Capítulo 19
POV: Nico
Mi padre no ha pronunciado ni una sola palabra durante toda la escena emocional que acaba de desarrollarse, algo tan característicamente típico de su personalidad que en cualquier otro momento distinto me haría sonreír con cariño.
Es un hombre de pocas palabras habitualmente y muchos silencios cargados de significado, y ha pasado los últimos cuatro años enteros encerrado emocionalmente en uno de esos silencios profundos que absolutamente nadie, ni siquiera mi madre, ni yo mismo, hemos conseguido atravesar completamente hasta ahora.
Pero cuando Sara termina finalmente de hablar, cuando mi madre la abraza cálidamente, mi padre se levanta silenciosamente de la mesa sin pronunciar palabra alguna y sale directamente del restaurante hacia la calle.
—Voy a buscarlo —le digo a Sara, apretándole suavemente la mano antes de soltarla para seguir a mi padre.
Lo encuentro parado justo fuera del restaurante, apoyado contra la pared exterior, mirando fijamente hacia el cielo nocturno como si estuviera buscando desesperadamente algo entre las estrellas que llevara cuatro años enteros sin conseguir encontrar aquí en la tierra.
—Papá.
—Tu hermano llevaba el corazón completamente en la mano constantemente —dice sin mirarme directamente, con la voz considerablemente más rota emocionalmente de lo que jamás la había escuchado antes en mi vida—.
Se enamoraba profundamente de todo, de todas las personas, de la vida misma en general, con una intensidad emocional que a veces me provocaba verdadero miedo, porque yo personalmente nunca fui de esa manera tan pasional.
Y llevo cuatro años enteros pensando que ese corazón tan grande y generoso fue precisamente lo que lo mató, de una manera u otra indirecta, y hoy resulta que tenía razón en mi intuición, solo que nunca imaginé que la historia completa sería exactamente de esta manera tan específica.
—Papá, lo que acaba de decir mamá...
—Lo sé perfectamente, lo he escuchado todo con atención.
Y tiene toda la razón del mundo. —Se gira finalmente hacia mí, con los ojos visiblemente húmedos, algo que jamás le había presenciado en toda mi vida—.
Pero saber algo racionalmente con la cabeza y sentirlo profundamente con el corazón son dos cosas completamente distintas entre sí, Nico.
Voy a necesitar tiempo adicional para que esas dos partes de mí mismo se pongan finalmente de acuerdo internamente.
—Lo entiendo perfectamente, papá.
—¿La quieres de verdad? —pregunta de pronto, cambiando abruptamente de tema con esa brusquedad tan característica suya—. A Sara, me refiero. ¿De verdad la quieres genuinamente, o es simplemente el fantasma persistente de lo que pudo haber sido hace cuatro años?
Pienso detenidamente en la pregunta con toda la seriedad que merece realmente.
—La quiero de verdad, papá, con toda sinceridad. No es ningún fantasma del pasado. Es completamente real, y es ahora mismo, en el presente, y es a pesar de absolutamente todo lo que hemos vivido juntos, no como sustituto de aquello, sino como continuación genuina.
Mi padre asiente lentamente con la cabeza, como si esa respuesta específica fuera exactamente lo que necesitaba escuchar de mi parte, aunque no lo demuestre abiertamente con ninguna emoción visible en su rostro habitualmente estoico.
—Entonces cuídala muy bien, hijo. Ha cargado con demasiado peso emocional ella completamente sola durante demasiado tiempo prolongado.
—Hace una pausa reflexiva—. Y cuídate también a ti mismo en el proceso.
Los dos os merecéis genuinamente dejar de castigaros mutuamente por algo que ya no se puede cambiar retroactivamente de ninguna manera.
Volvemos juntos al interior del restaurante, y encuentro a Sara y a mi madre conversando en voz baja, con las cabezas juntas en actitud confidencial, en una imagen que hace apenas una semana me habría parecido completamente imposible de imaginar.
Mi padre se sienta nuevamente a la mesa familiar, observa a Sara durante un momento considerablemente largo, y finalmente dice algo que no esperaba escuchar de su parte.
—Álvaro te quería muchísimo, ¿sabes? Como amiga cercana, como algo más profundo, o como sea que realmente lo sintiera internamente. Y creo sinceramente que, en algún lugar espiritual, se alegraría genuinamente de veros a los dos juntos de esta manera.
Sara rompe a llorar nuevamente, pero esta vez no es el tipo de llanto angustiado que había estado cargando en secreto durante cuatro años enteros. Es algo completamente diferente. Es, creo sinceramente, el principio genuino de dejar ir finalmente todo ese peso acumulado.
Terminamos la cena mucho más tarde de lo previsto originalmente, con el restaurante prácticamente vacío ya a nuestro alrededor y el personal empezando discretamente a recoger las mesas cercanas como indirecta educada de que deberíamos ir pensando en marcharnos.
Mi madre insiste en pagar la cuenta completa, algo que normalmente discutiríamos entre todos, pero que esta noche nadie tiene ánimo de cuestionar dado el peso emocional de todo lo vivido durante las últimas horas.
Al salir del restaurante, mi padre se acerca a Sara con un gesto que me sorprende genuinamente viniendo de un hombre tan poco dado a las muestras físicas de afecto.
—Gracias por tu valentía esta noche —le dice, dándole una palmada suave en el hombro—. Sé lo difícil que tiene que haber sido.
—Gracias a usted por escuchar, señor Ferrer. Y por no odiarme, aunque tendría todo el derecho a hacerlo.
—El odio no trae de vuelta a nadie, Sara. Solo consigue que sigamos perdiendo tiempo que ya no tenemos garantizado con las personas que sí siguen aquí.
Sus palabras, cargadas de una sabiduría dolorosamente adquirida, se quedan resonando en el aire mientras caminamos todos juntos hacia el hotel donde mis padres se alojan durante el fin de semana.
Nos despedimos en la puerta, con abrazos considerablemente más cálidos de los que habríamos imaginado posibles apenas unas horas antes, y cuando finalmente Sara y yo nos quedamos solos caminando de vuelta hacia mi residencia, ninguno de los dos dice nada durante un buen rato, simplemente procesando en silencio compartido la magnitud de lo que acaba de suceder entre nuestras dos familias.
—¿Estás bien? —pregunto finalmente, rompiendo el silencio cómodo.
—Mejor que bien, Nico. Siento como si me hubieran quitado un peso físico de encima de los hombros. No sabía que fuera posible sentirse tan ligera después de una conversación tan pesada.
Le cojo la mano mientras caminamos, entrelazando nuestros dedos con una naturalidad que hace apenas unas semanas habría parecido completamente imposible, y por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos siente la necesidad de llenar el silencio con más palabras.
Basta con caminar juntos, hombro con hombro, hacia lo que sea que nos depare el futuro compartido que estamos construyendo poco a poco.
Al llegar a la residencia, Sara se detiene un momento antes de despedirse, mirándome con una expresión que no consigo descifrar completamente.
—Gracias por traerme aquí este fin de semana, Nico. Sé que no fue fácil para ti tampoco, exponer tanto delante de tus padres.
—Ha valido completamente la pena, Sara. Cada momento difícil de esta noche ha valido la pena por llegar hasta este punto contigo.
Nos despedimos con un beso suave, prometiendo vernos al día siguiente para retomar la rutina universitaria habitual, y cuando finalmente subo a mi habitación, encuentro a Bruno todavía despierto, esperando ansioso noticias del fin de semana con mis padres.
—¿Y bien? ¿Cómo ha ido todo? —pregunta, incorporándose en la cama en cuanto entro.
Le cuento la noche completa, cada detalle, cada revelación, cada momento de tensión y de alivio posterior, y Bruno escucha con una atención genuina que agradezco enormemente considerando lo agotador emocionalmente que ha resultado todo el fin de semana.
—Suena a que las cosas están encaminándose hacia un lugar realmente bueno, tío. Me alegro muchísimo por vosotros dos.
Antes de dormir, llamo también a mis padres para agradecerles cómo han manejado toda la situación durante el fin de semana. Mi madre contesta, todavía visiblemente emocionada por los acontecimientos de la noche.
—Gracias por escuchar a Sara con el corazón abierto, mamá. Sé que no ha sido fácil para vosotros tampoco.
—Nada de lo relacionado con tu hermano ha sido fácil estos cuatro años, hijo. Pero esto, escuchar finalmente la verdad completa, de alguna manera se siente como el primer paso real hacia una sanación genuina para toda la familia, no solo para ti y para Sara.
Sus palabras se me quedan resonando mientras cuelgo la llamada, sintiendo una gratitud profunda hacia mis padres por su disposición a sanar juntos, a pesar de todo el dolor acumulado durante estos años tan difíciles.
Me quedo dormido esa noche con una sensación de paz que llevaba mucho tiempo sin experimentar, sabiendo que, pase lo que pase a partir de ahora, hemos dado un paso decisivo hacia la reconstrucción completa de todo lo que la tragedia había destrozado en nuestras vidas familiares.