Lo que el fuego no devuelve Capítulo 4
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Capítulo 4

El folio llega el jueves por la mañana en un sobre blanco sin membrete que alguien deja en la garita de la casa de Onda, y en cuarenta y ocho horas es lo único que se ha movido en este asunto, porque los catorce camiones siguen donde estaban y ahora son diecinueve.

Un folio. Escrito a ordenador, cuerpo doce, sin encabezado, sin fecha, sin fórmula de cortesía y sin firma. Tres puntos numerados y una línea de cierre.

Mi padre lo lee dos veces sentado a la mesa del despacho, con las gafas puestas y el sobre abierto a un lado, y cuando termina la segunda lectura deja el papel en el centro del tapete y pone encima la mano derecha, y el muñón del índice queda apoyado justo sobre el punto tres, sin taparlo del todo.

— Llig-ho tu — me dice.

Me pongo a su derecha, con la ventana a la espalda, y leo en voz alta.

Uno. Seiscientos mil euros, en un solo pago, a una cuenta que ella indicará, con contrato privado de reconocimiento de deuda elevado a público ante notario, con causa expresada y con fecha cierta.

Dos. Traslado del interno Antonio Falguera Garcerán, del centro penitenciario de Albocàsser, a un centro con unidad médica y con módulo de enfermería propio, gestionado por vía ordinaria y sin publicidad. Plazo: sesenta días.

Tres. Nombramiento de Ona Falguera Miravet como directora técnica de laboratorio del grupo, de las tres plantas, con firma propia y habilitación a su nombre, contrato indefinido a jornada completa en una sola sociedad, con cláusula de indemnización tasada en tres anualidades para el caso de despido o de modificación sustancial de condiciones, y con la potestad de suspender la expedición de cualquier lote cuyos ensayos no cuadren.

Y debajo, una línea sola:

No es una denuncia. Es una factura.

Mi tía Neus, desde la butaca de la ventana, tiene la carpeta de anillas cerrada sobre las rodillas y las dos manos encima, y no ha movido la cara ni en el punto uno, ni en el dos, ni en el tres.

— Pide mucho — digo.

— Pide poco — dice Neus.

— Pide seiscientos mil.

— Pide seiscientos mil que ya eran suyos y un puesto que ya hace — se le mueve un dedo sobre la carpeta y se le vuelve a quedar quieto —. El uno y el tres se pagan solos, Jaume. Lo caro es el dos.

———

Lo caro es el dos y lo sabemos los tres.

El uno se paga y se acabó: seiscientos mil euros en un grupo que factura lo que factura este son once días de tesorería, y encima con causa expresada delante de notario, que es un papel del que se puede uno defender diciendo la verdad, que hubo un acuerdo civil por un despido y una enfermedad y que se pagó tarde.

El tres es gratis y además nos conviene, aunque nadie en esta habitación lo vaya a decir en voz alta: llevamos cuatro años funcionando con una técnica a media jornada partida en dos sociedades, y el día que a esa mujer la atropelle un coche en la calle Enmedio, este grupo no expide una tonelada hasta que encuentre a otra persona dispuesta a poner su nombre debajo de nuestros ensayos.

El dos no se paga con dinero. Un traslado penitenciario se pide por conducto, lo informa el equipo técnico del centro, lo resuelve la administración y no lo firma nadie a quien podamos invitar a comer en Casa Peiró.

Que ese traslado salga en sesenta días significa que alguien de esta familia tiene que pedirle un favor a alguien a quien lleva años sin pedirle nada, y en este oficio un favor pedido es una puerta abierta, y las puertas abiertas se quedan abiertas.

— ¿Puede hacerse? — pregunta mi padre.

— Puede hacerse — dice Neus —. Eso se arregla.

Lo dice sin mover un músculo de la cara, con el mismo tono con el que dice que llueve, y mi padre asiente una vez y se queda mirando el folio.

Roc Bonastre tiene setenta y un años, montó la primera nave en el setenta y cuatro con diecinueve y con un préstamo que le firmó su padre, y desde entonces ha sobrevivido a tres crisis del sector, a la entrada del porcelánico italiano, al gas, a un incendio y a la muerte de mi madre.

En todo ese tiempo he aprendido a leerle una sola cosa con seguridad: cuando algo le gusta, no dice nada.

Cuando algo no le gusta, tampoco. La diferencia está en la mano derecha.

Si el asunto le parece un fastidio, la deja abierta sobre el tapete.

Si le parece un problema, cierra el puño y deja el muñón fuera, apuntando a lo que sea que le esté molestando.

Ahora tiene el puño cerrado y el muñón apuntando al folio.

— Ha estat ella sola? — pregunta.

— Sí.

— Ningú l'ha ajudat?

— Nadie. Está redactado por alguien que se ha leído tres contratos en su vida y ha entendido los tres.

— I el punt dos, com sap ella que hi ha unitat mèdica a Segorbe?

— Porque lo habrá mirado — digo —. Esa mujer se pasa el día midiendo cosas.

Mi padre se quita las gafas y se aprieta el puente de la nariz con dos dedos, y en ese gesto tiene los setenta y un años enteros encima, y luego los suelta y ya no los tiene.

— Els tres punts — dice —. Acceptats.

Neus abre la carpeta de anillas, saca un bolígrafo del bolsillo interior de la tapa y anota algo en la última hoja, en una columna, con una letra muy pequeña.

Y mientras lo anota se me ocurre por primera vez, con veinte días de retraso, que la primera persona de esta familia que ha leído ese folio no ha sido mi padre.

El sobre lo dejaron en la garita el jueves por la mañana.

Mi padre lo ha abierto delante de mí hace cuarenta minutos, y lo ha leído dos veces, y en la segunda ha tardado lo que tarda un hombre de setenta y un años en leer tres puntos numerados con las gafas puestas.

Pero mi tía Neus no lo ha leído hoy. Mi tía Neus ha entrado en este despacho sabiendo lo que ponía en el punto dos, porque nadie contesta en cuatro segundos que un traslado penitenciario a un centro con unidad médica se puede hacer, y en cuánto tiempo, y lo que cuesta, si no lo ha mirado antes.

— Tía.

— Dime.

— ¿Cuándo lo has leído?

— El jueves — dice, sin levantar la cabeza del margen —.

Cuando lo trajeron. Y el viernes hice dos llamadas, y el sábado hice una tercera, y por eso hoy puedo decirte que el dos se puede y cuánto cuesta.

Si te esperas a saber las cosas el día que te las cuentan, llegas siempre tres días tarde a todo.

— ¿Y a mi padre se lo dijiste?

— Se lo he dicho hace un momento. Estabas delante.

Y es verdad. Estaba delante. Y ha entrado en mis oídos como una respuesta y no como lo que era.

— Con una condición — dice mi padre, y ahora en castellano, que es lo que hace cuando quiere que no haya interpretación posible —. La prenda.

———

Me quedo de pie, con las manos a los lados y el folio delante, y durante unos segundos en este despacho no se oye más que el reloj de pared del pasillo y un coche que sube por la calle de atrás.

La prenda no está en ningún papel de esta casa y no la ha inventado mi padre.

Se la trajo del sector, de cuando esto era otra cosa y las fábricas se financiaban con letras y con la palabra de dos hombres en la puerta de un banco de Onda.

Cuando entraba alguien de fuera en un asunto que no podía ponerse por escrito, un transportista, un aduanero, un cuñado, una mujer con una firma, no se le vigilaba, no se le pagaba de más y no se le amenazaba a la familia, porque todo eso es caro y ruidoso y acaba mal.

Lo que se hacía era más barato: se le entregaba a esa persona algo del clan.

Alguien del clan. Y se le decía, delante de testigos, que si el asunto se torcía por su boca, el que lo pagaba era ese.

Se llama prenda porque es exactamente eso, una prenda, lo que se deja en garantía en un empeño.

Es una idea antigua y sucia y funciona por un motivo que no tiene nada que ver con el miedo: funciona porque a la gente le cuesta muchísimo más romper una cosa que tiene en las manos que una cosa que está lejos.

La he visto una vez. Tenía yo doce o trece años y era verano, y en el patio de esta misma casa había cuatro hombres de pie y un transportista de Nules sentado en una silla de plástico, con un vaso de agua que no se bebió.

Yo estaba en la escalera de arriba, donde no tenía que estar.

Mi padre le dijo al transportista, palabra por palabra y despacio, que a partir de esa tarde el chico que llevaba la báscula del muelle, que tendría veinte años y era sobrino de alguien, respondía de él.

Y luego le dijo al chico que se acercara y que le diera la mano al transportista. Y el chico se la dio.

Aquel chico sigue vivo, se jubiló hace cuatro años y viene a la comida de Navidad.

El transportista de Nules no volvió a hablar de nada con nadie, hasta el día de hoy, treinta y tantos años después, y no porque lo asustaran.

Lo entendí mucho más tarde, cuando ya llevaba unos años en esto: aquella tarde le dieron algo suyo.

Le dieron un chico de veinte años con la mano tendida, y ese chico se le quedó en la cabeza para siempre, ocupando sitio.

— ¿Quién? — pregunto, y ya lo sé.

Mi padre no contesta. Vuelve a ponerse las gafas y dobla el folio por la mitad, con cuidado, siguiendo el pliegue que ya traía hecho.

— Papa.

— Tu — dice.

Neus cierra la carpeta.

— Se lo has puesto tú delante — me dice, sin levantar la voz, sin un gramo de reproche, con el tono de quien lee un albarán —.

Le has llevado el expediente de su padre a las seis de la mañana.

Le has dado la cifra. Le has dicho quién negoció aquello, que nadie te lo había pedido.

Llevas dos días yendo a esa planta antes que el turno de noche.

Nosotros no hacemos eso, Jaume. Tú sí. Pues entonces la prenda eres tú, que es lo lógico, y lo lógico en esta casa no se discute.

— Si ella habla, se acaba el grupo. No se acaba una persona.

— Si ella habla, el grupo se defiende. Tú no — Neus se levanta, se estira la falda y se pone el bolso en el antebrazo —. Y por eso no va a hablar.

— Tú no la conoces.

— Yo conozco a la gente que pone las cosas por escrito — dice —. La gente que pone las cosas por escrito quiere cobrar, y la que quiere cobrar no quema el banco. Los que queman el banco son los que no piden nada, y esos dan mucho más miedo y hay muchos menos.

Mi padre no dice ni que sí ni que no. Mi padre lleva veintiocho años dejando que su hermana termine las frases de esta casa, y en veintiocho años eso no le ha salido mal ni una sola vez, y por eso no va a cambiar hoy por un folio de tres puntos y un hijo que no es suyo.

— Papa — digo —. Digues-ho tu.

— Ja està dit — contesta, sin levantar la vista.

Pasa por mi lado camino de la puerta y deja los veinte centímetros de siempre entre su hombro y el mío, esos veinte centímetros que lleva dejando desde que tengo cuatro años, desde el mismo día en que entré en esta casa de la mano de mi madre y ella me dio los buenos días desde el otro lado del recibidor sin acercarse.

— Y otra cosa — añade en el marco de la puerta —. La chica no puede quedarse en Castellón. Si se queda en su piso de la calle Enmedio, en tres semanas la tenemos con un abogado, con un periodista o con los dos.

— Neus.

— La Foia está a cuarenta minutos y tiene sitio — dice —. Y tú te levantas a las cinco igual.

———

Cuando se va, mi padre y yo nos quedamos solos con el folio doblado encima del tapete y el ruido del reloj del pasillo.

Me siento en la butaca de la ventana, que es la de Neus y que está caliente, y él sigue en su silla, mirando la persiana a media altura.

No pienso preguntarle si hay otra manera, porque no la hay y los dos lo sabemos.

Lo que quiero preguntarle es cuánto ha tardado en decidirlo.

Si lo pensó anoche, con el sobre encima de esta mesa y la casa a oscuras, dándole vueltas a los nombres posibles y descartándolos uno a uno hasta llegar al mío.

O si lo decidió esta mañana, en los cuatro segundos que hay entre el punto tres y la palabra prenda, sin tener que descartar a nadie porque nunca hubo lista.

Hay una manera de comprobarlo y no pienso usarla, y consiste en preguntarle qué habría pasado si el que hubiera llevado ese expediente a las seis de la mañana hubiera sido su sobrino Ximo.

La respuesta la sé desde los nueve años, desde el día en que rompí el cristal del invernadero jugando a pelota con mi primo y el que estuvo dos horas recogiendo los trozos con las manos fue uno de los dos.

Treinta y dos años en esta familia. Me han dado el transporte, las plantas, la firma de compras, la gente y un despacho con mi nombre en la puerta.

Nunca me han dado el apellido delante de nadie, y hoy, la primera vez que se me entrega en garantía como se entrega un pagaré, tampoco ha hecho falta nombrarlo.

— Papa. Aquella nit, la de Betxí — digo —. A l'albarà del 4471 hi posa La Vella.

Mi padre gira la cabeza despacio y me mira por encima de las gafas, y por primera vez en cuarenta minutos no hay en su cara ni cansancio ni cálculo.

— Això no es parla — dice.

Después coge el folio, lo mete otra vez en el sobre blanco, me lo da a mí y no a Neus, que es la que lleva los papeles de esta casa desde el noventa y ocho, y vuelve a coger el periódico.

En el sobre, con la uña, alguien ha marcado un pliegue tan fuerte que ha rasgado un poco el papel por dentro.