Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 28
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Capítulo 28

POV: Sara

Con la primavera avanzando rápidamente y la graduación acercándose en el horizonte cercano, Nico y yo empezamos a mantener conversaciones cada vez más serias sobre lo que viene después de la universidad, un tema que ambos habíamos estado evitando tácitamente durante meses, quizás por miedo a confrontar la incertidumbre que representa el futuro inmediato.

—Mi club de aquí quiere ficharme para el equipo profesional —me cuenta Nico una tarde, mientras paseamos por el paseo marítimo disfrutando del buen tiempo primaveral—. Sería un contrato de tres años, empezando el verano que viene.

—Eso es una noticia maravillosa, Nico. Es justo lo que llevas persiguiendo toda tu carrera universitaria.

—Sí, pero significa quedarme en Valencia indefinidamente. ¿Y tú, qué planes tienes tú para después de graduarte?

Su pregunta me pilla parcialmente desprevenida, aunque llevo semanas dándole vueltas al mismo tema sin encontrar una respuesta completamente satisfactoria.

—Había pensado en hacer un máster de especialización, pero no estoy segura todavía de dónde exactamente. Hay un programa excelente aquí en Valencia, pero también hay opciones interesantes en Madrid y Barcelona.

Nos quedamos en silencio un momento, ambos conscientes de la implicación tácita de mis palabras: que existe la posibilidad real de que nuestros caminos, después de todo lo recorrido juntos, puedan volver a separarse geográficamente.

—No quiero que tomes una decisión sobre tu futuro basándote únicamente en mí —dice finalmente Nico, con una madurez que agradezco enormemente—. Mereces perseguir el programa que realmente te convenga académicamente, independientemente de dónde eso te lleve.

—Lo sé, y te lo agradezco. Pero tampoco quiero fingir que la distancia entre nosotros dos no sería complicada de gestionar, especialmente después de todo lo que hemos construido juntos estos últimos meses.

Esa noche, investigando exhaustivamente los distintos programas de máster disponibles, encuentro finalmente uno en Valencia que se ajusta perfectamente a mis intereses académicos específicos, con profesorado especializado exactamente en el área de literatura comparada que más me apasiona.

—Creo que voy a quedarme en Valencia —le anuncio a Nico al día siguiente, mostrándole el programa que he encontrado—. Y no es solo por ti, aunque obviamente eso influye en mi decisión. Es porque este programa específico es genuinamente el mejor para lo que quiero estudiar.

—Me alegra muchísimo escuchar eso, aunque de verdad habría entendido perfectamente si hubieras elegido otra ciudad.

—Lo sé. Y precisamente por eso confío en que esta decisión es la correcta para mí, no solo una concesión hacia nuestra relación.

Con nuestros planes de futuro inmediato ya más definidos, empezamos a hablar también sobre la posibilidad de buscar un piso juntos para el año que viene, un paso significativo que hace apenas unos meses me habría parecido precipitado, pero que ahora, después de todo el camino recorrido juntos, se siente como la progresión natural de una relación que ha demostrado su solidez a través de las peores circunstancias imaginables.

—¿Estás segura de que quieres dar este paso? —pregunta Nico, cuando finalmente encontramos un pequeño apartamento cerca del campus que se ajusta a nuestro presupuesto combinado—. Es un compromiso considerable.

—Nunca he estado más segura de nada en mi vida, Nico. Después de todo lo que hemos superado juntos, esto se siente como el paso más natural del mundo.

Firmamos el contrato de alquiler un martes por la tarde, después de clase, con la propietaria del piso, una mujer mayor encantadora que nos cuenta anécdotas de su propia juventud mientras revisamos el papeleo necesario.

El apartamento es pequeño, con una única habitación y una cocina americana que apenas separa el salón del resto del espacio, pero tiene una luz maravillosa entrando por la ventana principal y está a apenas diez minutos caminando del campus universitario.

—Es perfecto —digo, cuando finalmente salimos del piso con las llaves nuevas en la mano de Nico.

—Nuestro primer hogar juntos —confirma él, con una sonrisa que no consigue ocultar la emoción genuina detrás de sus palabras.

Esa misma tarde, llamamos a Clara y a Bruno para contarles la noticia, y ambos insisten en ayudarnos con la mudanza que planeamos para dentro de unas semanas, una vez que terminemos definitivamente el curso académico.

Clara, particularmente, se muestra encantada con la idea, aunque también un poco melancólica ante la perspectiva de perder a su compañera de piso habitual.

—Vas a tener que venir a visitarme constantemente, ¿eh? No pienses que por mudarte con tu futuro marido vas a librarte tan fácilmente de mí —bromea, aunque con un brillo genuino de emoción en los ojos por mi felicidad reciente.

—Por supuesto que sí, Clara. Nunca podría librarme de ti aunque quisiera, y no quiero hacerlo, para que conste.

Esa noche, tumbados juntos en la cama de Nico, repasamos mentalmente todos los pasos que hemos dado en las últimas semanas: la decisión sobre el máster, la búsqueda del piso, la firma del contrato, cada paso pequeño construyendo activamente hacia un futuro compartido que hace apenas un año, cuando nos reencontramos en aquel campo de rugby, ninguno de los dos habría imaginado siquiera remotamente posible.

—¿Sabes qué es lo que más ilusión me hace de todo esto? —pregunto, acurrucada contra su pecho.

—¿Qué cosa?

—Poder despertarme cada mañana a tu lado, sin tener que despedirnos después de cada cita, sin la incertidumbre de cuándo será la próxima vez que nos veamos. Simplemente, vida compartida, día a día.

—A mí también me hace muchísima ilusión, Sara. Llevo cuatro años enteros sin tener realmente un hogar en el sentido más profundo de la palabra, y contigo, sea donde sea, ya siento que lo tengo.

Sus palabras me llenan los ojos de lágrimas felices, y nos quedamos abrazados un buen rato más, en silencio, simplemente disfrutando de la certeza tranquila de que, a partir del próximo curso, vamos a compartir mucho más que citas ocasionales y fines de semana robados entre exámenes: vamos a compartir una vida completa, construida ladrillo a ladrillo sobre los cimientos sólidos de todo lo que hemos superado juntos hasta ahora.

Los exámenes finales llegan poco después, exigiendo toda nuestra concentración durante varias semanas intensas de estudio compartido en la biblioteca, con descansos ocasionales para tomar café y recargar energías antes de volver a los apuntes.

Clara, también inmersa en sus propios exámenes finales, se une a nosotros ocasionalmente, convirtiendo las sesiones de estudio en algo considerablemente más ameno de lo que serían en completa soledad.

—¿Estáis nerviosos por los resultados? —pregunta Clara una tarde, mientras repasamos juntos apuntes de distintas asignaturas.

—Un poco, aunque creo que hemos trabajado lo suficiente como para estar tranquilos —respondo, cerrando momentáneamente el libro de texto—. Además, después de todo lo que hemos superado este año, unos exámenes finales no parecen tan aterradores en comparación.

Nico sonríe ante mi comentario, cogiéndome la mano por debajo de la mesa en un gesto silencioso de acuerdo compartido.

Terminamos la sesión de estudio ya entrada la noche, satisfechos con el progreso realizado, y caminamos juntos de vuelta hacia nuestras respectivas residencias, sabiendo que apenas quedan unas semanas para cerrar oficialmente este capítulo universitario que nos ha traído tanto dolor compartido pero también, finalmente, tanta sanación genuina.