Lo que el fuego no devuelve
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Capítulo 1
A las seis y diez de la mañana el laboratorio de Gres Valdús huele a esmalte crudo, un olor mineral y un poco dulce, de tiza mojada, que dejé de percibir hacia el cuarto año y que solo me vuelve los lunes, cuando entro con el frío de fuera todavía metido en la ropa y el aire de dentro me da en la cara con toda la humedad de la barbotina.
La luz de los fluorescentes está calibrada para que un blanco parezca blanco, que es lo único que se le pide a esta sala, y bajo esa luz mis manos son las de siempre: uñas cortadas a ras, las yemas del índice y del corazón teñidas de un azul de cobalto que lleva ahí desde el jueves y de un verde de cromo de la semana pasada que ha perdido intensidad pero no se ha ido, porque no se va.
La cicatriz del dorso de la derecha, dos centímetros de piel blanca que no coge color ni en agosto, se la debo a una salpicadura a novecientos grados y a los veintiún años, y sigue siendo lo más limpio que tengo en las manos.
Y aun así el impreso sigue en blanco donde tiene que ir mi nombre, mi número de habilitación y la fecha, que es lo que convierte un montón de cifras en un documento y un documento en un palé que cruza una aduana.
Sin ese papel, veinticuatro toneladas de porcelánico de sesenta por sesenta rectificado con destino a Orán son veinticuatro toneladas de piedra cocida que no tienen permiso para ser nada.
Se pueden fabricar, se pueden flejar, se pueden subir a un camión y se pueden llevar hasta la misma boca del barco, y ahí se quedan, porque un producto de construcción sin declaración de prestaciones y sin ensayo de tipo firmado por un técnico habilitado viaja como lo que es en cuanto alguien lo mira de cerca, que es escombro con etiqueta.
En Gres Valdús ese técnico soy yo, y lo soy desde hace cuatro años por el motivo menos heroico del mundo.
Nadie más quiso el marrón de poner su nombre debajo de una cifra que puede acabar en un juzgado de Argel o de Rotterdam si a alguien se le ocurre abrir un palé y medirlo.
Amparo dirige el laboratorio central y no firma.
Los ingenieros de proceso no firman. El director de calidad, que cambia cada dieciocho meses y siempre viene de fuera con un máster y un abrigo bueno, tampoco firma. Firma la técnica.
Amparo Segarra entra a las seis y veinte con el abrigo puesto, el lápiz clavado en el moño y las gafas colgando del cordón, y trae el termo, que es su manera de anunciar que hoy no piensa irse a la hora.
— Buenos días, reina — deja el termo en la encimera y se quita el abrigo sin mirarme, que es como mira ella cuando ya ha visto algo —. ¿El 4471 sale hoy?
— El 4471 sale cuando yo diga que sale.
— Eso ya lo sé. Te he preguntado si sale hoy.
Le paso el albarán por encima de la encimera, entre el pH-metro y la balanza, y Amparo se pone las gafas con dos dedos, se acerca el papel a un palmo de la cara y lo lee entero, de arriba abajo, como lee ella todos los papeles desde hace diecinueve años, sin saltarse el pie de página ni la letra pequeña de la casilla de transporte.
La calefacción arranca con el ruido de siempre.
Fuera, en la nave, la línea cuatro empieza a escupir el primer tren de la mañana y el suelo tiembla un poco, un temblor tan constante que solo se nota cuando para.
— Mil trescientos diez — dice, y baja las gafas.
— Mil trescientos diez.
— ¿Y cuánto pesa un palé de sesenta por sesenta rectificado, sesenta cajas?
— Mil cuatrocientos ochenta.
Amparo se saca el lápiz del moño, hace una raya en el margen del albarán y me lo devuelve, y se queda un segundo con el lápiz en el aire antes de volver a clavárselo en el pelo.
— Ciento setenta kilos — dice —. Apunta la fecha.
— La fecha ya está apuntada. Está en el impreso.
— Apunta la fecha en tu cuaderno, que no es lo mismo — se sirve el café en el tapón del termo y se lo bebe de pie, mirando la ventana alta —. En el impreso apuntas lo que ha pasado. En tu cuaderno apuntas cuándo te enteraste tú.
———
Ciento setenta kilos de diferencia en un palé no son un error de báscula.
La báscula de expedición tiene una tolerancia de diez kilos arriba o abajo, y aunque estuviera descalibrada, aunque el operario hubiera tarado mal la carretilla, aunque hubiéramos cargado el material con la humedad más baja que ha dado este invierno, la aritmética no se mueve tanto ni queriendo.
Una caja de sesenta por sesenta rectificado, tres piezas, pesa veinticuatro kilos y ochocientos gramos.
Ciento setenta entre veinticuatro con ocho da seis cajas y pico, y seis cajas, en la disposición que lleva este formato sobre un palé europeo, no son seis cajas sueltas por ahí perdidas.
Son una fila. La de arriba.
Descuelgo el teléfono interno y marco la extensión del muelle. Contesta el encargado del turno, que a esta hora todavía no ha desayunado y lo dice antes de decir su nombre.
— Del 4471 me tienes que subir la pieza de ensayo.
— El 4471 está en playa desde el jueves, cargado para el 12.
— Ya lo sé. Me subes la pieza de ensayo. Del palé de cabecera, la fila de arriba, tres piezas y el precinto.
— ¿Y si el palé ya está flejado?
— Si el palé ya está flejado, lo desflejas.
— Ona, que ese lote sale mañana.
— Ese lote sale con papel o no sale, y el papel lo hago yo con la pieza que tú me subas — me apoyo en el borde de la mesa y bajo la voz, porque a esta gente el volumen la pone nerviosa y la calma la pone obediente —. Llevo cuatro años pidiéndote lo mismo cada semana y nunca me has preguntado tanto.
Hay un silencio en el que se oye la carretilla al fondo y una radio con las noticias de las seis y media. Después el encargado dice que sube en veinte minutos, con ese tono de los que cuelgan pensando que no van a subir.
Sube en cuarenta.
———
La carretilla deja el palé de cabecera del 4471 en la zona de recepción de muestras, junto a la puerta de la sala de hornos de ensayo, y el chaval que la conduce baja de un salto, deja el albarán en la esquina de la mesa sin dármelo en la mano y se aparta dos pasos con el gesto de quien no quiere que le pregunten nada, que aquí es un gesto muy común y muy antiguo y en esta empresa lo tiene aprendido hasta la gente que lleva seis meses.
No lo miro. Le doy las gracias, lo dejo irse y me pongo los guantes de nitrilo.
El palé viene envuelto en su film y con su cantonera de cartón, igual que los otros mil que salen de aquí cada semana, y desde fuera es una torre perfecta, sesenta de ancho, sesenta de largo, mil doscientos de alto sobre la madera, con la etiqueta impresa pegada en dos caras: modelo, tono, calibre, lote 4471, destino.
Todo correcto, todo del mismo color que el resto del muelle, y con ese aire de cosa terminada que tienen las cargas cuando ya nadie va a volver a tocarlas.
Corto el film con el cúter por la esquina de arriba, subo la mano por encima de la última cantonera y ahí está lo que ya sabía a las seis y veinte de la mañana con un albarán en la mano.
No hay fila de arriba. Hay una placa de aglomerado del grosor exacto de una caja tumbada, sujeta con cinta al bloque de abajo, y encima el cartón que la tapa y el film que lo aprieta todo para que la torre siga siendo una torre y para que un mozo que no esté buscando nada no note el peso al meterle las uñas de la carretilla.
Debajo del aglomerado, en el hueco que dejarían seis cajas de porcelánico, hay dos cubos industriales de plástico blanco con la tapa sellada y encajados en espuma para que no bailen en los cuarenta kilómetros que hay hasta el puerto.
No los abro. Un tercio de mi trabajo consiste en saber qué no hay que tocar hasta haberlo apuntado.
Lo que hago es sacar del bloque de abajo tres piezas de sesenta por sesenta, que es exactamente lo que le he pedido al muelle, y una cuarta que no le he pedido a nadie, y llevármelas a la mesa de ensayos.
Peso, mido, meto una probeta en el desecador y pongo el temporizador.
Después abro mi cuaderno por la primera hoja libre y anoto la hora, el número de palé, el número de precinto y la palabra aglomerado, y debajo, en la línea siguiente, dos cubos blancos, treinta litros, sellados, sin abrir.
Firmo esa página, que es mía, y la fecho, porque Amparo tiene razón en las cosas pequeñas desde hace diecinueve años y hoy resulta que también la tiene en las grandes.
Vuelvo el film a su sitio, lo estiro con la palma hasta que la esquina cortada queda debajo, y dejo el palé como estaba, que es lo más difícil de todo.
Después vuelvo al impreso del 4471.
Podría escribir el peso real, que es lo que haría cualquiera con dos dedos de frente y ganas de vivir tranquila, ponerle una nota de incidencia, mandársela al jefe de expedición y dejar que la cadena lo resolviera hacia arriba mientras yo me voy a nadar a las siete como todos los martes, jueves y sábados desde que tengo carné de la piscina municipal.
La cadena de esta casa lleva cincuenta años resolviendo cosas hacia arriba.
Yo sé cómo acaba eso mejor que nadie de los que están hoy en este edificio, porque en agosto de 2019 mi padre dejó que se lo resolvieran hacia arriba y desde entonces se levanta a las siete en el módulo tres de Albocàsser, y a mi madre la enterramos en 2023 sin que ninguno de los señores que le prometieron algo a mi padre se acercara al tanatorio a decirlo en voz alta.
Ciento setenta kilos.
Cojo el impreso, lo doblo por la mitad con el pliegue bien marcado, y en la casilla de firma no escribo nada.
Ni una raya, ni una nota, ni un aspa, ni la palabra pendiente.
Un certificado con una incidencia sigue siendo un certificado: se discute, se corrige, se vuelve a emitir y alguien de arriba llama a alguien de más arriba y a las dos semanas está firmado igual. Un certificado en blanco es un agujero.
Y por un agujero se cae todo, empezando por los catorce camiones que hay ahí fuera esperando papel.
Amparo, desde su mesa, me observa doblar el papel y no me pregunta.
— Eso no lo firmo yo — digo, y dejo el impreso en la bandeja de salida del laboratorio, encima de todo, donde lo va a ver el primero que entre por esa puerta.
— Van a bajar.
— Que bajen.
— Reina — Amparo se quita las gafas y las deja colgando del cordón, y esta vez sí me mira a la cara, y en once años esta mujer no me ha mirado así ni el día del juicio de mi padre —, van a bajar hoy.
— Pues que bajen hoy.
Amparo se acerca a la bandeja de salida, mira el impreso doblado sin tocarlo, y se queda ahí de pie con el tapón del termo en la mano, y en el minuto largo que tarda en decir lo siguiente le da tiempo a arrepentirse dos veces.
— Tú entraste aquí con dieciocho años y con una bata que te venía grande — dice —, y en la primera semana me discutiste una carta de color. A mí. Con dieciocho años.
— Tenías mal el patrón. Estaba amarilleado.
— Estaba amarilleado, sí — vuelve a llenar el tapón, que ya se le ha quedado frío, y no se lo bebe —. En esta casa las cosas se piden por conducto y se contestan por conducto, y por conducto se han contestado siempre todas. Hasta las que había que contestar en persona.
Hay un modo de nombrar el verano de 2019 en el laboratorio central de Gres Valdús que consiste en no nombrarlo, y Amparo lo domina desde hace seis años y medio, igual que domina el pH de las suspensiones y el archivo de tonos.
Nadie de esta planta ha dicho nunca delante de mí la palabra Betxí.
Nadie ha dicho la palabra La Vella. Lo que se dice es aquello, o lo del agosto aquel, o lo de tu padre, y siempre con el cuerpo girado hacia otra cosa, hacia un ordenador, hacia una probeta, hacia la puerta.
— ¿Me estás diciendo que firme?
— Te estoy diciendo que a las nueve y media, cuando bajen, ya no vas a estar — Amparo tira el café frío en el fregadero y enjuaga el tapón, de espaldas —. Y que eso lo has pensado tú antes que yo.
———
A las siete y veinticinco cierro la carpeta de la semana, apago el flexo, guardo el calibre en su funda de fieltro y me lavo las manos en el fregadero del fondo con el jabón industrial que huele a limón de mentira y que no quita el óxido, porque no hay jabón que quite el óxido: lo único que lo quita es que pasen los meses y no vuelvas a tocar cobalto, y yo toco cobalto todos los días de mi vida desde los dieciocho años.
En el bolso, entre la cartera y las gafas de nadar, llevo la cuarta pieza.
Sesenta por sesenta, tres kilos escasos, un porcelánico gris perla del lote 4471 con destino Orán y con un tono que, ahora que la miro bien bajo el fluorescente de la entrada, tira medio punto al verde en la esquina inferior derecha.
Nada que un cliente reclame nunca. Nada que se vea si no llevas once años mirando lo mismo bajo la misma luz.
Bajo las escaleras del edificio de oficinas con el bolso pesándome del lado derecho, cruzo el patio con el frío de febrero cortándome las orejas y el polvo de atomizado blanqueándome las punteras de acero de los zapatos, y en la garita del control paso la tarjeta por el lector como todos los días de los últimos once años.
El lector hace su pitido y se pone verde.
Siete y veintiocho.