Capítulo 26
POV: Sara
Paso los tres días siguientes evitando a Nico por completo, encerrada en mi habitación con Clara trayéndome comida y escuchando pacientemente mis lamentaciones sobre lo mal que ha ido todo.
—¿Y bien? —pregunta ella la tercera noche, sentándose en el borde de mi cama—. ¿Vas a quedarte aquí compadeciéndote indefinidamente, o vas a hacer algo al respecto?
—No sé qué hacer, Clara. Tiene razón en que probablemente necesito volver a terapia. Pero sentí que me estaba diciendo que no soy capaz de sanar, que soy demasiado para él.
—¿Eso fue realmente lo que dijo, o es lo que tú interpretaste con el miedo que ya tenías rondándote la cabeza desde la conversación conmigo?
Su pregunta me deja pensativa. Repaso mentalmente la conversación una y otra vez, intentando separar las palabras exactas de Nico de la interpretación catastrofista que mi propia inseguridad les ha dado.
—Creo que... creo que quizás exageré la reacción —admito finalmente—. Estaba tan asustada de que confirmara mis propios miedos que probablemente escuché lo que temía escuchar, no necesariamente lo que él quiso decir.
—Entonces quizás deberías hablar con él directamente en lugar de evitarlo indefinidamente.
Al día siguiente, reúno el valor necesario para escribirle un mensaje, pidiéndole que quedemos para hablar con calma. Su respuesta llega rápidamente, aceptando encontrarnos en el parque donde tantas conversaciones importantes hemos tenido ya.
Lo encuentro sentado en nuestro banco habitual, con expresión cansada, como si él tampoco hubiera dormido demasiado bien estos últimos días.
—Hola —digo, sentándome a una distancia prudente.
—Hola —responde él, sin mirarme directamente al principio.
—Creo que reaccioné mal el otro día —empiezo, decidiendo lanzarme directamente al grano en lugar de dar rodeos—. Estaba asustada, y proyecté ese miedo en lo que dijiste, interpretándolo como un rechazo cuando probablemente solo intentabas ayudarme genuinamente.
Nico se gira finalmente hacia mí, con expresión de alivio evidente.
—Yo también reaccioné mal, Sara. No debí sugerir que nos diéramos un tiempo, eso fue cruel e innecesario. Solo me sentí impotente al ver que no podía ayudarte lo suficiente, y en lugar de comunicarlo bien, lo convertí en un ultimátum injusto.
—¿Sigues pensando que debería volver a terapia?
—Sí, sinceramente. Pero no porque piense que eres insuficiente de ninguna manera, sino porque creo que mereces tener todo el apoyo profesional posible además del mío, que sé perfectamente que tiene limitaciones evidentes.
Asiento, considerando sus palabras con una mente más abierta ahora que el miedo inicial ha empezado a disiparse.
—Voy a buscar un terapeuta aquí en Valencia. Tienes razón en que necesito ayuda adicional para procesar todo esto completamente.
—Y yo voy a intentar ser más paciente y menos impulsivo cuando algo me abrume emocionalmente, en lugar de sugerir soluciones drásticas sin pensarlas bien primero.
Nos quedamos en silencio un momento, dejando que las disculpas mutuas se asienten entre los dos.
—¿Estamos bien? —pregunto finalmente, necesitando la confirmación explícita.
—Estamos mejor que bien —responde él, acercándose para abrazarme con fuerza—. Solo necesitábamos aprender a pelear correctamente, supongo. Nadie nos enseñó cómo hacerlo cuando ambos cargamos con tanto dolor acumulado.
Ese fin de semana, busco y encuentro una terapeuta especializada en duelo y trauma en Valencia, programando mi primera cita para la semana siguiente, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que estoy tomando el control activo de mi propia sanación, en lugar de simplemente reaccionar pasivamente al dolor cuando aparece inesperadamente.
Nico y yo pasamos el resto del fin de semana juntos, recuperando poco a poco la normalidad cálida que habíamos construido antes de la discusión, aunque ambos somos conscientes de que necesitamos aprender herramientas nuevas para comunicarnos durante los momentos de tensión inevitables que sin duda seguirán apareciendo en el camino.
—¿Qué te parece si establecemos una especie de código entre nosotros?
—propone Nico, mientras cenamos juntos en su habitación el domingo por la noche—.
Algo que podamos decir cuando sintamos que la conversación se está intensificando demasiado, una señal para parar y respirar antes de decir algo de lo que nos podamos arrepentir.
—Me gusta la idea. ¿Qué palabra propones?
Se queda pensando un momento, con expresión concentrada, hasta que finalmente sonríe.
—¿Qué tal "cala"? Como nuestra playa. Un recordatorio de que, pase lo que pase, ese es nuestro lugar de calma, nuestro punto de referencia para volver cuando las cosas se compliquen demasiado.
—Me encanta, sinceramente. "Cala" será nuestra palabra de seguridad a partir de ahora.
Sellamos el acuerdo con un beso suave, y por primera vez desde la discusión, siento que hemos convertido algo doloroso en una oportunidad genuina de crecer juntos, de aprender herramientas nuevas que nos servirán no solo para esta relación específica, sino para cualquier futuro compartido que decidamos construir juntos a partir de ahora, con más sabiduría y más paciencia mutua de la que teníamos disponible hace apenas unos meses.
El lunes siguiente, acudo a mi primera sesión con la nueva terapeuta, una mujer de mediana edad llamada Elena que tiene un despacho pequeño pero acogedor cerca del campus.
Durante la primera sesión, principalmente dedicada a conocer mi historial y establecer los objetivos del tratamiento, siento una mezcla de nerviosismo y alivio considerable al finalmente poder hablar abiertamente, con alguien completamente neutral y profesionalmente preparado, sobre todo lo que he cargado durante estos cuatro años enteros.
—Vamos a ir paso a paso, Sara —me dice Elena al final de la sesión—. No hay prisa por resolver todo de golpe. Lo importante es que hayas dado este paso de buscar ayuda profesional adicional.
Salgo de la consulta sintiéndome extrañamente ligera, como si el simple hecho de haber verbalizado en voz alta, ante alguien completamente ajeno a mi vida personal, parte de lo que llevo cargando, ya hubiera empezado a aliviar algo del peso acumulado.
Le mando un mensaje a Nico contándole cómo ha ido la primera sesión, y su respuesta llega cargada de orgullo genuino por el paso que acabo de dar hacia mi propia sanación integral.
Las semanas siguientes establecemos una rutina que combina las sesiones semanales con Elena, los entrenamientos intensivos de Nico de cara a la fase final del campeonato, y el tiempo que seguimos reservando religiosamente para estar juntos, ya sea estudiando en la biblioteca o simplemente paseando por el paseo marítimo al atardecer.
—Noto que estás distinta desde que empezaste la terapia —comenta Nico una tarde, mientras caminamos juntos hacia la cafetería—. Más tranquila, no sé exactamente cómo explicarlo.
—Elena dice que estoy empezando a separar la culpa real de la culpa que me autoimpongo innecesariamente. Es un proceso lento, pero siento que estoy avanzando de verdad.
—Me alegro muchísimo, Sara. Verte sanar de esta manera tan activa es una de las cosas más hermosas que he presenciado en mucho tiempo.
Sus palabras, pronunciadas con esa sinceridad que ya reconozco como parte fundamental de su carácter, me llenan de una calidez que se extiende considerablemente más allá de la simple satisfacción de sentirme comprendida: es la certeza tranquila de estar construyendo, junto a él, una relación basada en el crecimiento mutuo y en el apoyo incondicional, exactamente lo que ambos necesitábamos después de tanto tiempo cargando solos con nuestro propio dolor respectivo.