Capítulo 9
Llorar no sirve y huir es de tontos, porque a los cuatro días te encuentran y además llegas cansada; lo único que se me ocurre hacer con un certificado falsificado a mi nombre es lo que sé hacer, que es formular.
Las cuatro primeras condiciones las cumple media tabla periódica.
La quinta es la difícil, y la quinta es la que me tiene despierta hasta las tres de la mañana seis noches seguidas en una almazara de piedra a ocho grados, con una estufa de resistencias que calienta metro y medio a la redonda y un jersey de mi padre debajo de la bata.
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El primer camino que pruebo es el fácil y es el que descarto antes: un pigmento cerámico normal, de los que hay en el mercado, metido en proporción muy baja.
Cobalto, cromo, un rosa de cinc-hierro-cromo-estaño.
Cocido y medido, el resultado es previsible y es inútil: por debajo del cero coma cinco por ciento no lo ves y tampoco lo lees; por encima, te cambia el tono medio punto y cualquier clasificadora con dos años de oficio te lo saca de la línea.
Y sobre todo, es un pigmento comercial. Se compra en cualquier proveedor y se analiza con un fluorescente de rayos equis en veinte minutos.
Un marcador que se puede analizar y comprar no marca nada. Solo señala.
La primera noche la pierdo entera en eso y la doy por buena, porque una noche perdida descartando el camino evidente es lo más barato que se paga en este oficio.
Lo que no se puede hacer es lo que hace la gente con prisa, que es enamorarse de la primera idea que funciona a medias y pasarse tres meses corrigiéndola.
En once años he visto reventar dos desarrollos de producto de esta casa exactamente así, con cuatro personas defendiendo en una sala de reuniones una solución que a la tercera semana ya sabían todos que no era.
A las tres de la mañana apago el horno de sobremesa, tacho la página con dos rayas, escribo debajo descartado y por qué, y me subo a dormir cuatro horas.
La segunda noche cambio de pregunta, que es lo que hay que hacer cuando un ensayo se te repite igual tres veces.
Deja de preguntarte con qué se marca y pregúntate cómo se lee.
Y en cuanto le doy la vuelta, la respuesta está donde ha estado siempre, en la cuarta balda de la izquierda de mi propia balda de campaña, en un bote de plástico blanco que compré hace tres años para una prueba de esmalte nocturno que no llegó a ninguna parte y que no he vuelto a abrir.
Tierras raras.
El europio y el disprosio son dos metales que se usan en cerámica de manera muy tonta, para hacer esmaltes fosforescentes de esos que se venden para señalizar escaleras, y son caros y son molestos y a nadie del sector le importan.
Metidos en cantidades ridículas dentro de una matriz vitrocerámica adecuada, no hacen nada bajo la luz del día.
No dan color. No dan opacidad. No cambian la dureza ni la absorción ni la resistencia, porque a esas dosis no cambian la estructura.
Y bajo una lámpara de trescientos sesenta y cinco nanómetros se encienden.
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Lo que me llevan las cuatro noches siguientes no es la idea. La idea la tengo el martes a la una y cuarto de la madrugada. Lo que me llevan cuatro noches es lo otro, que es lo que separa a la gente que tiene ideas de la gente que las cuece.
Primero, la dosis. Demasiado poco y no se lee; demasiado y la pieza tiene un velo lechoso a mediodía que ve cualquiera.
Voy bajando de cinco en cinco milésimas y coceré, en total, ochenta y dos probetas de cuatro por cuatro en el horno de sobremesa, cuatro por tanda, cincuenta minutos de ciclo, y las voy numerando con lápiz de grafito por detrás.
Segundo, la matriz. El óxido solo no basta: hay que meterlo en una frita que lo abrace y no lo deje difundir, porque si difunde se apaga.
Aquí es donde uso lo único que tengo de once años en esta casa, que son once años de fórmulas de esmalte metidas en la cabeza, y me monto una base con lo que hay en los botes de la balda, moliendo a mano en un mortero de ágata como una boticaria del siglo pasado.
Tercero, y este es el bueno, la firma dentro de la firma.
Porque si meto un solo óxido, cualquiera con dinero puede analizar una de mis piezas, encontrar el europio, comprarlo y ponerlo en las suyas.
Así que no meto uno. Meto tres, en una proporción que no es redonda ni bonita ni deducible, y que da bajo la lámpara un color que no es el que da ninguno de los tres por separado, ni el que daría cualquier otra combinación de esos tres.
Un violeta muy sucio que tira a rosa por los bordes.
Para replicar eso hay que saber los tres óxidos, la proporción exacta, la frita, la curva y el tiempo de meseta.
Con la pieza delante y un laboratorio bueno se llega a los óxidos en una semana.
A la proporción no se llega nunca, porque la proporción a la que yo lo he ajustado no la elegí por ninguna razón técnica.
La elegí porque sí. Porque me dio la gana. Y eso es exactamente lo que no se puede deducir de una pieza cocida.
Y hay una cuarta cosa, que es la que me tiene la quinta noche entera despierta y que no tiene nada que ver con la química.
Un marcador no sirve de nada si no hay nadie que sepa leerlo antes de que se lo enseñes a quien haga falta.
Yo puedo cocer mañana doscientas piezas trazadas y meterlas donde me dé la gana, y el día que se las ponga delante a un instructor con una lámpara de catorce euros, lo primero que va a hacer ese hombre es preguntarme cómo sabe él que ese violeta lo he puesto yo hace tres semanas y no hace tres años.
Una prueba que solo puede autenticar la persona que la fabrica se queda en una afirmación cara.
Así que la quinta noche, en lugar de cocer, escribo.
Escribo la fórmula completa en una hoja del cuaderno, con los tres óxidos, la proporción, la base de frita, la molienda y la curva.
La fecho. La firmo con mi firma de verdad, esa que tiene los tres trazos separados y la O que empieza por abajo.
Y en el margen apunto una cosa más, que es lo que va a hacer que esto funcione dentro de tres meses o dentro de tres años: el número de la partida de óxido con la que he formulado esta, el albarán de compra de Cromalt de hace tres años, y el bote, que está en la balda, medio lleno, con su etiqueta y su lote.
Una pieza sola no demuestra nada. Una pieza, más una fórmula fechada, más el bote del que salió, más la factura del proveedor, más el registro de una cocción, es otra cosa distinta.
Es una cadena. Y las cadenas se rompen por el eslabón que no está apuntado, que es el primero que enseñan en un laboratorio de control y lo último que aprende la gente que se cree lista.
La probeta que sale bien es la número diecinueve de la cuarta tanda, y la saco del horno a las dos y media de la madrugada del 8 de marzo con las pinzas, la dejo enfriar sobre la piedra del molino, apago el fluorescente de la almazara, enciendo la lámpara de mano que compré por catorce euros y la acerco.
En la oscuridad de una almazara de mil novecientos y pico, en un trozo de porcelánico de cuatro centímetros que a la luz del día es gris perla y no es nada, se enciende un violeta sucio con los bordes rosas.
El 19.
Y me río sola, en voz alta, con las manos frías y el pelo hecho un desastre, y me tengo que sentar en el taburete.
———
Jaume Bonastre está en la puerta.
No sé cuánto lleva ahí, porque he tenido la lámpara encendida y los ojos hechos a la oscuridad y él ha entrado sin encender la luz de la era, que es lo que hace este hombre siempre, moverse por su casa como si la casa le debiera silencio, y apago la lámpara y meto la probeta en el bolsillo de la bata en el mismo movimiento.
— Son las tres menos veinte — dice.
— Ya.
— Llevas seis noches.
— Llevo seis noches.
Entra. Trae dos tazas, y eso me descoloca más que cualquier otra cosa que hubiera podido traer, porque un hombre que trae dos tazas ha tenido que estar en la cocina de abajo esperando a decidirse.
Deja una en la piedra del molino, a mi lado, y se queda de pie con la suya, a mi derecha, mirando las ochenta y dos probetas numeradas que tengo alineadas en la balda por tandas.
— ¿Qué son?
— Ensayos.
— ¿De qué?
— De tono.
Y no dice nada. Coge una probeta de la tanda tres con dos dedos, la gira contra la luz de la estufa, la vuelve a dejar exactamente en su sitio, en el mismo orden, con la numeración hacia el mismo lado.
— No es de tono — dice —. Un ensayo de tono son ocho piezas y una carta. Aquí hay ochenta y dos y las estás numerando por detrás para que no se vea el número por delante.
— Vaya. Sabes contar.
— Sé contar — me mira —. Y sé que llevas seis noches sin dormir en mi casa desde el día en que te dije que había una firma tuya en un expediente que ha cruzado una aduana.
Cojo la taza y no me la bebo. Café con leche, a las tres menos veinte de la madrugada, hecho por un hombre que se levanta a las cinco.
— ¿Y qué quieres que haga? — digo —. ¿Que llore?
Llevo llorado lo mío y no me ha devuelto nada.
En 2019 lloré cuatro meses seguidos y mi padre entró igual.
Yo esto no lo arreglo llorando ni lo arreglo hablando con un abogado que me cobre dos mil euros por decirme que la carga de la prueba la tengo yo. Yo esto lo arreglo con material.
— ¿Con material?
— Con material — me levanto del taburete y me pongo delante, y le llego al hombro, y me da igual —.
Vosotros me habéis metido en un papel. Vale.
Yo también sé escribir, y escribo en lo único que en este negocio no se puede tachar, que es una pieza cocida.
Una pieza cocida no se corrige, no se reescribe y no se falsifica a las seis y cuarenta y dos de la tarde en un despacho.
Sale del horno y ya está dicha para siempre.
Y ahí se me acaba el discurso y me quedo mirándolo desde treinta centímetros con el corazón en una parte del cuerpo que no le corresponde y las manos manchadas hasta la muñeca de un violeta que ninguno de los dos puede ver ahora mismo.
— Enséñamelo — dice, y lo dice bajo.
— No.
— Ona.
— He dicho que no.
———
Y entonces me coge la cara.
Con las dos manos, con los guantes puestos, la piel fina y fría contra mis mejillas, y me besa, y es un beso de hombre que lleva tres semanas contando los pasos que hay entre una puerta y otra para no cruzarse conmigo, y yo le contesto agarrándolo de la solapa del abrigo con las dos manos y tirando hacia abajo, porque mide un metro ochenta y nueve y yo no.
Dura poco y no dura poco.
Me tiene contra el murete del molino, con una mano en la nuca y la otra abierta en la espalda, y yo tengo las suyas donde las tengo y no me acuerdo de haberlas puesto ahí, y en algún momento de esos segundos, con la boca de este hombre en el cuello y once años de bata blanca cayéndoseme de los hombros, se me enciende dentro una alarma que no tiene nada que ver con el deseo y sí con la aritmética.
La probeta. En el bolsillo de la bata. A dos centímetros de su mano izquierda.
— Para.
Y para.
En seco, entero, de golpe. Las manos fuera. Un paso atrás. El aire de la almazara entrando entre los dos cuerpos como un cubo de agua, y él ahí de pie, con la respiración hecha polvo, los brazos separados del cuerpo y las palmas abiertas hacia mí, quieto.
— Vale — dice.
— Vale.
— ¿Estás bien?
— Sí.
— Dilo otra vez.
— Estoy bien — y me oigo la voz rara —. Es que no puedo pensar y necesito pensar.
— Vale — repite, y da otro paso atrás, y coge su taza de la piedra del molino, y se va hacia la puerta sin darme la espalda del todo —. Mañana bajo a Onda a las seis. Si quieres el coche para ir a Castellón, dímelo esta noche, que si no me lo llevo yo.
Y se va.
———
Me quedo sola en la almazara con la estufa zumbando y ochenta y dos probetas numeradas.
Ha parado. Le he dicho una palabra de cuatro letras y este hombre ha parado en seco, y no ha discutido, y no ha puesto cara de nada, y no me ha hecho sentir que le debía una explicación, y encima ha preguntado dos veces si estaba bien y ha esperado a que se lo contestara.
Llevo veintinueve años en el mundo y esa cuenta me sale peor de lo que me gustaría.
Y aquí es donde tendría que sacarme la probeta del bolsillo, salir a la era, llamarlo y enseñarle el violeta sucio con los bordes rosas, porque este hombre es lo único parecido a un aliado que hay en veinte kilómetros a la redonda, porque su vida cuelga de lo mismo de lo que cuelga la mía, y porque acaba de demostrarme, con una palabra, que hace exactamente lo que dice que va a hacer.
Saco la probeta, la pongo sobre la piedra del molino y la miro mucho rato.
Después abro el cuaderno, escribo la fecha, escribo 19 y escribo debajo los tres óxidos con su proporción, con la letra pequeña de rellenar impresos, y arranco la hoja, la doblo en cuatro y me la meto en el sujetador, que es el único sitio de esta casa que no es de los Bonastre.