Capítulo 12
Me despierto a las cinco menos diez, antes que el despertador, y lo primero que hago es lo que llevo doce años haciendo sin pensar, que es alargar el brazo hacia la silla.
No están.
Están en el suelo, del otro lado de la cama, boca abajo sobre las baldosas, a un metro y medio, y para cogerlos tendría que rodear la cama entera y pasar por delante de una mujer que duerme boca abajo con el pelo tapándole media cara y un brazo colgando fuera del colchón.
Me tomo el café de pie, apoyado en la encimera, mirando por la ventana el bancal de arriba con esa luz azul de antes de que salga el sol, y a las cinco y veinte oigo los pasos en la escalera.
— Voy a Onda — baja con el pelo mojado y la bata blanca doblada en el brazo —. Necesito el archivo histórico de tonos y necesito el laboratorio central, y en la almazara ya no puedo hacer nada más con un horno de treinta por treinta.
— ¿A qué hora?
— Ahora. Contigo, si vas.
— Voy.
Y salimos juntos al porche a las cinco y veinticinco de la mañana del 11 de marzo, y en la era, aparcado debajo del alcornoque grande, está el todoterreno de mi padre.
———
Roc Bonastre está en el bancal de arriba con el hombre que lleva los alcornoques, los dos de pie junto a un árbol de los que se pelaron hace tres años, y desde abajo se les ve la espalda y el vaho de la respiración.
Lleva ahí desde antes que nosotros. Mi padre sube a la Foia dos o tres veces al año, siempre por el corcho y siempre a esta hora, y a mí no me avisa porque considera que esta casa es de la familia y que la familia entra en las casas de la familia.
Nos ve salir del porche los dos juntos, a las cinco y veinticinco, ella con el pelo mojado.
Y no hace absolutamente nada. Sigue con el hombre del corcho, señalándole con el muñón la primera cruz del alcornoque y explicándole lo que le explica a todo el mundo desde hace cincuenta años, que la pela hay que hacerla en junio con la savia arriba y no en mayo por adelantar la semana, y no vuelve la cabeza ni una vez en los tres minutos que tardamos en cruzar la era y llegar al coche.
Ona lo mira. Después me mira a mí.
— ¿Ese es tu padre?
— Ese es mi padre.
— Pues buenos días — dice, y sube al coche.
Y a mitad de camino de la era, mi padre levanta la voz sin volverse.
— Jaume. Baixa amb mi.
———
El hombre del corcho se va monte arriba con el hacha y el capazo. Ona se queda en el coche con la puerta cerrada, y desde donde estoy le veo el perfil detrás del cristal, quieto, mirando al frente, sin sacar el móvil ni hacer nada con las manos, que es exactamente lo que yo haría.
Mi padre baja del bancal con las botas llenas de tierra y las llaves en la mano.
— La xiqueta que baixe amb el seu — dice.
— No tiene coche aquí.
— Que la baixe el Rullo.
Le hago una señal a Ona a través del parabrisas, dos dedos hacia la casa, y me entiende a la primera y se baja y vuelve al porche sin preguntar nada, y esa es otra cosa que se me queda en la cabeza para más tarde: que esta mujer sabe cuándo una escena no es suya y se va sin hacer ruido, y no por obediencia.
Mi padre abre la puerta del conductor de su todoterreno. Y yo, en lugar de decirle lo que le digo siempre, que es que conduzco yo, rodeo el capó y me subo en el asiento del acompañante.
Es un movimiento de cuatro segundos y no me lo esperaba ni yo.
Llevo diecinueve años conduciendo yo, con mi padre, con mi tía, con clientes, con Benet al lado, y no lo hago por vicio de mando: lo hago porque el que conduce tiene al copiloto a su derecha y lo oye.
Sentado aquí, con mi padre al volante, tengo a mi izquierda la única persona de esta provincia a la que llevo treinta y dos años esperando oír decir una palabra concreta.
Y a esta persona, hoy, no la quiero oír.
Mi padre se queda un segundo de más con la mano en el contacto y no dice nada. Arranca.
———
Bajamos por el camino de tierra, pasamos el badén, y coge la carretera de Eslida hacia Artana con las dos manos en el volante y los ojos al frente. Va a cincuenta. Mi padre siempre va a cincuenta y hay gente que se ha pasado media vida detrás de él en esta comarcal.
Los primeros seis kilómetros no habla.
En el kilómetro siete empieza, y no me mira ni una sola vez en los veinte minutos que dura, y no sube la voz, y va mirando la carretera como si hubiera aprendido a decir las cosas importantes mirando otra cosa.
Me llega la mitad. La otra mitad la reconstruyo por el ritmo, que es lo que llevo doce años haciendo con todo el mundo y lo que hago mejor que nadie.
— Ta mare va entrar en esta casa el noranta-quatre — dice —. Amb tu de la mà. Tenies quatre anys i no parlaves.
— Papa.
— Escolta.
Y sigue.
Me cuenta que aquel año él tenía treinta y nueve y dos naves y una hermana de veinte años que todavía no pintaba nada en esto, y que la familia entera le dijo que no, en la mesa de la cocina de Onda, una noche de noviembre, y que no se lo dijeron por mi madre, que a mi madre la querían, sino por mí.
Me cuenta que su padre, mi abuelo, al que yo no conocí, dijo aquella noche una frase que mi padre lleva treinta y dos años sin repetirle a nadie y que hoy me repite a mí en un coche a cincuenta por hora en la carretera de Artana, y que es esta: que un chico de fuera te sale bien nueve veces de cada diez, y que la que sale mal se lleva la casa por delante.
— I jo vaig dir que sí — dice —. I no m'he penedit.
— No me lo has dicho nunca.
— No fa falta dir-ho. Es fa.
— Papa, en treinta y dos años tú no me has llamado hijo delante de nadie.
— Perquè davant de la gent tu no eres el meu fill — dice, sin apartar los ojos de la carretera —. Davant de la gent tu eres el que mana. I si jo et dic fill davant d'ells, ja no eres el que mana: eres el fill del que mana. I això és molt més fàcil de tombar.
El coche baja hacia Artana entre los bancales de secano y la sierra se va quedando detrás, y yo tengo treinta y seis años y estoy sentado en el asiento del acompañante de un todoterreno con la ventanilla subida y el oído bueno pegado al cristal.
— Ara la xiqueta — dice.
———
Y aquí es donde mi padre, que ha estado veinte minutos hablando como no ha hablado nunca, cambia de tono sin cambiar de volumen, y en el cambio se le va toda la parte blanda de golpe.
— Escolta'm bé — dice —. Un fill de fora no es pot permetre voler res.
— Papa...
— Res. Ni una dona, ni una casa, ni una fàbrica, ni un gos — y ahora sí gira un segundo la cabeza, un segundo solo, y vuelve a la carretera —. Perquè el que un vol és exactament per on li entren.
Y me lo explica, y me lo explica con la calma de un hombre que ha visto hacer esto y que a lo mejor lo ha hecho.
Que un hombre que no quiere nada es un hombre al que no se le puede pedir nada, y que por eso su hermana Neus lleva veintisiete años siendo intocable en este grupo, porque en veintisiete años nadie le ha encontrado nunca el sitio por donde entrarle.
Que a él mismo, a mi padre, en el noventa y ocho, un competidor de Vila-real le fue a buscar la grieta y se la encontró en cuatro días, y que la grieta era mi madre, y que aquello se arregló, pero se arregló porque él tenía con qué.
Que yo no tengo con qué, porque yo dentro de esta familia mando y no soy, y esas dos cosas juntas son sostenibles mientras no se me vea querer nada.
— I a tu ja se t'ha vist — dice —. Esta matinada, a les cinc i vint-i-cinc, a l'era de sa casa.
Y ahí es donde caigo en la cuenta de una cosa que llevo veinte minutos sin ver, y es que mi padre no ha subido esta mañana a la Foia por el corcho.
La pela del alcornoque se hace en junio.
Lo acaba de decir él mismo, hace media hora, en el bancal de arriba, con el muñón puesto en la primera cruz de un árbol, explicándoselo a un hombre que lleva trabajando ese monte desde antes que yo naciera y que no necesita que se lo expliquen.
En marzo, en un alcornocal, no hay absolutamente nada que hacer más que mirarlo.
Roc Bonastre ha subido veinte kilómetros de camino de tierra a las cinco de la mañana de un martes de marzo para ver a qué hora salíamos de esa casa y por qué puerta.
— Papa.
— Què.
— ¿Ha sido idea tuya o te lo ha pedido ella?
Mi padre no contesta a eso, que es la manera que tiene esta familia de contestar, y las dos manos siguen donde estaban en el volante y la carretera de Artana sigue viniendo hacia nosotros a cincuenta por hora.
— La meua germana no demana coses — dice al cabo de un kilómetro —. Diu en veu alta el que no sap, i espera.
— ¿Y qué ha dicho en voz alta?
— Que no sabia si tu dormies bé — dice —. Divendres, a la comida. Davant de tres persones.
— Nos ha visto usted.
— I la meua germana ho sabrà hui a migdia — dice —. No perquè jo li ho conte. Perquè ho sabrà.
Entramos en Artana. Hay una mujer barriendo la puerta de una casa y un perro echado en mitad de la calle que no se aparta, y mi padre para el coche y espera a que el perro se levante, y no toca el claxon, porque en cincuenta años no le he visto tocar el claxon.
— Tu vols que això s'acabe bé — dice mientras esperamos —. Doncs deixa-la fora. Que cobre, que firme, que se'n vaja a Castelló i que no torne. I si vols una dona, busca'n una que no tinga res a vore amb açò.
— Ya es tarde.
— Ja ho sé — dice mi padre —. Per això t'ho dic hui i no la setmana que ve.
El perro se levanta y se va. Mi padre mete primera.
———
Me deja en la puerta de la casa de Onda a las seis y veinte de la mañana y no apaga el motor, lo cual quiere decir que él no entra, que se va a Vila-real, y que esto se acaba aquí.
Me bajo. Cierro la puerta. Y entonces baja la ventanilla del lado del acompañante y se inclina un poco sobre el asiento vacío para que yo lo oiga desde la acera.
— Jaume.
— Digues.
— Del que has preguntat abans, de Betxí — dice —. Això no es parla.
Y sube la ventanilla y se va, y yo me quedo de pie en la acera de la calle con las manos desnudas y el frío de marzo dándome directamente en los dorsos, en la piel brillante que no tiene pliegues y que hace doce años que no toma el aire en público.
A las seis y veinte de la mañana, en esta calle, no hay nadie.
Subo al despacho, me siento en la silla de mi padre, que a esta hora está vacía, y me quedo mirando el aparador del pasillo, donde hay una foto de un niño de ocho años sentado en el estribo de un camión que no se está riendo.
Treinta y dos años obedeciendo. Treinta y dos años haciendo exactamente lo que se esperaba de mí, sin querer nada delante de nadie, esperando el día en que alguien de esta familia dijera la palabra en voz alta y en presencia de testigos.
Y resulta que la palabra no existe, y que lo que hay en su lugar es un consejo de un hombre de setenta y un años que me quiere: no quieras nada.
Descuelgo el teléfono de la mesa de mi padre y marco la extensión de administración de la planta de Onda.
— Buenos días. Necesito los consumos de gas y de agua de las tres plantas desde enero de 2021, mes a mes, y las lecturas de contador de todos los puntos de suministro que tenga dadas de alta el grupo. Todos. También los que no facturen.
La administrativa me pregunta si lo quiere administración de Onda o lo quiero yo, que es su manera educada de preguntarme si mi tía lo va a ver.
— Lo quiero yo. En papel, y me lo sube usted a mano.
— ¿Para cuándo?
— Para hoy.
Cuelgo, y me quedo un rato con la mano encima del teléfono, en el despacho vacío de mi padre, a las seis y veinticinco de la mañana de un martes de marzo, con la persiana a media altura y el periódico de ayer donde lo dejó él el jueves.
Un hijo de fuera no puede permitirse querer nada.
Bien. Lo he oído. Se lo he oído decir con la mitad de la cabeza y lo he entendido con la otra mitad, y llevo treinta y dos años haciendo exactamente eso, no querer nada delante de nadie, y en treinta y dos años el resultado ha sido este despacho, esta silla, esta empresa y este consejo.
Así que voy a hacer lo contrario, y voy a empezar por lo barato, que es por el gas.
Y si dentro de tres meses resulta que mi padre tenía razón y que por ahí me entran, quiero que quede constancia de una cosa: que el 11 de marzo, a las seis y veinticinco de la mañana, no me pillaron desprevenido. Lo pedí en papel, con mi nombre, sabiendo lo que estaba pidiendo.