Capítulo 11
Vuelve a la una y media de la madrugada y no sube a acostarse: cruza la era y viene directo a la almazara, y desde la puerta, sin quitarse el abrigo y sin preguntar si molesta, me dice que La Vella está encendida.
Yo estoy limpiando el mortero de ágata con un cepillo de dientes viejo, que es la única manera de sacar el óxido de las estrías, y sigo limpiándolo mientras habla, porque si paro las manos me pongo a hacer otra cosa con ellas.
Me lo cuenta entero y en orden, como cuenta este hombre las cosas: la nave del kilómetro cuatro, la puerta seccional verde, diecinueve palés que bajan y veinte que suben, el desvío por Betxí a la una menos veinte, el ladrillo tibio en la base de la chimenea.
Y al final, la cuenta del gas, que es la parte que le tiene la voz de otra manera.
— Treinta mil euros al mes — digo.
— Por lo bajo.
— ¿Y el agua? Un horno de rodillos no gasta agua, pero una línea entera sí. Si están cociendo, están prensando y están esmaltando, y para eso hace falta atomizada. ¿De dónde sale la barbotina?
— No lo sé — Jaume se queda parado en mitad de la almazara con el abrigo puesto.
— Pues es la pregunta buena, porque el gas se puede comprar por otra sociedad y no te enteras, y la atomizada son camiones.
Camiones que entran y salen de una fábrica precintada — dejo el cepillo en el borde del fregadero —.
A esa nave le tiene que estar entrando material todas las semanas. Y eso no lo esconde nadie.
— Sí que lo esconde alguien.
— ¿Cómo?
— Si entra dentro de camiones nuestros que ya tienen que pasar por ahí — dice —. Ida y vuelta. Nadie mira lo que vuelve.
Y ahí nos quedamos los dos callados en una almazara de piedra a ocho grados a la una y media de la madrugada, y hay un momento, corto, en el que los dos estamos pensando exactamente en lo mismo y ninguno lo dice.
———
— Te tengo que preguntar una cosa — digo.
— Pregunta.
— Llevas nueve días sabiendo que hay una firma mía falsificada en un expediente. Me lo dijiste el mismo día que lo supiste. No tenías por qué.
— No es una pregunta.
— Ya voy — me apoyo en el murete del molino, de cara a la puerta, con los brazos cruzados —. Cuando me lo dijiste, ¿tú sabías lo que estabas haciendo?
— Sí.
— Dilo.
— Te estaba entregando la única cosa que os separaba a ti y a mí de estar los dos en el mismo lado de la mesa — Jaume no se mueve del sitio —.
Antes de decírtelo, si tú hablabas, me pasaba a mí.
Después de decírtelo, si tú hablas, te pasa a ti también.
Ya no soy la garantía de nada. Soy uno más de los que pierden.
— ¿Y por qué lo hiciste?
— Porque el 11 de octubre de 2019 estuve fumando abajo, en la escalera de la Audiencia, mientras tú bajabas — dice —. Y me aparté.
———
Aquí es donde yo tendría que decir algo, y no digo nada, porque hay una cosa que llevo nueve días sin decirle a nadie y que se me ha subido esta noche a la garganta con la historia de la chimenea tibia.
— Yo tampoco he hablado — digo.
— Ya lo sé.
— No, no lo sabes. No lo sabes porque no sabes cuánto.
Yo he tenido el teléfono en la mano cuatro veces desde el nueve de febrero.
La primera, la noche del día que salió el 4471, a las once y cuarto, con el número de la Guardia Civil de Nules marcado y el pulgar encima — levanto la mano y le enseño el pulgar, que es una tontería, pero es lo que hago —. Y no llamé.
— Habrías ido tú también.
— El nueve de febrero no. El nueve de febrero yo estaba limpia y podía haber ido a contarlo todo, y me habrían tomado declaración, y a lo mejor no me habrían creído, pero limpia estaba.
— ¿Y por qué no fuiste?
Y ahí está. Ahí está la pregunta y llevo nueve días buscándole una respuesta que no me deje en ridículo, y no la hay, y la única que hay es la verdad.
— Porque me dijeron que si hablaba te mataban — digo —. Y yo estaba dispuesta a que os cayera encima todo lo que os tenía que caer. A tu padre. A tu tía. Al grupo entero, con sus tres plantas y sus doscientas ochenta personas y su cuenta de resultados. A ti no.
— Ona.
— Y ni siquiera me caías bien. Eso es lo que llevo nueve días sin entender — se me va la voz un punto y la vuelvo a poner donde estaba —.
Yo he tenido en la mano el poder de matar a un hombre desde el dieciséis de febrero.
He tenido esa pistola encima de la mesilla de noche todas las noches, cargada, con tu nombre.
Y no la he cogido ni una vez. Y no es porque yo sea buena persona.
— ¿Entonces por qué?
— Porque el primer día de estar aquí bajaste a la almazara y me dijiste enséñamelo — digo —. Nadie me ha dicho eso nunca. En once años.
— Eso es poco.
— Ya sé que es poco. Es ridículo. Llevo nueve días buscándome una razón que quede mejor y no la tengo — me despego del murete y doy dos pasos por la almazara y vuelvo, porque no puedo tener esta conversación quieta —.
Yo he entregado once años a una empresa que me tenía a media jornada en dos sociedades para ahorrarse mi antigüedad.
He mandado informes que nadie ha leído. He aguantado que un director de calidad me llamara la chica del laboratorio delante de un cliente italiano.
Y en once años nadie, ni uno, se ha bajado a la mesa donde yo estaba y me ha dicho enséñame eso que sabes.
— Y con eso te compro.
— Con eso no me compras nada, que ya lo has intentado y sabes lo que cuesto — me paro delante —. Con eso consigues que yo no pueda hacerte lo que tendría que hacerte. Que es peor para mí y no te lo he perdonado.
Jaume no dice nada durante un rato largo.
— El 2 de octubre de 2019 yo iba a ese despacho con margen para subir hasta cuatrocientos veinte mil — dice al fin —.
Y salí de allí a las ocho de la tarde habiendo gastado trescientos, y me fui a cenar, y dormí bien.
Eso es lo que llevo seis años sin poder contarle a nadie. No que lo hiciera. Que dormí bien.
— ¿Y ahora duermes?
— Ahora me levanto a las cinco — dice —. Que no es lo mismo.
Y esa frase se queda ahí, en el aire de la almazara, entre los dos, y ninguno de los dos la toca.
———
— Quítate el abrigo — digo cuando Jaume Bonastre cruza la almazara y se para a un paso.
Se lo quita, lo deja en el taburete y se queda con los brazos a los lados, y le cojo la mano derecha con las dos mías y no me la deja, no del todo: hay una resistencia pequeña, de medio segundo, la de un músculo que lleva doce años acostumbrado a que nadie le llegue ahí, y yo no fuerzo.
Me quedo con la mano suya entre las mías y espero, que es lo que se hace cuando una pieza está saliendo del horno y todavía no se puede coger.
— ¿Puedo?
— No hay nada que ver.
— Eso lo decido yo, que soy la que mira.
Y afloja.
Le quito el guante tirando desde la punta de cada dedo, uno por uno, despacio, y el guante sale del revés y lo dejo caer al suelo. Después el otro.
A la luz de la estufa de resistencias, las dos manos de este hombre son dos manos con injertos en el dorso.
La piel es más clara y más brillante que la del resto, con los bordes marcados en una línea que sube y cruza la muñeca, y no tiene vello, y no tiene los pliegues que tiene la piel normal sobre los nudillos, y por eso los dedos se le doblan hasta donde se le doblan y no más.
En la mano izquierda, el pulgar tiene una banda de tejido más grueso que le tira.
— ¿A qué temperatura se hizo esto?
— ¿Qué? — Jaume levanta la cabeza de golpe.
— Que a qué temperatura — digo —. Fue en un horno, en 2013. ¿En la boca, en la meseta o en el enfriamiento? Porque no es lo mismo.
— En la zona de máxima — dice, y le sale la voz distinta —. Reventó un quemador de la bóveda en la zona de máxima con el horno a mil ciento setenta, y yo estaba en la puerta de registro con las manos dentro.
— Mil ciento setenta.
— Mil ciento setenta.
— Eso no lo hace el fuego — le doy la vuelta a la mano y le paso el pulgar por el borde del injerto, por esa línea limpia donde acaba la piel de él y empieza la piel que le pusieron —.
Eso lo hace el aire. A esa temperatura el gas te quema antes de tocarte.
Por eso lo tienes en el dorso y no en la palma. Tenías las manos abiertas hacia abajo.
— Sí.
— ¿Cuánto tiempo?
— Cuatro segundos. Cinco.
— Y el oído.
— El oído fue la sobrepresión. El mismo segundo.
Le sujeto las dos manos, una en cada mía, y no digo nada bonito, porque no hay nada bonito que decir y porque este hombre huele a mentira a cuatro metros.
Lo que hago es lo que hago con todo lo que llega a mi mesa: mirarlo bien, medirlo y devolvérselo entero.
En once años en un laboratorio de control he aprendido que la gente que trae una pieza rota no quiere que le digas que no se nota; quiere que alguien mire la rotura de frente, le ponga un número y siga trabajando, porque lo primero que hace la compasión con un defecto es convertirlo en un tema, y en cuanto una cosa es un tema ya no se puede tocar.
— Se te dobla el índice hasta aquí — le abro la mano derecha sobre la mía y le empujo el dedo con el pulgar hasta donde para —. Y el corazón hasta aquí, que es menos. ¿Te duele?
— No.
— ¿Tira?
— Con frío tira.
— Y en la fábrica llevas guante de trabajo encima del guante fino.
— Sí.
— Pues eso es una tontería, porque dos capas te quitan tacto y el tacto es lo único que te queda ahí — le suelto la mano y no se la suelta él —.
Yo tengo la mano quemada de esmalte a novecientos y no tengo ni la décima parte, y aun así hay días de invierno que no noto el canto de una pieza.
Tú llevas doce años calculando cargas con dos guantes puestos.
— Doce.
— Doce.
— Doce años con guantes.
— Doce.
— ¿Por eso o para eso?
— Para eso.
———
Me besa esta vez sin cogerme la cara, con las manos desnudas a los lados, y soy yo la que le agarra las muñecas y se las pone donde quiero que estén.
— ¿Puedo? — dice contra mi boca, y es la primera vez esta noche.
— Sí.
Lo que viene después no es rápido, y esa es la sorpresa, porque yo esperaba de un hombre así prisa y lo que hay es método.
Me quita la bata botón a botón y la cuelga del gancho de la pared, que es una cosa absurda y ridícula y no se me va a olvidar en la vida.
Me sube a la piedra del molino, que está helada y me arranca un juramento, y se ríe una vez, muy corto, contra mi cuello, y es la primera y la última risa de esta noche.
Me habla. Todo el rato, bajo, en frases completas, diciéndome lo que va a hacer antes de hacerlo, y a mitad de camino, con la boca en mi clavícula y las dos manos abiertas en mi espalda, se para en seco por segunda vez y levanta la cabeza.
— ¿Puedo?
Y aquí es donde tengo dos opciones, y elijo la segunda.
— Deja de preguntar y sube las manos — digo.
Y las sube.
De lo demás no voy a hacer inventario. Diré que en algún momento me quedé mirando el techo de vigas de una almazara de 1912 mientras un hombre de un metro ochenta y nueve me sostenía la cabeza con una mano quemada para que no me diera contra la piedra, y que me dijo tres cosas al oído que no pienso repetirle a nadie, y que yo le dije una que sí, y fue que se estuviera quieto, y se estuvo quieto, y ahí fue donde se me rompió algo por dentro que no tenía nada que ver con el cuerpo.
Y diré también que a mitad de todo aquello, con las dos manos suyas en mi cintura, se me pasó por la cabeza que estaba tocando a la persona que se sentó enfrente de mi padre en octubre de 2019 con trescientos mil euros encima de una mesa.
No es un pensamiento que se vaya. Se queda. Y hay que decidir qué se hace con él, y yo decidí, y esa decisión la tomé yo sola con la cabeza fría a las dos y veinte de la madrugada del 11 de marzo, y si algún día alguien me la echa en cara, la firmo.
Porque un esmalte puro, el que sale transparente y limpio y sin una impureza, no vale nada y no lo compra nadie.
Lo que tiñe es lo que sobra: un uno por ciento de hierro que estaba en la arcilla y que no querías, un cobalto que se te fue de la molienda, un manganeso que se coló por la cinta desde otra línea.
Todo el color que hay en esta provincia sale de eso.
Y llevo once años poniéndolo en las hojas de formulación en la columna de la derecha, con su porcentaje al lado, sin subrayarlo y sin justificarlo, porque en una fórmula no se justifica nada: se pone lo que va y se cuece.
Así que lo puse. En la columna de la derecha. Con su porcentaje.
———
Subimos a la casa a las tres y media, con la bata en la mano y el pelo hecho un desastre, y él se ducha y yo no, y nos metemos en la cama de la habitación del fondo, la que da al sur y que tiene una ventana sin persiana por la que entra la luna.
Se duerme rápido, que es lo que le pasa a la gente que se levanta a las cinco.
Pero antes de dormirse, ya de espaldas a mí y medio ido, alarga el brazo hacia la silla donde ha dejado la ropa y va tanteando con la mano hasta que encuentra los guantes, y se los trae al pecho, y se queda con ellos ahí, agarrados, igual que un niño con una cosa.
Se los quito de la mano.
No se despierta. Afloja los dedos, que a estas alturas de la noche están tan cansados que no discuten nada, y yo me quedo un momento con los dos guantes de piel en el puño, mirándole el dorso de la mano izquierda a la luz de la luna, esa piel brillante que no tiene pliegues.
Y los tiro al suelo, al otro lado de la cama, donde no llega el brazo.