Lo que el fuego no devuelve Capítulo 19
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Capítulo 19

La mujer que me llama el martes por la tarde no me pregunta si soy Ona Falguera: me dice mi número de habilitación completo, los siete dígitos y la letra, y espera.

— Sí — digo.

— Raquel Benlloch. Vigilancia Aduanera, unidad de Castellón — una pausa corta, sin prisa —. ¿Puede usted mañana a las diez?

— ¿Para qué?

— Para tomar un café.

— Yo a las diez de la mañana estoy trabajando.

— Y yo — dice ella.

Podría no ir, y lo pienso durante las once horas siguientes, en la almazara, en el coche subiendo de Valdús y a las cuatro de la mañana con los ojos abiertos en una habitación que da al sur, y llego a la misma conclusión todas las veces, que es que una citación de estas no se hace por teléfono y que si esta mujer hubiera querido obligarme a sentarme delante de ella habría mandado un papel con un sello.

Me está pidiendo algo. Y a la gente que te pide algo se la ve, aunque solo sea para averiguar qué te falta a ti, porque lo que le falta a uno se le nota mucho más en lo que pregunta que en lo que cuenta.

Y las once horas las paso además con lo del lunes encima, que es la otra cosa que hay que meter en la cuenta.

El lunes por la mañana Jaume subió a la almazara a las ocho y veinte con el teléfono todavía en la mano y me leyó once líneas de un correo anónimo, enteras, sin resumírmelas y sin sentarse, y en esas once líneas hay cuatro números de lote, mi nombre con los dos apellidos, mi número de habilitación y una última frase sobre una relación económica formalizada ante notario que solo puede haber escrito alguien que estaba en aquel comedor de Onda el 16 de febrero.

O sea que llevo dos días siendo, dentro de mi propia empresa, una persona con un expediente abierto por falsificar su propia firma, y esa frase la he dicho en voz alta dos veces en la almazara para oír cómo suena y sigue sin sonar a nada.

No se lo digo a Jaume.

———

La cafetería de la avenida del Mar tiene la terraza puesta desde marzo y a las diez de la mañana de un miércoles de abril está llena de gente de oficina de pie en la barra, y Raquel Benlloch está sentada dentro, al fondo, en una mesa de dos, con la espalda a la pared y un cortado a medias.

Cuarenta y muchos, el pelo corto y sin arreglar, un polo azul marino sin nada escrito, una carpeta de plástico transparente encima de la mesa y un chicle que se pasa de un carrillo a otro cada veinte o treinta segundos, que es el chicle que masca la gente que lo ha dejado hace años y sigue mascándolo.

No se levanta, y me señala la silla con dos dedos.

— Lo primero — dice, antes de que yo apoye el bolso —. Yo no vengo a por ti.

— Eso lo dice mucha gente.

— Eso lo digo yo porque es verdad y porque si no lo digo perdemos veinte minutos en que tú averigües si es verdad — se saca el chicle con una servilleta, lo dobla, lo deja en el platillo —.

Llevo diecinueve años en esto. Yo trabajo con carga y con papel.

Si yo tuviera algo contra ti no estaríamos aquí, estaríamos en la avenida del Rey Don Jaime y con un abogado sentado a tu izquierda.

— ¿Y por qué estamos aquí?

— Porque hay una cosa que no me cuadra desde 2022 y esta semana ha dejado de no cuadrarme — abre la carpeta de plástico —. ¿Quieres algo?

— Un café solo.

— Pide dos, que yo el segundo me lo voy a tomar igual.

———

Lo que hay en esa carpeta son once hojas y las once son de báscula, y me las va poniendo delante una a una y las va explicando con esa voz plana de la gente que ha explicado lo mismo trescientas veces y a la que ya no le hace ilusión ninguna: masa bruta verificada declarada por el cargador para cada contenedor, que es un dato obligatorio desde 2016 y que firma el que carga; pesada real del contenedor en la báscula de la terminal, que es un dato que se toma porque hay que estibar un barco y hay que saber lo que pesa cada cosa y dónde va puesta; y la diferencia entre las dos.

— Una diferencia normal es de doscientos, trescientos kilos — dice —. Humedad, tara del contenedor mal cogida, un palé que se ha mojado, un flejado con más madera. Con veinte toneladas de material, un uno por ciento es ruido.

— Sí.

— Aquí tienes dieciséis contenedores de tres cargadores distintos de esta provincia entre 2022 y este febrero, y en once la diferencia va en el mismo sentido y está entre el seis y el nueve por ciento — pasa el dedo por una columna —. Y esa es la parte fácil. Lo raro es esto.

Y me señala la última columna, que es la del reparto, y me explica en cuarenta segundos una cosa que yo no sabía y que me deja quieta con el café a medio camino: que cuando a un contenedor le falta peso porque se ha calculado mal, le falta repartido por todas partes; y que cuando le falta porque dentro hay un hueco, el centro de gravedad se desplaza, y eso el buque lo mide, porque el plano de estiba se hace con esos números y una carga descentrada en la cuarta altura de una bodega es un problema de los que cuestan dinero.

— En estos once el centro de gravedad está subido — dice —. Siempre. Le falta arriba.

Y yo tengo los dos codos apoyados en una mesa de una cafetería de la avenida del Mar y estoy leyendo, en una hoja escrita por una funcionaria que no ha entrado en su vida en una planta cerámica, exactamente lo mismo que miré yo el 9 de febrero a las siete y veinte de la mañana con un cúter en la mano y un palé desflejado delante.

La fila de arriba.

— No sé qué quiere que le diga.

— Todavía no te he preguntado nada — dice Raquel Benlloch, y se bebe medio café —. Sigo.

———

Y sigue veinte minutos, y en veinte minutos me dice lo que tienen, que es todo esto, y lo que eso vale, que es poco: once diferencias de peso son once expedientes administrativos, once multas de cargador y once recursos que van a ganar, porque el que declaró el peso fue una empresa, y la empresa dirá que se equivocó al calcular la tara y pagará y no pasará nada.

Me cuenta que en 2023 abrieron un contenedor en Alicante y no encontraron nada, porque lo abrieron cuatro semanas tarde y porque para abrir uno hace falta una autorización que tarda más que el barco.

Y después me dice lo que les falta, y me lo dice sin bajar la voz, con el ruido de la cafetera de fondo y dos hombres a metro y medio discutiendo de fútbol.

— Nos falta el origen — dice —. Todo esto sale de un polígono de esta provincia y va a tres sitios.

Sabemos las matrículas de los camiones. Sabemos las horas.

Sabemos que hay una nave de consolidación en la carretera del puerto donde algunas cargas paran una noche y otras no, y sabemos que no hay ninguna razón industrial para que una carga completa pare una noche a doce kilómetros del muelle, porque eso son ocho horas de conductor y un seguro más caro y nadie regala eso — se pasa la lengua por los dientes —. Y nos falta una persona.

— ¿Una persona?

— Una persona física. Nosotros trabajamos con papeles y los papeles los firman empresas. En la aduana no entra a declarar nadie, entra un CIF. En estos once expedientes hay ciento cuarenta firmas de nueve empresas y todas son cargos: administrador único, apoderado, representante. Menos una.

Y me mira.

Y yo, que llevo once años oyendo hablar a directores de calidad, a inspectores, a clientes que reclaman cuarenta palés y a un abogado que le cobró a mi madre dos mil euros por una carta, sé perfectamente cuándo alguien acaba de poner una cosa encima de la mesa y se calla para que la coja el otro.

No la cojo.

— Siga — digo.

— En cada expediente de exportación de producto de construcción hay un certificado de ensayo de tipo, y ese lo firma un técnico habilitado con nombre, apellidos y número — dice —. Y el tuyo está en cuatro de los once.

— Y en otros ciento cincuenta que no están en su carpeta.

— Y en otros ciento cincuenta que no están en mi carpeta — repite —.

Exacto. Por eso estoy yo aquí sentada tomándome el segundo café y no en un despacho tomándote declaración.

Yo he leído tus certificados. Están bien hechos, están hechos por alguien que hace los ensayos, y las desviaciones no son bonitas, y eso a mí me dice más que ninguna otra cosa, porque el que se inventa un ensayo pone siempre números bonitos y todos igual de bonitos.

— Eso no lo demuestra.

— Eso no lo demuestra nada, y por eso no está escrito en ningún sitio — dice —.

Yo he visto muchos papeles falsos en diecinueve años, y todos tienen el mismo defecto, que es que están más ordenados que la vida.

Un ensayo de verdad tiene una probeta que se sale, y una nota al margen, y una hora rara porque el técnico se quedó a acabarlo. Los tuyos tienen las tres cosas.

Y me quedo mirando el poso del segundo café, y hago algo que en once años no he hecho nunca dentro del trabajo, que es una cosa muy pequeña y muy tonta: pensar durante seis o siete segundos, con toda claridad, que a mí me gustaría trabajar con esta mujer.

Que si en 2019, cuando yo tenía veintidós años y bajaba una escalera con una carpeta de plástico, se hubiera sentado alguien así enfrente de mí y me hubiera explicado en veinte minutos por qué los papeles falsos están más ordenados que la vida, yo hoy sería otra persona y a lo mejor mi padre también.

———

Y aquí es donde tendría que hablar, aquí y no en otro sitio, en esta silla de una cafetería de la avenida del Mar, a las diez y cuarenta de la mañana del 22 de abril, con un cuaderno de tapas de hule dentro del bolso que tengo colgado del respaldo, con la fecha del 9 de febrero apuntada, con la hora, con el número de palé, con el número de precinto y con las palabras aglomerado y dos cubos blancos, treinta litros, sellados, sin abrir, escritas de mi puño y letra y firmadas por mí al pie de la página aquel mismo día antes de las siete y media.

Con catorce piezas testigo de una fábrica precintada en una caja de cartón en el maletero de mi coche, con un contador de agua de calibre cuarenta dado de alta en el camino viejo de Betxí en octubre de 2016 y con la palabra que esta mujer no ha dicho en veinte minutos y que yo podría decirle en dos segundos.

Llevo seis años esperando esto.

Seis años. Desde una escalera de la Audiencia en octubre de 2019, con veintidós años y una carpeta de plástico en la mano, bajando por delante de gente que sabía lo que estaba pasando y que no dijo nada ni entonces ni después.

He fantaseado con esta mesa nadando a las siete de la mañana en la piscina municipal, doscientos largos y una frase por largo, y en todas las versiones había alguien enfrente escuchándome y tomando nota, y en ninguna versión ese alguien mascaba chicle de nicotina, se tomaba dos cafés seguidos y me caía bien a los cuatro minutos.

Y no digo nada.

No lo digo porque el 16 de febrero, a las once y cuarenta de la mañana, una mujer de cincuenta y dos años con una chaqueta de punto beige me explicó en cuatro minutos y con la sintaxis de una circular interna en qué condiciones muere una persona; porque delante de tres testigos me entregaron a un hombre de treinta y seis años para que yo lo llevara colgado de la muñeca; y porque aquel día yo lo firmé todo menos eso, que no se firma, y por eso mismo es lo único de aquella mañana que no puedo romper llevándoselo a un abogado.

— Ona — dice Raquel Benlloch.

— Dígame.

— ¿Tú tienes algo que quieras contarme?

— No.

Y ella asiente una vez, sin sorpresa y sin decepción y sin insistir, y saca de la carpeta de plástico una hoja más y me la pone delante, girada hacia mí, con un bolígrafo encima: una comparecencia voluntaria con la fecha, el lugar, mi nombre, mi número de habilitación y cuatro líneas en blanco.

— Eso no lo firmo yo — digo.

— Ya lo sé — dice Raquel Benlloch, y la recoge, y la vuelve a meter en la carpeta con una tranquilidad que me da más miedo que todo lo anterior —. Te la he puesto delante para poder decir en mi informe que te la he puesto delante.

Deja un billete debajo del platillo, se levanta y coge la carpeta, y ya de pie, con las gafas de sol en la mano, me dice la única cosa de toda la mañana que no traía preparada, o que traía preparada desde el principio y ha estado esperando a soltar.

— Yo no salvo a nadie. Que te quede claro, porque hay gente que se hace ilusiones con esto y luego se enfada conmigo — dice —. Yo llego tarde siempre. Cuando yo llego, lo que iba a pasar ya ha pasado, y yo vengo a contarlo por escrito y a que un juez tarde tres años en leerlo.

— ¿Y para qué me lo dice?

— Porque el día que decidas hacer algo, no lo hagas contando conmigo — se pone las gafas —. Hazlo contando contigo, y llámame después.

———

Salgo a la avenida del Mar a las once menos cuarto, con el sol de abril pegando en las fachadas blancas y tres niños de una excursión sentados en el bordillo comiéndose un bocadillo, y me quedo de pie en la acera con el bolso colgado del hombro y el cuaderno dentro, haciendo la cuenta, que es lo único que sé hacer.

Si hubiera hablado esta mañana en esa mesa, el grupo entero se cae en dieciocho meses.

Neus Bonastre entra en una sala con dos abogados y sale con una fianza y con sus ochocientas carpetas de anillas requisadas por una comisión judicial.

Roc Bonastre, setenta y un años, se muere de cualquier otra cosa antes de que llegue el juicio.

Las tres plantas se venden y las compra alguien de Sassuolo y siguen funcionando con la misma gente, los mismos hornos y otro nombre en la puerta, que es lo que pasa siempre.

Y mi padre, que lleva seis años cumpliendo por una firma que le compraron por trescientos mil euros, tiene por primera vez desde 2019 una posibilidad real de que alguien vuelva a mirar aquella sentencia de arriba abajo: mi padre, que se niega a firmar una instancia de traslado a un centro con médico en el mismo pasillo, y que el 14 de marzo, a las nueve cincuenta y ocho de la mañana, con las dos manos planas encima de un mostrador de obra, me pidió dos veces que lo dejara estar.

Eso es lo que yo he tenido encima de la mesa esta mañana y no he cogido, y llevo desde las once menos cuarto diciéndome que no lo he cogido por él, por Tonet Falguera Garcerán, de cincuenta y siete años, módulo tres, lavandería, dos calderas de gas y una sonda que no era el quemador.

Y no es verdad.

Me he callado porque hay un hombre de un metro ochenta y nueve que a las cinco menos diez de la mañana alarga el brazo hacia una silla, y porque el 16 de febrero me dijeron que si yo hablaba lo pagaba él, y porque en algún punto de estos dos meses eso ha dejado de ser una amenaza que me hicieron a mí y se ha convertido en una decisión que tomo yo sola todas las mañanas, sin que nadie me la recuerde y sin que nadie me la vigile, que es la única clase de decisión que cuenta.

Y llevo diez semanas creyendo que la que tenía el arma era yo.