Capítulo 17
A mi hermana la oigo antes de verla, y la oigo porque en esta casa la única persona que canta soy yo cuando estoy sola en la almazara, y no estoy en la almazara y no estoy cantando.
Núria está sentada en la mesa de la cocina del Mas de la Foia con las zapatillas llenas de polvo blanco, la mochila en el suelo, un tupper de plástico delante y las manos alrededor de una taza de café que le ha puesto la mujer que sube de Eslida.
— Buenos días — dice.
— ¿Cómo has llegado aquí?
— En el autobús de las nueve y diez hasta Eslida y andando lo demás — se sopla el café —. Seis kilómetros y pico. Hay una cuesta a la mitad que es un despropósito.
— Núria.
— Y luego una reja que estaba abierta y otra que no, y por esa me he metido por el bancal — levanta la mano y me enseña un arañazo en el antebrazo —. Zarzas.
———
La mujer de Eslida coge el cesto de la ropa y se sube al primer piso, que es lo que hace la gente de esta casa cuando algo va a ponerse feo, y en cuanto se cierra la puerta de arriba yo me siento enfrente de mi hermana y le digo lo que llevo doce minutos preparando en la escalera.
Le digo que se va hoy. Que la baja Benet a Castellón después de comer o la bajo yo, pero que se va. Que esto no es una casa de campo con piscina, que no es un fin de semana, y que ella tiene el lunes taller y una entrega de proyectos el veinte.
Núria me escucha entera. No me interrumpe ni una vez, que es lo que hace desde pequeña cuando ya ha decidido, y cuando acabo destapa el tupper y lo empuja hacia mí por encima del hule.
— La tía te manda esto. Es pericana, y dice que no la calientes en el microondas, que se pone gomosa.
— Núria.
— Y dice que la operación de la cadera se la hacen el 12 de mayo y que no vayas, que ya irá la vecina.
— Que te vas hoy.
— No — dice, y se sirve pericana en un plato como si estuviera en su casa, que es exactamente lo que está haciendo —. Y te lo voy a explicar una vez y después comemos.
———
Mi hermana tiene veintidós años, va a segundo del ciclo superior de diseño cerámico de l'Alcora, mide dos dedos más que yo y tiene los ojos de mi madre, que son claros y no me tocaron a mí.
En casa siempre ha sido la pequeña, y en esta familia ser la pequeña ha querido decir una cosa muy concreta desde el 14 de agosto de 2019, que es que a Núria no se le cuenta.
No se le contó que en 2021 dejaron de llegar las transferencias.
Se le dijo que había un retraso administrativo y estuvo dos años creyéndoselo.
No se le contó lo que costaba el ciclo ni de dónde salía, ni que yo pedí un adelanto de nómina en enero de 2022 y otro en septiembre.
No se le contó lo de la sonda de mamá ni lo que costaba la enfermera de las noches. Se le dijo que fuera a clase.
— Yo tenía dieciséis años en 2019 — dice, con el tenedor en la mano —, y ahora tengo veintidós, y en estos seis años tú me has contado lo mismo que en los primeros dieciséis, que es nada. Y no pasa nada, ¿eh? Yo entiendo por qué lo hiciste. Lo que pasa es que ya no cuela.
— No es que no te lo contara. Es que...
— Ona.
— Déjame acabar.
— No — deja el tenedor —. Porque lo que viene ahora es que tenías que protegerme, y eso ya me lo sé.
Y entonces mi hermana pequeña me dice la frase que llevo seis años esperando que me dijera alguien y que no esperaba que me la dijera ella, y me la dice con la boca medio llena y sin levantar la voz, mirando el hule de la mesa.
— Yo llevo seis años siendo el motivo por el que tú no vives.
— Eso no es verdad.
— Es verdad y lo sabes — levanta la cabeza —. Tú no te has ido de esta provincia por mí. Tú no has cambiado de trabajo por mí. Tú no te has echado un novio decente en seis años por mí, y ahora resulta que te has echado uno indecente, que por lo menos es una novedad.
— Núria.
— Y yo he sido la que estudiaba, y la que cantaba en la cocina, y la que no se enteraba, y me ha ido muy bien — se limpia la boca con el dorso de la mano —.
Pero yo no elegí ese papel. Ese papel me lo repartisteis vosotras, mamá y tú, en el pasillo del hospital, y a mí nadie me preguntó si lo quería.
———
Comemos.
Comemos la pericana de la tía con pan y con aceite del bidón que hay debajo del fregadero, en la cocina del Mas de la Foia, con la puerta del porche abierta y el sol de abril entrando en un rectángulo que se va moviendo por las baldosas, y en dos horas mi hermana pequeña me hace decir en voz alta más cosas de las que he dicho en seis años.
Y me pasa una cosa que no me esperaba, que es que hablar de mamá con ella es distinto de hablar de mamá conmigo.
Yo tengo de aquellos dos años el inventario: las citas de oncología de los martes, los cuarenta y un kilómetros de ida y los cuarenta y uno de vuelta, la enfermera de las noches a nueve euros la hora desde marzo de 2023, el colchón antiescaras que tardó cinco semanas en llegar y las tres llamadas que hice a una asistente social que siempre estaba reunida.
Núria tiene otra cosa. Núria tiene que mamá le pedía que cantara y que le cambiara la letra, y que estuvieron un mes entero con una que hablaba de una señora que se iba a Benicàssim en autobús, y que la última semana mamá ya no seguía la letra pero seguía el compás con el índice encima de la sábana.
— Eso no me lo has contado nunca — digo.
— Es que tú no estabas en esa habitación — dice, y no lo dice para hacer daño —. Tú estabas en el pasillo hablando con gente.
Le cuento los tres puntos. Los seiscientos mil, el traslado de papá, mi contrato.
Le cuento lo del notario y lo del fiador solidario y por qué lo pedí.
Le cuento que el 4471 salió con mi firma sin que yo la pusiera y lo que eso significa, que se lo explico dos veces porque la primera se lo explico mal.
Y cuando llego a la prenda, paro.
— Sigue — dice.
— Eso no.
— Ona.
— Eso no, Núria, porque en cuanto te lo cuente vas a ser una persona que lo sabe, y hay una diferencia entre las personas que lo saben y las que no, y esa diferencia me da igual con todo el mundo menos contigo.
Mi hermana me mira un rato largo con el trozo de pan en la mano.
— Vale — dice —. Ese te lo acepto.
Y es la primera cosa en dos horas que no discute, y eso me deja más tocada que todo lo anterior.
———
A las cuatro sube conmigo a la almazara y se pasa hora y media dando vueltas por ahí como una cría en una tienda, cogiendo botes, leyendo etiquetas, oliendo el manganeso y arrugando la nariz, preguntando por qué el horno de sobremesa tiene la puerta por arriba y no por delante, y a las cinco y media ya me está diciendo que la curva del ensayo la tengo mal escalada en el papel y que así no se lee.
Antes de eso me enseña en el móvil lo que está haciendo este trimestre, que es una colección de seis piezas de veinte por veinte para la entrega del veinte de mayo, con un relieve muy bajo sacado de las marcas que deja una carretilla en el suelo de hormigón de un almacén, y me lo explica entero, con las pruebas fallidas y todo, y en cuatro minutos entiendo dos cosas: que mi hermana es mejor de lo que yo pensaba, y que en dos años esta chica va a saber mirar una superficie de una manera que yo no sé mirarla, porque a mí me enseñaron a ver si una pieza está dentro y a ella le están enseñando a ver qué dice.
— ¿Y esto lo vas a esmaltar?
— Con un mate muy sucio. Como el suelo. Si le pones brillo se convierte en un souvenir.
— Con un mate muy sucio se te va a marcar cada huella.
— Ya — dice —. Es que quiero que se marque.
— Está bien escalada.
— Está bien calculada. Escalada está fatal — coge el lápiz y me redibuja los ejes en la hoja de al lado, y en cuarenta segundos tengo delante la misma curva que llevo mirando seis semanas y por primera vez se le ve la forma —.
Es que ponéis los dos ejes iguales y luego os quejáis de que nadie os hace caso en las reuniones.
— ¿Y eso quién te lo ha enseñado?
— Eso lo he pagado yo con dos mil cuatrocientos euros de matrícula — dice —, que me los has pagado tú.
Jaume sube a la almazara a las siete menos cuarto y se para en el umbral, y en el segundo y medio que tarda en decidir si entra, mi hermana ya se ha levantado del taburete y le ha dado la mano.
— Núria — dice ella.
— Ya lo sé.
— Ya. Y usted es la prenda.
Y yo cierro los ojos.
Jaume Bonastre no se mueve del umbral. Se queda ahí con las llaves en la mano y mirando a mi hermana desde su metro ochenta y nueve, y tarda tres segundos largos, y después hace la única cosa que podía hacer, que es contestarle en serio.
— Sí — dice.
— Vale — dice Núria —. Pues cene con nosotras, que hay pericana.
———
Se queda a dormir, y a las once y media de la noche, con la casa ya en silencio y la luz de la cocina apagada, subo a la habitación del este, que es la que yo cogí en febrero y en la que no duermo desde marzo, y me la encuentro sentada en el suelo con la espalda contra la cama y el móvil apoyado en las rodillas, escribiendo.
— ¿A quién escribes?
— A papá — dice, sin levantar la vista —. Los martes las echo. Esta la tengo a medias desde el jueves.
Y me siento en el suelo enfrente de ella, con la espalda contra el armario, y le pregunto por fin lo que no le he preguntado en tres años y tres meses, que es por qué dejó de subir a Albocàsser en enero de 2022, y mi hermana se queda un rato dándole vueltas al móvil.
— Porque a mí me hablaba y a ti no — dice —.
A mí me contaba las calderas, y lo del quemador, y una vez me estuvo veinte minutos explicándome por qué el gres blanco salía crema.
Y a ti te miraba y se callaba. Y yo estaba ahí sentada al lado viéndolo callarse, sábado sí y sábado no, y un día me di cuenta de que estaba deseando que se acabara la media hora.
— Podías habérmelo dicho.
— Ona, es que no era mío — dice —. Eso era vuestro.
La bajo yo el domingo a mediodía a Castellón, de día, con el sol alto y las ventanillas abiertas, y en los cincuenta y un minutos de la CV-20 y la CV-10 mi hermana va cantando una cosa con la letra cambiada sobre un hombre muy alto que se pone siempre a la derecha, y me hace reír dos veces, y en la segunda tengo que quitar la mano del volante para taparme la cara.
La dejo en el portal de la calle Enmedio, encima de la mercería, en el tercero sin ascensor que sigue siendo mío y que llevo dos meses pagando sin dormir en él.
— Oye — dice, ya con la mochila puesta y medio cuerpo fuera del coche —. Una cosa.
— Dime.
— Yo no le tengo miedo — y señala con la barbilla hacia la sierra, hacia arriba, hacia donde no se ve nada desde esta calle —. Le tengo miedo a la señora esa que llevas dos horas sin nombrar.
— No he nombrado a nadie.
— Por eso.
Y cierra la puerta, y sube los tres pisos, y desde el coche la veo encender la luz del comedor.
———
Me llama el miércoles a las ocho y veinte de la tarde.
Me llama mientras estoy pesando la tanda catorce y contesto con el manos libres y la mano izquierda dentro del guante de nitrilo, y lo primero que hace es contarme que le han dado un sobresaliente en el proyecto de superficies y que la profesora se lo ha enseñado a los de primero, y me lo cuenta entero, con detalles, durante cuatro minutos.
Y después, con el mismo tono, sin cambiar de marcha.
— Ah, y otra cosa. Hay un coche ahí fuera.
— ¿Dónde es ahí fuera?
— Enfrente del centro. En la acera de los pinos, donde no se puede aparcar — se oye que está andando, y que hay tráfico —. Es que ayer también estaba. A la misma hora. Yo salgo a las dos y diez y estaba a las dos y diez, y hoy también.
— ¿Qué coche?
— Uno gris. De estos que no te fijas.
— ¿Con alguien dentro?
— Con un señor. Sí. Con el móvil, mirando el móvil — y se ríe, y se ríe de verdad, porque mi hermana lleva veintidós años riéndose en el sitio exacto donde no hay que reírse —. Y hoy, cuando he pasado por delante, ha bajado el móvil.
Dejo el guante en la piedra del molino. Fuera de la almazara ya es de noche y por la puerta abierta entra el olor de la sierra en abril, y todavía la oigo respirar al otro lado del teléfono, andando calle abajo hacia la parada del autobús de l'Alcora, con el sobresaliente de superficies en la mochila.
— Núria. Escúchame bien.
— Que sí.
— Mañana no vas.
— Ona, que tengo taller.
— Que mañana no vas.
— Que sí, mujer — dice —. Tú tranquila, eh.