Lo que el fuego no devuelve Capítulo 6
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Capítulo 6

El lunes por la mañana meto en el maletero dos cajas de plástico, una maleta de cabina y una caja de cartón cerrada con cinta que pesa lo que pesa un palé pequeño y que ella ha subido sola desde el tercero sin ascensor de la calle Enmedio, negándose dos veces a que la ayudara, la segunda sin mirarme.

— Esto no es el camino — dice ella, y no lo dice alarmada: lo dice como quien corrige una cifra.

— No.

— ¿Y qué es?

— Cinco minutos.

Betxí a las nueve y media de la mañana de un lunes de febrero es una calle ancha, una furgoneta de reparto en doble fila y las persianas de la carnicería subiendo.

La nave de La Vella está al final del camino viejo, detrás del cementerio, con la valla de obra puesta en el diecinueve y las cintas de plástico ya deshilachadas, y desde la carretera solo se le ve la chimenea, cuarenta metros de ladrillo con el nombre pintado que la lluvia lleva seis años comiéndose por la parte de arriba.

Aparco en la explanada de tierra y me bajo.

El aire está quieto y huele a leña de las casas y a tierra mojada, y la nave está exactamente igual que la última vez que vine, en marzo de 2020, con un perito y un abogado: el tejado hundido en dos tramos, el hollín subiendo por la fachada norte desde los huecos de las ventanas, las puertas de la nave de bizcocho cerradas con una cadena y un candado que a estas alturas no debe de abrir ya nadie.

Pegada al muro sur, compartiendo medianera con la fábrica, está la casa de Quico Arnau.

Y Quico Arnau está en la puerta, sentado en una silla de anea, con el sol de la mañana en la cara y una petaca abierta en el regazo, liándose un cigarro con esa parsimonia de los que tienen todo el día.

— Bon dia, Quico.

— Bon dia — dice, sin levantarse y sin dejar de liar —. Ja plovia menys.

Este hombre tiene setenta y cuatro años, fue el último hornero de La Vella y se jubiló en el dieciocho, un año y tres meses antes de que todo esto pasara.

Vive aquí desde el setenta y ocho porque la casa venía con el trabajo y nadie se la ha pedido nunca.

Enciende el cigarro, le da una calada, y el humo le sale casi entero por la boca, porque no lo traga; nunca lo ha tragado.

Ona Falguera se ha bajado del coche y está de pie junto a la puerta, mirando la chimenea con la cabeza echada hacia atrás y las manos en los bolsillos del abrigo.

— Esta és la xiqueta de Tonet — dice Quico, y no es una pregunta.

— Sí.

— Ja m'ho pareixia. Té la manera de mirar del pare — se rasca la ceja con el pulgar y se queda mirando también hacia arriba, hacia la chimenea, y luego hacia mí —. I tu què has vingut a mirar?

— Nada. Pasaba.

— Ningú passa per ací, Jaume. Ací s'acaba el camí.

Se levanta despacio, con las dos manos en los brazos de la silla, y me da la espalda para entrar en casa, y ya desde el marco de la puerta, sin volverse, dice lo que ha venido a decir desde que hemos aparcado.

— Això ho sé jo i el foc — dice —. I el foc no parla.

Y entra en casa y deja la puerta abierta, que en este pueblo significa que no te ha echado.

Vuelvo al coche. Ona Falguera sigue de pie en el mismo sitio, con la cabeza echada hacia atrás y las manos en los bolsillos, y lleva así los cuatro minutos largos que ha durado todo esto.

— ¿Ya has visto lo que querías ver? — dice.

— No he visto nada.

— Ya. Yo tampoco — baja la cabeza por fin y se sube el cuello del abrigo —.

Mi padre entró a trabajar ahí en el ochenta y nueve con veintiún años y salió en el diecinueve con cincuenta y uno esposado, y esa chimenea la he visto desde el coche cuatro veces por semana durante toda mi infancia, y sabía por el humo si le quedaba turno o si estaba a punto de salir. Eso es lo que he visto.

— ¿Por el humo?

— Por el color del humo — dice, y se mete en el coche.

———

El Mas de la Foia está a seiscientos metros sobre Eslida, en una vuelta del camino de tierra que sube hacia Aín, y para llegar hay que pasar dos rejas y un badén que se lleva por delante los bajos de cualquier coche que no conozca la casa.

Son dos hectáreas de alcornoques pelados hasta la primera cruz, con la corteza roja de los que se sacaron hace tres años, un pozo de mil ochocientos y una masía de piedra de dos alturas con la fachada al sur y un porche de vigas.

Aquí en febrero hace un frío distinto al de abajo: seco, sin humedad, con el viento de poniente bajando de la sierra por las tardes. Y hay un silencio que a la gente de la Plana le dura tres días y luego la pone nerviosa.

— Arriba hay dos habitaciones — digo, sacando las cajas del maletero —. La del fondo es la mía. La otra da al este y por la mañana se pone imposible de luz. Hay una tercera abajo, junto a la cocina, que está fría.

— Me quedo la del este.

— Sale el sol a las siete y veinte.

— Y yo me levanto a las seis.

Deja la maleta en el porche, mira la casa entera de arriba abajo, cuenta las ventanas, y luego se gira ciento ochenta grados y mira el resto: el pozo, el bancal de arriba, el corral, la caseta de aperos y el edificio bajo que hay a la izquierda de la era, con la puerta de doble hoja y el tejado a un agua.

— ¿Y eso qué es?

— La almazara vieja. Se molía aceite hasta los sesenta.

— ¿Hay corriente?

— Hay corriente, hay un fregadero y hay una toma de agua del pozo.

— ¿Y trifásica?

Y ahí es donde entiendo que esta mujer no ha subido a esta casa a esperar a que se le pase.

— Hay trifásica — digo —. Del motor de la bomba.

— Perfecto — dice, y coge la caja de cartón pesada del maletero, la que ha subido sola desde su piso, y se va con ella hacia la almazara sin preguntarme si puede.

———

A las dos horas la almazara vieja es un laboratorio.

Y lo es de verdad, y yo he montado tres laboratorios de planta en mi vida y he pagado por ellos lo que cuestan.

Sobre la piedra del molino, que es una losa de un metro veinte perfectamente plana y perfectamente estable, ha puesto un mantel de plástico y encima una balanza de precisión, un juego de tamices, un molinillo de mano, veintitantos botes de cristal etiquetados con esparadrapo y rotulador, y una plancha de sesenta por sesenta que ha apoyado contra la pared para tener un patrón blanco.

En el fregadero ha metido una bandeja con agua.

En un rincón, encima de dos palés, un horno de ensayos de sobremesa, de los pequeños, de treinta por treinta de cámara, que es la caja de cartón que subía y bajaba escaleras.

Los botes tienen nombres escritos con abreviaturas de laboratorio y son óxidos: cobalto, cromo, hierro, manganeso, estaño. Los ha traído de su casa.

— ¿Esto es tuyo? — pregunto.

— Esto es mío, comprado con mi dinero y declarado — no levanta la cabeza del tamiz —. Y si un día alguien de tu familia decide que le pertenece, que me lo diga y hacemos inventario.

— Nadie te va a tocar nada.

— Ya. Eso es exactamente lo que le dijeron a mi madre.

Me pongo a su derecha, apoyado en el murete del molino, y la dejo trabajar. Tarda once minutos en decirme lo siguiente, y en esos once minutos pesa cuatro muestras, apunta cuatro números y se recoge el pelo con la goma que lleva en la muñeca izquierda.

— La curva del horno tres de Valdús — dice —. La rampa de la zona de precalentamiento. ¿Quién la puso?

— Yo. En el veintiuno.

— Está mal.

Y ahí levanta la cabeza, por fin, y me mira con las cejas un poco altas, esperando.

— Está mal desde el veintiuno — digo —. Y llevamos cuatro años sacando material dentro de tolerancia.

— Está dentro de tolerancia y está mal, que son dos cosas que caben juntas.

Subes cuarenta grados por minuto entre los quinientos y los seiscientos.

Ahí es donde el cuarzo cambia de fase y la pieza pega un salto de volumen, y tú la estás cruzando corriendo porque quieres bajar el ciclo a cuarenta y dos minutos.

Por eso tienes rechupe en la esquina inferior derecha de un tres por ciento de la producción.

— Un tres por ciento de rechupe se vende igual.

— Se vende igual. Pero tu tono B7 y tu tono B9 no son dos tonos: son el mismo tono cocido con dos velocidades distintas, y tú les estás pagando a dos personas para clasificarlos en cajas diferentes.

Me quedo callado. Fuera, en la era, el viento mueve la cadena de la reja contra el hierro.

— ¿Y por qué no lo has dicho antes? — pregunto —. Llevas cuatro años clasificando ese material.

— Lo dije en marzo del veintidós, por escrito, con una hoja de incidencia y tres gráficas — coge el tamiz de cien micras y lo golpea dos veces contra el canto de la losa para asentar la muestra —.

Me contestó el director de calidad que había entonces, el del abrigo bueno, que la propuesta era interesante y que la tendríamos en cuenta en la revisión anual del proceso.

Y en la revisión anual del proceso no estaba yo, porque a la revisión anual del proceso van los de jornada completa.

— Yo no he visto esa hoja.

— Pues estará en algún sitio, porque yo apunto la fecha de todo.

Me enseñó a hacerlo Amparo Segarra el primer mes — levanta la cabeza y me sostiene la mirada un segundo de más —.

Y no me pongas esa cara, que no te lo estoy echando en cara a ti.

Te lo estoy echando en cara a este grupo, que es distinto y es peor, porque a ti se te puede contestar.

— Enséñamelo — digo.

— ¿El qué?

— Eso. Con material. Enséñamelo.

Y entonces esta mujer hace algo que no le he visto hacer en once días: sonríe media sonrisa, de un lado, muy poco, y se agacha a por la pieza que trajo envuelta en un paño de cocina, y la pone en el canto sobre la losa de piedra, y me señala la esquina inferior derecha con la uña.

Tiene la yema del índice azul. Tiene una cicatriz blanca en el dorso de la mano.

Tiene once años de horno metidos en el pulso con el que sostiene una baldosa de tres kilos en vertical sin que se le mueva un milímetro, y yo llevo desde los siete años metido en esto y no he visto nunca a nadie coger una pieza así.

— Aquí — dice —. Medio punto al verde. Y en tu carta de tonos eso está en la casilla de al lado.

Me inclino sobre la losa. Ella no se aparta.

Estamos los dos a un palmo de la misma esquina de una baldosa, con la cabeza a la misma altura, y en la almazara hace ocho grados y huele a piedra fría y a aceite de hace sesenta años, y durante unos segundos ninguno de los dos dice nada ni se mueve, y el problema no es la baldosa.

— Otra vez — digo.

— ¿Otra vez qué?

— Lo del cuarzo. Desde el principio.

— Lo del cuarzo desde el principio son cuarenta minutos.

— Tengo cuarenta minutos.

Y me los da, y salen veintidós, porque al minuto veintitrés sube el coche por el camino.

Pero en esos veintidós minutos esta mujer coge un lápiz y el reverso de un albarán que hay tirado en la almazara y me dibuja una curva de cocción a mano alzada, con los ejes y las cifras, y me la va explicando por tramos, y no me la explica como se explica una cosa a un jefe.

Me la explica como se la explicaría a otro que supiera.

Es la primera vez en diecinueve años que alguien de esta empresa hace eso conmigo.

La gente de aquí me explica las cosas hacia arriba: me traen el problema envuelto en tres capas de contexto para que yo diga que sí o que no, y se van.

Esta va y me dibuja el problema entero, con el eje de temperaturas mal escalado y una goma que no tiene, y a mitad del segundo tramo me corta y me pregunta si me acuerdo del sonido que hace un horno cuando el ciclo va corto.

— Sí.

— Pues eso.

— Eso no es un argumento técnico.

— Eso es exactamente un argumento técnico — dice, y golpea el lápiz dos veces contra la piedra —. Lo que pasa es que no lo puedes poner en un informe.

———

Tengo veintidós, porque a las doce y cuarto sube un coche por el camino de tierra dando tumbos en el badén, y por el ruido del cambio ya sé quién es antes de salir.

Ximo aparca torcido en la era, se baja con el móvil en la mano y las gafas de sol puestas con un día nublado, y viene hacia la almazara hablando desde quince metros.

— ¡Cosinet! Que me manda mi madre a traerte unos papeles y de paso me quedo a comer, que en tu casa se come de puta madre y en la mía comemos yogur — se para en la puerta, ve a Ona en el molino con la bata puesta, y levanta las dos manos —. Ah. Perdón. Hola. Yo no he visto nada, ¿eh? No me rayes.

— Los papeles.

— En el coche. Ahora.

Y en lugar de ir al coche, se apoya en el marco de la puerta y se pone a pasar fotos en el móvil con el pulgar, buscando una que quiere enseñarme y que no encuentra, y va comentando en voz alta todas las que pasa, que es lo que hace este hombre desde que tiene teléfono con cámara: fotografiarlo todo y contarlo todo.

— Mira, esta es de la comida del sábado... esta es mi madre, que sale fatal, no se lo digas... esta es del almacén, que me mandó a contar palés, a mí, a contar palés, hazte cargo...

Y ahí para el pulgar, porque ha llegado a la que buscaba, y me pone el móvil delante de la cara con la pantalla brillando.

No miro la foto que quiere enseñarme. Miro la de al lado, la que ha quedado a medio pasar en el borde izquierdo de la pantalla.

Un palé de gris perla de sesenta por sesenta, flejado, con la etiqueta de lote a la vista y el número 4471 legible, apoyado en un suelo de hormigón que no es el nuestro, bajo un techo de chapa con lucernarios que no es el nuestro, y al fondo, desenfocada, media puerta seccional verde.

En el muelle de Valdús no hay ni una sola puerta verde.