Capítulo 15
Mi tarjeta abre desde el lunes tres puertas que antes no abría, y una de ellas es la del archivo, y llevo once años entrando en este edificio para enterarme hoy de que el archivo tiene lector.
Seis semanas. Seis semanas fuera y ya no hay silla.
La gente me saluda, y me saludan más que antes y de otra manera, con el nombre delante, buenos días Ona, y con esa media vuelta de hombro que se le hace a los que vienen de arriba; dos de los cuatro que hay a esta hora en la sala me llaman de usted en la primera frase y se corrigen solos en la segunda, y el de la balanza me cede el paso en un pasillo por el que caben tres personas.
En una planta cerámica el organigrama se lee en el pasillo mucho antes que en el papel.
Yo salí de aquí en febrero siendo la técnica que firma y he vuelto en marzo siendo la que puede pedir el archivo, y esa distancia se mide en centímetros de cuerpo y no en euros de nómina.
Amparo Segarra está donde ha estado siempre, en la mesa del fondo, con el termo, el lápiz clavado en el moño y las gafas colgando del cordón.
— Buenos días, reina.
— Buenos días.
— Te has traído la bata de casa.
— Me la llevé en febrero.
— Ya lo sé. Te lo digo porque aquí tienes tres colgadas con tu nombre bordado y una es nueva — se sirve el café en el tapón del termo y no se lo bebe —. La encargué en enero, antes de todo esto, porque la vieja te venía corta de manga.
———
Le explico lo que vengo a pedir mientras enciendo el ordenador que ya no es mío, y se lo explico con la mentira que he preparado en el coche, que es una mentira buena porque es casi verdad.
Le digo que estoy montando un estudio de deriva de tono a largo plazo: coger una familia de esmaltes de gres blanco del grupo y seguirla desde el noventa y cuatro hasta hoy, planta por planta, para ver cuánto se mueve un mismo código de color en veinticinco años entre cambios de proveedor de frita, cambios de agua y cambios de horno.
Le digo que eso no lo tiene hecho nadie en este sector, y es verdad, y que si lo tuviéramos podríamos dejar de clasificar en dos cajas distintas dos tonos que son el mismo, y eso también es verdad y además me lo discutió Jaume Bonastre en una almazara el 16 de febrero.
Para eso necesito los cuadernos de ensayo de las tres plantas.
— Las tres.
— Las tres, Amparo. Valdús, Onda y Betxí.
Amparo se pone las gafas con dos dedos, coge el bolígrafo y me hace escribirlo, ahí mismo, en una hoja de solicitud interna de las de toda la vida, con el motivo, la fecha, el periodo pedido y mi firma nueva al pie, la de directora técnica, que todavía me sale dos milímetros más grande de lo que quiero porque no la he hecho seiscientas veces.
— Ya podría pedírtelo de palabra — digo.
— Ya. Y yo podría dártelo de palabra — sopla el café —. Y el día que alguien pregunte quién sacó del archivo veinticinco años de cuadernos de una fábrica que ardió, tú vas a querer que exista este papel mucho más de lo que quieres ahora no escribirlo. Apunta la fecha.
— La fecha está arriba.
— Apunta la hora también.
Y la apunto.
———
El archivo del laboratorio central de Valdús es una habitación de cuarenta metros sin ventanas, con estanterías metálicas de suelo a techo, un deshumidificador que zumba en la esquina y ese olor a papel viejo y a polvo de atomizado que se mete en todos los sitios cerrados de esta empresa; en la pared de la izquierda están los cuadernos, ordenados por planta y por año, y en la del fondo, ocupando dos módulos enteros, la muestroteca.
La primera vez que entré aquí tenía dieciocho años y Amparo me mandó a buscar una carta de color del noventa y siete y tardé cincuenta minutos y volví con la del noventa y ocho, y ella no me dijo nada: me mandó otra vez.
La muestroteca es la cosa más bonita que tiene esta casa y no lo sabe nadie.
Veintitantos mil testigos, una pieza de cada lote fabricado en este grupo desde 1991, cortada a quince por quince, con su código escrito por detrás con lápiz de grafito y guardada en cajones de madera poco profundos que corren sobre guías de latón.
Se hace porque hay que hacerlo, porque si a los cuatro años un cliente te reclama un tono tú tienes que poder poner encima de una mesa la pieza exacta que salió de aquel horno aquel día y decirle mire usted.
Se hace en todas las fábricas del mundo, y en todas las fábricas del mundo el cajón de hace quince años lo abre alguien cada cuatro o cinco años, y el resto del tiempo está ahí, a oscuras, con las guías de latón engrasadas, guardando lo que pasó.
Los cajones de Betxí ocupan la parte de abajo de las tres últimas estanterías, del 1991 al 2019, y hay que arrodillarse para abrirlos.
Abro el de 2019 y está lleno. Enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio y trece días de agosto, con sus etiquetas de cartón y su lápiz por detrás, ciento y pico piezas de gres blanco y de gris perla y de dos beis que ya no se fabrican y que en su momento se vendieron muy bien en Argelia.
La última tiene escrito 13-08-19 y un código de tono B9, y detrás de ella el cajón sigue veinte centímetros vacío, con la madera limpia y sin una etiqueta, hasta el tope del fondo.
Me llevo catorce, escogidas para que cubran los ocho meses y los tres formatos que se hacían allí, y las apunto una a una en la hoja de préstamo con el código y la fecha, y firmo, y meto la copia en el bolso y el original en la caja de la hoja, donde tiene que estar.
———
Los cuadernos son otra cosa.
En este grupo, desde que Amparo Segarra entró en el dos mil siete, cada laboratorio de planta lleva un cuaderno de ensayos de tapas de hule con las hojas cosidas y numeradas de fábrica, y cuando se acaba se cierra, se firma la última hoja, se anota en el registro de entrada del archivo central y se guarda aquí; no se tira ninguno, no se saca ninguno sin firma y no se arranca una hoja jamás, porque una hoja arrancada en un cuaderno cosido se ve desde la otra punta de la sala.
Es el sistema más antiguo que hay en esta casa, es más viejo que el ordenador, más viejo que las cámaras y más viejo que la mitad de la gente que trabaja aquí, y es el único que no ha cambiado de dueño en treinta años.
Los de Betxí son treinta y siete cuadernos y ocupan metro y medio de balda.
Los voy sacando por orden y los voy apilando en la mesa de consulta, y a los veinte minutos tengo el brazo blanco de polvo hasta el codo y una torre que va del noventa y cuatro al dieciocho, y en la torre no falta ni uno: están los dos del noventa y siete, que se llevaron un año cada uno porque aquel año la fábrica trabajó a medio gas; está el del dos mil ocho con la esquina de la tapa quemada por un cigarro; está el del catorce, que empieza con una letra que no es de nadie que yo conozca y que a la mitad se convierte en la letra de mi padre, porque en 2014 el técnico se fue a otra empresa y estuvieron cuatro meses con el encargado de horno haciendo los ensayos de la planta entera después de su turno.
Ese lo abro. Es una tontería y lo abro igual, y ahí está la letra de mayúsculas pequeñas de Antonio Falguera Garcerán apuntando absorciones a las once y cuarto de la noche de un martes de mayo de 2014, con las cifras alineadas a la derecha porque a él le enseñaron a alinearlas a la derecha, y con una nota al margen que dice pasta humida, avisar molí.
Lo cierro. Sigo.
Detrás del cuaderno de 2018, firmado y cerrado el 21 de diciembre de aquel año, está el hueco.
No me pongo nerviosa, porque en un archivo tres centímetros de balda vacía entre dos cuadernos no significan nada la primera vez que los miras.
Un cuaderno se traspapela, se sube a una mesa y se queda tres años, se lo lleva un perito y no lo devuelve, se guarda mal y aparece en la balda de Onda entre dos del noventa y nueve.
Antes de contarle a nadie que falta algo hay que hacer lo que se hace siempre, que es no fiarse del hueco e ir al registro.
El registro de entradas del archivo es un libro de contabilidad de tapas verdes que está encima del mueble bajo de la entrada, con una columna para la fecha, una para el documento, una para la planta y una para la firma de quien lo mete, y lo abro por 2019 y lo recorro con el dedo línea a línea, sin saltarme ninguna, porque en este oficio el que lee en diagonal encuentra lo que va a buscar.
Y ahí está.
3 de septiembre de 2019. Cuaderno de ensayos, planta de Betxí, ejercicio 2019, enero a agosto.
Entrada en archivo central. Firmado con la rúbrica pequeña y apretada de Amparo Segarra, que es una A y una S y una raya debajo, y que lleva puesta en este libro cuatrocientas veces desde el dos mil siete, y veinte días después del incendio alguien trajo ese cuaderno hasta esta habitación, lo apuntó en esta línea y firmó.
Cierro el libro verde y me quedo un minuto de pie con las dos manos apoyadas en el mueble bajo, con el deshumidificador zumbando detrás y el olor a papel, haciendo la cuenta hacia atrás y hacia delante y por los dos lados a la vez, que es lo que hago siempre antes de abrir la boca, porque en un laboratorio de control el que dice el resultado antes de repetir el ensayo pierde la sala para siempre.
Después cojo el libro verde, salgo del archivo y cruzo el pasillo hasta la mesa del fondo.
———
Amparo está haciendo lo que hace a las diez y media de la mañana, que es repasar los partes del turno de noche con el lápiz en la mano y las gafas puestas, y yo dejo el libro verde encima de su mesa, abierto por 2019, y le pongo el dedo en la línea.
— Falta el cuaderno de Betxí del diecinueve.
— Ya.
— ¿Ya?
— Ya, sí — y no levanta la cabeza del parte —. Ese se quemó.
Y sigue leyendo el parte, y pasa la hoja, y hace una raya en el margen con el lápiz, y desde donde estoy le veo el moño con el lápiz clavado, las gafas, la manga de la bata subida hasta el codo y la mancha de esmalte crudo que tiene en el puño desde antes de Navidad, todo exactamente igual que las dos mil quinientas mañanas que llevo mirándola desde los dieciocho años.
No me mira.
Once años trabajando a cuatro metros de esta mujer.
Once años de buenos días reina y de apunta la fecha y de discutir cartas de color y de que me tapara delante de un director de calidad que quería sacar un lote fuera de plazo.
En once años Amparo Segarra me ha mirado a la cara para decirme cosas mucho peores que esta: me miró en 2018 para decirme que mi madre tenía lo que tenía, porque se lo dijo antes a ella la hermana de la vecina y no quiso que me llegara por el pasillo; y me miró el 11 de octubre de 2019, en esta misma sala, a las dos de la tarde, para decirme que el juicio de mi padre salía en el periódico de la tarde y que no lo comprara.
— Amparo.
— Dime.
— Mírame.
Y no me mira, y en lugar de mirarme se pone a alinear los partes del turno de noche contra el canto de la mesa, dando golpecitos con el fajo, una vez, dos, tres, hasta que quedan perfectos y no le queda nada más que alinear, y yo me quedo de pie enfrente frotándome con el pulgar el azul del índice, arriba y abajo, arriba y abajo, ese azul de cobalto que no se va con jabón y que llevo encima desde los dieciocho años, hasta que me pillo haciéndolo y meto las dos manos en los bolsillos de la bata.
— El registro dice que entró en el archivo el 3 de septiembre — digo —. La fábrica ardió el 14 de agosto. Y la firma de esa línea es la tuya.
— Ya sé cuál es mi firma.
— Entonces ese cuaderno no se quemó.
— Ona — y ahora sí deja el lápiz, y se quita las gafas, y las deja colgando del cordón, y se queda mirando la ventana alta del fondo, la que da al patio de expedición y a la sierra —. Tú has venido esta mañana a pedirme veinticinco años de cuadernos para un estudio de tonos.
— Sí.
— Pues llévate los veinticinco años y haz el estudio de tonos — coge el termo, lo destapa y no se sirve nada —. Y apunta la fecha de hoy en tu cuaderno, que no es lo mismo que apuntarla en el mío.
— Amparo, ¿tú sabes lo que me estás haciendo?
— Sé perfectamente lo que estoy haciendo — dice, y vuelve a poner el tapón, y lo enrosca hasta el final —. Y llevo seis años sabiéndolo, que es más tiempo del que tú llevas preguntándomelo.
Vuelvo al archivo, bajo la torre de treinta y siete cuadernos a la mesa de consulta en cuatro viajes y me paso las tres horas siguientes fotografiando hojas con el móvil, una a una, del noventa y cuatro al dieciocho, con la mano izquierda sujetando el papel abierto y la derecha sin que le tiemble nada, y a la mitad del cuaderno de 2011 me tengo que parar dos minutos porque se me nubla la vista de mirar renglones y no por ninguna otra cosa.
A la una y veinte, cuando salgo con las catorce piezas testigo envueltas en papel de burbuja dentro de una caja de cartón, Amparo ya no está en su mesa.
Ha dejado el termo. Y encima del termo, doblada, mi hoja de solicitud interna sellada, con la hora que ella me hizo apuntar y con una segunda firma al pie que no le he pedido, que es la suya.