Capítulo 5
Me esperaba mármol. Lo que hay es una casa de pueblo de las de antes, entre medianeras, con la fachada pintada de un ocre que lleva sin repasarse desde hace por lo menos diez años, una puerta de garaje verde y una garita moderna al lado que desentona tanto que es lo único que delata que aquí vive alguien con dinero.
Dentro huele a lejía y a cocina. En el pasillo hay un aparador con fotos enmarcadas, y en dos de ellas hay un niño de unos ocho años sentado en el estribo de un camión, y en las dos ese niño es el único que no se está riendo.
Me hacen pasar a un despacho con la persiana a media altura. Son las once y veinte de la mañana de un lunes de febrero y yo he pedido el día libre por asuntos propios, y en algún momento de esta semana eso me va a parecer gracioso.
Hay tres personas. Roc Bonastre detrás de la mesa, con las gafas colgando de un cordón y un jersey de pico gris.
Jaume de pie, a la derecha de su padre, con la ventana a la espalda y los guantes puestos.
Y una mujer de unos cincuenta sentada en la butaca de al lado de la ventana, con falda y chaqueta de punto y un bolso en el suelo, junto a los pies, y una carpeta de anillas sobre las rodillas.
La mujer no se levanta cuando entro. Nadie me da la mano.
— Seieu — dice el viejo.
Me siento en la silla que hay enfrente de la mesa y dejo el bolso en el suelo, a mi izquierda, con la boca cerrada, porque dentro llevo la copia del folio y el cuaderno, y encima de todo, envuelta en un paño de cocina, la pieza del 4471.
Roc Bonastre pone mi folio sobre el tapete, lo alisa con la mano y deja la mano encima, y lo primero que veo de este hombre no es la cara.
Le falta la falange del índice derecho. Es un muñón corto, romo, con la piel muy lisa por encima, y está apoyado en el papel señalando hacia mí, y desde donde yo estoy sentada esa mano me está señalando desde el principio de la conversación sin que su dueño tenga que levantarla.
— Els tres punts, acceptats — dice.
———
Lo dice así, del tirón, antes de preguntarme cómo estoy o de decirme que se acuerda de mi padre o de gastar treinta segundos en el mal rato de 2019, que es lo que hace la gente cuando quiere que empieces a deberle algo.
Y a mí me pasa una cosa rara, que es que no siento nada.
Llevo seis años y medio construyendo esta conversación en la cabeza mientras nado a las siete de la mañana, doscientos largos y una frase por largo, y en todas las versiones había una discusión. En ninguna me decían que sí a los cuarenta segundos.
— Los tres — digo.
— Els tres.
— El dos también.
— El dos también — dice la mujer de la butaca —. Segorbe. Con unidad médica y módulo de enfermería. Por vía ordinaria, con su informe del equipo técnico y con el trámite que tiene que tener. Sesenta días es poco. Le digo noventa y le digo la verdad.
— Noventa.
— Noventa, y si a los noventa no está hecho, usted no habrá perdido nada, porque el uno y el tres irán antes — se toca la carpeta con dos dedos, la abre, cierra —. Yo soy Neus Bonastre. Llevo las cuentas de esto.
No me tiende la mano. No hace ademán de levantarse. Está sentada a metro y medio de mí y no ha reducido esa distancia ni un centímetro desde que he entrado, y sin embargo es la persona de esta habitación que más ha hablado.
— ¿Y qué quieren a cambio? — pregunto.
— Que firme lo que tiene que firmar y que siga firmándolo — dice Neus —. Y una condición del señor Bonastre que no se negocia.
———
Y aquí es donde el viejo empieza a hablar de verdad, y lo hace mirando la mesa, no a mí.
Habla del setenta y cuatro y de la primera nave, que era de tres crujías y tenía un horno de balsa que había que cargar y descargar a mano.
Habla de cuando el gas llegó a la Plana y de lo que costaba entonces un camión.
Habla, sin nombrarlo, del negocio que hace esta casa desde que existe, que es mover cosas que no son suyas dentro de cosas que sí lo son, y del seis por ciento que cobra por moverlas, y de que hay gente en la costa que necesita que su dinero, el de verdad, el de papel, viaje quinientos kilómetros dentro de veinticuatro toneladas de material que no abre nadie porque abrirlas cuesta dos horas de carretilla y un cliente cabreado.
— I la gent de fora sempre ha sigut el problema — dice.
Y entonces me explican la prenda.
Me la explica Neus, en castellano, ordenada, en cuatro minutos, con la carpeta cerrada sobre las rodillas y sin un solo adjetivo.
Que desde el setenta y cuatro, cuando en un asunto entra alguien que no es de la casa, no se le vigila ni se le compra ni se le toca a la familia, porque todo eso es caro.
Que lo que se hace es entregarle a esa persona a uno de los de dentro.
Que se dice delante de testigos. Que la persona de fuera sabe, desde ese día, que si el asunto se rompe por su boca, el que lo paga es ese y no ella.
— ¿Pagar cómo? — digo.
— Usted es una mujer de números — dice Neus —. No me haga decirlo.
— Yo soy una mujer de temperaturas. Dígalo.
Hay dos segundos de silencio y el viejo levanta el muñón dos centímetros de la mesa y lo vuelve a bajar, que es su manera de dar permiso.
— Con la vida — dice Neus.
En este despacho hay un aparador con fotos de familia, un calendario de una ferretería de Onda colgado de una alcayata y una mujer de cincuenta y dos años con una chaqueta de punto beige que acaba de explicarme, con la sintaxis de una circular interna, en qué condiciones muere una persona.
Fuera pasa una moto. Son las once y cuarenta de la mañana de un lunes de febrero.
— ¿Y quién es la prenda?
Jaume Bonastre, que no ha dicho una palabra desde que he entrado, se separa medio paso de la mesa de su padre.
— Yo — dice.
———
Lo primero que hago es reírme. No mucho, una sola vez, por la nariz, con la boca cerrada, y es la clase de risa que a mí me sale cuando alguien me trae un resultado de laboratorio que se ha inventado.
— Muy bien — digo —. Y yo me lo creo, claro. Yo me creo que el señor Bonastre me entrega a su hijo.
— No es mi hijo — dice el viejo.
Lo dice sin levantar la voz y sin apartar la mano del papel, y no lo dice para hacer daño, que eso se nota, y precisamente por eso es mucho peor.
Lo dice como se dice un dato de la ficha técnica.
En la habitación no pasa nada. Neus no se mueve.
Jaume no se mueve. Yo tampoco me muevo, y me llevo esa frase puesta y la voy a tener puesta durante meses.
— Es fill de la meua dona — añade el viejo, ya más bajo —. I porta este negoci.
— Ya.
— La prenda es real, señora Falguera — dice Neus —. Lo entiendo, no se cree usted que sea real, y hace bien, porque hoy en día la gente promete mucho. Se lo voy a poner de otra manera: pruébelo.
— ¿Cómo?
— Hable. Vaya a la Guardia Civil de Nules esta tarde, cuente lo de los cubos, y en tres meses lo comprueba usted en el periódico — Neus se ajusta el puño de la chaqueta de punto y me mira sin pestañear —. No hay ningún método de comprobación que no sea ese. Por eso funciona.
Me froto la yema del índice con el pulgar, ese azul de cobalto que llevo encima desde el jueves y que no sale con jabón, arriba y abajo, tres veces.
— ¿Y por qué él?
— Eso pregúnteselo a él.
———
Lo que viene después es lo que más me cuesta contar, porque no dura nada y me cambia entera.
Llega el notario a las doce y cuarto, un hombre de unos sesenta años con un maletín y prisa, y en el comedor de al lado, sobre un mantel de hule, se leen dos documentos en voz alta.
El primero es el reconocimiento de deuda: seiscientos mil euros, causa expresada, pago en un plazo de quince días hábiles, penalización por demora.
El segundo es mi contrato: directora técnica de laboratorio del grupo, tres plantas, firma propia, jornada completa, una sola sociedad, indemnización tasada en tres anualidades, y la cláusula que redacté yo y que el notario lee dos veces porque le llama la atención: la facultad de suspender la expedición de cualquier lote cuyos ensayos no cuadren, sin necesidad de motivación adicional.
De la prenda no hay una sola línea. La prenda no se firma. La prenda se dice delante de gente, y ya está dicha.
Antes de firmar hago lo que no hace casi nadie delante de un notario con prisa, que es leerlo yo también, en voz baja, moviendo los labios, línea por línea, mientras cuatro personas esperan.
Tardo once minutos. En el minuto siete encuentro en el contrato de trabajo la palabra podrá donde en mi folio ponía deberá, en la cláusula de la suspensión de expediciones, y le pido al notario que la cambie, y el notario mira a Neus, y Neus dice que se cambie, y se cambia.
En el minuto nueve encuentro la otra, que es la buena. El reconocimiento de deuda va contra una sociedad del grupo que no es la que me contrata y que yo no había oído nombrar en once años.
— Esta sociedad, ¿de qué año es?
— Del dieciséis — dice Neus.
— ¿Y qué patrimonio tiene?
— Tiene lo que tiene.
— Entonces quiero al señor Bonastre de fiador solidario, con su nombre y sus apellidos y no con los de una sociedad del dieciséis — dejo el bolígrafo en la mesa, y el bolígrafo hace más ruido del que quiero —.
Porque a mi familia ya le pagó una vez una sociedad y estuvo pagando dos años, y cuando la sociedad decidió que ya no, no había nadie a quien reclamarle.
Y eso, siendo yo pequeña, me pareció mala suerte. Ahora me parece un diseño.
Roc Bonastre levanta la mano derecha de la mesa y hace un gesto pequeño con el muñón hacia el notario, un cuarto de círculo, hacia abajo.
— Fes-ho — dice.
Y el notario lo hace, y a las doce cuarenta y ocho de la mañana un hombre de setenta y un años firma con su nombre y su primer apellido debajo del mío, en un papel que dice que me debe seiscientos mil euros.
Firmo el primero. Firmo el segundo. Escribo mi nombre completo, Ona Falguera Miravet, en esa letra pequeña y recta de rellenar impresos, seis veces, y en la última rúbrica la mano me va exactamente igual de bien que en la primera, que es lo único de esta mañana de lo que pienso estar orgullosa dentro de unos años.
Cuando el notario recoge, Neus me pone delante, sin tocarme, una hoja más.
— Y esto.
Es un certificado de ensayo. En blanco, con el membrete de Gres Valdús, y con el número del lote 4471 ya impreso arriba a la derecha.
— Eso no lo firmo yo — digo.
— Ese lote es correcto. Los ensayos son suyos, están dentro y los ha hecho usted.
— Los ensayos son míos y son correctos. El palé pesa ciento setenta kilos menos de lo que dice el albarán, y yo firmo producto, no aire — dejo el papel en el mismo sitio de la mesa donde ella lo ha puesto, y no lo empujo, que sería un gesto y aquí los gestos se cobran —.
Si quieren mi firma en un 4471, me bajan el palé a laboratorio, le quitan lo que sobra, le ponen lo que falta y me lo pesan delante. Tardo dos horas. Y firmo hoy.
Neus me mira. Es la primera vez en toda la mañana que me mira más de un segundo seguido, y no hay en esa cara ni enfado ni sorpresa ni ninguna de las cosas que se le ven a la gente.
— Eso se arregla — dice, y guarda la hoja en la carpeta de anillas, entre otras, en su sitio.
———
Salgo al aparcamiento de atrás a la una menos veinte con las copias de dos escrituras en el bolso, encima de una pieza de porcelánico envuelta en un paño de cocina, y me quedo un momento de pie junto a mi coche, con el sol de febrero dándome de plano y la sierra al fondo, todavía blanca de la calamarsa del sábado.
Dos cosas a la vez, y las dos me las llevo hoy de esta casa.
La primera es que ahora mismo, y hasta que esto acabe, la vida de un hombre de treinta y seis años cuelga de lo que yo diga o deje de decir.
No de lo que sepa: de lo que diga. Puedo entrar mañana en una comisaría de la avenida del Mar, contar lo de los cubos blancos, y a los tres o cuatro meses cobrarme lo que esta familia le hizo a la mía sin haber tocado a nadie y sin manchar un papel.
Me han dado un arma cargada y me han dicho el nombre de a quién apunta.
La segunda es peor. La segunda es que a un arma así no se la deja uno en un cajón. Se la lleva encima, y la limpia, y la cuida, y piensa en ella al acostarse. No es que me hayan entregado a un hombre: es que me lo han atado a la muñeca, y la muñeca es mía.
Jaume Bonastre sale por la puerta del garaje verde y viene hacia mi coche sin prisa, con el abrigo abierto y las manos enguantadas fuera de los bolsillos, y se para a metro y medio, a mi derecha, que es donde se para siempre.
— El palé lo tendrá bajado en laboratorio el miércoles a primera hora — dice —. Con el peso correcto.
— Bien.
— Y el lunes que viene se traslada usted a la Foia.
— Eso no lo he firmado.
— Eso no se firma — dice —. Como lo mío.
Abro la puerta del coche y me quedo con la mano en el techo, y lo miro de frente, con el sol de cara, obligándome a no entornar los ojos.
— ¿Y a usted qué le parece? — digo —. Que su padre le acabe de poner encima de una mesa como se pone un aval.
Jaume Bonastre tarda en contestar. Detrás de él, en la garita, hay un hombre que no nos mira y que lleva diez minutos sin mirarnos.
— Me parece justo — dice, y baja la voz, y tengo que acercarme medio paso para oírlo, que sospecho que es exactamente para lo que la baja —.
Acabo de poner mi vida en manos de la única persona de esta provincia que tiene motivos de sobra para gastarla.
Si la gasta, no voy a poder decir que no me lo esperaba.
— Es usted muy tranquilo para ser una prenda.
— Y usted es muy tranquila para ser la que dispara.