Lo que el fuego no devuelve Capítulo 10
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Capítulo 10

A un camión no se le sigue de noche por una comarcal como se sigue en las películas, con los faros apagados y a cincuenta metros, porque un conductor de los nuestros lleva doce o quince años haciendo esa misma carretera a esa misma hora y sabe distinguir por el retrovisor unos faros que le vienen detrás de los que le vienen siguiendo.

Se le sigue por delante.

Eso me lo explica Benet Gimeno el domingo por la tarde en la cocina de la Foia, con un mapa impreso en un folio y un bolígrafo, mientras Ona Falguera friega los dos platos de la cena y no dice ni una palabra en veinte minutos, cosa que agradezco y que también me molesta.

— ¿Y si ha parado?

— Si ha parado, ha parado en un sitio, que un tráiler no para en el arcén.

— Bien.

— Y sitios en esa carretera donde entre un tráiler de dieciséis metros con remolque y pueda dar la vuelta hay cinco, y tres son gasolineras — Benet hace tres cruces en el folio, apoyado en el canto de la mesa —.

Nosotros nos ponemos delante, en el cuatro, y esperamos.

Si pasa, hemos perdido la noche. Si no pasa, ya sabemos dónde está.

— ¿Por qué en el cuatro?

— Perquè al quatre hi ha una nau nostra — dice —. Bueno, nostra no. Del grupo. Se alquiló en el veintitrés para consolidación de carga.

— Yo no he firmado ese alquiler.

Benet levanta la vista del folio por primera vez desde que lo ha sacado del bolsillo, y se queda mirándome dos segundos, y después vuelve a bajarla y hace la cuarta cruz.

— Ya.

— ¿Cuánto llevas sabiéndolo?

— Jo no sé res, Jaume. Jo passe per davant d'eixa nau catorze vegades a la setmana i tinc ulls — dobla el folio en cuatro y se lo guarda —. I li vaig a dir una cosa que no m'ha preguntat. Los conductores lo saben.

— ¿Todos?

— Els que fan la ruta de baixada, sí. No saben què hi ha. Saben que hi ha una parada que no està a la fulla, i que eixa parada la paguen a part i en efectiu, i que qui pregunta se'n va a la ruta de Lleida, que són quatre-cents cinquanta quilòmetres de pujada amb la mateixa dieta.

Ona Falguera cierra el grifo. Se seca las manos en el trapo de la cocina, despacio, dedo por dedo, y se apoya en la encimera de espaldas al fregadero, y esta es la primera vez que abre la boca en veinte minutos.

— ¿Y a la vuelta también paran?

— A la tornada no ho sé.

— Pues eso es lo que hay que mirar — dice —. Un camión que baja lleno y vuelve vacío no interesa a nadie. Lo que interesa es un camión que vuelve con algo.

Y se va a acostar sin decir buenas noches, y Benet Gimeno se queda mirando la puerta por la que ha salido durante más rato del que este hombre dedica normalmente a mirar nada que no tenga ruedas.

— Eixa xica — dice.

— Esa xica, sí.

———

La nave del kilómetro cuatro es una construcción de las de 2007, de las que se hicieron en la costa cuando parecía que aquello no se iba a acabar nunca: mil doscientos metros de planta, estructura de hormigón prefabricado, cubierta de chapa con lucernarios y una puerta seccional en cada testero, con una explanada de tierra compactada delante y un cartel de se alquila de una inmobiliaria que ya no existe.

Aparcamos a las once menos veinte en el camino de servicio de un campo de naranjos, a ciento cincuenta metros, con el morro hacia la salida, que es Benet quien lo decide y quien elige el sitio, porque en doce años nunca me ha dejado a mí elegir dónde para el coche y a estas alturas ya no lo discuto, y desde aquí, entre los naranjos, se ve el testero norte de la nave y media explanada.

A las once y cinco no ha pasado nadie por la carretera. A las once y once entra un tráiler por la explanada, girando amplio, con las luces de gálibo encendidas, y aparca marcha atrás contra la puerta seccional del testero norte, que se abre desde dentro y que es verde.

Es el 12.

— Onze i onze — dice Benet, y apunta la hora en su libreta con el bolígrafo, y luego apunta también la matrícula del turismo que hay aparcado junto a la esquina de la nave, que es lo que hace este hombre desde hace doce años sin que nadie se lo haya pedido nunca.

Adentro hay luz. Se ve por los lucernarios y por el hueco de la puerta abierta, una luz blanca de fluorescente industrial, y dentro se mueven dos carretillas.

Y aquí es donde empieza lo raro, y lo raro dura una hora y diez minutos. Porque ahí dentro no están cargando el camión. Están descargándolo y volviéndolo a cargar.

Cuento diecinueve palés que salen del remolque, se meten en la nave y desaparecen de mi vista.

Cuento, a partir de las once cuarenta, veinte palés que salen de la nave y suben al remolque.

Uno más de los que bajaron. Es material del mismo modelo y del mismo formato, con el mismo film y la misma cantonera, y desde ciento cincuenta metros y con unos prismáticos de campo son idénticos.

A las doce y veinte el conductor fleja, cierra, precinta y arranca.

Benet apunta la hora.

— Vint palets — dice —. Han baixat dinou i n'han pujat vint.

— ¿Estás seguro?

— Jaume, jo he estat dotze anys comptant palets a les tres de la matinada a la frontera d'Orà — dice, sin apartar los ojos de la explanada —. He comptat dinou i vint.

— ¿Y el peso?

— El peso lo sabremos mañana por el albarán, si el albarán lo dice — Benet guarda la libreta en la guantera y se pone el cinturón —. Però jo li dic una cosa. Un palet de més i el mateix pes total, això són quatre-cents quilos de menys repartits. I quatre-cents quilos no se'ls menja la humitat.

Nos quedamos un rato más con el motor apagado, viendo alejarse por la carretera las luces de posición del remolque, y en ese rato hago la cuenta que llevo dos horas evitando.

Diecinueve palés que entran y veinte que salen no cuadran como trasvase y cuadran perfectamente como sustitución con firma.

Si lo único que quisieran fuera meter dinero en la carga, les bastaría con abrir un palé, quitarle la fila de arriba y volverlo a cerrar, que es lo que estaba pasando en el 4471 el nueve de febrero y es lo que una técnica de veintinueve años detectó pesando un albarán.

Lo que han hecho esta noche es otra cosa, más cara y más lenta, y por tanto más importante: han bajado el material que salió de nuestra planta con nuestros partes de línea y nuestro control de calibre, y han subido otro material distinto, del mismo modelo y del mismo formato, que estaba ya dentro de esa nave esperando.

Un palé de más. Los que bajaron eran diecinueve y los que subieron son veinte, y a partir de ahora ese camión lleva a Orán una tonelada y media de porcelánico gris perla que no ha pasado por Valdús en su vida.

Que no ha pasado por ninguna fábrica que yo dirija.

— Benet.

— Digues.

— Los diecinueve que han bajado. ¿Qué se hace con ellos?

— Se venden — dice, y arranca el coche —. Ací baix es ven tot, Jaume. Un palet de material bo no se'l queda ningú en una nau buida.

———

Volvemos por la CV-10 hacia Almassora y en el enlace, en lugar de seguir hacia Vila-real y subir a la sierra, le digo que tire por la de Betxí.

Benet no pregunta: pone el intermitente cuarenta metros antes, como siempre, y coge el desvío.

A la una menos veinte de la madrugada Betxí está apagado del todo, con esa oscuridad de pueblo de interior que no tiene ni el resplandor del mar ni el de la autopista, y el camino viejo de detrás del cementerio está lleno de baches que Benet va esquivando de memoria porque hasta 2019 subía por aquí dos veces por semana, y para el coche en la explanada de tierra, a treinta metros de la valla de obra, y apaga el motor y las luces.

La nave de La Vella es un bulto negro con el tejado roto. La casa de Quico, pegada al muro sur, tiene la persiana bajada y una luz débil en la cocina, de las de dejar encendida por la noche. No hay un coche. No hay una máquina. No hay una sola ventana iluminada en toda la fábrica.

— ¿Qué hem vingut a fer? — pregunta Benet.

— Bajar dos minutos.

Me bajo y cierro la puerta sin dar el golpe.

El aire de marzo está frío y quieto y huele a leña de las chimeneas del pueblo y a tierra, y hay una lechuza en algún sitio del bancal de arriba, y por lo demás no se oye absolutamente nada, que es lo que se oye siempre aquí desde hace seis años y siete meses.

Ando hasta la valla y me quedo mirando la chimenea.

Cuarenta metros de ladrillo macizo levantados en el sesenta y ocho por gente que sabía hacerlo, con el remate desportillado por arriba y las grapas metálicas oxidadas dejando regueros naranjas por la cara sur.

Es lo único que queda entero de esa fábrica y es lo único que se ve desde la carretera, y hay gente en este pueblo que la usa para saber si va a llover, porque cuando el viento viene de levante silba.

Esta noche no silba.

Me acerco por la parte de fuera de la valla, siguiendo el muro perimetral hasta la esquina donde arranca la base de la chimenea, que es un cubo de fábrica de ladrillo de cuatro metros de lado con una portezuela de registro de chapa y una escalera de gato oxidada.

Y a tres metros de la base, sin haber puesto la mano en nada todavía, ya lo noto en la cara.

Aire caliente. Subiendo por el lateral del cubo, ese temblor que hace el aire cuando sube, esa distorsión que en un día de agosto se ve encima del asfalto y que en una noche de marzo a cinco grados no debería estar en ningún sitio de este pueblo, y pongo la palma en el ladrillo de la base.

Está tibio. No caliente: tibio, unos veinticinco o treinta grados en la cara exterior de un macizo de un metro de espesor, que es la temperatura que tiene un muro así cuando por dentro pasan gases a doscientos y pico y lleva pasándolos el tiempo suficiente para atravesar el ladrillo.

Me quedo con la mano abierta en la pared un buen rato.

Un horno de rodillos de La Vella tenía ciento diez metros y quemaba gas natural, y no se enciende en una tarde: son tres días de curva, de rampa lenta y de meseta, con el personal encima, para no reventar los rodillos ni la bóveda.

Después, si lo mantienes, va solo. Y mientras va, se le nota, porque hay que meterle gas y hay que sacarle humos, y los humos, si el horno está donde estaba, salen por aquí.

Esta fábrica lleva precintada judicialmente desde el 14 de agosto de 2019, con el acta de precinto firmada por un secretario judicial y una copia en mi despacho, y tiene dos hombres muertos y una sentencia firme, y yo mismo firmé el cierre y estuve en la puerta el día que echaron el candado.

Y está cociendo.

———

Vuelvo al coche despacio, con las manos otra vez en los bolsillos, y me subo y cierro.

Benet no ha encendido el motor. Está con las dos manos en el volante y mirando al frente, hacia el bulto negro de la nave, y tiene la cara de un hombre que lleva doce minutos solo en un coche apagado delante de un sitio donde murió gente que conocía.

— Arranca.

— Jaume.

— Arranca, Benet.

Arranca, da la vuelta en la explanada y sale al camino viejo, y a los cincuenta metros, sin volverse, dice lo único que va a decir en toda la noche que no lleve una cifra dentro.

— Jo de xiquet vaig jugar ahí dins — dice —. En eixe pati.

Subimos a la sierra en veinticinco minutos y en todo el camino no hablamos.

Y mientras vamos subiendo por la CV-20 con la sierra delante y las luces de la Plana quedándose abajo, hago la única cuenta que se puede hacer con lo que tengo.

Un horno de ciento diez metros a régimen se come entre setenta y noventa metros cúbicos de gas a la hora.

Eso son, redondeando por lo bajo, unos treinta mil euros al mes en energía, más el personal, más el mantenimiento, más lo que haya costado poner otra vez en marcha una instalación parada seis años.

En este grupo yo firmo todas las compras de energía de las tres plantas desde 2021.

Y en ninguna de las facturas que he firmado en cuatro años hay un solo metro cúbico de gas que vaya a Betxí.

Lo cual deja tres posibilidades, y las tres las tengo colocadas antes de llegar a Artana.

Que el gas de La Vella lo pague una sociedad que no es del grupo, y entonces hay una sociedad que yo no conozco moviendo treinta mil euros al mes de energía industrial a doce kilómetros de mi despacho.

Que lo pague una del grupo por una vía que no pasa por mi firma, y entonces alguien de esta casa ha montado un circuito paralelo de compras y lleva años sosteniéndolo delante de auditores, bancos y de mí.

O que lo pague el grupo y esté en mis facturas, y yo lleve cuatro años firmando el gas de una fábrica precintada sin haberlo mirado nunca, porque una factura de suministro se comprueba por el importe total y no por el punto de consumo, y porque en cuatro años nadie me ha dado un motivo para bajar a la letra pequeña.

Las dos primeras me dejan fuera. La tercera me deja dentro.

— Para un momento.

Benet para en el arcén, a la altura del cruce de Aín, con la sierra negra delante y las luces de la Plana temblando abajo en la niebla de marzo, y no apaga el motor, y no pregunta por qué. Bajo la ventanilla del todo y dejo entrar el aire de la sierra, que a esta hora y a esta altura corta.

— Són les dos — dice al cabo de un minuto.

— Ya lo sé.

— Ahí dalt hi ha una xica que porta sis nits sense dormir — dice —. I demà a les sis vosté ha d'estar a Onda.

Subo la ventanilla. Benet mete primera.