de una almazara de 1912, un cuadrado de porcelánico de cuatro centímetros se enciende en un violeta sucio con los bordes rosas.
Jaume Bonastre no dice nada durante ocho o diez segundos. Después gira la mano despacio, y el violeta gira con ella, y aguanta.
— Se llama el 19 — digo —. La fórmula está fechada y firmada, y el bote del que salió está en esa caja, y la factura del proveedor también, y todo eso junto es una cadena que puede autenticar cualquiera que sepa leerla.
Con esto se puede marcar una pieza y saber para siempre en qué horno y en qué noche se coció.
— ¿Quién lo sabe?
— Nadie. Ni Amparo. Ni mi hermana. Ni la mujer del chicle — apago la lámpara y nos quedamos los dos a oscuras —. Y ahora tú.
— Ona.
— Espera, que no he acabado. Escúchame bien, que esto es lo que te tienes que llevar de esta noche — y en la oscuridad busco su muñeca y se la sujeto —.
Todo lo que ha salido de La Vella en seis años se puede rastrear con esto.
Todo. Y todo lo que ha salido de La Vella en seis años lo ha movido tu flota, con tus albaranes, con tus conductores y con tu firma en los partes de carga.
— Sí.
— O sea que acabo de ponerte en la mano la única cosa que hay en esta provincia capaz de hundirte a ti — digo —. Y sé perfectamente lo que estoy haciendo, y lo estoy haciendo a las once y media de la noche, con la cabeza fría y sin que me lo haya pedido nadie.
Y le suelto la muñeca, y en la oscuridad de la almazara no se oye nada durante mucho rato, y lo único que hay entre los dos es una probeta de cuatro por cuatro apagada en la palma de su mano.