Capítulo 16
La gente cuenta estas cosas por el final, con el resultado por delante y la explicación detrás, y así lo que oye el otro es la explicación.
Un albarán no se lee por el final. Un albarán empieza por la fecha, sigue por el origen y acaba por lo que iba dentro, y quien lo lee saca sus conclusiones solo.
En la almazara hay luz. Cruzo la era con la carpeta debajo del brazo y el frío de abril de la sierra, que a seiscientos metros todavía es frío de verdad a esta hora, y Ona está en la piedra del molino con la balanza encendida y catorce piezas de quince por quince alineadas por fecha, escribiendo en el cuaderno con la goma del pelo en la muñeca izquierda.
— Deja eso — digo.
— Estoy a la mitad.
— Déjalo igual.
Levanta la cabeza. Mira la carpeta, me mira a mí, y hace lo que hace esta mujer cuando alguien entra en una habitación con algo en la mano: calcula el peso.
— ¿Es sobre mí?
— No — dejo la carpeta en la piedra, encima de las piezas —. Es sobre mí.
———
Le cuento el 2 de octubre de 2019 y tardo cincuenta minutos.
Empiezo por el 20 de agosto, seis días después del fuego, en el despacho de la casa de Onda, con mi padre recién salido del hospital de un pico de tensión y mi tía Neus con dos carpetas de anillas encima de la mesa.
Le cuento lo que me dijeron aquel día, que es que había un expediente de la Inspección abierto, un procedimiento penal por dos muertes y una compañía de seguros que no iba a pagar nada mientras no hubiera una causa establecida, y que el grupo tenía en la Plana ciento sesenta empleos directos y seis semanas de aire.
Le cuento que a mí me nombraron el 3 de septiembre de aquel año, dos semanas y media después del fuego, en una junta de doce minutos con acta y sin discusión, y que el primer encargo de verdad que me dieron fue ese, y que me lo dieron a mí y no a un abogado porque a un abogado se le paga y a un hijo se le manda, y porque mi tía dijo delante de mi padre y de dos personas más que era mejor que fuera alguien de la casa que conociera la fábrica y que supiera hablar con un hombre de horno.
— ¿Y tú qué dijiste?
— Que sí.
— ¿Preguntaste algo?
— Pregunté el margen — digo —. Eso es lo que pregunté. Cuánto podía llegar a poner encima de la mesa.
Le cuento el despacho de la calle Mayor de Castellón, que era el del abogado que le habían puesto a su padre y que pagaba el grupo, y que eso yo lo sabía.
Le cuento que llegué a las seis de la tarde con una carpeta y que había cuatro personas y que Tonet Falguera llevaba una camisa de manga corta a primeros de octubre y las manos encima de la mesa igual que las tiene ahora en el locutorio.
Le cuento la cifra que dije primero, que fueron doscientos cincuenta mil, y la que dije después, que fueron trescientos, y que no llegué a decir la tercera.
Le cuento la promesa. Le digo las palabras que usé, que las tengo, porque hay frases que uno se aprende de memoria por el camino de vuelta sin querer aprendérselas: que su familia estaría cubierta el tiempo que hiciera falta.
— El tiempo que hiciera falta — repite.
— Eso dije.
— ¿Y cuánto era eso? Porque eso no es un plazo. Un plazo es veinticuatro meses o son ochenta y cuatro. El tiempo que hiciera falta no lo puede firmar nadie porque no se puede medir.
— Ya.
— ¿Lo sabías cuando lo dijiste?
Y aquí es donde hay que contestar rápido, porque el que se para a pensar en esta pregunta ya ha decidido mentir.
— No — digo —. Lo pensé en el coche, volviendo. Y lo dejé estar.
———
Le cuento los cuatro años.
Le cuento que las transferencias las llevaba administración de Onda y que a mí me pasaban un resumen trimestral en el que esa línea era una línea entre ciento veinte, y que en septiembre de 2021 miré el resumen y la línea no estaba, y que llamé, y que me dijeron que aquello lo había cerrado la señora Bonastre en junio, y que colgué el teléfono.
— ¿Y después?
— Después nada.
— Eso ya me lo dijiste en marzo. Quiero saber qué es nada — deja el lápiz en la piedra y se cruza de brazos, y no se ha movido del taburete en cincuenta minutos —. Nada es una palabra grande. Yo he estado cuatro años haciendo cosas dentro de tu nada.
Y me lo hace decir.
Nada es que en octubre de 2021 abrí el expediente en el ordenador, miré la última transferencia y lo cerré.
Nada es que en marzo de 2022, en una comida de proveedores en Vila-real, alguien nombró a Tonet Falguera y yo cambié de tema con una cifra de producción.
Nada es que en 2023, cuando murió su madre, me enteré el mismo día porque me lo dijo el jefe de expedición, y mandé al tanatorio lo que se manda desde una empresa, que es una corona con una cinta impresa que compra una administrativa por teléfono, y no fui.
— ¿Firmaste tú la cinta?
— No se firman.
— Ya lo sé — dice —. Estuve dos horas de pie al lado de esa corona.
———
Y le cuento la última parte, que es la que no le he contado a nadie en seis años, ni a mi padre, ni al perito, ni a los dos abogados que me acompañaron a la Audiencia.
Que yo creía que estaba comprando otra cosa.
Se lo explico como me lo explicaron a mí, con los mismos papeles, porque los traigo en la carpeta: el informe del perito de la aseguradora de septiembre de 2019, con la extracción del horno de rodillos manipulada y un motor de tiro con el variador puenteado desde hacía meses; los partes de mantenimiento de La Vella de los tres años anteriores, con catorce incidencias de extracción anotadas y ninguna resuelta; y el acta de la Inspección, en la que la palabra que aparece cinco veces es negligencia.
— Eso es lo que yo compré — digo —. Un fallo de mantenimiento de una fábrica vieja que llevaba tres años funcionando con un tiro puenteado, dos muertos del turno de noche y un encargado que no dio el aviso.
Una negligencia grave. De las que hunden una empresa y no meten a nadie en la cárcel más de tres años.
— Y no era eso.
— Yo entonces creía que sí.
— Te he preguntado otra cosa.
— Hoy creo que no.
Ona coge la carpeta, la abre y va pasando las hojas despacio, y se para en la última, que es la primera del sumario, la que tiene el encabezamiento y la relación de perjudicados. Se queda ahí un rato largo.
En ese papel hay dos nombres. Vicent Bellver Domènech, de cuarenta y cuatro años, y Salvador Piquer Roig, de veintiséis. En la fábrica los llamaban de otra manera y yo no sé cómo, porque yo llegué a esa historia por el lado de los papeles y ellos ya solo estaban en los papeles cuando yo llegué.
— El de veintiséis llevaba tres meses — dice ella —. Mi padre lo cogió por lo del cuñado de no sé quién.
— No lo sabía.
— No — cierra la carpeta —. No lo sabías.
Y se queda un rato con la mano encima de la tapa, y después me cuenta ella lo poco que sabe, que es más que lo mío y es de otra clase: que al de cuarenta y cuatro lo llamaban en la fábrica por un apodo que ella no me va a decir esta noche porque no le corresponde a ella decírmelo; que tenía dos críos y un huerto en la partida de arriba y que llevaba a la gente en su coche desde Vila-real cobrando la gasolina a escote; y que aquel agosto habían hecho la nave de vacaciones y que los dos del turno de noche estaban allí porque se habían quedado a cubrir el mantenimiento de parada, que son doce noches al año que se pagan mejor y que se piden.
— Pidieron esas noches — dice —. Nadie los mandó. Las pidieron ellos, en junio, en una hoja, y las firmó mi padre.
Y eso es lo que me deja peor de toda la conversación, y me lo llevo puesto, y lo voy a tener puesto durante meses, porque en seis años yo he pensado en aquella nave, en aquel horno, en aquel perito y en aquella sentencia, y no había pensado ni una sola vez en una hoja de junio con dos nombres apuntados a mano por gente que quería hacer doce noches mejor pagadas.
———
Y ahora es cuando esta mujer tiene que levantarse, coger la caja de los óxidos, bajar a Castellón y no volver, porque eso es lo que haría cualquiera con dos dedos de frente, y yo he subido esta noche por la CV-20 contando exactamente con eso y con lo que iba a hacer yo después, que era llevarle las cosas al piso de la calle Enmedio y buscar la manera de que cobrara igual.
Ona apaga la balanza. Baja la tapa del horno de sobremesa.
Enrolla el cable del flexo en el gancho de la pared, que es lo que hace cuando cierra la almazara por hoy, y lo hace en el orden de siempre y sin saltarse un paso, y después se queda de pie delante de mí con la bata puesta y los brazos a los lados.
— Tienes las manos frías — dice.
— Sí.
— Quítate el abrigo.
———
Subimos a la habitación del fondo, la que da al sur, la de la ventana sin persiana por la que se ve la sierra recortada contra un cielo que a primeros de abril todavía tiene luna a las diez y media, y ella cierra la puerta con el pie y me deja el abrigo en la silla, y no enciende la luz de arriba, y enciende la de la mesilla, que es peor porque se ve más.
— Siéntate ahí.
— Ona.
— Siéntate ahí y no hagas nada.
Y me siento en el borde de la cama con las manos en las rodillas, y ella se pone delante, de pie, entre mis piernas, con la sierra detrás en la ventana, y empieza por las manos, que es por donde empezó la otra vez y por donde va a empezar siempre.
Los guantes. El izquierdo primero, tirando desde la punta de cada dedo, y luego el derecho, y los deja encima de la mesilla en lugar de tirarlos al suelo, que es una diferencia que noto y que no digo.
Me quita el jersey. Me desabrocha la camisa sin prisa, botón a botón, empezando por abajo, y en el segundo botón le tiembla un poco el pulso y en el tercero ya no.
— ¿Puedo? — dice.
— Puedes.
— Dilo entero.
— Puedes hacer lo que quieras.
— No he preguntado eso — se para con la mano abierta en mi pecho, y no aprieta, y la deja ahí, quieta, y en esa palma tengo ahora mismo la única cosa de esta provincia que no está calculada —. He preguntado si puedo yo.
— Sí.
Y a partir de ahí es ella la que lleva el ritmo, y el ritmo es lento hasta hacer daño.
Me tumba. Me sujeta las dos muñecas contra el colchón con una mano y le sobra mano, porque no me sujeta con la fuerza, me sujeta con haberlo dicho, y me habla al oído derecho, que es el que oye, y lo hace a propósito, y me dice al oído lo que va a hacer antes de hacerlo igual que se lo hice yo en marzo, y cuando le contesto me hace repetirlo.
— Otra vez.
— Eso lo digo yo.
— Hoy no — dice —. Otra vez.
Y lo repito.
Y hay un momento, a mitad de todo, en el que se para en seco, con las dos manos apoyadas encima de mí y el pelo cayéndole por un lado de la cara, y se queda mirándome en la penumbra sin decir nada durante cuatro o cinco segundos, y yo aguanto la mirada porque lo único que puedo hacer esta noche es aguantar lo que venga.
— Estoy pensando en octubre de 2019 — dice.
— Ya lo sé.
— Y no se me va a ir.
— Ya lo sé.
— Y no voy a parar por eso.
Y no para.
Lo demás no lo voy a contar, porque hay cosas que a uno le pasan por dentro con la boca de otra persona en la garganta y que no se ponen en un papel.
Diré que en algún momento llevaba media hora con las manos desnudas encima de una mujer y no me había acordado ni una vez de cómo las tengo.
Diré que me dijo tres cosas que no pienso repetir.
Y diré que cuando acabó no se apartó, y que se quedó donde estaba con la cara metida en el hueco del hombro izquierdo, que es el lado por el que no oigo, y que estuvo hablando ahí un rato largo sabiendo que no le llegaba una palabra, y que yo la dejé.
———
Amanece a las siete y veinte y a las siete menos cuarto ya hay una raya gris encima de la sierra.
Ona está de lado, despierta desde hace rato, con la sábana en la cintura y el brazo doblado debajo de la cabeza, mirando la ventana.
— Te voy a hacer una pregunta — dice —. Y quiero la respuesta de verdad, no la que quede bien.
— Pregunta.
— El 11 de octubre de 2019, a las once y media de la mañana, yo bajé la escalera de la Audiencia con una carpeta de plástico en la mano. Tú estabas abajo. Sabías perfectamente quién era yo. Te apartaste.
— Sí.
— ¿Por qué no subiste?
Y me quedo mirando el techo de la habitación, que tiene una viga con una grieta que lleva ahí desde antes que yo, y la respuesta que ella espera es que me dio miedo, o que me dio vergüenza, o que no supe qué decirle, y cualquiera de las tres la dejaría mejor a ella y me dejaría mejor a mí.
— Porque no se me ocurrió — digo.
— ¿Qué?
— Que no se me ocurrió, Ona. No me acobardé, no me pesó y no me lo pensé.
Me aparté para dejarte pasar, se cerró la conformidad esa misma mañana, me metí en el coche con dos abogados y a los diez minutos estaba pensando en el pedido de Rumanía — me incorporo y me siento en el borde de la cama, de espaldas a ella, con los pies en las baldosas frías —.
Tú fuiste una escalera. En aquella oficina hicimos bien un trabajo, y yo dormí bien, y tú no estabas.
Detrás de mí no se mueve nada durante mucho rato.
Y cuando por fin se mueve, no se mueve para levantarse. Lo que se mueve es la mano de esta mujer, que me busca la espalda y se queda quieta ahí, abierta, entre los omóplatos, sin apretar y sin acariciar, igual que se apoya la palma en un palé para saber si viene caliente del horno.