Capítulo 2
Un camión parado cuesta cuatrocientos veinte euros al día entre amortización, seguro, el sueldo del hombre que está sentado dentro sin hacer nada y el hueco que deja en la ruta de la semana siguiente, y a las cinco y cuarto de esta mañana tengo catorce parados en la explanada de Valdús con el motor apagado y las luces de posición encendidas, en fila, como si fuera domingo.
En la Serra d'Espadà he salido de casa con dos grados y aquí abajo, en la carretera de Onda, hay siete y una niebla baja de invernadero que huele a gasóleo y a barro mojado, el olor de todos los amaneceres de mi vida desde que tenía siete años y mi padre me subía a la cabina para que le contara los palés a la vuelta de Nules.
Aparco donde aparco siempre, contra el muro del taller, y antes de bajar hago lo que hago todas las mañanas sin pensarlo: me estiro los guantes, primero el izquierdo, luego el derecho, hasta que la piel fina se ajusta bien en los nudillos y las cicatrices dejan de ser un tema.
La nave uno está a plena marcha. Los hornos de rodillos no se paran nunca, porque parar un horno de ciento veinte metros cuesta tres días de curva y un dinero que no se recupera, así que aunque no salga un solo camión de aquí en toda la semana, la línea sigue escupiendo material y el material sigue apilándose en playa.
Eso es lo que la gente de oficina no entiende.
Una planta cerámica no se para: se atasca.
Y cuando se atasca, se atasca por detrás, hacia dentro, hasta que no hay sitio en el suelo y hay que empezar a tomar decisiones caras.
Julián, del turno de noche, me espera en la puerta de expedición con la tablilla en la mano y la cara de quien lleva ocho horas explicándole lo mismo a doce personas distintas.
Me pongo a su derecha antes de que empiece a hablar, con la pared a mi izquierda, que es donde no me sirve de nada tener una pared.
— Buenos días. ¿Cuántos hay en playa?
— Seiscientos y pico palés, Jaume. Para el jueves no cabe un alfiler.
— Seiscientos y pico no es un número.
— Seiscientos treinta y ocho a las cinco.
— ¿Y por qué no ha salido el 12?
Julián mira la tablilla, que no hace falta que mire, y tarda tres segundos de más en contestar, y esos tres segundos me dicen que lo que viene detrás lleva toda la noche rodando de boca en boca por esta nave.
— Porque el lote 4471 no tiene el papel del laboratorio.
— Otra vez.
— El certificado de ensayo. No está firmado. Lo devolvieron ayer a las siete y media en blanco.
— ¿Devolvieron?
— Devolvió — Julián se pasa la tablilla a la otra mano —. La técnica.
———
Antes de subir a las oficinas cruzo la nave uno de punta a punta, que es lo que hago todas las mañanas desde hace once años y lo que hacía mi padre antes que yo, no por vigilar a nadie sino porque una planta se lee andando.
El horno tres va a mil ciento noventa en la zona de máxima y el ruido de los rodillos es el de siempre, ese repiqueteo continuo de vajilla lejana que a un visitante le parece un estruendo y que para mí es el silencio; lo que se oye es lo que se sale de ahí, y esta mañana no se sale nada.
En la salida del horno cojo una pieza del tren, que va a sesenta grados y quema aunque lleves guante, y la giro contra la luz del techo buscando el brillo.
El esmalte está bien. La pieza está plana, y eso a la salida no siempre pasa.
Los del turno me ven pasar y hacen lo que hacen siempre, que es seguir a lo suyo con la espalda un poco más recta, y uno de la línea cinco me dice buenos días con la cabeza y aparta la vista antes de que yo se los dé a él.
Llevo así desde los veinticuatro años, desde que mi padre me puso a dirigir la nave dos, y me costó cinco o seis años entender que aquello nunca fue miedo.
Soy el hijo del dueño y no me apellido como el dueño, y esta gente lleva media vida sin saber en qué caja meterme, y lo resuelven mirándome el hombro en vez de la cara.
En la sala de control me paro delante de la pantalla de curvas y repaso el turno de noche. Rampa correcta, meseta correcta, enfriamiento correcto, consumo dentro de lo de siempre. Todo lo que pasa en esta planta pasa en una gráfica, y todo lo que no está en la gráfica no ha pasado.
———
En diecinueve años de fábrica he visto pararse una expedición por muchas cosas.
Por un tono que no casaba entre dos calibres y un cliente belga con abogado.
Por una huelga de estibadores en Valencia que nos comió once días de agosto.
Por una avería en la prensa dos que nos tuvo cuatro turnos haciendo material que no valía ni para el segundo. Por un incendio.
Nunca por una firma.
Una firma es el trámite más barato que existe en una planta como esta: cuesta cero euros, tarda cuatro segundos y la hace una persona que cobra por hacerla.
Precisamente por eso nadie la mira. Un grupo con tres plantas, cinco líneas, doscientas ochenta personas y una flota propia se sostiene sobre miles de cosas caras y difíciles que revisamos todos los días, y sobre una cosa gratuita y fácil que no revisa nadie, y a las cinco y cuarto de la mañana de un lunes de febrero esa cosa gratuita y fácil tiene catorce camiones apagados en mi explanada.
Subo a las oficinas por la escalera de fuera. El laboratorio está cerrado, con la persiana bajada y la luz apagada, porque el turno de la técnica empieza a las seis y diez y son las cinco y media, y no pienso esperar aquí de pie a que llegue nadie.
En la bandeja de entrada de expedición está el impreso doblado por la mitad con un pliegue tan marcado que se ve que se hizo con la uña.
Lo abro. Absorción, flexión, dimensiones, deslizamiento. Todo dentro, todo con su cifra y su tolerancia y su fecha de ensayo, escrito con una letra pequeña y recta que no ha vacilado en ningún número. Y abajo, donde va la firma, el nombre y el número de habilitación, el papel blanco.
No hay tachones. No hay nota. No hay una raya diagonal ni una advertencia ni un asterisco.
Alguien ha hecho todo el trabajo, lo ha hecho bien y ha decidido no ponerle su nombre, y eso, que no se le olvida a nadie a última hora de la tarde, es una frase entera dicha en el único idioma que se lee en esta oficina.
Me guardo el impreso en el bolsillo interior de la chaqueta, y me quedo un minuto largo en el pasillo a oscuras, delante de la persiana bajada del laboratorio, con la letra pequeña y recta de esas cifras todavía en la cabeza.
Ona Falguera Miravet. Técnica superior de laboratorio de control, habilitación número tal, once años en la casa, dos nóminas de media jornada en dos sociedades distintas porque a alguien de administración le pareció buena idea en 2016 y nadie lo ha corregido nunca.
Hija de Antonio Falguera Garcerán, encargado del horno dos de la planta de Betxí durante veintiséis años, al que en esta empresa todo el mundo llamaba Tonet y al que nadie ha vuelto a nombrar delante de mí desde octubre de 2019.
Lo que hay que hacer ahora es sencillo y lo tengo delante desde hace seis años. Lo que voy a hacer es otra cosa.
———
El despacho de mi padre está en la casa de Onda, no en la planta, y a las ocho de la mañana ya lleva dos horas despierto, porque Roc Bonastre tiene setenta y un años y sigue levantándose a las seis por si acaso alguien se muere y hay que hacer algo.
Cuando llego, la persiana del despacho está a media altura y la mesa tiene encima el periódico de ayer, un plato con dos galletas que no se va a comer y las gafas de leer.
Mi tía Neus está sentada en la butaca de la izquierda, junto a la ventana, con las piernas cruzadas y una carpeta de anillas sobre las rodillas.
La carpeta tiene una etiqueta escrita a mano con rotulador negro.
Neus las etiqueta todas, y las ordena por año y por sociedad, y en su casa de Vila-real hay una habitación entera con estanterías de suelo a techo llenas de esas carpetas, y las de 1998 están igual de bien puestas que las de este trimestre.
Entro y me coloco en el sitio de siempre, de pie, a la derecha de mi padre y con Neus enfrente, porque desde ahí las dos voces me llegan por el lado bueno y no tengo que pedirle a nadie que repita.
La gente cree que me pongo así porque mando.
Me pongo así porque en 2013 una explosión de horno me dejó el tímpano izquierdo hecho una lástima y desde entonces el mundo me llega por la mitad derecha de la cabeza, y prefiero elegir yo el sitio a que me lo elijan.
— Bon dia — dice mi padre, sin levantar la vista del periódico de ayer.
— Catorce camiones parados. Cuatrocientos veinte euros al día cada uno. El jueves no cabe material en playa y a partir del viernes empezamos a alquilar suelo en el polígono, que son mil ochocientos a la semana más portes internos.
— ¿I això per què?
— Porque la técnica del laboratorio no ha firmado el certificado del 4471.
Neus no se mueve en la butaca. No cierra la carpeta, no descruza las piernas, no cambia de cara. Con mi tía Neus el problema nunca es lo que hace: es que no hace nada, con una precisión que te obliga a mirarla dos veces para asegurarte de que ha oído.
— Eso se arregla — dice.
— ¿Cómo?
— Como se arreglan las cosas, Jaume. Hablando.
Se le dice a la chica que se ha equivocado de casilla, se le imprime otro impreso y se le pone delante — pasa una hoja de la carpeta y la alisa con la mano —.
Y si la chica sigue sin encontrar la casilla, se busca a otro técnico habilitado, que en este sector hay ciento y la madre.
— En el grupo hay dos, y uno está de baja desde noviembre.
— Pues uno.
— Uno que no ha hecho el ensayo. Un certificado lo firma quien ensaya. Si lo firma otro y alguien lo mira con ganas, el problema deja de ser un camión parado y pasa a ser un delito con nombre y apellidos, y el nombre y los apellidos no serán los tuyos.
— Nosotros no hacemos esas cosas — dice Neus, y pasa otra hoja.
— Yo no he dicho que...
— Sí lo has dicho.
Mi tía Neus tiene cincuenta y dos años y lleva el dinero de este grupo desde el noventa y ocho, y en todo ese tiempo no la he oído levantar la voz una sola vez, ni cuando perdimos el cliente de Rusia, ni cuando ardió Betxí.
Su manera de discutir consiste en repetirte lo que acabas de decir hasta que te suena mal a ti solo.
Y funciona. Lleva veintisiete años funcionándole con proveedores, con bancos, con inspectores y conmigo.
— Uno que no ha hecho el ensayo — repito, más bajo —. Eso es lo que he dicho.
Mi padre dobla el periódico por la mitad, lo aparta y pone la mano derecha encima de la mesa, y ahí queda el índice al que le falta la falange desde el año setenta y seis, ese muñón corto y romo que usa para señalar en lugar del dedo, y que señala mucho peor y se clava mucho más.
— ¿La xiqueta és la filla de Tonet? — pregunta.
— Sí.
— Ah.
Y eso es todo lo que dice, y se pone las gafas, y vuelve a abrir el periódico de ayer por la página donde lo había dejado.
Neus cierra la carpeta de anillas y la deja en la mesita, encima de una revista, cuadrada con el borde.
— Tú la conoces — dice.
— La he visto tres veces en ocho años.
— Tú conoces el asunto. Que es distinto y es mejor — recoge la carpeta, se cuelga el bolso del antebrazo derecho y sale sin rodear la mesa, y al pasar por mi lado deja veinte centímetros de aire entre su hombro y el mío, que es lo que deja siempre, con todo el mundo, desde que tengo memoria: mi tía no ha tocado a nadie en esta familia jamás, ni un beso en la mejilla, ni una mano en el brazo, ni siquiera el día del entierro de mi madre —.
Arréglalo tú, que para eso te pusieron ahí.
Se para en el marco de la puerta, sin volverse del todo.
— Y arréglalo esta semana. Que en marzo hay que cerrar el trimestre y a mí las cosas de marzo me gusta tenerlas en febrero.
———
Vuelvo a la planta a media mañana con el impreso todavía en el bolsillo y hago lo que tenía que haber hecho a las cinco y media, antes de subir a Onda a que me dijeran que lo arreglara yo: pido el expediente completo del lote 4471.
No el certificado. Todo. Orden de fabricación, partes de línea, control de calibre, hoja de paletizado, albarán de expedición, CMR y reserva de barco.
La administrativa me lo imprime en veinte minutos y me lo trae grapado a la sala de reuniones pequeña, la que no tiene ventanas, y me pregunta si quiero un café y le digo que no. Me siento con la espalda a la pared y el fajo delante.
Orden de fabricación: correcta. Cuatrocientos ochenta palés de gris perla sesenta por sesenta rectificado, calibre uno, tono B.
Partes de línea: correctos, con las paradas de la semana anotadas a mano.
Control de calibre: correcto. Paletizado: sesenta cajas por palé, sesenta y ocho palés en el pedido, y el peso teórico impreso al pie, mil cuatrocientos ochenta kilos, que es el peso que lleva impreso ese pie desde que se hizo la plantilla.
El albarán de expedición lo miro el último porque es el papel que menos dice: un albarán solo repite lo que ya han dicho los demás.
Peso real declarado del palé de cabecera: mil trescientos diez.
Y encima de esa línea, en la cabecera, en la casilla que nadie lee nunca porque siempre pone lo mismo, donde tiene que poner Gres Valdús S.A., carretera de Onda, kilómetro tres, la casilla de origen del material.
La Vella. Betxí.
Aparto la silla y me quedo mirando esas tres palabras con la mano izquierda plana sobre el papel.
La Vella lleva precintada desde el 14 de agosto de 2019, con dos hombres muertos dentro y una sentencia firme, y yo mismo firmé el cierre.