Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 25
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Capítulo 25

POV: Nico

Aunque nuestra conversación en la biblioteca parece haber resuelto momentáneamente las dudas de Sara, noto en los días siguientes que algo sigue sin estar del todo bien entre nosotros.

Hay una tensión sutil pero persistente que no consigo identificar completamente, hasta que una noche, durante una cena con Bruno y algunos compañeros del equipo, todo estalla de manera inesperada.

Uno de mis compañeros, sin mala intención pero con considerable torpeza social, menciona casualmente el accidente de mi hermano delante de todo el grupo, incluyendo a Sara, preguntándome detalles morbosos que jamás había compartido con nadie del equipo.

—Perdona, tío, no sabía que era un tema tan sensible —se disculpa el chico cuando nota mi expresión.

Sara, sentada a mi lado, se pone visiblemente pálida y tensa durante el resto de la cena, apenas participando en la conversación general. Cuando finalmente salimos del restaurante y caminamos de vuelta hacia la residencia, el silencio entre nosotros se vuelve cada vez más pesado.

—¿Estás bien? —pregunto, aunque ya sospecho la respuesta.

—No especialmente, la verdad —admite ella, con la voz tensa—. Cada vez que alguien menciona el accidente delante de otras personas, siento que todo el mundo va a descubrir tarde o temprano lo que realmente pasó. Que voy a tener que revivir esta pesadilla constantemente durante el resto de mi vida.

Me detengo un momento, procesando la magnitud de lo que acaba de confesar, dándome cuenta de que quizás he estado subestimando cuánto sigue pesándole esta situación en el día a día, más allá de las conversaciones importantes que ya tuvimos con mis padres.

—Entiendo que sientas eso, Sara, de verdad lo entiendo. Pero no puedes vivir con miedo constante de que la verdad salga a la luz de la peor manera posible. Ya se lo contamos a mis padres, y salió bien. Eso debería darte algo de confianza para el futuro.

—Contarlo una vez a las personas que ya conocían la historia de fondo es distinto a que se convierta en un secreto que tengo que gestionar indefinidamente con cada persona nueva que entre en tu vida, o en la mía.

—Nadie va a descubrir nada, Sara. Eso quedó entre nosotros y mis padres.

—¿Y qué pasa cuando conozca a más gente de tu vida? ¿Qué pasa cuando tengamos hijos algún día, si es que llegamos hasta ese punto, y tengan que enterarse de que su madre le mintió al tío que nunca conocieron, contribuyendo posiblemente a su muerte?

—Sara, estás adelantándote demasiado a acontecimientos hipotéticos que ni siquiera...

—¡No me estoy adelantando, Nico! —su voz se eleva, cargada de una frustración que evidentemente llevaba tiempo acumulando—.

Esto es real. Esto va a perseguirme durante el resto de mi vida, y a veces siento que tú lo has procesado y superado mucho más rápido que yo, y eso me hace sentir todavía peor conmigo misma.

Nos detenemos en mitad de la calle, ambos visiblemente alterados por la conversación que se ha ido escalando progresivamente.

—No he superado nada completamente, Sara. Simplemente he decidido no dejar que el pasado controle absolutamente cada aspecto de mi presente. Eso es diferente a haberlo superado del todo.

—Pues yo no sé cómo hacer eso. No sé cómo dejar de sentirme culpable cada segundo del día.

—Quizás deberías hablar con alguien profesionalmente. Un terapeuta, quiero decir. Alguien especializado en esto, no solo yo intentando torpemente ayudarte a cargar con este peso.

Sara se cruza de brazos, a la defensiva.

—Ya fui a terapia durante dos años, Nico. Ayudó, pero no resolvió esto completamente. Algunas heridas simplemente no se cierran del todo, por mucho que uno se esfuerce.

—Entonces quizás necesites volver a intentarlo. No estoy diciendo esto para hacerte sentir mal, sino porque me preocupa verte sufrir de esta manera constantemente, y siento que yo solo no puedo ser suficiente para ayudarte a sanar completamente.

Sus palabras, aunque bienintencionadas, me suenan en ese momento como un rechazo, como si me estuviera diciendo que soy insuficiente de alguna manera fundamental.

—Vale —digo, con más frialdad de la que pretendía—. Si sientes que no eres suficiente, quizás deberíamos darnos un tiempo para pensar las cosas con calma.

En cuanto las palabras salen de mi boca, veo el dolor reflejado instantáneamente en la cara de Sara, y me doy cuenta de que hemos llegado a un punto de la conversación del que ninguno de los dos sabe exactamente cómo salir sin hacernos más daño mutuamente.

—Vale —repite ella, con la voz completamente rota, dando un paso atrás como si mis palabras la hubieran golpeado físicamente—. Si eso es lo que realmente quieres.

—No es lo que quiero, Sara, pero no sé qué otra cosa decir en este momento que no empeore más las cosas entre nosotros.

—Pues no digas nada, entonces. A veces el silencio duele menos que ciertas palabras mal calculadas.

Se da media vuelta y camina en dirección contraria a la residencia, hacia su propio piso compartido con Clara, sin mirar atrás ni una sola vez.

Me quedo parado en mitad de la calle, con la sensación devastadora de haber estropeado, con un solo comentario impulsivo, todo el terreno que tanto nos había costado reconstruir juntos durante las últimas semanas.

Vuelvo a mi residencia caminando solo, con la cabeza dándole vueltas constantemente a la conversación, repasando cada palabra intercambiada, buscando el momento exacto en el que todo se torció de manera tan irreversible.

Bruno me encuentra sentado en las escaleras de la entrada, todavía sin ánimo de subir a mi habitación.

—¿Qué ha pasado? —pregunta, sentándose a mi lado sin necesidad de que se lo pida.

—Creo que acabo de estropearlo todo con Sara.

Le cuento la conversación completa, cada detalle, cada palabra mal calculada, y Bruno escucha con una atención genuina que agradezco enormemente en este momento de completa confusión emocional.

—Tío, suena a que ambos estabais heridos y asustados, y las palabras salieron mal por eso. No creo que hayas estropeado nada irreversible todavía, pero sí que necesitas arreglarlo pronto, antes de que el orgullo de ambos convierta esto en algo mucho más grande de lo que realmente es.

Sus palabras, aunque duras, contienen la verdad que necesito escuchar en este momento.

Subo a mi habitación esa noche sin conseguir conciliar el sueño fácilmente, dándole vueltas constantemente a cómo podría reparar el daño causado por mi comentario impulsivo, sin saber todavía que Sara, en su propia habitación, está pasando por exactamente el mismo proceso de autocrítica y duda.

Al día siguiente, evito deliberadamente la biblioteca a la hora habitual en que solemos coincidir, no porque quiera seguir evitando la situación, sino porque necesito primero ordenar mis propios pensamientos antes de intentar cualquier acercamiento.

Bruno insiste en acompañarme al entrenamiento, notando claramente mi estado de ánimo apagado.

—¿Has pensado ya en cómo vas a arreglar las cosas? —pregunta, mientras calentamos antes de la sesión.

—Todavía no exactamente. Sé que necesito disculparme, pero no quiero que suene a una disculpa vacía sin ningún cambio real detrás.

—Quizás deberías simplemente ser honesto sobre eso. Decirle que te das cuenta de que metiste la pata, que no sabes exactamente cómo arreglarlo del todo, pero que estás dispuesto a intentarlo con ella, paso a paso.

Su consejo, sorprendentemente maduro considerando su habitual tendencia a las soluciones simplistas, se me queda resonando durante todo el entrenamiento, mientras considero cuidadosamente cómo abordar la conversación pendiente que sé que necesito tener con Sara lo antes posible, antes de que el silencio entre nosotros se convierta en algo mucho más difícil de reparar.

Esa tarde, en lugar de escribirle inmediatamente, decido darle un día más de espacio, sabiendo por experiencia propia que a veces las palabras necesitan tiempo para decantarse antes de poder ser pronunciadas con la sinceridad que merecen.

Aprovecho ese tiempo para reflexionar profundamente sobre mi propio comportamiento durante la discusión, reconociendo que mi comentario impulsivo sobre darnos un tiempo surgió más de mi propia frustración e impotencia que de un deseo genuino de alejarme de ella.

El segundo día sin hablarnos, recibo un mensaje inesperado de Clara: "Sara está fatal, Nico.

Sé que esto no es asunto mío, pero creo que deberíais hablar pronto, los dos os merecéis arreglar esto.

" Su mensaje, aunque breve, me confirma que Sara está sufriendo tanto como yo por esta situación, y esa certeza me da el impulso final que necesitaba para dar el primer paso hacia la reconciliación.