Lo que el fuego no devuelve Capítulo 14
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Capítulo 14

En Casa Peiró hay once mesas y yo he pedido la del rincón del fondo, que es la única desde la que se ve la puerta y a la vez se tiene la pared en el lado izquierdo, y he llegado veinte minutos antes para sentarme, que es una cosa que no hago.

No como sentado desde hace once o doce años.

Como de pie en la cocina de la Foia, o en la máquina de la planta, o en el coche entre Onda y Nules con el papel apoyado en la rodilla, y esto no tiene nada de disciplina ni de manía de las que la gente se inventa para parecer otra cosa, porque sentarse a una mesa a mediodía son cincuenta minutos y en cincuenta minutos se cargan tres camiones.

Hoy me he sentado a la una menos cuarto con una botella de agua y el móvil boca abajo, y he esperado.

El Grau a mediados de marzo huele a rejo y a gasóleo de barco y hay ese sol blanco de la costa que a las dos de la tarde se te mete debajo del toldo aunque el toldo esté bien puesto.

Casa Peiró lleva aquí desde antes que yo, con las paredes de azulejo hasta media altura, los manteles de papel encima del hule y una pizarra donde no cambian nada desde hace años porque no hay nada que cambiar: arròs a banda, allipebre, sepia.

Mi padre traía aquí a los clientes de Argelia en los noventa.

En esta casa se viene a cerrar lo que ya está cerrado, y la gente de la Plana lo sabe, y por eso cuando alguien te dice de comer en Casa Peiró tú ya sabes que no vas a discutir nada.

Ximo llega a la una y veinte, veinte minutos tarde, con las gafas de sol en la cabeza y el móvil en la mano, y cruza el comedor saludando a dos mesas que no conoce.

— ¡Cosinet! — deja el móvil en el mantel, boca arriba, que es como lo deja siempre —. Que venía por la avenida y estaba aquello colapsado, un camión descargando en doble fila, un despropósito. Un despropósito, tío.

— Siéntate ahí.

— ¿Ahí por qué?

— Porque ahí te oigo.

Y se sienta donde le digo, a mi derecha, y no vuelve a preguntar, porque a Ximo puedes decirle que se siente en el suelo y se sienta, y a los dos minutos ya te está contando por qué el suelo es mejor.

———

Pide él. Pide para los dos sin preguntarme, pide de más, y cuando llega la sepia hace una foto. Cuando llega el arroz hace tres, dos desde arriba y una de lado, y le da la vuelta al plato para que la paella salga con el asa a la izquierda.

— Es que si no sale mal — dice —. Con el asa a la derecha sale mal, no sé por qué. Es un tema de composición.

— ¿Y para quién es la foto?

— Para nadie. Para mí — coge la cuchara y se sirve —. Yo las hago y ya está. Luego no las mira nadie, ¿eh? Yo tengo ahí dentro nueve años de fotos y no las he visto ni yo.

Ximo Bonastre Aymerich tiene treinta y tres años, es hijo único de mi tía Neus, lleva el apellido que a mí me falta y en el grupo hace lo que le mandan, que últimamente es contar palés en el almacén de Nules y llevar carpetas de un sitio a otro.

Todo el mundo en esta familia lo trata con esa amabilidad rápida que se le pone a la gente de la que ya no se espera nada, y él lo sabe desde hace por lo menos diez años, y su manera de no saberlo consiste en hablar sin parar.

Le dejo hablar cuarenta minutos, y en esos cuarenta minutos hago la única cosa que se puede hacer con mi primo, que es no hacer nada, porque a Ximo lo aprieta cualquiera y por eso no lo aprieta nadie: si le pones una pregunta delante se pone a justificarse antes de que se la hayas terminado, y lo que te cuenta entonces es lo que él cree que tú quieres oír, y eso no vale un duro.

Lo suyo hay que cogerlo de lado, de rebote, en mitad de otra cosa, cuando está contento y con la boca llena, y aun así hay que estar dispuesto a esperar cuarenta minutos por doce segundos.

Y hay una segunda cuenta que llevo haciendo desde que reservé esta mesa el lunes, que es lo que me cuesta esto si sale mal.

Ximo se lo cuenta todo a su madre. No por lealtad y no por cálculo: se lo cuenta porque habla, porque no ha guardado un secreto en treinta y tres años y porque su madre le pregunta cómo le ha ido el día y él contesta con todo el día.

Así que a partir del jueves, como muy tarde, mi tía Neus va a saber que su hijo y yo comimos en Casa Peiró un martes de marzo y que yo pagué.

Habla del almacén de Nules y del encargado, que le tiene manía.

Habla de una moto que se va a comprar y que lleva tres años sin comprarse.

Habla de una chica de Almassora y de que su madre no la traga.

Habla de que en esta empresa nadie le explica nada y de que él tampoco quiere que le expliquen, no vaya a ser.

— Yo con que me paguen el uno de cada mes — dice, chupando una cabeza de gamba —. Lo demás no me rayes.

— ¿Y el uno de cada mes quién te lo paga?

— ¿Cómo que quién? Mi madre.

— No. Quién.

— Pues... — se para con la cabeza de gamba a medio camino, y por un segundo se le ve pensar, que es una cosa que le pasa poco y que le sienta mal —. Pues la nómina viene de una sociedad, tío. De la que sea. ¿Yo qué sé? A mí me llega y ya está. Eso lo lleva ella.

———

A las dos y cuarto, con la paella a medias y el arroz ya frío por los bordes, le hago la única pregunta que he venido a hacer, y se la hago como se hacen estas cosas, que es sin hacerla.

Le hablo del calor.

Le digo que este marzo está siendo raro, que en la Foia hemos tenido dos grados de mínima el jueves y veintiuno el domingo, y que me acuerdo de veranos en esta provincia en los que no se podía tocar la chapa de una cabina a las siete de la tarde.

Le digo, sin darle importancia, que el peor que recuerdo fue el del diecinueve.

Y Ximo se limpia la boca con el papel y suelta el aire por la nariz.

— Uf. El diecinueve. No me hables.

— ¿Por?

— Que yo aquel agosto lo pasé en el coche, tío.

En el coche. Con mi madre arriba y abajo — y coge el móvil, y le da la vuelta, y lo vuelve a dejar —.

Que se le rompió el suyo, el de ella, en julio, se le fue la transmisión o algo, y el taller de Vila-real le dijo dos semanas y fueron siete.

Siete semanas. Y ella no coge un taxi ni muerta, que dice que es tirar el dinero, así que el chófer era yo.

— Ya.

— Y no te creas que era llevarla a la peluquería, ¿eh? Era Almassora, Nules, Onda, Vila-real, Betxí, otra vez Onda. Yo aquel mes hice más kilómetros que el Rullo.

— Betxí.

— Betxí también.

Y aquí es donde yo no digo nada, porque lo único que hay que hacer cuando alguien va cuesta abajo es no ponerle nada delante.

— Y una noche — dice Ximo, y se sirve vino —, una noche me tuvo en el coche desde las cuatro de la mañana hasta que se hizo de día.

Desde las cuatro. Yo con veintiséis años, en agosto, en un coche, en el camino viejo de Betxí, que allí no hay ni una farola ni una barra donde tomarte algo, y ella dentro de la nave.

— ¿Dentro de la nave?

— Dentro, fuera, yo qué sé, tío. Yo la dejé en la puerta.

Yo lo que sé es que me dijo espérame aquí y me esperé, porque a mi madre no se le dice que no — se ríe, y es una risa que no le sale del todo —.

Y encima con el móvil al doce por ciento.

Me acuerdo perfectamente. Doce por ciento y sin cargador.

— ¿Y qué hiciste?

— Pues nada. Fumar y mirar. Y hacer fotos, que es lo que hago yo.

———

La sepia se ha quedado fría en la fuente y a mí me está funcionando la cabeza a la velocidad a la que me funciona cuando cuadro una ruta: sin prisa, por tramos, sin saltarme ninguno.

El 14 de agosto de 2019, sobre las cuatro y cuarenta de la madrugada, la nave de La Vella empezó a arder por el horno de rodillos.

En la sentencia eso ocupa cuatro líneas y las cuatro líneas dicen que la extracción estaba manipulada y que el encargado de horno no dio el aviso.

Yo he leído esas cuatro líneas ciento cincuenta veces entre 2019 y 2020, delante de un perito, delante de un abogado y delante de mi padre, y en ninguna de las ciento cincuenta se me pasó por la cabeza preguntar dónde estaba mi tía aquella noche, porque mi tía a las cuatro de la mañana está en su casa de Vila-real, como todo el mundo.

Y ahora hay un hombre de treinta y tres años a mi derecha, con la boca llena, contándome que él la llevó.

— Ximo.

— Dime.

— ¿Esa noche fue la del fuego?

Y se para. Deja la cuchara en el plato, se echa hacia atrás en la silla y me mira con una cara que no le he visto nunca, ni de crío, y que le dura tres segundos y después se le va y vuelve la de siempre.

— No — dice —. Qué va. Eso fue... eso fue antes. Julio. O sea, agosto pero antes. No me rayes con eso, tío, que de aquello no me acuerdo.

— Acabas de acordarte del doce por ciento de la batería.

— Es una manera de hablar.

— Ximo.

— Que era un mes entero, Jaume, un mes entero llevándola arriba y abajo, ¿cómo quieres que te diga yo qué noche era?

— coge el vaso, se lo bebe entero y se sirve otra vez, y le tiembla un poco el gollete contra el borde —.

Y además a mi madre le pilló el fuego en casa, que a las siete de la mañana la llamó el tío Roc y yo estaba allí desayunando. Eso sí me acuerdo.

— A las siete de la mañana desayunando en casa de tu madre.

— Sí.

— Después de haberla llevado tú a Betxí a las cuatro.

— Que no, hostia — y sube la voz, y en Casa Peiró la mesa de al lado gira la cabeza, y Ximo baja el tono en el acto y se pone a doblar el papel del mantel en tiras —. Que no era esa noche. Que te lo estoy diciendo.

———

Ona entra a las tres menos cuarto.

La trae Benet desde el polígono de Cromalt, donde ha ido a comprar óxidos con su dinero y su factura, y entra en el comedor con la carpeta debajo del brazo y el pelo recogido con la goma, mirando las once mesas hasta que da con la nuestra, y no viene deprisa.

Esta mujer no viene nunca deprisa a ningún sitio.

Benet se queda en la puerta, con las llaves colgando del índice.

— Ahí tienes cuatrocientos veinte kilos de óxido en el maletero — me dice al pasar —. Y trescientos son de un bote solo. Yo no sé qué piensa hacer con eso, pero el coche va con el culo bajo.

— Ya lo sé.

— Y son cuarenta y un kilómetros hasta la Foia. Con el badén.

— Ya lo sé, Benet.

Se encoge de hombros y sale a esperar fuera, porque este hombre no se sienta a la mesa de nadie desde hace doce años.

Ona llega, deja la carpeta en la silla libre y se queda de pie un segundo, y yo hago la cosa que llevo cinco semanas haciendo sin decidirlo, que es apartar la silla de mi derecha con el pie y esperar.

Ximo está en esa silla. Ximo mira la silla, me mira a mí, coge su plato y su vaso y se cambia al otro lado de la mesa sin que nadie le diga nada, hablando todo el rato de la moto que no se ha comprado.

Ona se sienta a mi derecha.

— No he comido — dice.

— Queda arroz. Está frío.

— El arroz frío es mejor. Se le va el vapor y se le nota el fondo — coge la cuchara, se sirve, prueba, y le señala la paella con la punta —. Esto lleva sepia de la de verdad y una ñora que han tostado demasiado. Está bien.

Y Ximo levanta el móvil y hace una foto de la mesa, de la paella y de la mano de Ona con la cuchara, y la hace sin pedir permiso, porque este hombre no ha pedido permiso para una foto en su vida.

— Borra eso — digo.

— Que es del arroz.

— Que lo borres.

— Vale, vale. Joder — y le da al botón, y hace el gesto de borrar, y yo sé perfectamente que no lo ha borrado, porque en nueve años este hombre no ha borrado nada —. Qué carácter tenéis todos hoy.

Ona come. No pregunta de qué hemos hablado, no mira a Ximo más de lo que hay que mirar a alguien que está contando lo de la moto por tercera vez, y a mí, cuando le paso el agua, me sostiene la mirada dos segundos más de lo que hace falta para coger una botella, y en esos dos segundos hay una pregunta entera y las dos respuestas.

Después vuelve al arroz.

———

Pido la cuenta a las tres y veinte y Ximo se levanta a ir al baño, y cuando vuelve ya está otra vez con el móvil en la mano, pasando fotos con el pulgar, buscando una de la moto para enseñármela.

Y ahí es donde lo hago, y lo hago con el tono con el que se piden las cosas que no importan, mirando la cuenta y no a él.

— Oye. ¿Tú tienes fotos de aquel verano?

— ¿De cuál?

— Del diecinueve.

— Tengo fotos de todo, tío. Yo no borro nada — y sigue pasando con el pulgar, tranquilo, contento de que por fin alguien le pregunte algo —. ¿Por?

— Por mi padre. Que quiere poner unas cuantas en el despacho, de la fábrica de antes, y de las de La Vella no hay ni una en condiciones.

— Ah, pues alguna habrá. Espera, que aquello lo tengo en la nube y en el ordenador de casa, que llené el móvil en el veintiuno.

— Tráemelas.

— ¿Cuándo?

— Cuando puedas.

Y Ximo dice que sí, que vale, que la semana que viene, que qué manía con las fotos, y se guarda el móvil en el bolsillo del pantalón, y sale de Casa Peiró delante de nosotros a las tres y media de la tarde con las gafas de sol puestas y la mano levantada hacia el hombre de la barra, que no lo conoce de nada.

Yo me quedo dos pasos atrás, en el escalón de la puerta, con el sol del Grau de plano y el olor a rejo subiendo del puerto, mirando a mi primo cruzar la calle.

Nueve años de fotos con la fecha puesta y el sitio puesto, en la mano del único hombre de esta familia al que nadie le ha pedido nunca nada.