Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 29
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Capítulo 29

POV: Nico

El día de la graduación llega acompañado de un sol radiante que ilumina el campus universitario de una manera casi simbólica, como si el propio clima quisiera celebrar el cierre de este capítulo tan significativo de nuestras vidas.

Sara y yo nos graduamos el mismo día, en ceremonias separadas por facultades pero coincidiendo por la tarde para la celebración conjunta con nuestras respectivas familias.

Mis padres viajan desde Robledal para la ocasión, igual que los padres de Sara, y por primera vez en mucho tiempo, ambas familias se reúnen juntas en una comida celebratoria que hace apenas un año habría resultado completamente impensable dado el historial de dolor compartido entre ambas familias.

—Estoy tan orgullosa de los dos —dice mi madre, con lágrimas de emoción genuina, mientras brindamos todos juntos por nuestros logros académicos recién alcanzados—. Álvaro estaría muy orgulloso también, estoy segura de ello.

La mención de mi hermano ya no provoca el silencio incómodo que solía generar hace apenas unos meses, sino que se ha convertido en algo que todos podemos mencionar con cariño y naturalidad, integrado orgánicamente en las conversaciones familiares como un recuerdo querido en lugar de una herida abierta que evitar mencionar.

Durante la comida, el padre de Sara, un hombre reservado a quien apenas he tratado directamente hasta ahora, se acerca para hablar conmigo a solas mientras las mujeres charlan animadamente en otra mesa.

—Quiero agradecerte algo —dice, sorprendiéndome con su franqueza inesperada—.

Mi hija pasó cuatro años enteros completamente cerrada emocionalmente, cargando con un peso que ni siquiera nosotros, sus propios padres, conseguimos entender del todo ni ayudarla a procesar.

Desde que volvió a estar contigo, la he visto sonreír genuinamente por primera vez en años.

—Ella me ha ayudado exactamente de la misma manera, señor. No podría haber sanado de la pérdida de mi hermano sin su ayuda tampoco.

—Cuídala bien, hijo. Los dos merecéis ser felices después de todo el sufrimiento compartido.

Esa noche, después de la celebración familiar, Sara y yo decidimos caminar hasta la cala pequeña que se ha convertido en nuestro lugar especial durante todo este tiempo compartido en Valencia, queriendo cerrar simbólicamente este capítulo universitario juntos, en el lugar donde tantas conversaciones importantes han transcurrido entre nosotros.

—No puedo creer que ya hayamos terminado la universidad —comenta Sara, sentándonos en la arena todavía tibia por el sol del día—. Parece que fue ayer cuando te vi por primera vez atándote los botines en el campo de rugby.

—Han pasado casi tres años enteros desde entonces. Tres años que han cambiado completamente nuestras vidas para siempre.

—Para mejor, espero.

—Sin ninguna duda para mejor, Sara. A pesar de todo el dolor que tuvimos que atravesar juntos para llegar hasta aquí.

Nos quedamos contemplando el atardecer en silencio compartido, disfrutando simplemente de la presencia mutua sin necesidad de llenar cada momento con palabras, algo que hemos aprendido a valorar enormemente durante estos últimos meses de relación consolidada.

—¿Qué crees que nos depara el futuro ahora? —pregunta ella finalmente, apoyando la cabeza en mi hombro.

—Creo que nos depara exactamente lo que decidamos construir juntos, paso a paso, sin prisa pero sin pausa tampoco.

Mientras contemplamos juntos cómo el sol se pone completamente en el horizonte marino, una idea que llevo semanas madurando en mi cabeza empieza a tomar forma definitiva, aunque decido guardármela todavía un poco más de tiempo, esperando el momento perfecto para llevarla a cabo.

Al día siguiente, aprovechando que Sara tiene planes con Clara para celebrar también su propia graduación con el resto de compañeras de Filología, decido llamar a Bruno para pedirle un favor que llevo días considerando cuidadosamente.

—Necesito tu ayuda con algo importante —le digo, cuando finalmente contesta al teléfono.

—Dime, tío. Lo que necesites.

Le explico mi plan con todo detalle: quiero pedirle matrimonio a Sara, en la cala pequeña donde todo se ha ido consolidando entre nosotros durante este último año, y necesito ayuda para preparar el escenario perfecto sin que ella sospeche absolutamente nada de antemano.

—Joder, Nico, esto sí que es una noticia enorme. Por supuesto que te ayudo, cuenta conmigo para lo que necesites. ¿Cuándo tienes pensado hacerlo?

—Todavía no lo tengo completamente decidido, pero pronto. Quiero que sea especial, memorable, algo que refleje todo lo que hemos vivido juntos para llegar hasta este punto.

Pasamos la siguiente hora hablando de detalles logísticos: las luces decorativas que Bruno conoce dónde conseguir prestadas del departamento de eventos de la universidad, la cesta de picnic que podríamos preparar entre los dos, la música suave que necesitaríamos para ambientar el momento perfecto sin resultar excesivo ni artificial.

—Vas a hacerla la mujer más feliz del mundo, tío —dice Bruno finalmente, con una sinceridad poco habitual en él—. Después de todo lo que habéis pasado juntos, os merecéis absolutamente este final feliz.

Sus palabras se me quedan resonando durante el resto del día, mientras empiezo a poner en marcha, con su ayuda, los primeros preparativos discretos para lo que espero sinceramente que sea el momento más importante de toda mi vida hasta ahora.

Durante las semanas siguientes, mientras Sara está ocupada con las últimas gestiones de matrícula del máster y con la mudanza progresiva de sus cosas al piso nuevo, aprovecho los ratos libres para ir avanzando discretamente en los preparativos: reservo una fecha específica con el departamento de eventos de la universidad para conseguir las luces decorativas, encargo el anillo en una joyería recomendada por mi madre, que insiste en acompañarme a elegirlo personalmente durante su siguiente visita a Valencia.

—Es precioso, hijo —dice ella, con lágrimas de emoción en los ojos, cuando finalmente elegimos el diseño definitivo—. Sara va a quedarse sin palabras.

—Eso espero, mamá. Llevo semanas pensando en cómo hacer que este momento sea perfecto para ella.

Mi madre me abraza con fuerza, y por un momento, rodeados de anillos y vitrinas brillantes en aquella joyería del centro de Valencia, siento la presencia simbólica de Álvaro acompañándonos también, como si de alguna manera invisible estuviera dándome su bendición para este paso tan importante que estoy a punto de dar con la persona que, contra todo pronóstico, ha conseguido sanar junto a mí las heridas más profundas que ambos cargábamos desde hace cuatro años enteros.

De vuelta en la residencia, guardo la cajita del anillo en el fondo de un cajón, cubierta cuidadosamente por calcetines y ropa deportiva para asegurarme de que Sara no la encuentre por accidente durante alguna de sus visitas frecuentes a mi habitación.

Bruno, el único que conoce completamente el plan, me ayuda a coordinar los últimos detalles logísticos durante las semanas siguientes, incluyendo el permiso especial que consigue del departamento de eventos para poder usar generadores portátiles de luz en la cala sin llamar demasiado la atención de otros posibles visitantes nocturnos de la playa.

—¿Has pensado ya exactamente qué le vas a decir? —pregunta Bruno, mientras revisamos juntos la lista de tareas pendientes una tarde en mi habitación.

—Tengo algunas ideas generales, pero creo que al final las palabras exactas van a salir solas en el momento. Ha sido así en cada conversación importante que hemos tenido este año, y confío en que esta vez no sea distinto.

—Me parece una sabia decisión, tío. A veces los discursos demasiado ensayados pierden autenticidad. Mejor hablar desde el corazón, sin guiones preparados.

Sus palabras, cargadas de una sabiduría inesperada, se me quedan resonando mientras continúo con los preparativos finales, contando los días que faltan para el momento que espero sinceramente que se convierta en el más importante de toda mi vida hasta ahora.