Capítulo 18
Esa cuarta es la que hace daño. Las tres primeras se quedan dentro y una empresa puede explicárselas a sí misma; la cuarta sale de la casa, la lee gente de fuera y queda escrita.
Ona firma la parte que le toca a las siete y cuarto, cuando llega, y la firma después de leerse las cuatro hojas y de cambiarme dos cosas.
— Nos come cuatro semanas más de producción.
— Nos come cuatro semanas más de producción y es verdad — coge el bolígrafo y tacha la fecha, y escribe la otra encima, y pone su rúbrica al lado del tachón —.
Tú querías parar la ruta. Yo estoy parando material que de verdad está en el límite de la tolerancia por abajo, porque llevamos desde febrero con la prensa dos haciendo lo que le da la gana.
Las dos cosas caben en el mismo papel. Lo que no cabe es que caben por casualidad.
— ¿Y si preguntan?
— Si preguntan, les enseño ciento veinte medidas de calibre y me callo lo demás — deja el bolígrafo —. Yo no firmo nada que no pueda defender de verdad delante de alguien que sepa. Nunca lo he hecho.
———
A las ocho y media está parado el primero, a las once están parados cinco, y a las dos de la tarde del jueves hay once camiones en la explanada con el motor apagado y las luces de posición encendidas, en fila, y desde la ventana del despacho de arriba se ve exactamente la misma foto que había el 9 de febrero, y esta vez la he puesto yo.
Lo que se para aquí no se para aquí. Una planta con la expedición cerrada sigue fabricando, porque los hornos no se apagan, y a los cuatro días la playa está llena y a los siete hay que alquilar suelo en el polígono y mover material dos veces, que es la manera más cara que existe de perder dinero: pagas por hacerlo, pagas por guardarlo y pagas por volverlo a coger.
Eso son ciento sesenta mil euros en dos semanas y esa cifra la sabe mi tía mejor que yo.
Y hay una segunda cuenta que no está en ninguna hoja y que es la que a mí me interesa.
Los que meten su dinero dentro de nuestra carga no nos pagan por almacenarlo: nos pagan el seis por ciento por moverlo, y lo que ellos necesitan es que salga, y que salga esta semana, y que salga con la misma cara de siempre.
Un envío que se retrasa un mes es un envío que alguien de fuera tiene que explicarle a otra persona, y eso empieza con una llamada tranquila y a las tres semanas es otra cosa.
Yo no he parado los camiones para hacerle daño al grupo.
Los he parado para obligar a que alguien de esta familia tenga que hablar con alguien de fuera, y para estar mirando cuando lo haga.
Benet sube a las tres con la hoja de rutas en la mano y esa cara que pone cuando lo que le fastidia no es el trabajo sino el desorden.
— Once parados y dos que no salen mañana — dice —. Y el 7 lo tengo cargado desde el martes con veinticuatro mil trescientos, que eso son mil setecientos kilos por encima de la media de un gris perla, y eso ya me lo explicará alguien algún día.
— Descarga el 7.
— ¿Que lo descargue?
— Que lo descargues. Palé a palé, en la playa dos, y que el de la carretilla pese cada uno en la báscula de suelo y lo apunte en un papel con boli, no en el sistema. Y el papel me lo traes tú.
Benet Gimeno se queda un momento con la hoja de rutas colgando de la mano.
— Eso son cuatro horas de carretilla — dice.
— Cinco.
— Cinco, si lo pesan bien — se rasca el rizo de la nuca —. Y son ciento sesenta euros de operario y una playa ocupada.
— ¿Vas a hacerlo?
— Yo voy a hacerlo — dice, y se va hacia la puerta, y ya con la mano en el marco se vuelve —.
Yo lo que le digo es lo que cuesta. Lo que cuesta se dice siempre en voz alta y luego cada uno hace lo que quiere.
Yo he llevado ocho años tráiler a Argelia y lo que se hunde no se hunde por lo caro.
Se hunde por lo que nadie dijo en voz alta.
Vuelve a las nueve y veinte de la noche con el papel escrito a boli, con los sesenta y ocho pesos apuntados en dos columnas y la suma hecha a mano al pie, y en la lista hay cuatro palés que pesan entre ciento cincuenta y ciento ochenta kilos menos que los otros sesenta y cuatro, y los cuatro estaban en la primera y la segunda fila del fondo del remolque, que es donde se carga lo que se descarga el último y lo que nadie mueve en una inspección de rutina.
Le pregunto quién montó ese camión y me dice que se montó en la nave del kilómetro cuatro el martes por la noche, y que eso él no lo monta nunca, porque a él le entregan el remolque ya precintado y con el CMR hecho y su trabajo empieza cuando arranca.
— Y ahí desde el jueves de la semana pasada no ha entrado un palé nuestro — dice —.
Yo pasé anteayer a las once de la noche por la carretera del puerto y aquello estaba a oscuras y con las dos puertas bajadas.
Y esta mañana a las siete había una furgoneta blanca aparcada dentro y las luces encendidas.
— ¿Cuánta gente?
— Yo pasé a sesenta por hora, Jaume. Yo vi una furgoneta y una luz — se rasca el rizo de la nuca —. Y le digo una cosa: para una nave donde no se carga nada desde hace ocho días, esa luz estaba encendida muy temprano.
———
El viernes a las nueve de la mañana ya está el teléfono sonando desde tres sitios distintos, y a esa hora yo estoy en administración de Onda con un fajo de lecturas de contador encima de una mesa vacía.
Lo pedí el 11 de marzo, en papel, con mi nombre.
Tardaron dieciocho días en subírmelo y me lo subió una administrativa que dejó la carpeta en el borde de la mesa y salió sin decir nada, y desde entonces lo he mirado cuatro veces y las cuatro he encontrado lo mismo, que es lo que se encuentra siempre en este grupo cuando uno mira los papeles baratos.
Puntos de suministro dados de alta a nombre de sociedades del grupo: veintinueve. De ellos, en la provincia, hay tres que no corresponden a ninguna planta en funcionamiento. Dos son almacenes vacíos de Nules y de Almassora, con consumo cero desde 2020, y esos no dicen nada.
El tercero es un contador de agua de calibre cuarenta dado de alta el 14 de octubre de 2016 en el camino viejo de Betxí, sin número de policía, con la referencia catastral de la parcela de La Vella.
Consumo del último ejercicio: catorce mil doscientos metros cúbicos.
Una casa gasta ciento cincuenta metros cúbicos al año. Una fábrica de porcelánico con una línea en marcha, moliendo barbotina y esmaltando, gasta lo que hay en ese papel.
Y el titular del contrato es una sociedad que se constituyó en 2016 y que yo no había vuelto a ver escrita en ningún sitio desde el 16 de febrero de este año, a las doce y cuarenta y ocho de la mañana, en el comedor de la casa de Onda, encima de un mantel de hule, cuando un notario leyó en voz alta el reconocimiento de deuda de seiscientos mil euros a favor de Ona Falguera Miravet y ella pidió que mi padre entrara de fiador solidario.
La misma. Punto por punto, letra por letra.
Doblo el papel por la mitad, me lo guardo en el bolsillo interior de la chaqueta y me quedo sentado en esa silla un rato.
Lo que hay dentro de esa sociedad es lo que paga el agua de una fábrica precintada.
Y lo que hay dentro de esa sociedad es lo único que responde de los seiscientos mil euros de esta mujer si algún día mi padre se muere, porque un fiador solidario de setenta y un años es una garantía con fecha de caducidad y ella lo sabe mejor que yo.
Si La Vella cae, cae la sociedad. Y si cae la sociedad, ella cobra lo que cobró su familia en 2021.
———
Mi tía Neus está en la planta de Onda el viernes a mediodía, en el despacho de administración de arriba, con las carpetas abiertas y el bolígrafo en la canaleta, y entro, cierro la puerta y me quedo de pie.
— He parado la ruta — digo —. Una semana. Puede que dos.
— Ya lo sé. Me lo han dicho a las nueve y veinte.
— Te lo digo yo a las doce.
— Sí — pasa una hoja —. Eso está mejor.
— La incidencia es real. El material de febrero y marzo está en el límite por abajo y no lo quiero en un barco. Y de aquí a que se revise, no sale nada hacia el sur.
— ¿Nada?
— Nada — y bajo la voz, que es lo que hago cuando quiero que se me oiga —. Ni un palé, ni una caja, ni una muestra en un sobre.
Mi tía Neus no cierra la carpeta y no descruza las piernas. Coge el bolígrafo, anota una cifra en el margen de una hoja, la subraya, y deja el bolígrafo paralelo al borde.
— Eso se arregla — dice.
— Esta vez no.
— Todo se arregla, Jaume. Lo que pasa es que unas cosas se arreglan por dentro y otras hay que arreglarlas por fuera, y las de fuera salen más caras y tardan más — se ajusta el puño de la chaqueta de punto —.
¿Tú sabes lo que le pasa a una lavandería que deja la ropa de la gente dentro de la máquina?
— Dímelo.
— Que la gente viene a buscarla.
Y ahí es donde yo digo la otra cosa, la que he venido a decir de verdad, y la digo sin adornarla porque a esta mujer los adornos le duran menos que a nadie.
— Hay un coche gris parado enfrente del centro de l'Alcora a la hora de salida. Martes y miércoles. Con un hombre dentro.
— Ah.
— Que no vuelva.
Mi tía levanta la cabeza por primera vez desde que he entrado. Tiene cincuenta y dos años, la cara quieta y las manos juntas encima del papel, y me mira desde el otro lado de la mesa con la paciencia con la que se mira a un proveedor que ha traído mal el albarán.
— Yo no tengo ningún coche en l'Alcora — dice.
— Bien.
— Yo no tengo coches en ninguna parte, Jaume. Yo tengo carpetas.
Salgo. Cierro la puerta con cuidado.
El coche gris no vuelve a aparecer, ni el lunes ni el martes ni ningún otro día, y eso es exactamente lo que quería y es lo que me tiene toda la semana con un peso en el pecho, porque una cosa que se quita en cuarenta y ocho horas sin discusión, sin negarla del todo y sin que nadie levante la voz, es una cosa que se puso a propósito para que yo la viera y para que yo pidiera que la quitaran.
Me ha costado una petición. Y en esta familia, cuando pides una cosa, se apunta.
———
La denuncia entra el domingo 19 por la noche, en el buzón de cumplimiento normativo del grupo, que es una dirección de correo que puso un consultor en 2022 para poder poner un cartel en la entrada y que en tres años ha recibido cuatro mensajes, dos de ellos sobre el aparcamiento.
Me lo dice el responsable de calidad corporativo el lunes 20 a las ocho y diez de la mañana, por teléfono, con esa voz de la gente que ha pasado la noche pensando a quién llamar primero.
Me lee el asunto. Me lee el cuerpo. Me pregunta si quiero que lo escale al comité o si prefiere esperar a hablarlo con la señora Bonastre, y ese si prefiere me dice todo lo que hay que saber de dónde está este hombre.
La denuncia es anónima y ocupa once líneas.
Dice que en el expediente digital de calidad hay al menos cuatro certificados de ensayo de producto de los ejercicios 2024 y 2025 cuya firma no se corresponde con la persona habilitada.
Da los cuatro números de lote. Dice que el más reciente es el del lote 4471, del 18 de febrero de este año.
Dice que la firma que aparece en los cuatro es la de la técnica superior de laboratorio de control, hoy directora técnica del grupo, y la nombra con los tres apellidos y el número de habilitación.
Ona Falguera Miravet.
Y dice, en la última línea, que quien firma este aviso considera que la interesada ha podido emitir certificados sin realizar los ensayos correspondientes, y que aporta como indicio que la interesada mantiene desde febrero una relación económica directa con el grupo formalizada ante notario.
Me quedo con el teléfono en la oreja, de pie en la era del Mas de la Foia a las ocho y catorce de la mañana de un lunes de abril, con la sierra delante y el sol dándome en la nuca, mirando la puerta de la almazara, que está abierta, y por la que sale el zumbido del horno de sobremesa.
Once líneas y cuatro números de lote. Ni un nombre de esta familia. Ni una palabra sobre el peso de un palé.
Nadie ha ido a por mí. Han ido a por la única persona física de todo el expediente, y han esperado a que yo parara la ruta para hacerlo, y han metido en la denuncia el dato de la notaría, que solo sabe la gente que estaba en aquel comedor.
Cuatro personas y un notario.