Capítulo 7
La primera decisión que tomo en el Mas de la Foia la tomo el segundo día, a las siete y cuarto de la mañana, y consiste en bajar a desayunar a la cocina en lugar de esperar a que se vaya todo el mundo.
Podría no hacerlo. Podría quedarme arriba con un café de la máquina hasta las nueve, salir cuando el patio esté vacío, meterme en la almazara y no cruzarme con nadie en cuatro meses, que es lo que esta gente espera de una mujer a la que han subido aquí para tenerla callada.
En una planta cerámica al que se esconde se lo comen.
Once años me ha costado aprender que la única manera de que no te muevan la mesa es sentarte a ella todos los días a la misma hora hasta que la mesa sea tuya, así que bajo a las siete y cuarto, me sirvo café de la cafetera grande, cojo una silla y me siento.
En la cocina del Mas de la Foia, a esa hora, hay tres o cuatro personas todos los días.
Está la mujer que sube de Eslida a llevar la casa, que tiene mi edad más o menos y que el primer día me dijo su nombre y desde entonces me habla del tiempo con una amabilidad de acero inoxidable.
Está el hombre que lleva los alcornoques y el pozo, que entra, se bebe un café de pie en cuatro tragos y se va.
Está a veces un chico joven que trae papeles de la planta de Onda en una carpeta y que no se sienta nunca.
Y está el Rullo.
Benet Gimeno lleva doce años conduciendo para esta familia y antes de eso hizo doce en la ruta de Argelia con tráiler, y las dos cosas se le notan en que este hombre no habla de nada que no se pueda pesar o cronometrar.
Es calvo desde los treinta, tiene un rizo imposible en la nuca que sobrevive a todos los cortes de pelo, y se sienta siempre en la esquina de la mesa que da a la puerta.
— Bon dia — me dice el segundo día.
— Buenos días.
— Ahí hay pan de ayer y hay pan de hoy. El de ayer está mejor, que este de hoy lo han hecho con prisa.
Y eso es todo lo que dice el martes. El miércoles me dice que la CV-20 está cortada en el kilómetro once por una obra y que si tengo que bajar salga por Aín, que son once kilómetros más pero se tarda cuatro minutos menos.
El jueves, cuando le pregunto cuántos camiones tiene parados el grupo, me contesta sin levantar la vista de la taza.
— Ninguno desde el jueves pasado — dice —. El 12 salió con los otros trece. Trescientas ochenta toneladas en dos días. Ahí donde lo ve, eso son once mil kilómetros de golpe.
Me quedo con la taza a medio camino.
— ¿El 12 salió?
— El 12 salió.
— ¿Con el 4471?
Benet Gimeno se termina el café, deja la taza en el fregadero y la enjuaga, que la enjuaga siempre y es lo único doméstico que le he visto hacer, y coge las llaves del gancho.
— Yo del papeleo no sé — dice —. Yo sé que salió con veinticuatro mil ochocientos kilos y que llegó a puerto a las once y diez.
———
El 4471 salió, y yo no he firmado nada.
Me paso el jueves entero en la almazara moliendo muestras y calculando, y no calculo la fórmula que tengo entre manos, sino la otra cosa: las tres maneras que hay de sacar un lote sin mi firma.
La primera es que lo haya firmado otro técnico habilitado del grupo, y no hay otro, porque el segundo lleva de baja desde noviembre y su habilitación está suspendida.
La segunda es que hayan sacado el material sin certificado, jugándosela en la aduana de Orán, que es una posibilidad que descarto en cuatro minutos porque esta gente no se la juega nunca en la aduana: se la juega antes o no se la juega.
La tercera no la escribo en el cuaderno. La tercera me la quedo dentro de la cabeza dando vueltas mientras muelo cobalto, y la muelo mucho más fino de lo que hace falta.
Porque hay una cosa que aprendes en un laboratorio de control antes que ninguna otra, y es que un resultado imposible nunca es imposible, porque lo que falla siempre es la muestra.
Cuando una probeta de porcelánico te da un cuatro por ciento de absorción, la física sigue exactamente donde estaba y lo que ha ocurrido es que alguien te ha subido una pieza de otro lote.
Y entonces se deja de preguntar cómo ha podido pasar esto, que no lleva a ningún sitio, y se empieza a preguntar qué tendría que ser verdad para que esto fuera normal.
Y para que un lote salga a nombre mío sin que yo haya escrito mi nombre, lo único que tiene que ser verdad es que alguien lo escribiera por mí.
Lo escribo así, en el cuaderno, sin sujeto, y me quedo mirando la frase un rato largo.
Después la tacho con dos rayas y encima pongo la fecha, que es lo que me enseñó Amparo Segarra el primer mes: en un cuaderno de laboratorio no se borra nada, se tacha, y se tacha dejándolo legible, porque el día que tengas que explicar cómo llegaste a una conclusión, lo que te salva es el camino, y el camino está entero en lo que tachaste.
Por eso se tacha y no se borra.
Esa noche, en la cocina de la Foia, ceno de pie junto a la encimera y no le pregunto nada a nadie. Y a la mañana siguiente bajo otra vez a las siete y cuarto, y me siento en la misma silla.
———
Neus Bonastre sube a la Foia el viernes a las cinco de la tarde, sin avisar, y aparca su coche, un utilitario gris de tres o cuatro años, discreto hasta la ofensa, el coche que se compra quien podría comprarse cualquier otro, justo debajo del alcornoque grande de la era, en el único sitio donde no le va a caer sol en el parabrisas.
Yo estoy en la almazara con las dos hojas de la puerta abiertas y el horno de sobremesa en la meseta de novecientos veinte. Ella se queda en el umbral, sin entrar, con el bolso en el antebrazo.
— Buenas tardes. He venido a darle la bienvenida.
— Lleva usted cinco días para venir a darme la bienvenida.
— He tenido cierre de mes — dice, y entra dos pasos, y se para —. ¿Molesto?
— Sí. Pero pase.
Y esto es lo que hace mi enemiga durante los cuatro minutos siguientes: no me amenaza, no levanta la voz, no me toca, no se sienta y no mira una sola vez el horno, que es lo único que hay en esta habitación que se mueve y hace ruido.
Mira las etiquetas de los botes.
Va pasando por delante de la balda que he montado con dos caballetes y una plancha, leyendo con los ojos entornados, sin acercarse, y va diciendo los nombres a media voz igual que se lee una lista de la compra: cobalto, cromo, hierro, manganeso, estaño.
Después mira el cuaderno abierto sobre la losa, del que desde donde está no puede leer una palabra.
— Mi hermano montó la primera nave en el setenta y cuatro con un préstamo de novecientas mil pesetas y una máquina de segunda mano de Sassuolo — dice —. Cuando entré yo, en el noventa y ocho, las cuentas de todo esto estaban en un cuaderno igual que ese. Con las tapas de hule.
— Ya.
— La gente cree que esto lo levantó Roc. Roc levantó las paredes — se ajusta el puño de la chaqueta —. Usted, que es técnica, lo entenderá mejor que la mayoría: en una fábrica el que manda es el que sabe dónde está cada cosa. Y el que sabe dónde está cada cosa es el que la ha apuntado.
— ¿Eso es un consejo?
— Es una biografía. Los consejos los doy más tarde.
Cojo las pinzas, abro la tapa del horno de sobremesa un dedo para ver el color de la cámara y la vuelvo a cerrar, y no le ofrezco una silla, y ella no la pide.
— Señora Bonastre, ¿el lote 4471 salió el jueves pasado?
— Sí.
— ¿Y con qué papel?
— Con el suyo.
Y ahí lo dice, así, sin una pausa antes ni después, mirándome a los ojos con esa cara que no se le mueve, y sigue andando hacia la puerta con la misma naturalidad con la que acaba de darme la hora.
El pulgar se me va solo al índice, al azul de cobalto, y lo froto dos veces antes de obligarme a parar y a meter las dos manos en los bolsillos de la bata.
— Yo no firmé ese papel.
— Ya lo sé. Usted no firmó. Eso lo sé yo, lo sabe Jaume y lo sabe la persona que lo firmó — dice Neus —. Y ahora también lo sabe usted.
———
Lo que viene después son dos minutos de conversación sobre l'Alcora.
Los cuento. Los cuento porque desde el momento en que esta mujer dice la palabra Alcora yo empiezo a contar segundos igual que cuento la meseta de una cocción, para no hacer otra cosa con la cabeza.
Me pregunta si conozco el museo. Me dice que su madre era de allí y que el ciclo superior de diseño cerámico lo montaron cuando ella tenía treinta y tantos y que le pareció una buena idea, que hacía falta gente que supiera dibujar y que en este sector se dibuja fatal.
Me cuenta que el edificio nuevo tiene los talleres orientados al norte, que es lo que hay que hacer, y las aulas teóricas al sur, que es un error, porque a media mañana el sol da de plano en la pizarra y no se ve nada.
— A las once de la mañana, en el aula tres, del segundo curso — dice —, hay que bajar la persiana y encender la luz. Es absurdo. Un edificio nuevo.
Y sigue andando hacia la puerta.
Yo tengo veintinueve años, llevo once en una fábrica y he aprendido a no reaccionar a nada delante de nadie, porque en una fábrica la que reacciona pierde.
Sigo con las pinzas en la mano. No cambio el peso de un pie al otro.
No pregunto qué quiere decir con eso, que es exactamente lo que ella está esperando, y no lo pregunto porque no hace falta preguntarlo: mi hermana Núria está en segundo del ciclo superior de diseño cerámico de l'Alcora, y a las once de la mañana está en clase de teoría, y a la clase de teoría del segundo curso no se puede llegar por casualidad en una conversación sobre arquitectura escolar.
— Es un edificio muy bien hecho — digo —. Lo que pasa es que la orientación se decide antes que el programa.
— Exacto — dice Neus —. Eso es exactamente lo que pasa.
— Nosotros no hacemos las cosas de mala manera, señora Falguera — se para en el umbral, ya con medio cuerpo fuera y la luz de la tarde detrás, y se vuelve —.
Nunca las hemos hecho. Se lo digo yo, que llevo aquí desde antes que todos ellos — y por primera vez en toda la visita el tono le baja un punto y se le pone casi cordial, que es lo peor que ha hecho hoy —.
Usted ha pedido tres cosas y le hemos dado tres cosas.
Ahora lo que hay que hacer es trabajar y estar tranquilos hasta junio.
— ¿Qué pasa en junio?
— Que se cierra el semestre — dice —. Eso se arregla solo si nadie lo toca.
Y se va.
———
La oigo bajar por la era, abrir el coche, cerrar la puerta, arrancar.
La oigo pasar el badén despacio, que es lo que hace la gente que conoce el camino.
Me quedo de pie en la almazara con las pinzas en la mano y el horno de sobremesa entrando en el enfriamiento, y hasta que el ruido del motor no se pierde del todo camino abajo no me muevo.
Después me siento en el taburete y hago lo que hago siempre que algo se me sale de la tolerancia, que es reconstruir el proceso desde el principio, paso a paso, buscando en qué punto de la rampa se torció.
Ha llegado a las cinco. Ha entrado dos pasos.
Ha leído las etiquetas. Ha hablado del setenta y cuatro, del cuaderno de hule y de quién manda de verdad en una fábrica.
Ha dicho que el 4471 salió con mi firma.
Ha hablado de la orientación de las aulas de l'Alcora durante dos minutos y cuatro segundos.
Ha dicho que hay que estar tranquilos hasta junio. Se ha ido a las cinco y nueve.
Y hay algo más, y llevo diez minutos con ese algo más rondándome sin cogerlo, y cuando lo cojo tengo que apoyar las dos manos en la losa del molino.
No me ha dado la mano.
Ni al llegar ni al irse. No ha habido un apretón, ni dos besos, ni una palmada en el hombro, ni el roce de dejarme una tarjeta en la mano.
En veinticinco minutos de conversación dentro de una habitación de veinte metros cuadrados, esa mujer no ha reducido en ningún momento la distancia entre su cuerpo y el mío por debajo del metro, y cuando ha entrado y cuando ha salido ha llevado el bolso en el antebrazo derecho, que es el brazo con el que se saluda.
Yo he estrenado cuatro trabajos en mi vida y en los cuatro me ha dado la mano un desconocido el primer día.
A una persona a la que no piensas volver a ver le das la mano.
A una persona a la que odias le das la mano.
A un inspector, a un cliente que te está reclamando cuarenta palés, al abogado que acaba de meter a tu padre en la cárcel: la mano se da.
Es lo primero que hace un cuerpo cuando se cruza con otro y decide que va a haber trato.
Neus Bonastre ha subido veinte kilómetros de camino de tierra para decirme dónde está mi hermana a las once de la mañana, y no ha querido tocarme ni con dos dedos.
Y hay una manera de leer eso que es la fácil y que es la que se le ocurriría a cualquiera, que es que le doy asco, que soy la hija del que se comió el marrón y que en esa casa a la gente como yo se la trata con guantes.
Esa lectura la descarto en dos minutos y la descarto por el mismo motivo por el que se descartan las hipótesis bonitas en un laboratorio: porque no explica los datos.
Si fuera asco, me habría dado la mano y se habría lavado después.
La gente que desprecia cumple con el rito y se limpia luego; el rito es precisamente lo que le permite despreciar sin coste.
Lo que ha hecho esta mujer es otra cosa.
Ha entrado en una habitación de veinte metros y ha calculado sus trayectorias para no rozarme, y lo ha hecho sin que se le notara el esfuerzo, con la soltura de quien lleva treinta años haciéndolo con todo el mundo.
Y a la gente no se le deja de tocar por lo que uno piensa de ella. Se le deja de tocar por lo que uno piensa de sí mismo.
Cojo el cuaderno, escribo la fecha, y apunto tres líneas: cinco de la tarde, veinticinco minutos, sin contacto físico.
Aula tres, segundo curso, once de la mañana.
Y debajo, subrayado dos veces, lo único que de verdad me llevo de hoy, que es que Neus Bonastre ha venido a enseñarme dónde tengo yo la grieta y se ha ido sin darse cuenta de que me ha enseñado dónde tiene la suya.