Lo que el fuego no devuelve Capítulo 13
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Capítulo 13

Al centro penitenciario de Albocàsser se sube por una comarcal que en veintiséis kilómetros gana ochocientos metros y va perdiendo el mar por el retrovisor hasta que ya no hay mar, y yo la hago siempre de día, siempre con el depósito lleno y siempre con dos horas de margen, porque la primera vez que vine llegué justa, me tocó el último turno de comunicaciones y me volví a Castellón con la bolsa de la ropa limpia todavía en el maletero y sin haber visto a mi padre.

La sala de espera es un rectángulo de sillas de plástico atornilladas al suelo con un mostrador al fondo y una máquina de bebidas que se traga las monedas de cincuenta.

A esta hora somos catorce, y de los catorce hay once mujeres, y de las once mujeres nueve pasan de los sesenta.

Nadie habla con nadie. Aquí la gente se saluda con la cabeza y se sienta a un asiento de distancia, que es la distancia exacta que hay que dejar para que no parezca que estás con alguien, y en seis años y medio he aprendido que ese asiento vacío es lo más educado que se hace en este edificio.

Me llaman a las nueve y veinte. Pasillo, arco, el cacheo de la funcionaria que ya me conoce y que me pregunta por el tiempo que hace abajo, otro pasillo, y la fila de cabinas de locutorio con su cristal y su banqueta fija y su teléfono de pared, numeradas del uno al ocho; la cuatro es la mía desde el segundo año, porque es la que menos ruido coge del pasillo y porque en la seis hay una junta de goma medio salida que silba cuando alguien cierra la puerta del fondo.

———

Mi padre entra por el otro lado a las nueve y veinticuatro y hace lo que hace siempre, que es sentarse antes de mirar y mirar antes de coger el teléfono, y en esos cuatro segundos yo hago lo mío, que es medirlo.

Antonio Falguera Garcerán tiene cincuenta y siete años, pesa nueve kilos menos que en 2019 y los ha perdido todos de los hombros, que es donde los pierden los hombres que han cargado peso toda la vida.

Lleva el pelo blanco cortado a máquina y las manos encima del mostrador de obra, y las manos son lo único de él que no ha cambiado nada: grandes, con las uñas gruesas y planas de la gente de horno y una quemadura vieja en el pulgar izquierdo que se hizo el año que yo nací.

Coge el auricular. Yo cojo el mío.

— Bon dia, filla.

— Bon dia.

— Has vingut en cotxe?

— He venido en coche.

— De dia.

— De día, papa. Como siempre.

Y ahí ya está dicho todo lo que este hombre y yo llevamos seis años sin decirnos, en tres frases y en menos de veinte segundos, porque mi padre sabe desde octubre de 2019 que su hija no coge un volante después de que se ponga el sol y nunca me ha preguntado por qué, igual que yo no le he preguntado a él por qué firmó, y los dos hemos decidido en algún momento que a eso se le llama respeto.

Le cuento lo de Núria. Que va bien, que en enero le dieron un notable alto en proyectos y que la profesora de taller le ha dicho que se presente a no sé qué concurso de la Diputación, y que sigue cantando por casa con las letras cambiadas, y mi padre se ríe con la boca cerrada y mueve la cabeza.

Le cuento que la tía de Betxí le manda decir que la operación de la cadera se la hacen en mayo.

Le cuento que en el laboratorio han cambiado otra vez de director de calidad, que este viene de Sassuolo y que dura hasta septiembre.

Él me cuenta lo suyo, que es poco y siempre el mismo: que sigue en la lavandería, que allí hay dos calderas de gas de cuando el edificio y que el mantenimiento lo hace una empresa de Vinaròs que viene cuando puede, y que en enero se le fue el quemador de la pequeña y estuvo cuatro días diciéndoselo al funcionario de talleres hasta que le hicieron caso.

— Jo els vaig dir des del primer dia que el quemador estava bé i que la culpa la tenia la sonda — dice —. I era la sonda.

— ¿Y te lo reconocieron?

— Ací no es reconeix res. Es canvia i au.

— ¿Y cómo lo sabías?

— Perquè quan és el quemador la caldera fa una cosa i quan és la sonda en fa una altra — se encoge de hombros dentro de la sudadera —.

La sonda la té enganyada. La caldera li fa cas i fa lo que li manen, i lo que li manen està mal.

Això no ho arregles canviant lo que treballa. Ho arregles canviant lo que mana.

———

A las nueve cuarenta saco el papel del bolsillo de atrás del pantalón, doblado en cuatro, y lo apoyo contra el cristal por mi lado para que lo lea, y le voy pasando las líneas con el dedo porque el cristal es grueso y está rayado y desde su banqueta se lee mal.

Es la instancia. Solicitud de traslado a otro centro por razones de tratamiento y de salud, con el cuadro médico adjunto, con el informe del especialista de digestivo de febrero y con el nombre del centro pedido escrito a mano en el recuadro: Segorbe, unidad médica y módulo de enfermería.

Mi padre la lee entera. Tarda lo suyo, porque este hombre lee despacio desde siempre y porque los papeles con membrete los lee dos veces.

— Qui ha fet això?

— La he hecho yo. El informe es del médico. Lo demás lo he copiado de un modelo.

— I per què ara?

— Porque ahora se puede.

— Ona.

— Papa, tú firmas eso, lo entrega tu abogado el lunes, el equipo técnico hace su informe y en noventa días estás a cincuenta minutos de casa y con un médico en el mismo pasillo — me acerco un poco más al cristal, y el vaho de mi respiración me tapa media cara de él —.

Aquí hay médico dos mañanas por semana y en marzo no vino ninguna.

— Ja ho sé.

— Pues firma.

Y mi padre deja el auricular apoyado en el hombro, que es lo que hace cuando quiere las dos manos, y las pone planas encima del mostrador de obra, y se queda mirándolas un rato largo.

— No — dice.

———

Lo que viene después son once minutos y los cuento, porque en esta cabina hay un reloj de pared al fondo del pasillo que se ve desde mi banqueta y porque contar es lo único que se me da bien cuando algo se me sale de la tolerancia.

Le pregunto por qué. Me dice que aquí está bien, que tiene la lavandería y que en Segorbe le pondrían en un módulo con gente que no conoce.

Le digo que eso es mentira y que él sabe que es mentira.

Me dice que le quedan menos años de los que parece y que a lo que le queda no se le mueve.

Le digo que si sale el traslado sale también la revisión y que un centro con unidad médica cuenta para el tercer grado, y ahí mi padre levanta la cabeza por primera vez en la conversación y me mira de una manera que no le he visto nunca en seis años y medio de sábados.

— Qui t'ho paga? — dice.

— ¿Qué?

— L'advocat. L'informe del metge de febrer. Això no ho paga una xiqueta amb dos nòmines partides.

Y aquí es donde yo tenía dos opciones y llevo veintiséis kilómetros de comarcal sabiendo cuál iba a coger, porque a mi padre le he mentido en cosas pequeñas todos los sábados de estos seis años, que si como bien, que si duermo, que si la casa se aguanta, y no pienso mentirle en la única cosa grande que le voy a contar en mi vida.

— Me lo pagan ellos — digo —. He ido, me he sentado, he puesto tres condiciones por escrito y me las han firmado ante notario las tres.

Los seiscientos mil que os dejaron de pagar en 2021, tu traslado y un contrato mío con nombre y con firma propia.

Y estoy trabajando arriba, en la sierra, en una casa suya, y llevo cinco semanas.

Mi padre no dice nada. Fuera, en el pasillo, una funcionaria pasa empujando un carro con ruedas de goma.

— Quin d'ells? — dice.

— Roc Bonastre firmó de fiador. Con su nombre.

— Quin d'ells ha vingut a buscar-te.

— Jaume.

Y entonces mi padre hace la cosa que llevo seis años y medio viéndole hacer en esta cabina y que hasta hoy me había parecido una manía de hombre encerrado: levanta el índice derecho, se acerca al cristal, y sobre el vaho que le ha dejado mi respiración dibuja una curva.

Empieza abajo a la izquierda. Sube en diagonal larga, la rampa, con el pulso perfecto que tiene este hombre para las líneas rectas.

Llega arriba y aplana, la meseta, y la meseta le sale siempre corta porque en La Vella cocían corto.

Y después la curva tiene que bajar, y todos los sábados baja, porque un ciclo que no baja no es un ciclo.

Hoy no baja.

Mi padre deja el dedo quieto en la meseta un segundo, dos, tres, y luego pasa el canto de la mano por encima del vaho y lo borra todo, la rampa, la meseta y el aire que quedaba, y se limpia el vaho de la mano en la pernera del pantalón.

— La temperatura puja sola — dice —. Lo difícil és baixar-la.

— Eso me lo llevas diciendo desde que tengo ocho años.

— Perquè és veritat des que tu tens huit anys.

———

Y a partir de aquí mi padre hace tres cosas que no encajan, y las tres las apunto en la cabeza mientras las está haciendo, con la hora, que es lo que me enseñó Amparo Segarra el primer mes y lo único que me ha servido en la vida.

La primera es que no me pregunta cuánto he cobrado ya de los seiscientos mil.

Yo he visto a este hombre discutir catorce pesetas de plus de nocturnidad con un jefe de personal en el noventa y ocho, de pie en un pasillo, con el convenio doblado en el bolsillo de atrás y el dedo puesto en el artículo, y aquella tarde volvió a casa y estuvo cenando y explicándonos a mi madre y a mí, con el plato delante y sin que nadie se lo hubiera preguntado, la diferencia entre un complemento y un prorrateo.

Un hombre así no deja pasar seiscientos mil euros sin querer saber cuánto va cobrado, cuándo entra el resto y qué ocurre si el que ha firmado de fiador se muere antes.

A no ser que el número le dé igual. Y a un hombre que ha contado toneladas y turnos y horas extra durante veintiséis años solo le puede dar igual un número por una razón, que es que ya sabe de dónde sale.

La segunda es lo del Quico, y esa se la saco yo sin querer.

— ¿Y arriba qué? — le digo, por decir algo, por sacarnos a los dos de ese cristal —. Tengo montado un laboratorio de campaña en una almazara de mil novecientos y pico. Con un horno de treinta por treinta y una balanza. Te reirías.

— Amb un forn de sobretaula no es fa res.

— Se hace más de lo que crees.

— Ona — y baja la voz, y en un teléfono de locutorio bajar la voz no sirve para nada, y aun así la baja —. El Quico encara guarda la llibreta?

Me quedo con el auricular en la mano.

Yo no he dicho la palabra Betxí en toda la mañana. No he dicho La Vella, no he dicho Quico Arnau, no he dicho que el segundo lunes de febrero un hombre con guantes se desviara del camino para enseñarme una chimenea. Le he dicho la sierra, una casa, una almazara y un horno de sobremesa.

— ¿Qué libreta?

— Res.

— Papa, ¿qué libreta?

— Res, filla. Coses velles — y se pasa la mano por la boca, y se queda mirando el mostrador de obra —. No li preguntes res al Quico.

Y la tercera cosa es lo que me dice a las nueve cincuenta y ocho, cuando por el pasillo de su lado ya se oye al funcionario avisando de que faltan dos minutos, y me lo dice con las dos manos otra vez planas sobre el mostrador y sin mirarme.

— Deixa-ho estar.

— No.

— Deixa-ho estar, Ona. Cobra el que et donen, firma el que et posen, i te'n vas.

— Eso es exactamente lo que hiciste tú.

Y lo digo y me arrepiento antes de acabar la frase, porque hay cosas que una dice para hacer daño y esta se me ha caído sola, y mi padre la encaja sin moverse, como encaja este hombre todo desde 2019, y por primera vez en toda la mañana me mira a los ojos y aguanta.

— Sí — dice —. Per això t'ho dic jo i no un altre.

El funcionario da el aviso. Mi padre se levanta, se estira la sudadera, se queda un segundo de pie con el auricular todavía en la mano y me lo dice otra vez, la segunda, y esta vez con el mismo tono con el que me decía a los ocho años que no me acercara a la boca del horno.

— Filla. Deixa-ho estar.

Cuelga. Sale.

———

En el aparcamiento hace un viento de marzo que baja de la Serra d'en Galceran y que aquí arriba corta de otra manera, seco, sin sal, con ese olor a romero y a piedra que no tiene nada que ver con el aire de la Plana. Me meto en el coche, no arranco, y saco el cuaderno de la guantera.

Escribo la fecha. Escribo la hora de entrada y la hora de salida. Y debajo hago lo de siempre, la lista de datos, sin adjetivos, en la letra pequeña y recta de rellenar impresos.

Nueve cuarenta y cuatro: se niega a firmar la instancia. Motivo dado: la lavandería. Motivo real: desconocido.

Nueve cincuenta y dos: pregunta por la libreta de Quico Arnau sin que nadie haya nombrado a Quico Arnau.

Nueve cincuenta y tres: pide que no le pregunte nada a Quico Arnau.

Y arriba del todo, en la primera línea que he dejado en blanco a propósito porque no sabía todavía cómo se escribía, pongo lo que llevo veinte minutos rondando y no quería coger.

Mi padre no ha preguntado ni una vez por qué le ofrecen el traslado ahora, después de seis años.

Y un hombre que no pregunta por qué le pagan es un hombre que ya sabe por qué.