Lo que el fuego no devuelve Capítulo 20
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Capítulo 20

Con mi padre se habla en el monte y no se habla en ningún otro sitio, y eso lo aprendí a los once años sin que nadie me lo explicara, igual que se aprende dónde está el interruptor de una casa.

En una mesa, Roc Bonastre contesta con tres palabras.

En un despacho, con dos. En un coche, si va conduciendo él, se puede sacar algo, y en treinta y dos años yo le he sacado dos cosas y las dos me las dijo mirando la carretera.

Pero en el monte, con las manos ocupadas y un árbol delante y nadie a cien metros, este hombre habla, y habla despacio, y a veces contesta a lo que le has preguntado media hora antes cuando tú ya lo habías dejado.

— Ara? — dice.

— Ahora. En junio no da tiempo a marcar y pelar.

— Això ja ho sé jo.

— Pues sube.

Y sube. A las siete menos veinte está el todoterreno en la era con el hacha, dos capazos, la lata de pintura y el bidón de agua, y mi padre bajando con las botas de siempre y un jersey de pico gris debajo del chaleco.

———

La pela se hace en junio con la savia arriba, cuando la corteza se despega sola y el hacha entra sin herir el árbol, y no antes, porque el que adelanta la semana para acabar antes se lleva por delante la capa madre y ese alcornoque no vuelve a dar corcho bueno en la vida.

En abril lo que se hace es lo otro, que es lo que nadie ve y lo que decide la campaña de junio: se sube, se abre el paso, se corta el matorral que hay alrededor del pie de cada árbol para que el que venga con el hacha tenga sitio para moverse y para que el corcho no se arrastre por la zarza al bajarlo, y se marca.

Se marca con una raya de pintura a la altura del pecho en los que toca pelar este año, que son los que hicieron su turno hace nueve, y se dejan sin marcar los otros, y en dos hectáreas hay ciento cuarenta y tantos pies y se tarda un día largo entre dos.

Este monte no da dinero. Da mil doscientos o mil cuatrocientos euros de corcho cada nueve años, contando lo que hay que pagarle a la cuadrilla, y en un grupo que factura lo que factura el nuestro eso no aparece ni en una hoja.

Mi padre compró estas dos hectáreas en el noventa y uno con la casa, y desde entonces sube aquí tres veces al año, y la única vez que se me ocurrió decirle que arrendáramos el aprovechamiento a los de Aín y nos olvidáramos me contestó que un alcornoque que pela otro es un alcornoque de otro, y no volvió a hablarme del tema en dos años.

Yo subí aquí por primera vez con once años, en junio, a llevar el agua y a recoger las planchas y a mirar, y me acuerdo de que aquel día mi padre no me habló en seis horas y de que a mediodía, comiendo debajo de un árbol, me dio su navaja para que cortara el pan y no me la volvió a pedir.

Subimos por la faja de arriba, la que da a Aín, con el sol saliendo por detrás del pico y la sierra oliendo a jara y a tomillo mojado de la lluvia del miércoles, y a esa hora hay una neblina fina en el fondo del barranco que se levanta hacia las nueve y ya no vuelve.

Mi padre va delante con el hacha corta y yo detrás con la lata y la brocha, y en la primera hora no hablamos.

Corta él, marco yo. Se ha repartido así desde que yo tenía catorce años y nadie lo ha propuesto nunca.

A las ocho y media paramos junto a un alcornoque grande que tiene el tronco pelado hasta la primera cruz y la corteza nueva de un rojo oscuro que a esta luz parece otra cosa, y mi padre deja el hacha apoyada en el pie, se sienta en una piedra y se bebe medio vaso de agua del bidón.

Yo me siento a su derecha.

———

— Has parat la ruta — dice.

— La he parado.

— Quants dies?

— Una semana. Puede que dos.

— Quant costa?

— Ciento sesenta mil, si son dos semanas. Contando camiones parados, suelo alquilado en el polígono, el flete que perdemos y lo que nos van a descontar los dos clientes que tienen penalización por retraso.

Mi padre se queda mirando el barranco con el vaso en la mano y no me pregunta por qué, que es lo que preguntaría cualquiera y lo que no ha preguntado este hombre en cincuenta años, porque en su cabeza una cifra dicha bien ya lleva dentro el motivo.

— Ta tia què diu?

— Que se arregla.

— Sí — dice —. Això diu sempre.

Cogemos otra vez. Cuarenta pies, hora y media, la brocha que se seca y hay que mojar, el matorral que aquí arriba está más alto de lo que estaba en 2022 porque llevamos tres años sin limpiar en condiciones.

En un momento dado, en una vaguada, hay un rodal de ocho o nueve árboles con el pie negro y la corteza comida por abajo hasta metro y medio, y arriba la copa entera, verde, cargada.

— Estos qué.

— Estos no es marquen — dice mi padre —. Estos van cremar-se en el huitanta-set.

— Estos están vivos.

— Clar que estan vius. Són sureres — se acerca y le pone la mano en el tronco negro, plana, y la deja ahí un momento —. El suro no és pell. És manta. Per això este arbre passa pel foc i l'endemà està igual, i el pi que tens al costat es queda en un pal negre.

— ¿Y el corcho de estos?

— El d'estos ja no val res — dice, y se agacha y arranca un trozo de la parte quemada, y me lo pone en la mano —. Mira-ho. Per fora sencer. Trenca'l.

Lo parto con los dedos y se deshace en negro y en polvo.

— Ahí dins es va cremar i per fora no ho veus — dice —. Estos els deixem. Fan ombra.

Y coge el hacha y sigue.

———

A las once y media bajamos a comer al porche de la masía, y comemos de pie los dos, que es la única cosa doméstica que este hombre y yo tenemos en común y de la que no hemos hablado nunca: pan, tomate, una lata, y agua.

Ona no está. Ha bajado a Valdús a las siete con Benet a repetir ciento y pico medidas de calibre, porque desde el lunes esta mujer trabaja a otra velocidad, lo hace todo por duplicado, fotografía cada hoja que rellena y guarda copia de todo en una carpeta de plástico que se lleva al coche y que sube a la habitación por las noches.

Mi padre mira la almazara desde el porche, con las dos hojas de la puerta cerradas y el candado puesto, y se está tres o cuatro minutos mirándola mientras se come el pan, y en esos minutos yo me acuerdo de que este hombre no ha entrado ahí dentro ni una sola vez desde febrero, y de que en la Foia no hay ninguna otra puerta que él no abra.

— Ha tancat — dice.

— Cierra desde el lunes.

— Per la denúncia.

— ¿Tú la has leído?

— Me l'han llegit.

— ¿Quién?

Mi padre le da un mordisco al pan y no contesta a eso, y ahí me quedo yo con la pregunta en la boca, y en treinta y dos años he aprendido a no repetirla, porque a este hombre las preguntas repetidas le hacen el efecto contrario.

— Ella què diu?

— Que once líneas anónimas no son nada y que lo que hay que hacer es trabajar y guardar papel.

— Això està ben dit.

— Y que la escribió alguien que estaba en tu comedor el 16 de febrero.

— Això també està ben dit — se limpia las manos en la pernera —.

I què vols que et diga jo, Jaume? Que la meua germana no ho ha fet?

Jo no ho sé. Fa vint-i-set anys que no sé la mitat de lo que fa la meua germana, i he dormit igual de bé cada nit, i eixe és el tracte que vam fer el noranta-huit i ha funcionat.

— Papa. Voy a preguntarte una cosa y quiero que me la contestes hoy.

— Pregunta.

— La Vella.

Y mi padre deja el pan encima del murete del porche, se limpia las manos en la pernera del pantalón, se pone el chaleco que se había quitado para comer y coge el hacha del suelo.

— Anem — dice —. Que ens queda la faja de baix.

———

La faja de abajo es peor, más cerrada, con el matorral hasta el pecho y las piedras sueltas, y estamos hora y media sin hablar mientras él abre y yo marco, y en esa hora y media tengo tiempo de sobra para decidir que no lo voy a repetir y para saber que lo voy a repetir.

A la una y media, en un descanso, con las dos manos apoyadas en el mango del hacha, mi padre dice la única cosa del día que no tiene que ver con el monte ni con la fábrica.

— La xiqueta puja al forn amb tu?

— Baja conmigo a Onda cuatro días por semana.

— No t'he preguntat això — dice, y sigue mirando el matorral —. T'he preguntat si puja al forn. Si entra a la nau. Si es posa davant del tren de la línia i mira eixir el material.

— Todos los días.

— Ta mare no va entrar mai — dice —. Vint-i-dos anys casada amb mi i no va entrar en una nau més de tres o quatre voltes, i sempre en diumenge i sempre amb sabates bones.

Y no dice nada más, y coge el hacha, y sigue abriendo paso monte abajo, y yo me quedo con la lata en la mano dándole vueltas a eso durante los cuarenta pies siguientes, porque en treinta y dos años este hombre no me ha hablado nunca de mi madre en un sitio donde hubiera que trabajar.

Y no hace falta.

Porque a las dos y cuarto, en un claro, con el hacha clavada en el suelo y las dos manos apoyadas en el mango, mi padre se queda mirando abajo, hacia la Plana, hacia esa llanura de invernaderos y polígonos y naranjos con el mar detrás y la calima de abril tapándolo todo a partir de Nules, y contesta a lo que le he preguntado en el porche hace dos horas y media.

— Un forn de rodets no es tanca — dice —. Es para. I un forn parat es mor. Quan el tornes a encendre, la volta te canta, els rodets te ballen i el primer mes tot lo que trau és per a segona. Això costa més que tenir-lo encés.

— La Vella tiene una sentencia firme y un precinto judicial desde octubre de 2019.

— Sí.

— Y en la carpeta de aquello hay un acta de precintado con dos firmas, la del juzgado y la mía, y un inventario de instalaciones, y en el inventario está ese horno con su número de fabricación y sus ciento veinte metros, y al lado pone fuera de servicio.

— Ho posarà — dice mi padre —. Els papers posen lo que se'ls posa.

— Y yo firmé el cierre. Yo. En marzo de 2020, con un perito y un abogado delante.

— Tu vas firmar el tancament — dice mi padre, y por primera vez en todo el día gira la cabeza y me mira —. Tu no vas apagar res.

Y ahí está.

Lo dice sin levantar la voz, sin ponerle drama, sin ninguna de las cosas que la gente le pone a una frase de estas, con el tono con el que me acaba de explicar hace dos horas por qué el corcho de un árbol quemado se deshace en la mano.

— ¿Cuánto lleva encendida?

— Això no es parla.

— Papa, hay un contador de agua de calibre cuarenta dado de alta en esa parcela en octubre de 2016 que gastó el año pasado catorce mil metros cúbicos.

— Això no es parla, Jaume.

— Tres años antes del fuego.

Y mi padre saca el hacha del suelo, se la echa al hombro y empieza a andar hacia el siguiente pie, y a los cuatro pasos se para, sin volverse.

— Hi ha coses que s'apaguen per fora — dice —. I la gent de fora ho veu apagat, i està tranquil·la, i això també val diners.

— ¿Y quién la lleva?

— Marca este — dice.

Y me señala un alcornoque de la faja de abajo con el índice derecho, que es un muñón corto y romo desde el año setenta y seis, y desde donde yo estoy ese dedo que no está señala un árbol que hizo su turno hace nueve años y que hay que pelar en junio.

Le pongo la raya de pintura a la altura del pecho, y la pintura chorrea un poco por la corteza vieja hacia abajo, y mi padre se agacha, coge un puñado de tierra seca y se la echa encima al chorretón para que no le quede una lágrima al árbol, y lo hace sin decir nada, con el muñón y con los otros tres dedos, en cuatro segundos, con la naturalidad de un hombre que lleva cincuenta años arreglando las cosas pequeñas que hace mal la gente que trabaja para él.

Y a las dos y veinte de la tarde del 24 de abril, en la faja de abajo del Mas de la Foia, con la lata en una mano y la brocha goteando en la otra, entiendo dos cosas a la vez y las dos me llegan por el mismo lado de la cabeza.

La primera es que mi padre lo sabe. No desde el lunes, no desde febrero: desde antes que yo, desde siempre, con la naturalidad con la que sabe en qué mes se pela un árbol.

La segunda es que en treinta y dos años este hombre me ha dicho això no es parla delante de doscientas personas y me lo ha dicho para cerrar una conversación. Hoy me lo ha dicho dos veces en un claro donde no hay nadie en un kilómetro a la redonda.

Y aquí arriba, con el hacha y la lata de pintura y la sierra vacía, això no es parla no cierra nada.

Aquí arriba quiere decir que hay alguien delante de quien no se puede hablar aunque no esté.