Capítulo 3
Hay un hombre apoyado en la puerta del laboratorio a las seis y diez de la mañana, y lo primero que hago, antes que asustarme, es calcular cuánto lleva ahí, porque la escarcha del capó de mi coche no se ha derretido todavía y la de las tres plazas que hay a su lado, sí.
Cuarenta minutos, por lo menos. A oscuras, con el pasillo apagado, de pie, sin haber encendido la luz ni haberse sentado en ninguna de las cuatro sillas que hay junto al despacho de calidad.
— El certificado está en la bandeja de expedición — digo —. En blanco. Si has venido a que lo firme, has madrugado para nada.
— No he venido a eso.
— Entonces has madrugado igual.
Enciendo los fluorescentes, que tardan su segundo y medio en arrancar, y cuando la sala se llena de esa luz blanca de laboratorio Jaume Bonastre entra detrás de mí, y en lugar de sentarse enfrente de mi mesa, que es lo que hace todo el mundo que viene a pedir algo a esta sala, rodea la encimera, aparta un taburete y se coloca a mi derecha, un poco por detrás de mi hombro y con la ventana alta a la espalda, de manera que para hablar con él tengo que girarme noventa grados; y cuando me giro, se mueve otros treinta.
— ¿Te importa quedarte quieto?
— No.
Y no se mueve más, pero tampoco vuelve al otro lado de la mesa, y ahí, con la luz de arriba dándole en la cara, tiene un aspecto peor del que tenía en la escalera de la Audiencia hace seis años y medio: canas en las sienes que antes no estaban, unos ojos negros que no parpadean lo que parpadea la gente normal, y unos guantes finos de piel puestos a las seis de la mañana de un martes de febrero dentro de un edificio con calefacción.
Deja sobre mi mesa una carpeta marrón de cartón, de las de gomas, y la empuja dos centímetros hacia mí con dos dedos.
— Antes de nada. No vengo a ofrecerte dinero por firmar y no vengo a amenazarte. Si te amenazara, ya lo sabrías, porque no soy sutil.
— Eso lo dice mucha gente que es muy sutil.
— Ábrela.
———
Dentro de la carpeta está la vida de mi padre ordenada por un desconocido.
La primera hoja es una ficha de personal de 1993: Antonio Falguera Garcerán, encargado de horno, planta de Betxí, con una foto en blanco y negro donde mi padre tiene veinticinco años, el pelo negro y la cara de alguien a quien todavía no le ha pasado nada.
Debajo, los partes de horno firmados por él a lo largo de veintiséis años, escaneados, con esa letra suya de mayúsculas pequeñas que aprendió porque le decían que la minúscula no se entendía.
Debajo, la sentencia. Debajo, el escrito de conformidad con la fecha de octubre de 2019 y las firmas al pie.
Y después de la sentencia, cuatro folios que no son judiciales sino contables, impresos en un papel distinto y más nuevo, con el grapado hecho aparte, que es la clase de detalle que delata que alguien montó esta carpeta hace poco y a mano.
Son transferencias. Ocho, mensuales, desde una sociedad que no me suena de nada a una cuenta que sí me suena, la de mi madre.
Empiezan en noviembre de 2019 y terminan en junio de 2021.
Están todas por el mismo importe y todas el día tres.
La última tiene al lado, escrito a mano, en bolígrafo azul, un número de teléfono tachado.
Después no hay nada. Cuatro folios y medio en blanco.
Se me van los ojos al margen, donde alguien ha sumado a lápiz lo que se pagó y lo que quedaba por pagar, con la cifra final rodeada dos veces.
Seiscientos mil.
Levanto la cara. Jaume Bonastre no está mirando la carpeta.
Está mirándome a mí, con esa quietud incómoda de quien ha decidido de antemano que no va a apartar la vista pase lo que pase, y con la mano derecha se tira del guante desde el borde de la muñeca, un tirón corto, sin llegar a quitárselo, y luego la deja quieta sobre el muslo.
— Seiscientos mil euros — dice —. Es lo que se dejó de pagar a tu familia entre julio de 2021 y hoy, contando lo pactado y sin intereses. Si quieres los intereses, están en la última hoja, pero no te los voy a discutir porque no tengo argumentos.
— ¿Y esto qué es? ¿Una disculpa por escrito?
— Es una cifra. Las disculpas no las hago por escrito.
Cierro la carpeta y pongo la palma encima. Fuera, la línea cuatro arranca el primer tren de la mañana y el suelo empieza a temblar, y agradezco el temblor porque me da algo con lo que contar los segundos.
— ¿Sabes lo que hice yo en julio de 2021, cuando el día tres no llegó nada?
— No.
— Llamé al número que hay ahí tachado. Diecinueve veces en cuatro días.
Después mandé una carta certificada a la dirección de la sociedad, que resultó ser un piso vacío en Almassora, y me la devolvieron.
Después fui a la puerta de la casa de Onda, un sábado por la mañana, con mi hermana en el coche, y estuve tres cuartos de hora en la acera de enfrente sin bajarme — me oigo hablar con el tono con el que dicto resultados por teléfono, y eso me sostiene —.
Mi madre tenía entonces la primera recaída.
Mi hermana tenía dieciséis años y ese septiembre entraba en un ciclo que costaba mil doscientos euros al año más el transporte.
Y yo tenía veinticuatro y un contrato a media jornada partido en dos sociedades para que no me contara la antigüedad.
— Lo sé.
— No, no lo sabes. Lo has leído — doy un golpecito con la uña en la tapa de la carpeta, dos veces, y el sonido queda pequeño en la sala —. Que es lo mismo que hacéis con las piezas: leéis la etiqueta y creéis que sabéis de qué horno han salido.
Jaume Bonastre no contesta a eso.
———
Se hace un silencio de esos que en esta sala duran demasiado porque no hay nada que los tape, ni música, ni gente, solo la campana extractora y la vibración de la línea. Me levanto, voy al armario de reactivos, no cojo nada, cierro el armario y vuelvo. Es un movimiento inútil y él lo sabe.
— Vas a tener que decirme qué quieres — digo —, porque a las seis y media me entra trabajo de verdad.
— Quiero saber por qué no has firmado.
— Porque el palé pesaba ciento setenta kilos menos de lo que tiene que pesar.
— Eso es por qué podrías no haber firmado.
Podrías no haber firmado por eso mismo veinte veces en los últimos cuatro años, y firmaste — se inclina un poco hacia delante, apoya el antebrazo en el borde de la encimera y baja el volumen, y esa es la primera cosa de este hombre que me pone en guardia de verdad, porque la gente que sube la voz para presionar es gente a la que se le puede contestar más alto —.
Yo no vengo a preguntarte qué has visto.
Vengo a preguntarte qué ha cambiado esta vez.
— Que esta vez subí yo el palé.
— Pediste tú que te lo subieran.
— Sí.
— ¿Por qué esta semana y no la anterior?
Y ahí está la pregunta buena, la única que importa, y me la ha hecho un Bonastre a las seis y veinte de la mañana en mi propio laboratorio, y la respuesta es tan pequeña y tan tonta que no pienso dársela: que el jueves pasado, ordenando papeles en casa, me cayó de una carpeta la factura de la residencia donde mi padre estuvo cuatro días en 2021 antes del traslado, y estuve una hora sentada en el suelo del pasillo con la factura en la mano, y el viernes miré el albarán del 4471 con otros ojos porque los tenía ya puestos.
— Porque me apeteció — digo.
— Bien.
— ¿Bien?
— Es la primera cosa que me dices que me creo del todo.
Vuelvo a mi silla, abro el cuaderno por la página de ayer y lo giro para que la vea desde donde está, que es lo más parecido a un gesto de confianza que voy a hacer hoy.
Ahí está mi letra: hora, palé, precinto, aglomerado, dos cubos blancos, treinta litros, sellados, sin abrir.
Y la fecha. Jaume Bonastre lee la página entera y tarda en leerla mucho más de lo que se tarda en leer seis líneas.
— No los abriste.
— No.
— ¿Por qué no?
— Porque si los abro, lo que pase después es asunto mío.
Y si no los abro, sigue siendo asunto vuestro — cierro el cuaderno —.
Yo no cobro por resolveros nada. Cobro por medir y por firmar, y llevo cuatro años firmando cosas que medía yo con material que no siempre venía de donde ponía que venía, y me he callado, porque el sueldo de esta casa ha pagado la sonda de mi madre y las tasas de mi hermana.
Así que no te confundas: no soy honrada. Soy cara.
— No me he confundido.
— Y ahora vais a hacer lo que hacéis siempre, que es buscar la manera de que ese papel salga sin mí. Y la vais a encontrar, porque siempre la encontráis. Lo único que os pido es que no volváis a decirme que me vais a pagar, porque esa frase en esta familia ya la he oído.
———
Jaume Bonastre se levanta del taburete, se acerca a la encimera de los patrones de color y se queda mirando la carta de tonos que tengo puesta con imanes: cincuenta rectángulos de gris perla ordenados por número, del B1 al B12, con las variaciones de cada hornada del último trimestre.
No la toca. Se queda con las manos enguantadas quietas a los lados, mirándola como se mira una cosa que se entiende.
— La confesión de tu padre la negocié yo — dice, sin volverse.
El compresor del desecador arranca detrás de mí con un chasquido.
— ¿Qué?
— El 2 de octubre de 2019, en un despacho de la calle Mayor de Castellón, con su abogado delante.
Me senté enfrente de él y le puse encima de la mesa trescientos mil euros y una promesa.
Tenía yo veintiocho años y me acababan de nombrar, y era el primer encargo de verdad que me daban, y lo hice bien, que es lo peor que se puede decir de aquello — ahora sí se vuelve, y tiene las manos abiertas a los costados, y no hay en su cara nada que se parezca a lo que la gente pone en la cara cuando confiesa algo —.
Nadie te lo iba a decir nunca. Prefiero decírtelo yo y que sepas con quién estás hablando.
Me quedo sentada. El cuaderno cerrado debajo de la mano derecha. La carpeta marrón debajo de la izquierda.
— Y el que dejó de pagar en 2021 — digo —, ¿también fuiste tú?
— No.
— ¿Y lo sabías?
Jaume Bonastre tarda en contestar exactamente lo que tardaría cualquiera que ya sabe que va a contestar que sí.
— Sí. Lo supe en septiembre de aquel año.
— ¿Y qué hiciste?
— Nada — dice —. Durante cuatro años, nada.
Fuera empieza a clarear y la ventana alta pasa del negro al gris sucio, y por primera vez desde que he entrado en esta sala noto el frío de los pies dentro de los zapatos de seguridad.
Once años entrando por esa puerta a las seis y diez.
Once años midiendo absorciones y flexiones y tonos, y calculando el margen que le queda a cada cosa antes de romperse, y resulta que el hombre que compró la firma de mi padre lleva desde entonces a cuarenta minutos de mi mesa, subiendo y bajando por la misma escalera que yo, y que nunca me ha dicho ni buenos días.
— Vete de mi laboratorio — digo.
— ¿Vas a firmar?
— Vete de mi laboratorio, que a las seis y media entra Amparo.
Se va. Cierra la puerta con cuidado, sin dar un portazo y sin dejarla abierta, y sus pasos se pierden pasillo abajo hacia la escalera de fuera.
Me quedo quieta hasta las seis y media, con las dos manos apoyadas en la mesa y sin encender el ordenador.
Lo que me revienta no es que lo negociara él.
Alguien tenía que sentarse enfrente de mi padre aquella tarde con una carpeta y una cifra, y a alguien lo mandaron, y en una casa donde las cosas se hacen por conducto siempre hay un chico de veintiocho años recién nombrado al que le toca el primer encargo de verdad.
Lo que me revienta es la escalera. El 11 de octubre de 2019 yo bajaba esos peldaños con una carpeta de plástico en la mano y él estaba abajo fumando, y se apartó, y ese apartarse educado ha estado seis años y medio archivado en mi cabeza como un gesto de un desconocido, y resulta que era otra cosa.
Resulta que se apartó porque sabía exactamente quién era yo.
Aquella noche mi madre me pidió que fuéramos a Betxí, a casa de mi tía, a contarlo antes de que lo contara el periódico.
Cogí el coche a las nueve y media, con Núria detrás, y en el kilómetro seis de la CV-20 tuve que parar en el arcén y me bajé, y estuve dieciocho minutos de pie junto a la puerta abierta, con la luz interior encendida y mi hermana preguntándome desde el asiento de atrás si me encontraba mal.
Le dije que sí, que me encontraba mal. Volvimos a casa.
Desde entonces no conduzco de noche, y a la única persona que me lo ha preguntado alguna vez, que fue Amparo, le contesté que es por el deslumbramiento de los faros, que es una respuesta técnica y por eso nadie la discute.
Amparo entra a las seis y media, ve la carpeta marrón encima de mi mesa, ve que no he encendido nada, y se va a su sitio sin preguntarme.
Abro el cuaderno por una hoja limpia, escribo la fecha, escribo el nombre completo de Jaume Bonastre Vilaplana, y debajo, en la línea siguiente, empiezo a hacer una lista de tres puntos.