Capítulo 15
POV: Nico
Los días siguientes resultan completamente distintos a cualquier cosa que hayamos experimentado juntos anteriormente, distintos incluso a los veranos compartidos en la cala pequeña, porque ahora ya no hay absolutamente nada escondido entre los dos, ningún secreto agazapado esperando pacientemente el momento oportuno para salir a la luz y destrozarlo todo otra vez de forma inesperada.
Quedamos prácticamente a diario durante esta semana, oficialmente para terminar juntos el trabajo obligatorio de Sociología, que finalmente entregamos con una nota académica bastante alta y una sensación extraña de estar cerrando simbólicamente un capítulo completo de nuestras vidas mientras simultáneamente abrimos otro completamente distinto.
Pero las tardes compartidas en la biblioteca se alargan considerablemente más de lo estrictamente necesario para el trabajo académico, y empezamos gradualmente a quedar también sin ninguna excusa académica de por medio: a cenar juntos tranquilamente, a caminar sin rumbo fijo por el paseo marítimo al atardecer, a ver partidos grabados de rugby que ella finge entender considerablemente mejor de lo que realmente entiende en la práctica.
—Explícame otra vez, por favor, por qué eso específicamente ha sido pitado como falta —dice una noche cualquiera, señalando la pantalla del portátil con el ceño visiblemente fruncido, tan concentrada en el partido que se le nota claramente el esfuerzo genuino por aprender algo que le importa únicamente porque me importa profundamente a mí.
—Porque el placaje en cuestión fue ejecutado por encima de la línea de los hombros del jugador. Es considerado peligroso según el reglamento actual.
—Vale, entiendo, pero tú también placas con esa misma fuerza bruta habitualmente.
—Yo lo hago correctamente, siguiendo las normas. —Sonrío ante su comentario, y ella pone los ojos en blanco de esa manera tan particular suya que ya reconozco perfectamente como su forma característica de decir "me gustas muchísimo, aunque no vaya a admitirlo abiertamente en voz alta todavía".
Estamos sentados en el suelo de mi habitación en la residencia estudiantil, con la espalda apoyada contra el borde de la cama, considerablemente más cerca físicamente de lo que la simple excusa del portátil compartido justificaría razonablemente.
Llevo toda la noche entera notando cómo la distancia física entre nuestros hombros se va reduciendo gradualmente centímetro a centímetro, sin que ninguno de los dos lo mencione abiertamente en voz alta, como si fuera un juego silencioso y tácito que ambos hemos decidido jugar simultáneamente sin ponernos de acuerdo previamente.
—Nico.
—¿Sí, dime?
—¿Todavía sigues estando enfadado conmigo? —pregunta ella, sin mirarme directamente, con la vista fija deliberadamente en la pantalla congelada del partido de rugby.
Lo pienso de verdad con seriedad antes de responder, porque le debo sinceramente una respuesta completamente honesta, no simplemente una respuesta tranquilizadora y vacía de contenido real.
—Un poco todavía, sinceramente. Creo que voy a tardar todavía algo de tiempo en dejar de estarlo completamente.
Pero ya no estoy enfadado contigo específicamente, no de la misma manera que antes.
Estoy enfadado con la situación general.
Con lo tremendamente injusto que resultó ser todo el asunto para ambos.
Se gira completamente hacia mí entonces, y la cercanía física que llevábamos toda la noche construyendo silenciosamente sin palabras se vuelve, de pronto, completamente imposible de ignorar por más tiempo.
—Puedo perfectamente con eso —dice en voz baja—. Puedo esperar pacientemente a que dejes de estar enfadado con la situación general, mientras tanto no dejes de... —No termina completamente la frase que ha empezado.
—¿Mientras no deje de qué exactamente?
—Mientras no dejes de mirarme de la forma en que me estás mirando justo ahora mismo.
No sé con certeza quién de los dos se acerca primero físicamente.
Puede que ambos simultáneamente a la vez, después de cuatro años enteros de casi-momentos interrumpidos constantemente por el destino cruel, por el miedo paralizante, por un cobertizo específico y una ventana concreta y un hermano querido que nunca llegó a tener la oportunidad de presenciar cómo terminaba realmente esta historia compartida entre los tres.
El beso resulta lento al principio, casi tembloroso por la intensidad emocional acumulada, como si ambos necesitáramos comprobar físicamente que esto es completamente real y no simplemente otro sueño más del que despertaremos con el pecho completamente vacío de nuevo.
Y entonces deja completamente de ser lento en cuestión de segundos.
Cuando finalmente nos separamos, con la frente de Nico apoyada suavemente contra la mía y su respiración tan irregular como la mía propia en ese momento, susurro lo único que tiene sentido lógico decir en este instante tan cargado de significado:
—Cuatro años enteros de retraso.
—Mejor tarde que nunca —contesta él con una sonrisa genuina, antes de besarme nuevamente con la misma intensidad.
Nos quedamos así, en el suelo de su habitación, durante lo que parecen horas enteras, alternando entre besos y conversación susurrada, entre risas nerviosas y silencios cómodos, redescubriendo poco a poco una intimidad que llevábamos cuatro años enteros sin permitirnos experimentar.
Es Nico quien finalmente rompe el hechizo, mirando el reloj de su móvil con expresión sorprendida.
—Es más de medianoche. Deberías quedarte a dormir aquí, si te parece bien, claro. No hay ninguna prisa por que vuelvas a tu residencia con este frío.
—¿Estás seguro?
—Completamente seguro. Aunque solo sea para dormir, Sara. No estoy intentando presionarte hacia nada más de lo que estás preparada para dar en este momento.
Su consideración, tan característica de él incluso en un momento tan cargado de tensión romántica, me hace quererlo todavía más, si es que eso es posible después de todo lo que ya siento.
Acepto quedarme, y pasamos el resto de la noche simplemente abrazados en su cama estrecha de residencia, hablando en susurros sobre planes futuros, sobre asignaturas del próximo semestre, sobre absolutamente nada importante y al mismo tiempo sobre todo lo que verdaderamente importa entre dos personas que están reconstruyendo algo genuino juntas.
A la mañana siguiente, me despierto envuelta en sus brazos, con la luz del amanecer entrando tímidamente por la ventana de la habitación, y por primera vez en cuatro años enteros, no siento ningún peso inmediato oprimiéndome el pecho al abrir los ojos.
Solo siento calidez, y la certeza tranquila de que, pase lo que pase a partir de ahora, hemos dado un paso genuino hacia adelante que ninguno de los dos está dispuesto a retroceder.
Nico se despierta poco después, sonriendo al verme todavía acurrucada contra su pecho, y pasamos un buen rato simplemente disfrutando de la mañana, sin prisa por levantarnos a pesar de tener clase en un par de horas.
—¿Sabes qué? —dice, apartándome un mechón de pelo de la cara con dedos suaves—. Llevo cuatro años enteros sin sentirme tan en paz al despertar.
—Yo tampoco recordaba lo que se sentía, la verdad.
Nos vestimos finalmente, entre risas y besos robados, y salimos juntos hacia el campus, cogidos de la mano sin ningún tipo de disimulo, algo que hace apenas unas semanas habría parecido completamente impensable.
Bruno nos ve cruzar el patio central desde lejos, y su expresión de sorpresa satisfecha resulta casi cómica cuando finalmente nos alcanza.
—Vaya, vaya, esto sí que es una novedad interesante —comenta, con una sonrisa amplia—. Me alegro muchísimo por vosotros dos, de verdad.
El resto del día transcurre con una ligereza nueva, enviándole mensajes cariñosos a Sara entre clases, con Bruno bromeando constantemente sobre el cambio evidente en mi humor, con una sensación general de que, después de tanto dolor compartido, finalmente estamos construyendo algo que merece la pena celebrar abiertamente.
Esa noche, ya en mi habitación, repaso mentalmente todo lo vivido en las últimas semanas: el reencuentro tenso en el campo de rugby, las conversaciones incómodas en la biblioteca, la revelación devastadora en el parque, y ahora esto, esta calidez nueva que se ha instalado entre nosotros como si el tiempo perdido pudiera, de alguna manera, recuperarse a base de decisiones valientes tomadas en el presente.
Le escribo un mensaje antes de dormir: "Gracias por hoy. Por esta mañana, por confiar en mí, por todo." Su respuesta llega acompañada de un corazón dibujado con emojis, simple pero cargado de un significado que ninguno de los dos necesita explicar con más palabras.