Capítulo 21
POV: Nico
Dos semanas después de la cena con mis padres, con la relación entre Sara y yo ya asentada en una normalidad cálida que todavía me sorprende cada mañana al despertar, surge una idea que llevo días dándole vueltas sin atreverme a proponerla en voz alta.
—Quiero ir a Robledal —le digo una tarde, mientras preparamos juntos la cena en la pequeña cocina compartida de mi residencia—. Quiero visitar la tumba de Álvaro. Contigo.
Sara deja de remover la sartén de golpe, con la espátula suspendida en el aire.
—¿Conmigo? Nico, no he vuelto al pueblo desde el funeral. Ni siquiera he vuelto para ver a mis propios padres más de un par de veces al año, y siempre evitando cualquier ruta que pase cerca del cementerio.
—Lo sé. Y por eso mismo creo que deberíamos hacerlo juntos. No como una prueba, ni como una obligación. Simplemente porque creo que los dos necesitamos cerrar ese círculo de una vez, y hacerlo solos, cada uno por separado, no ha funcionado en cuatro años enteros.
Ella se queda callada un buen rato, apagando el fuego de la cocina sin terminar de cocinar, y se sienta pesadamente en una de las sillas de la pequeña mesa.
—Tengo miedo —admite finalmente—. Miedo de plantarme delante de esa lápida y no saber qué decir. Miedo de que la gente del pueblo me mire como llevan mirándome, seguramente, desde que desaparecí sin explicaciones.
—Estaré a tu lado todo el tiempo. No tienes que hacerlo sola.
Tarda tres días más en decir que sí, tres días durante los cuales la noto más callada de lo habitual, más pensativa, aunque no deja de venir a verme ni de mandarme mensajes cariñosos por las noches.
Cuando finalmente acepta, lo hace con una determinación que reconozco de la vieja Sara, la de antes de todo, la que se lanzaba a hacer las cosas difíciles precisamente porque le daban miedo.
—He estado hablando con mi terapeuta sobre esto, aunque todavía no empecé formalmente las sesiones —me confiesa la noche que acepta finalmente—.
Bueno, más bien he estado investigando terapeutas en Valencia, pensando que quizás necesito ese apoyo profesional además del tuyo para procesar todo esto correctamente.
—Me parece una idea excelente, Sara. Y quiero que sepas que apoyo completamente cualquier decisión que tomes en ese sentido, sin ningún tipo de presión por mi parte.
Sus palabras, pronunciadas con una vulnerabilidad genuina que agradezco enormemente, me confirman que estamos construyendo algo basado en la honestidad mutua, algo que va mucho más allá de simplemente reconciliar el pasado: estamos aprendiendo, juntos, a cuidar activamente de nuestra propia salud emocional.
Salimos un viernes por la mañana temprano, en mi coche, con un termo de café y una lista de reproducción que ella prepara "para no tener que hablar todo el trayecto si no queremos", según me explica con una sonrisa nerviosa mientras conecta el móvil al sistema de audio.
Las cuatro horas de viaje transcurren entre conversaciones triviales y silencios cómodos, hasta que empezamos a reconocer el paisaje: las colinas suaves, el desvío hacia la carretera comarcal, el cartel desgastado que anuncia la entrada a Robledal, un pueblo de apenas dos mil habitantes que ninguno de los dos ha vuelto a pisar juntos desde que éramos adolescentes.
—Para el coche un momento —dice Sara de repente, cuando pasamos junto a la curva.
La curva. La reconozco al instante por el árbol marcado todavía con una pequeña cruz de madera desgastada por el tiempo y las inclemencias meteorológicas, colocada allí por mis padres el primer aniversario del accidente.
Nunca he vuelto a pasar por aquí sin sentir que el pecho se me cierra por completo.
Paro el coche en el arcén de tierra, y los dos nos quedamos mirando la curva en silencio absoluto durante lo que parecen varios minutos.
—Cada vez que he pasado por aquí en coche con mis padres, de visita, he cerrado los ojos —confiesa Sara, con la voz apenas audible—. Nunca la había mirado de frente hasta ahora.
—Yo tampoco, si te soy sincero. Siempre encuentro una excusa para coger la otra carretera, la más larga, solo para evitar este tramo.
Salimos del coche los dos, sin decir nada más, y caminamos hasta la pequeña cruz de madera. Sara se arrodilla despacio junto a ella, tocando la madera desgastada con dedos temblorosos.
—Lo siento tanto, Álvaro —susurra, con lágrimas cayéndole silenciosamente por las mejillas—. Siento tanto no haber tenido el valor de decirte la verdad cuando todavía podías escucharla.
Me arrodillo junto a ella, pasándole un brazo por los hombros, y por primera vez en cuatro años enteros, lloro abiertamente en este lugar exacto sin intentar contenerme ni ocultarlo, dejando que el dolor acumulado durante tanto tiempo salga finalmente a la superficie compartido con la única persona que puede entenderlo completamente.
Nos quedamos así un buen rato, arrodillados en el arcén polvoriento, hasta que el sol empieza a ponerse ligeramente más bajo en el horizonte y decidimos, sin necesidad de palabras, que es hora de continuar hasta el pueblo y terminar lo que hemos venido a hacer.
—Gracias por traerme aquí —dice Sara, ya de vuelta en el coche, secándose las últimas lágrimas—. Necesitaba esto más de lo que era capaz de admitir.
—Yo también lo necesitaba, Sara. Los dos lo necesitábamos desde hace mucho tiempo.
Continuamos el trayecto hasta Robledal en un silencio reflexivo, cada uno procesando a su manera lo que acaba de suceder en el arcén de esa carretera.
El pueblo aparece finalmente ante nosotros, con sus tejados de teja anaranjada y su iglesia centenaria presidiendo la plaza principal, exactamente como lo recordaba de mi infancia, aunque con la sensación extraña de estar viéndolo con ojos completamente distintos después de todo lo vivido.
—¿Quieres ir directamente al cementerio, o prefieres que pasemos primero por casa de mis padres para descansar un rato? —pregunto, aparcando el coche en la plaza principal.
Sara mira por la ventanilla, observando las calles conocidas con una mezcla de nostalgia y aprensión evidente.
—Prefiero ir directamente, si te parece bien. Creo que si lo pienso demasiado, voy a encontrar excusas para posponerlo indefinidamente.
Retomamos el coche y conducimos los últimos minutos hasta el cementerio municipal, situado en las afueras del pueblo, rodeado de campos de cultivo que se extienden hasta donde alcanza la vista.
Aparco junto a la entrada, y ambos nos quedamos sentados un momento más en el coche, reuniendo el valor necesario para el paso siguiente.
—¿Estás lista? —pregunto, cogiéndole la mano.
—Todo lo lista que puedo estar, supongo.
Salimos del coche juntos, caminando hacia la entrada del cementerio bajo un cielo despejado de otoño que ilumina con una luz dorada particular todo el paisaje circundante, como si el propio día quisiera acompañar con suavidad el peso de lo que estamos a punto de hacer.
Antes de entrar, Sara se detiene un momento junto a la verja de hierro forjado, respirando hondo varias veces.
—¿Necesitas un minuto más? —pregunto, sin querer presionarla en absoluto.
—No, estoy lista. Cuanto más lo piense, más difícil se va a hacer. Prefiero simplemente entrar y afrontarlo de una vez.
Asiento, respetando su decisión, y cruzamos juntos la verja hacia el interior del cementerio, donde el silencio contemplativo propio de estos lugares nos envuelve inmediatamente, roto solo por el canto distante de algún pájaro y el susurro suave del viento entre las hojas de los cipreses centenarios que flanquean el camino principal hacia las distintas secciones del recinto.
Caminamos juntos por el sendero de gravilla, pasando junto a lápidas antiguas cubiertas de musgo, algunas con fechas de hace más de un siglo, otras considerablemente más recientes, cada una representando una historia completa de amor y pérdida que nunca llegaremos a conocer completamente.
Sara camina en silencio a mi lado, con la mirada fija al frente, evidentemente concentrada en reunir el valor necesario para lo que se aproxima.
—La sección donde está Álvaro es la más nueva del cementerio —explico, guiándola hacia la derecha en una bifurcación del camino—. Mis padres eligieron un lugar con vistas hacia el valle, decían que a él le habría gustado.
—Tiene sentido. Siempre le encantaron las vistas panorámicas, ¿te acuerdas de cuando insistía en subir hasta la ermita solo para ver el atardecer?
—Cómo olvidarlo. Casi nos rompemos una pierna en aquella subida improvisada.
Compartimos una sonrisa nostálgica ante el recuerdo, y esa pequeña conexión, ese momento breve de ligereza compartida, parece darnos a ambos la fuerza necesaria para continuar caminando hacia lo que sabemos que va a ser un momento profundamente emotivo para los dos.