Capítulo 23
POV: Nico
Después del cementerio, decidimos pasar por casa de mis padres antes de emprender el regreso a Valencia.
Mi madre nos recibe con una comida improvisada que prepara en tiempo récord, encantada de tenernos allí sin previo aviso, y mi padre, fiel a su estilo habitual, se limita a preguntarnos cómo ha ido el viaje mientras sirve el vino en la mesa.
—¿Habéis pasado por la curva? —pregunta mi madre en un momento dado, con una delicadeza que agradezco enormemente.
—Sí —respondo—. Hemos parado un rato.
Mi madre asiente, comprendiendo perfectamente sin necesidad de más explicaciones, y cambia de tema hacia algo más ligero, preguntándonos por nuestros estudios y por el próximo partido decisivo del equipo.
—¿Y qué planes tenéis para después de graduaros? —pregunta mi madre, sirviendo más comida en nuestros platos con esa generosidad tan característica suya.
—Todavía estamos pensándolo, la verdad —contesta Sara—. Hay varias opciones sobre la mesa, académicas y de otro tipo, pero no queremos precipitarnos con la decisión.
—Tenéis tiempo de sobra para decidir con calma —dice mi padre, interviniendo inesperadamente en la conversación—. Lo importante es que sea lo que sea que decidáis, lo decidáis juntos, pensando en lo que de verdad os conviene a ambos.
Su comentario, pronunciado con una naturalidad que contrasta enormemente con su habitual reserva emocional, me sorprende gratamente, y por la expresión de Sara, veo que a ella también le ha tomado por sorpresa esta muestra tan directa de aceptación por parte de mi padre.
Terminamos la comida entre anécdotas ligeras y planes futuros todavía inciertos, y cuando finalmente llega el momento de despedirnos para emprender el viaje de regreso, mi madre nos prepara una bolsa con comida casera "para el camino", insistiendo en que no aceptará un no por respuesta, algo que nos hace reír a los dos mientras cargamos el coche para el trayecto de vuelta a Valencia.
Después de comer, mientras mis padres se retiran a descansar la siesta como llevan haciendo toda la vida, Sara y yo decidimos dar un paseo por las calles del pueblo, algo que ninguno de los dos habíamos hecho juntos desde hace más de cinco años.
—Es raro —comenta ella, mirando a su alrededor mientras caminamos por la plaza central—. Todo parece exactamente igual, y al mismo tiempo completamente distinto.
—Nosotros somos los que hemos cambiado, supongo. El pueblo sigue siendo el mismo de siempre.
Pasamos por delante de la antigua heladería donde solíamos ir los tres de niños, ahora regentada por otra familia, y por el parque donde Álvaro se rompió el brazo intentando hacer una pirueta con la bicicleta que había visto en un video de internet.
Cada rincón del pueblo parece guardar un recuerdo compartido de los tres juntos, y en lugar de resultar doloroso como habría esperado, resulta extrañamente reconfortante recorrerlo de la mano de Sara.
—¿Te acuerdas de cuando nos escapamos a la cala una noche de verano y tus padres llamaron a la policía porque no sabían dónde estábamos? —pregunta Sara con una sonrisa nostálgica.
—Cómo olvidarlo. Álvaro se llevó la bronca más grande de su vida por convencernos de que era buena idea.
—Fue idea mía en realidad —confiesa ella, riéndose—. Pero él cargó con la culpa porque decía que como hermano mayor le tocaba protegerme de los castigos.
Reímos juntos ante el recuerdo, y por un momento breve, es como si Álvaro estuviera caminando con nosotros por estas mismas calles, presente de alguna manera intangible en cada anécdota compartida que sacamos a relucir.
Llegamos hasta la casa de la infancia de Sara, actualmente vacía porque sus padres se mudaron a la ciudad hace un par de años, y ella se detiene frente a la verja oxidada, observando la fachada con una expresión difícil de descifrar.
—¿Estás bien? —pregunto, notando el cambio en su ánimo.
—Sí, es solo que... aquí es donde recibí la llamada de Álvaro aquella noche. En mi habitación, la de la ventana de arriba.
Miro hacia la ventana que señala, e imagino sin querer la escena: una Sara de diecinueve años, sola en su habitación, recibiendo una llamada que cambiaría el curso de tantas vidas para siempre.
—¿Quieres hablar de ello? —pregunto con cautela.
—No aquí, creo. Pero gracias por preguntarlo sin presionarme.
Continuamos caminando en silencio cómodo hasta llegar de vuelta a casa de mis padres, donde recogemos nuestras cosas para el viaje de regreso a Valencia. Antes de subir al coche, mi madre me abraza con fuerza y me susurra al oído algo que llevaré conmigo todo el trayecto de vuelta.
—Cuida bien de ella, hijo. Los dos os merecéis ser felices después de todo lo que habéis sufrido.
Durante el viaje de regreso, con Sara dormitando en el asiento del copiloto después de un día emocionalmente agotador, pienso en lo mucho que ha cambiado todo en las últimas semanas, y en cómo, contra todo pronóstico, este viaje al pasado nos ha ayudado a construir algo mucho más sólido para el futuro que compartimos ahora.
Paramos a repostar gasolina en una estación de servicio a mitad de camino, y Sara se despierta justo cuando apago el motor, desorientada momentáneamente por el cambio de escenario.
—¿Ya hemos llegado? —pregunta, frotándose los ojos con gesto somnoliento.
—Todavía no, estamos a mitad de camino. Solo paramos a repostar.
Aprovechamos la parada para estirar las piernas y comprar café para el resto del trayecto, sentándonos un momento en un banco exterior de la estación de servicio mientras el sol empieza a ponerse en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados espectaculares.
—Ha sido un día muy intenso —comenta Sara, sujetando el vaso de café caliente entre ambas manos.
—El más intenso que hemos tenido juntos, probablemente, contando también el día que me contaste toda la verdad.
—Pero un día bueno, a pesar de todo. Un día necesario.
Asiento, coincidiendo completamente con su valoración.
Retomamos el viaje poco después, con la radio sonando suavemente de fondo, y esta vez es mi turno de sentir el cansancio del día acumulándose, aunque me esfuerzo por mantenerme despierto al volante hasta que finalmente llegamos a las afueras de Valencia, con las luces de la ciudad iluminando el horizonte nocturno como una promesa silenciosa de todo lo que todavía nos queda por construir juntos en este nuevo capítulo de nuestras vidas compartidas.
Al llegar finalmente a la residencia, ya pasada la medianoche, Sara se despierta completamente al notar que el coche se ha detenido.
—Lo siento, me he quedado dormida todo el trayecto —dice, frotándose los ojos con gesto somnoliento.
—No pasa nada, necesitabas descansar después de un día tan intenso emocionalmente.
La acompaño hasta la puerta de su residencia, y nos despedimos con un abrazo largo que se prolonga considerablemente más de lo habitual, como si ninguno de los dos quisiera todavía separarse después de todo lo compartido durante este viaje tan significativo a nuestro pasado común.
—Gracias por este día, Nico. De verdad, gracias por todo.
—Gracias a ti por tener el valor de venir conmigo. Ha significado muchísimo, más de lo que puedo expresar completamente en palabras.
Me quedo viéndola entrar al edificio antes de conducir de vuelta a mi propia residencia, con la mente todavía procesando todo lo vivido durante estas últimas veinticuatro horas, sintiendo que hemos cerrado, juntos, un círculo que llevaba demasiado tiempo abierto entre los dos.
Al llegar a mi habitación, encuentro a Bruno todavía despierto, viendo un partido grabado en su portátil con los auriculares puestos. Se los quita en cuanto me ve entrar, notando inmediatamente mi expresión pensativa.
—¿Qué tal el viaje al pueblo? —pregunta, pausando el partido.
Le cuento brevemente lo esencial, sin entrar en todos los detalles más íntimos que prefiero guardar solo para mí y para Sara, pero compartiendo lo suficiente como para que Bruno entienda la magnitud emocional de lo que hemos vivido durante el día.
—Suena a que ha sido un día importante, tío. Para los dos.
—Lo ha sido, sí. Creo que hemos cerrado algo que llevábamos cuatro años enteros arrastrando sin saber cómo soltarlo del todo.
Bruno asiente, con esa seriedad poco habitual en él que solo aparece en los momentos verdaderamente significativos, y me ofrece un abrazo breve antes de volver a ponerse los auriculares, dejándome espacio para procesar en silencio, tumbado en mi propia cama, todo lo vivido durante este día que sin duda recordaré como uno de los más importantes de toda mi vida universitaria hasta ahora.