Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 20
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Capítulo 20

POV: Sara

Los padres de Nico se marchan finalmente el domingo por la tarde, y el abrazo de despedida que me da su madre en el aparcamiento del hotel se prolonga considerablemente más de lo que cualquier abrazo meramente educado debería durar normalmente.

No añade nada más verbalmente, tampoco hace falta que lo haga; algunas cosas importantes se comunican mucho mejor a través del silencio compartido de un abrazo completamente sincero que mediante cualquier palabra adicional que pudiéramos encontrar para expresarlo.

Esa misma noche, Nico me lleva conduciendo hasta la cala pequeña situada en las afueras de Valencia, una que descubrimos juntos apenas unas semanas atrás y que se ha convertido, sin planificarlo conscientemente, en nuestro lugar especial compartido.

El mar se encuentra completamente tranquilo esta noche, el cielo estrellado está despejado, y por primera vez en cuatro años enteros siento genuinamente que puedo respirar profundamente sin que el peso constante de un secreto me oprima dolorosamente el pecho.

—Quiero decirte algo importante —dice Nico, sentándose junto a mí en la arena fina, tan cerca físicamente que nuestros brazos se rozan continuamente—. Y quiero que sepas con certeza que lo he pensado muchísimo detenidamente, no es en absoluto algo que diga a la ligera sin reflexionar previamente.

—Dime lo que necesites decirme, por favor.

—Durante cuatro años enteros pensé que había perdido simultáneamente a dos personas importantes la misma noche fatídica: a mi hermano querido y a ti también.

Y aprendí forzosamente a vivir con ese doble vacío emocional, a construir una vida completa alrededor de dos ausencias significativas que dolían de formas completamente distintas pero igualmente profundas en intensidad.

Nunca pensé realmente que recuperaría ninguna de las dos cosas perdidas.

Se me llenan nuevamente los ojos de lágrimas, aunque esta vez son lágrimas completamente distintas que no pesan de la misma manera que las anteriores.

—Pero te he recuperado a ti completamente —continúa hablando con voz emocionada—, y de alguna manera extraña y complicada emocionalmente, siento genuinamente que también he recuperado una parte importante de él, porque hablar abiertamente de Álvaro contigo, recordarlo juntos con cariño, es la primera vez en cuatro años enteros que su recuerdo se siente como algo que puedo sostener internamente sin que me rompa completamente por dentro de dolor.

—Nico...

—Te quiero profundamente, Sara. Te quise entonces, hace años, aunque fuéramos ambos demasiado jóvenes e inexpertos y demasiado torpes emocionalmente para saber nombrar correctamente lo que sentíamos, y te quiero ahora mismo, con absolutamente todo lo que hemos vivido juntos, con todo lo que nos ha costado emocionalmente llegar hasta este punto exacto.

No quiero seguir perdiendo más tiempo valioso fingiendo que esto que sentimos es más sencillo de lo que realmente es en la práctica.

Es complicado emocionalmente, y doloroso en ciertos momentos todavía, y probablemente lo seguirá siendo durante algún tiempo adicional.

Pero te quiero genuinamente, y no existe ningún secreto oculto, ningún fantasma persistente del pasado, que vaya a conseguir cambiar eso fundamentalmente.

Las palabras me salen atropelladamente antes de que pueda siquiera organizarlas coherentemente del todo, desordenadas pero completamente sinceras como todo lo que verdaderamente importa en la vida.

—Te quiero también profundamente, Nico. Nunca dejé realmente de quererte, ni siquiera cuando pensaba equivocadamente que no tenía ningún derecho legítimo a hacerlo, ni siquiera cuando la culpa acumulada era tan abrumadora que no podía verme a mí misma con claridad suficiente.

Te quise en aquel cobertizo hace años, te quise en el hospital cuando no supe exactamente qué decirte en ese momento tan difícil, te quise durante cada uno de estos cuatro años enteros de silencio autoimpuesto, y te quiero ahora mismo, en esta playa concreta, más de lo que jamás creí posible llegar a querer genuinamente a otra persona.

Nos besamos apasionadamente bajo un cielo completamente lleno de estrellas brillantes, en una playa que se ha convertido silenciosamente en testigo de la reconstrucción emocional de dos personas previamente rotas por la misma tragedia compartida, y por primera vez en muchísimo tiempo, el futuro que se avecina ya no me provoca miedo alguno.

Se siente, finalmente después de tanto sufrimiento, como algo genuino que realmente quiero construir activamente.

Con él a mi lado. A pesar de absolutamente todo lo vivido. Gracias precisamente a todo ello también.

Nos quedamos en la cala hasta bien entrada la madrugada, hablando de todo y de nada, riéndonos de anécdotas antiguas, planeando en voz alta, sin comprometernos todavía a nada concreto, cómo podría ser el futuro que estamos empezando a construir juntos.

Cuando finalmente el frío nocturno empieza a calarnos los huesos, decidimos volver caminando hacia la residencia, todavía cogidos de la mano, todavía incapaces de dejar de sonreír como dos adolescentes enamorados por primera vez.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —comenta Nico, mientras caminamos por las calles ya vacías de la ciudad universitaria.

—¿Qué cosa?

—Que a pesar de todo el dolor que hemos tenido que atravesar para llegar hasta aquí, no cambiaría absolutamente nada del camino recorrido.

Cada conversación difícil, cada silencio incómodo, cada lágrima derramada, todo eso nos ha traído exactamente hasta este momento presente, y no puedo imaginar querer llegar aquí de ninguna otra manera distinta.

Sus palabras resuenan profundamente en mí, porque reflejan exactamente lo que llevo sintiendo yo misma desde hace días, aunque no había conseguido articularlo con tanta claridad como él acaba de hacerlo.

—Estoy de acuerdo completamente. El camino ha sido durísimo, pero nos ha traído hasta aquí siendo versiones más honestas y más fuertes de nosotros mismos de lo que éramos antes.

Llegamos finalmente a la puerta de mi residencia, y nos despedimos con un beso largo que se alarga considerablemente más de lo que cualquier despedida normal debería durar, hasta que ambos nos reímos ante lo ridículo de seguir prolongando el momento cuando mañana tenemos clase temprano.

—Buenas noches, Sara. Te quiero.

—Buenas noches, Nico. Yo también te quiero, muchísimo.

Subo a mi habitación flotando prácticamente, con una sonrisa que no consigo borrar de la cara ni siquiera cuando Clara me recibe con preguntas curiosas sobre cómo ha ido la cita especial.

Le cuento todo, con pelos y señales, mientras ella escucha con los ojos brillantes de emoción genuina por mí, celebrando conmigo este nuevo capítulo que estamos empezando a escribir juntos después de tanto dolor compartido.

—Os merecéis muchísimo esta felicidad, Sara, de verdad te lo digo —comenta Clara, abrazándome con fuerza—. Después de todo lo que me has ido contando estos meses, verte así de feliz es lo mejor del mundo.

Esa noche, ya en la cama, releo el último mensaje que Nico me envió antes de dormir: "Buenas noches, mi amor.

Gracias por decirme que sí a todo lo que somos ahora.

" Sonrío ante la pantalla, sintiendo que las palabras "mi amor" resuenan de una manera completamente distinta ahora que sé, con absoluta certeza, que van dirigidas a mí sin ningún tipo de reserva o duda de por medio.

Los días siguientes transcurren con una ligereza nueva que impregna cada aspecto de mi vida universitaria: las clases se sienten menos pesadas, las lecturas obligatorias se disfrutan más plenamente, incluso las conversaciones triviales con compañeros de clase parecen tener un brillo especial que atribuyo directamente a la felicidad genuina que llevo experimentando desde aquella noche en la cala pequeña donde Nico y yo finalmente nos dijimos, en voz alta y sin reservas, todo lo que llevábamos sintiendo desde hace tanto tiempo.

El miércoles siguiente, Nico me sorprende apareciendo en la puerta de mi clase de literatura comparada, con dos cafés para llevar y una sonrisa traviesa.

—¿Qué haces aquí? No tenías entrenamiento ahora mismo, ¿no?

—Terminé antes de lo esperado y pensé que te apetecería un café mientras caminamos hacia tu siguiente clase. Además, cualquier excusa es buena para verte un rato más.

Caminamos juntos por el campus, cogidos de la mano, charlando sobre trivialidades del día, y varios compañeros de clase nos saludan con curiosidad evidente, claramente sorprendidos de vernos juntos de esta manera tan pública después de las tensiones evidentes de las primeras semanas del curso.

Clara, que nos ve desde lejos, nos hace un gesto discreto de aprobación con el pulgar levantado, sin poder disimular su sonrisa cómplice.

—Creo que se nos está empezando a notar demasiado —comento, riéndome ante las miradas curiosas de otros estudiantes.

—Que se note todo lo que quiera, Sara. Ya no tengo ninguna intención de esconder lo que siento por ti.

Sus palabras, pronunciadas con esa seguridad tranquila tan característica suya, me llenan de una calidez que se extiende por todo mi cuerpo, y por primera vez en mucho tiempo, camino por el campus sintiendo que finalmente puedo ser completamente yo misma, sin secretos, sin miedos paralizantes, simplemente feliz junto a la persona que ha decidido acompañarme en esta reconstrucción tan necesaria de mi propia vida.