Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 27
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Capítulo 27

POV: Nico

Con la relación nuevamente estabilizada y Sara comprometida con su proceso terapéutico, los meses siguientes transcurren con una normalidad que ambos disfrutamos plenamente.

La temporada de rugby avanza hacia su recta final, con el equipo clasificado para la fase decisiva del campeonato universitario nacional, algo que no conseguíamos desde hace tres temporadas enteras.

—Estás especialmente concentrado últimamente —comenta Bruno durante un entrenamiento, mientras estiramos juntos después de una sesión particularmente intensa—. Buena señal para la final, supongo.

—Tengo muchos motivos para estar concentrado ahora mismo —respondo, sonriendo al pensar en Sara, en cómo las cosas entre nosotros mejoran progresivamente semana tras semana.

La final del campeonato se celebra en Madrid, lo cual significa un viaje del equipo completo, algo que Sara decide acompañar junto con Clara y algunos otros familiares y parejas de mis compañeros.

El ambiente en el autobús durante el trayecto es una mezcla de nervios y emoción contenida, con los jugadores repasando mentalmente las jugadas ensayadas durante semanas de preparación intensiva.

—¿Nerviosa? —le pregunto a Sara la noche antes del partido, mientras cenamos todos juntos en un restaurante cercano al hotel donde nos alojamos.

—Un poco, la verdad. Quiero muchísimo que ganéis, sé lo importante que es esto para ti y para todo el equipo.

—Pase lo que pase mañana, ya he ganado muchísimo este año simplemente recuperándote a ti.

Ella sonríe, sonrojándose ligeramente ante mi comentario, y por un momento, rodeados de bulliciosos compañeros de equipo celebrando anticipadamente, siento una gratitud profunda por todo el camino recorrido juntos hasta llegar a este punto.

El día del partido amanece soleado, con el estadio universitario de Madrid llenándose progresivamente de aficionados de ambos equipos finalistas.

Desde el vestuario, mientras me preparo mentalmente para el partido más importante de mi carrera universitaria, pienso brevemente en Álvaro, en cómo le habría encantado presenciar este momento, animando desde las gradas con su entusiasmo característico aunque no entendiera del todo las reglas del rugby.

—Para ti, hermano —susurro para mí mismo, tocando ligeramente el pequeño colgante que llevo desde hace meses con sus iniciales grabadas, un regalo que mis padres me hicieron en su memoria.

El partido resulta extremadamente reñido, con ambos equipos intercambiando el liderazgo del marcador constantemente durante los ochenta minutos reglamentarios.

En los últimos minutos, con el resultado empatado y la tensión palpable en todo el estadio, recibo un pase decisivo que me permite cruzar la línea de ensayo justo antes de que suene el silbato final, dándole la victoria a nuestro equipo en el último instante posible del partido.

El estadio entero estalla en júbilo, mis compañeros me levantan en volandas celebrando la victoria histórica, y cuando finalmente consigo liberarme del abrazo colectivo, busco automáticamente entre el público a Sara, encontrándola saltando de alegría junto a Clara, con lágrimas de emoción corriéndole por las mejillas.

Después de la ceremonia de entrega de trofeos, mientras el equipo celebra ruidosamente en el vestuario, Sara consigue colarse brevemente para felicitarme personalmente.

—Estoy tan orgullosa de ti —dice, abrazándome con fuerza a pesar del sudor y la suciedad acumulada durante el partido—. Has estado absolutamente increíble ahí fuera.

—No podría haberlo conseguido sin saber que estabas ahí apoyándome, de verdad te lo digo.

Esa noche, durante la celebración conjunta del equipo con familiares y amigos en un restaurante reservado para la ocasión, me doy cuenta de lo diferente que se siente todo comparado con hace apenas unos meses, cuando cargaba solo con todo el peso de mi dolor sin compartirlo con nadie.

Ahora tengo a Sara, tengo el apoyo renovado de mis padres, tengo un equipo que se ha convertido en una segunda familia, y por primera vez en cuatro años enteros, siento que el futuro se presenta genuinamente prometedor.

Antes de volver al hotel esa noche, Sara y yo nos escapamos un momento del bullicio de la celebración para dar un paseo tranquilo por las calles de Madrid, todavía vestido con la camiseta oficial del equipo manchada de la batalla del partido.

—¿Sabes lo que más me ha gustado de hoy? —pregunta, cogiéndome de la mano mientras caminamos.

—¿El ensayo decisivo del último minuto?

—Bueno, eso también, obviamente. Pero me refiero a verte tan feliz, tan realizado con algo que llevas persiguiendo durante toda tu carrera universitaria. Es bonito ver esa parte de ti que existe completamente independiente de todo el dolor que hemos compartido.

Sus palabras me hacen reflexionar sobre lo mucho que ha cambiado mi relación con el rugby desde que Sara volvió a mi vida.

Antes, el deporte era mi refugio principal para no pensar en Álvaro, mi manera de canalizar toda la rabia y el dolor acumulados en algo físico y controlable.

Ahora, aunque sigue siendo importante para mí, ya no es la única cosa que me mantiene funcionando día a día.

—Tienes razón —admito, apretando su mano con cariño—. El rugby siempre fue mi forma de escapar del dolor. Pero contigo he encontrado algo distinto, algo que no necesita ser una huida de nada, sino una construcción activa hacia algo bueno.

—Me alegra muchísimo ser parte de eso, Nico.

Paramos frente a una pequeña heladería todavía abierta a pesar de lo tarde que es, y compramos dos helados que nos comemos sentados en un banco cercano, celebrando en la intimidad de nuestra propia compañía lo que ha sido, sin ninguna duda, uno de los días más importantes y felices de toda mi vida universitaria hasta el momento.

Al día siguiente, ya de vuelta en Valencia después del largo viaje en autobús desde Madrid, el club organiza una pequeña celebración adicional en las instalaciones deportivas, con las familias y parejas invitadas a compartir el triunfo con todo el equipo.

Sara conversa animadamente con las madres de otros jugadores, integrándose con una naturalidad que me llena de orgullo silencioso, mientras Bruno insiste en mostrarle el trofeo a todo el que quiera verlo, repitiendo la narración del ensayo decisivo con cada vez más dramatismo añadido.

—Tu amigo exagera bastante, ¿no crees? —me susurra Sara, riéndose mientras Bruno gesticula exageradamente frente a un grupo de admiradores improvisados.

—Siempre ha sido así. Pero es parte de su encanto particular, supongo.

La celebración se extiende hasta bien entrada la tarde, y cuando finalmente Sara y yo conseguimos escaparnos hacia un rincón más tranquilo del jardín del club, nos sentamos juntos contemplando el atardecer, todavía con la camiseta manchada de la victoria del día anterior.

—Esto ha sido perfecto, Nico. Absolutamente perfecto.

—Lo mejor apenas está empezando, Sara. Estoy convencido de eso.

Esa noche, ya de vuelta en mi habitación después de acompañar a Sara hasta su residencia, llamo a mis padres para contarles con detalle todo lo sucedido durante el fin de semana en Madrid.

Mi madre, emocionada, insiste en que le envíe fotos del trofeo inmediatamente, mientras mi padre, con su brevedad habitual, simplemente dice: "Estoy orgulloso de ti, hijo.

Muy orgulloso." Sus palabras, aunque breves, contienen todo el peso emocional que necesito escuchar después de un fin de semana tan intenso en todos los sentidos.

Bruno entra en la habitación justo cuando cuelgo la llamada, todavía eufórico por la victoria.

—¿Puedes creer que hemos llegado hasta aquí, tío? Hace tres años ni siquiera llegábamos a cuartos de final.

—Han sido tres años de mucho trabajo duro, Bruno. Nos lo merecemos completamente.

Nos quedamos hablando hasta tarde sobre la temporada, sobre los próximos entrenamientos de cara a la pretemporada del año siguiente, sobre los planes de Bruno de quedarse también en Valencia para hacer un máster en fisioterapia deportiva.

Mientras la conversación fluye con esa camaradería tan característica de nuestro vestuario, pienso en lo afortunado que soy de tener, además del amor reconstruido con Sara, una amistad tan sólida que me ha acompañado durante los momentos más difíciles de estos últimos cuatro años universitarios.