Capítulo 8
Un lote que ha salido deja doce rastros, y el que menos miente de los doce es el que nadie mira: la reserva de barco, porque esa la hace un consignatario que no trabaja para nosotros y que factura por lo que ha embarcado de verdad, no por lo que le hemos dicho.
Están los tres trazos. Están separados.
Alguien ha tenido delante una firma auténtica durante un buen rato y ha estado practicando encima de un papel hasta que le ha salido, y ese es el dato que me deja sentado en esta silla con las manos quietas encima de la mesa, más que el hecho en sí.
Falsificar la firma de la técnica de laboratorio para sacar un camión atascado es una guarrada de las que se hacen en caliente un jueves por la mañana con el cliente al teléfono, y de esas se han hecho en este sector desde que existe el sector.
Falsificarla bien, con los tres trazos separados y el arranque de la O, requiere tiempo, requiere tener delante originales suficientes para estudiar el gesto y requiere haberlo ensayado antes.
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Podría equivocarme. Podría ser que ella lo firmara el miércoles por la tarde, después de la reunión de Onda, para cobrar y para acabar de una vez, y que no me lo hubiera dicho, y que llevara desde entonces callándoselo por el gusto de vernos dar vueltas a todos.
Esa hipótesis dura en mi cabeza exactamente lo que tardo en abrir el registro de accesos del edificio de oficinas, que es un fichero de texto feísimo, ordenado por número de tarjeta, que nadie mira desde que se instaló el sistema en 2018 y que sigue guardándolo todo porque nadie ha pagado nunca a nadie por configurarle un borrado.
El miércoles 18 de febrero la tarjeta de Ona Falguera entra a las seis y cuatro y sale a las catorce y once, y no hay segunda entrada en todo el día.
El jueves 19 entra a las seis y siete y sale a las catorce y nueve.
El certificado escaneado lleva impresa en el pie la fecha del miércoles 18 y una hora: dieciocho cuarenta y dos.
A las dieciocho cuarenta y dos del miércoles 18 esa mujer llevaba cuatro horas y media fuera de esta empresa, y a esa hora, además, yo sé dónde estaba, porque a las siete menos cuarto de aquella tarde me llamó desde su casa, con la televisión de fondo, para decirme que el palé que le había prometido yo el lunes no se lo habían bajado a laboratorio ni el martes ni el miércoles, y que se lo bajaran el jueves antes de las ocho o que se olvidaran del jueves.
Nunca se lo bajaron.
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La lista de personas que han tenido delante originales suficientes de esa firma como para estudiarla no es corta, y esa es la parte que me tiene el lunes hasta las tres de la tarde en la sala sin ventanas.
Los certificados de ensayo firmados por ella salen del laboratorio a la bandeja de expedición, de ahí a administración de planta, de ahí al archivo digital, de ahí al departamento de exportación de Onda y de ahí, en copia, a los agentes de aduanas de tres países.
Por esa cadena pasan al año unos mil doscientos documentos con su firma al pie.
Los ve el jefe de expedición. Los ve la administrativa que escanea.
Los ve la gente de exportación. Los ve, si le da por mirarlos, cualquiera con acceso al servidor, que somos cuarenta y tantos.
Así que por ahí no se llega a ninguna parte, y a las dos y media dejo de intentarlo y le doy la vuelta al problema, que es lo que habría que hacer siempre desde el principio.
No importa quién pudo. Importa quién tuvo que.
Un certificado escaneado con fecha del miércoles 11 a las dieciocho cuarenta y dos no lo mete en el expediente digital una persona que pasa por allí.
Lo mete alguien con permiso de escritura en la carpeta de calidad, que en este grupo tienen cuatro personas, y esas cuatro personas están todas en la lista de correo que administra mi tía desde 2016 porque en su momento le pareció que el archivo de calidad era demasiado importante para dejárselo a informática.
Y hay otra cosa, más pequeña y más fea, que llevo una hora rondando sin querer mirarla de frente.
Para que esa firma le saliera bien a alguien, ese alguien tuvo que practicar encima de un original.
No de un escaneo: de un original, con la presión del bolígrafo a la vista, porque el arranque de la O de esa mujer solo se entiende si ves dónde clava la punta.
Y los originales en papel de los certificados de ensayo no están en el servidor.
Están grapados en las carpetas de anillas del archivo, una por trimestre, ordenadas por año y por sociedad y etiquetadas a mano con rotulador negro.
En una habitación de Vila-real donde no entra nadie.
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Neus está en la planta esa misma tarde, en el despacho de administración de arriba, con dos carpetas de anillas abiertas sobre la mesa y una tercera cerrada encima de la silla de al lado, y cuando entro me señala esa silla con la barbilla para que la despeje yo mismo, cosa que hace siempre y que a estas alturas ya no me molesta.
Me siento a la izquierda de la mesa.
Lo hago sin decidirlo del todo, y lo noto en cuanto apoyo el codo: desde aquí, con mi tía a mi izquierda, tengo el oído reventado hacia ella y el bueno hacia la ventana.
Voy a oír una de cada tres palabras si no sube la voz, y mi tía Neus no ha subido la voz en su vida, y cuando quiera decirme algo importante va a tener que decírmelo dos veces o va a tener que levantarse y rodear la mesa.
En diecinueve años he elegido el sitio en todas las habitaciones en las que he entrado, y siempre a la derecha. Hoy he elegido a la izquierda por primera vez y no me ha costado nada.
— El 4471 — digo.
— Salió. Ya lo sabes.
— Con un certificado firmado el miércoles a las seis y cuarenta y dos de la tarde por una técnica que estaba en su casa desde las dos.
Neus pasa una hoja de la carpeta que tiene abierta y anota una cifra en el margen con el bolígrafo, y no contesta.
— Otra vez — digo.
— No he dicho nada.
— Por eso.
— Los camiones estaban parados y el cliente tenía una fecha — deja el bolígrafo en la canaleta de la carpeta, paralelo al borde, y junta las manos encima del papel —.
Se resolvió. Y no lo resolvió nadie con un cuchillo ni con una llamada rara: lo resolvió una persona con un bolígrafo, en un despacho, en cuatro minutos.
Que es lo que hacemos nosotros desde el setenta y cuatro, y por eso este grupo tiene tres plantas y los que hacían las cosas de otra manera no tienen ninguna.
— ¿Quién?
— Eso no lo vas a saber tú — dice —, porque si algún día te lo preguntan quiero que no lo sepas y se te note.
Me levanto y voy hacia la ventana, que da al patio de expedición, y desde ahí abajo se ven cuatro carretillas moviendo palés y una fila de camiones con el motor en marcha, y todo funciona, y esa es la parte que nadie de fuera entiende de este negocio: que funciona.
— Tía — digo, y bajo la voz —. Un certificado de ensayo de producto es un documento de una persona física habilitada, no de la empresa. Si eso se abre, no responde el grupo. No responde una sociedad. Responde la persona cuyo nombre está en el papel.
— Ya.
— Y la persona cuyo nombre está en el papel no lo firmó.
— Eso lo dirá ella — dice Neus —. Y quien la crea, que la crea.
Me quedo de espaldas, con las manos en el alféizar, mirando cómo una carretilla mete un palé en la caja de un camión y sale marcha atrás sin mirar por dónde va, porque ese hombre lleva veintidós años haciendo lo mismo en el mismo sitio y podría hacerlo dormido.
— Hay una cosa que no me cuadra — digo —. El 4471 se paró el nueve, y ella volvió a decir que no delante de un notario el lunes dieciséis. El certificado apareció firmado el miércoles con fecha del miércoles. En medio hay dos días.
— ¿Y?
— Que en dos días no se aprende a hacer una firma ajena con tres trazos separados — me vuelvo —. Esa firma la tenía alguien preparada de antes.
Y por primera vez en toda la conversación mi tía Neus hace algo con la cara. No mucho: levanta las cejas un milímetro y las baja, y vuelve a coger el bolígrafo.
— Jaume, en esta casa hay preparadas muchas cosas que no se usan nunca — dice —. Igual que hay un extintor en cada pilar de esa nave y no se ha disparado ninguno en cincuenta años. Y el día que se dispare uno no vas a ir preguntando quién lo puso ahí.
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Salgo de la planta a las ocho de la tarde y subo a la Foia por la CV-20 con la ventanilla bajada dos dedos y sin encender la radio, y hago los cincuenta y un minutos en cincuenta y uno, pensando en cómo funciona esto por dentro, que es lo único que sé hacer.
Hasta el jueves 19 de febrero, esta mujer y este grupo estaban atados por una cosa que se podía deshacer: yo. La prenda. Si ella hablaba, me pasaba algo a mí, y esa es una atadura sucia pero simétrica; ella tiene una pistola, yo estoy delante, y todo el mundo en esa mesa sabía lo que había.
Desde el jueves 19 de febrero hay otra cosa encima, y es la que importa.
En el expediente de un lote que ha cruzado la aduana de Orán con material declarado que no coincide con el material embarcado hay ahora un documento con el nombre y el número de habilitación de Ona Falguera Miravet.
Ese documento la convierte, en el momento en que alguien tire del hilo, en la única persona física identificable de toda esta cadena.
Los cubos blancos no llevan nombre. El albarán lo firma una empresa.
El CMR lo firma un conductor que transporta lo que le dan.
La reserva de barco la hace un consignatario que no ha abierto un palé en su vida.
Solo hay una firma humana en todo el expediente, y es la suya, y es falsa, y el que dice que es falsa es el que la ha falsificado.
Una técnica de laboratorio de veintinueve años que cobra dos mil doscientos euros en dos nóminas, que acaba de firmar ante notario un reconocimiento de deuda de seiscientos mil euros a su favor con esta misma familia, que vive desde hace diez días en casa del heredero del grupo, y cuyo padre cumple condena por el incendio de una fábrica de esta misma casa.
Eso, delante de un instructor, no es una víctima. Eso es un móvil, una relación y un precio.
Y lo peor de todo, lo que me tiene los últimos veinte kilómetros con las dos manos apretadas en el volante, es que esta jugada tiene una elegancia que reconozco.
No hay una amenaza, no hay un hombre en una puerta, no hay nada que se pueda contar en una declaración sin que suene a novela: lo que hay es un papel, y en ese papel hay un nombre que no es el de nadie de esta familia, y ese papel lo ha metido en el expediente alguien que sabía perfectamente que el día que esto se abra, el instructor va a hacer lo que hace todo el mundo con una montaña de documentos: buscar a la persona física.
En este negocio se aprende pronto que a las empresas no las mete nadie en la cárcel.
A las empresas se las multa, se las liquida, se las vende y se las vuelve a montar con otro nombre en el mismo polígono con la misma gente.
En la cárcel entran las personas, y de todas las personas que hay en una cadena de exportación, la que entra es la que firmó.
Ya ha pasado una vez, en esta misma casa, en agosto de 2019, y entonces el que firmó fue un encargado de horno de cincuenta y un años.
Aparco en la era del Mas de la Foia a las nueve menos veinte. Está oscuro y hace frío y huele a leña, porque la mujer que sube de Eslida ha encendido la chimenea de abajo antes de irse. En la almazara hay luz por las rendijas de la puerta y se oye el zumbido del horno de sobremesa.
Me quedo en el coche con las manos en el volante y el motor apagado.
Lo que hay que hacer ahora es entrar ahí y decírselo, y decírselo entero, y decírselo esta noche, porque esa mujer se ha ganado en once días el derecho a que en esta casa nadie le administre la información.
Y en cuanto se lo diga, se acabó el equilibrio: ella deja de ser la que tiene el arma y pasa a ser la que tiene el problema, y a partir de ese minuto todo lo que haga lo hará con una imputación colgando.
Me tiro del guante de la mano derecha, un tirón corto, y me lo dejo puesto.
Después me bajo del coche y cruzo la era hacia la luz de la almazara, y en los treinta metros que hay hasta la puerta lo tengo del todo claro por primera vez desde el 9 de febrero.
La prenda ya no vale nada. Yo era la garantía de que ella no hablara, y resulta que ya no hace falta ninguna garantía, porque ahora si ella habla no me hunde a mí.
Se hunde ella.