Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 22
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Capítulo 22

POV: Sara

El cementerio de Robledal es pequeño, como todo en este pueblo, rodeado de cipreses altos que llevan generaciones enteras vigilando en silencio a los muertos del lugar.

Nico camina a mi lado con paso decidido, aunque le noto la tensión acumulada en cada músculo del cuerpo, hasta que llegamos frente a una lápida sencilla de mármol gris con el nombre completo grabado: Álvaro Ferrer Muñoz, y las fechas que marcan una vida demasiado corta.

Me quedo paralizada a un par de metros de distancia, incapaz de acercarme más.

—Puedes acercarte —dice Nico, sin presionarme, simplemente informándome de que la opción está disponible—. Él no te guarda rencor, Sara. Estoy convencido de eso ahora.

Doy los pasos que me separan de la lápida, uno a uno, hasta quedarme justo delante, leyendo las fechas una y otra vez como si repetirlas mentalmente pudiera cambiar de alguna manera el resultado final.

—Hola, Álvaro —empiezo a hablar en voz baja, sintiéndome ridícula al principio por hablarle a una piedra, pero continuando de todos modos porque necesito decirlo en voz alta—.

Sé que ha pasado mucho tiempo. Demasiado tiempo, probablemente.

Y sé que te debo una disculpa que debería haberte dado hace años, aunque ya no puedas escucharla directamente.

Nico se coloca a mi lado, sin decir nada, simplemente ofreciendo su presencia silenciosa como apoyo.

—Te mentí aquella noche porque tenía miedo —continúo, con la voz cada vez más firme a medida que hablo—.

Miedo de lo que sentía por tu hermano, miedo de lo que eso podría significar para nuestra amistad de toda la vida, miedo de hacerte daño a ti.

Y al final te hice muchísimo más daño con la mentira del que jamás te habría hecho con la verdad.

Lo siento profundamente, Álvaro. Ojalá pudiera volver atrás y decirte simplemente la verdad aquella noche.

Me detengo un momento, respirando hondo antes de continuar, sintiendo cómo las palabras que llevo cuatro años enteros conteniendo finalmente encuentran su camino de salida.

—Eras el mejor amigo que alguien podría desear, Álvaro.

Siempre generoso, siempre dispuesto a ver lo mejor en la gente, incluso cuando esa gente, como yo, no se lo merecía del todo.

Espero que, dondequiera que estés, hayas encontrado la paz que quizás no tuviste en tus últimos momentos por mi culpa.

Las lágrimas me caen libremente, pero por primera vez en cuatro años no siento que me estén ahogando, sino que están limpiando algo que llevaba demasiado tiempo enquistado dentro de mí.

—He vuelto con Nico —añado, mirando de reojo a mi lado—.

Y sé que probablemente esto te sorprendería, o quizás no, considerando que tú fuiste el primero en darte cuenta de lo que sentíamos el uno por el otro antes que nosotros mismos.

Voy a cuidarlo, Álvaro. Te lo prometo. Y voy a intentar vivir mi vida sin cargar con esta culpa como si fuera un castigo permanente que merezco eternamente.

Nico me coge de la mano, apretándola con fuerza, y los dos nos quedamos en silencio compartido frente a la lápida durante un buen rato, dejando que el viento suave que atraviesa los cipreses se lleve, aunque sea simbólicamente, parte del peso que ambos hemos cargado durante tanto tiempo.

Cuando finalmente nos alejamos de la tumba, con las manos todavía entrelazadas, nos encontramos de camino a la salida con una mujer mayor que reconozco vagamente como una vecina antigua de la familia Ferrer.

—¿Sara? ¿Sara Vidal? —pregunta la mujer, sorprendida—. Cuánto tiempo sin verte por el pueblo, hija.

Se me tensa todo el cuerpo instintivamente, esperando algún comentario hiriente o alguna mirada de reproche por mi larga ausencia. Pero la mujer simplemente sonríe con calidez genuina.

—Me alegra mucho veros a los dos juntos otra vez —dice, mirando alternativamente nuestras manos entrelazadas—. Álvaro siempre decía que vosotros dos terminaríais juntos algún día. Se lo comentaba a mi nieta constantemente, ¿sabes? Decía que erais demasiado tercos para daros cuenta vosotros solos.

Las palabras de esta mujer, una desconocida prácticamente para mí, me impactan con una fuerza que no esperaba en absoluto.

Si Álvaro realmente pensaba eso, si de verdad deseaba en el fondo que Nico y yo termináramos juntos a pesar de sus propios sentimientos confusos aquella noche, entonces quizás el peso que he cargado durante cuatro años enteros nunca debió pesar tanto como lo hizo.

—Gracias por decirme esto —susurro, con la voz quebrada por la emoción—. No tiene ni idea de lo mucho que significa escuchar eso.

Nico me abraza con fuerza cuando la mujer se despide y continúa su camino, y por primera vez desde que llegamos a Robledal, siento que quizás el pueblo entero no me odia tanto como había imaginado durante todos estos años de autoexilio voluntario.

Caminamos de vuelta hacia el coche en silencio contemplativo, pasando junto a otras lápidas que reconozco vagamente de familias del pueblo, gente que conocí de pasada durante mi infancia, algunas ya fallecidas de causas naturales, otras probablemente todavía vivas y ancianas en sus casas, ajenas por completo al peso emocional que cargamos Nico y yo en esta visita concreta.

—¿Cómo te sientes? —pregunta Nico, cuando finalmente llegamos al coche.

—Extrañamente ligera. Como si hubiera estado cargando una mochila de piedras durante cuatro años y acabara de quitármela de encima, aunque todavía note el peso fantasma en los hombros.

—Tiene sentido. El duelo no desaparece de golpe, pero creo que hoy hemos dado un paso importante hacia dejarlo procesar de una manera más sana que simplemente evitarlo indefinidamente.

Subimos al coche, pero antes de arrancar, Nico se queda un momento mirando hacia la entrada del cementerio, como si quisiera memorizar este momento específico de alguna manera.

—Gracias por venir conmigo hoy, Sara. No creo que hubiera podido hacer esto solo, ni siquiera después de cuatro años enteros.

—Ni yo tampoco, sinceramente. Necesitábamos hacerlo juntos, exactamente como hemos hecho todo lo importante desde que nos reencontramos.

Arranca finalmente el coche, y mientras nos alejamos del cementerio en dirección a casa de sus padres, siento una calma nueva instalándose en mi pecho, una calma que no había experimentado desde mucho antes de aquella noche fatídica que cambió el rumbo de todas nuestras vidas de manera irrevocable.

Durante el trayecto corto hasta la casa familiar de los Ferrer, Nico enciende la radio local del pueblo, que todavía emite las mismas canciones que sonaban durante nuestra adolescencia, y por un momento, escuchando esas melodías familiares mientras cruzamos las calles conocidas de Robledal, siento una nostalgia agridulce que ya no me provoca el pánico habitual de los últimos cuatro años, sino más bien una especie de ternura resignada hacia todo lo que fuimos y todo lo que hemos tenido que atravesar para llegar hasta este momento presente.

—¿Te acuerdas de esta canción? —pregunta Nico, subiendo ligeramente el volumen—. Sonaba constantemente el verano que cumpliste dieciséis años.

—Cómo olvidarla. Álvaro se empeñó en aprenderla con la guitarra durante semanas enteras y nunca consiguió tocarla decentemente.

Reímos juntos ante el recuerdo compartido, y por primera vez en mucho tiempo, hablar de Álvaro no se siente como abrir una herida, sino como celebrar cariñosamente algo hermoso que compartimos los tres durante los mejores años de nuestra infancia y adolescencia juntos.

Mientras nos acercamos a las últimas calles antes de llegar a casa de sus padres, Nico baja un poco el volumen de la radio, mirándome de reojo con expresión pensativa.

—Gracias por acompañarme hoy en todo esto, Sara. Sé que no ha sido fácil para ninguno de los dos.

—No hay nada que agradecer, Nico. Estamos en esto juntos, pase lo que pase.

Sus palabras, simples pero cargadas de un significado profundo, se me quedan resonando mientras el coche se aproxima finalmente a la calle donde se encuentra la casa familiar de los Ferrer, ese hogar donde pasé tantas tardes de mi infancia jugando con Nico y Álvaro, y que hoy, después de tanto tiempo evitándolo, estoy a punto de volver a pisar con una sensación completamente distinta a la que imaginaba sentir.