Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 14
45%

Capítulo 14

POV: Sara

Llego al parque bastante antes que él, con los nervios completamente convertidos en un nudo físico real en el estómago que no se deshace ni respirando profundamente diez veces seguidas de forma consciente.

No sé exactamente qué esperar de esta conversación.

Cuatro días completos de silencio absoluto pueden significar potencialmente cualquier cosa, desde un adiós definitivo e irrevocable hasta una segunda oportunidad genuina que ni siquiera me atrevo a nombrar mentalmente todavía por miedo a ilusionarme en exceso.

Nico llega caminando diez minutos después de mi llegada, con ambas manos metidas en los bolsillos del pantalón y una expresión facial que no consigo descifrar completamente por mucho que lo intento.

Se sienta en el mismo banco exacto de la otra noche, dejando deliberadamente un espacio prudente entre los dos cuerpos, y durante un momento considerable ninguno de los dos dice absolutamente nada.

—He pensado muchísimo durante estos días —empieza a hablar él finalmente, rompiendo el silencio incómodo—. Sobre Álvaro. Sobre ti también. Sobre aquella noche específica que cambió todo para siempre.

—Nico, yo...

—Déjame terminar de hablar primero, por favor.

—Su voz no suena fría exactamente, pero tampoco es la voz cálida que usó en la playa hace unos días—.

Estuve genuinamente enfadado contigo. Sigo estándolo, un poco todavía.

Porque durante cuatro años enteros pensé que yo había hecho algo mal personalmente, y ahora resulta que la verdad completa era algo completamente distinto a lo que imaginaba, y necesito tiempo adicional para digerir emocionalmente toda esta información nueva.

Asiento con la cabeza, tragándome las ganas urgentes de disculparme nuevamente, de repetir exactamente lo mismo que ya le dije en este mismo banco hace apenas cuatro días.

—Pero también he reflexionado sobre algo más importante —continúa hablando—.

Tenías solamente diecinueve años en aquel momento, Sara.

Estabas genuinamente asustada, confundida emocionalmente, y cometiste un error profundamente humano, terriblemente humano en realidad, que has pagado cada día durante cuatro años enteros de una forma que sinceramente dudo mucho que yo hubiera podido soportar en tu lugar.

No fuiste tú quien condujo el coche esa noche fatídica.

No fuiste tú quien decidió no ponerse el cinturón de seguridad, ni tampoco quien decidió tomar esa curva peligrosa demasiado rápido.

Fue un accidente trágico. Terrible e injusto, pero un accidente al fin y al cabo.

Se me llenan los ojos completamente de lágrimas que ya no intento contener de ninguna manera.

—Durante cuatro años enteros he necesitado desesperadamente que alguien me dijera exactamente eso —susurro con la voz temblorosa—.

Y siempre pensé que la única persona cuya opinión me importaba verdaderamente en el mundo entero nunca me lo diría, porque tendría todo el derecho legítimo del mundo a odiarme por completo.

—No te odio en absoluto, Sara. —Se acerca un poco más hacia mí en el banco, lo suficiente como para que sienta el calor corporal de su brazo junto al mío—.

Estoy dolido emocionalmente, es cierto. Necesito procesar todo esto durante más tiempo del que me gustaría, probablemente.

Pero no te odio para nada, y cuanto más lo pienso racionalmente, más me doy cuenta de que llevo cuatro años enteros enfadado con la persona completamente equivocada.

—¿Con quién deberías estar enfadado entonces, según tu razonamiento?

—Conmigo mismo, quizás, en parte. Por no haber insistido lo suficiente en el hospital en su momento.

Por haberte permitido desaparecer completamente sin luchar más por obtener una respuesta clara.

—Suspira profundamente—. O quizás con nadie en particular.

A veces las cosas verdaderamente malas simplemente pasan sin que nadie tenga toda la culpa objetivamente, por mucho que ambos hayamos pasado cuatro años enteros intentando desesperadamente encontrar a alguien específico a quien culpar, aunque ese alguien fuéramos nosotros mismos.

Nos quedamos en silencio compartido durante un rato considerable, un silencio bastante distinto al de hace unos días, mucho más ligero emocionalmente, aunque todavía cargado con todo lo que queda pendiente por resolver entre los dos.

—¿Qué hacemos ahora entonces? —pregunto finalmente, rompiendo el silencio.

Nico se gira hacia mí completamente, y por primera vez desde que llegó al parque esta tarde, sonríe genuinamente, aunque sea una sonrisa pequeña y visiblemente cansada por el desgaste emocional de estos días.

—Ahora, supongo, deberíamos intentar averiguar juntos qué es exactamente esto que tenemos.

—Señala el espacio físico entre los dos con un gesto vago de la mano—.

Sin mentiras de ningún tipo. Sin secretos ocultos.

Empezando completamente de cero si es necesario, siempre que puedas tener la paciencia suficiente conmigo mientras termino de procesar internamente todo lo demás.

—Puedo tener toda la paciencia del mundo entero si hace falta —digo con sinceridad total, y es la primera cosa que digo en meses enteros que sale de mi boca sin ningún peso emocional negativo detrás de las palabras.

Nos quedamos sentados en el banco un rato más, sin necesidad de seguir hablando, simplemente disfrutando de la compañía mutua bajo el cielo nublado que amenaza lluvia sin llegar a cumplir la amenaza. Es Nico quien finalmente rompe el silencio, con una pregunta que no esperaba.

—¿Te apetece que vayamos a tomar algo caliente? Hace bastante frío ya, y creo que los dos necesitamos algo que no sea únicamente conversación seria por una noche.

—Me encantaría, la verdad.

Caminamos juntos hasta una pequeña cafetería nocturna cerca del campus, de esas que permanecen abiertas hasta tarde para estudiantes trasnochadores, y pedimos dos chocolates calientes que nos sirven en tazas enormes decoradas con dibujos infantiles de estrellas.

Nos sentamos junto a la ventana, viendo pasar a los pocos transeúntes nocturnos, y por primera vez en mucho tiempo, la conversación fluye sin esfuerzo hacia temas completamente triviales: series que estamos viendo, profesores particularmente memorables, anécdotas del equipo de rugby que Nico cuenta con un entusiasmo contagioso.

—Nunca pensé que volveríamos a tener una conversación tan normal —comento, sujetando la taza caliente entre ambas manos para calentarme los dedos.

—Yo tampoco, sinceramente. Pero me gusta. Me gusta mucho, de hecho.

Sus palabras, pronunciadas con una sencillez desarmante, se me quedan resonando durante el resto de la noche.

Cuando finalmente nos despedimos frente a la parada de autobús, ninguno de los dos hace amago de darse un abrazo de despedida, aunque el impulso está claramente presente en el aire entre los dos, algo que ambos decidimos tácitamente dejar para más adelante, cuando estemos completamente seguros de que el terreno que estamos reconstruyendo es lo suficientemente sólido como para soportar el peso de algo más íntimo entre nosotros.

De camino a casa esa noche, con el frío nocturno calándome a través de la chaqueta, pienso en lo mucho que ha cambiado la dinámica entre nosotros en apenas unas horas.

Hace unos días, la idea de reírme abiertamente con Nico sobre anécdotas triviales me habría parecido completamente imposible, considerando el peso de todo lo que teníamos pendiente por resolver.

Y sin embargo, aquí estamos, encontrando pequeños momentos de normalidad y alegría compartida en medio de la reconstrucción cuidadosa de algo mucho más profundo y complicado.

Clara está despierta cuando llego al piso, y en cuanto ve mi expresión, sonríe con complicidad.

—No hace falta que digas nada, se te nota en la cara que la conversación con Nico ha ido bien.

—Mejor que bien, Clara. Creo que estamos encontrando el camino de vuelta hacia algo genuino, poco a poco.

Esa noche, ya en la cama, repaso mentalmente cada palabra de la conversación con Nico en el parque, sintiendo un alivio profundo al comprobar que, a pesar de todo el dolor y la confusión de los últimos días, hemos conseguido encontrar un camino de vuelta hacia la comunicación honesta que tanto necesitábamos.

Pienso también en Álvaro, preguntándome, no por primera vez, qué pensaría él de vernos reconstruir juntos algo que él mismo presenció nacer hace tantos años en aquel cobertizo.

Al día siguiente, en clase de literatura comparada, me cuesta considerablemente concentrarme en la explicación sobre narrativa medieval, con la mente todavía flotando en los recuerdos cálidos de la conversación de la noche anterior.

La profesora, notando mi evidente distracción, me pregunta directamente sobre un pasaje que acabamos de leer, y consigo improvisar una respuesta razonablemente coherente que, sorprendentemente, resulta ser acertada.

Durante el descanso, reviso el móvil y encuentro un mensaje de Nico: "Buenos días.

Espero que hayas dormido bien después de todo lo de anoche.

" Sonrío ante la pantalla, sintiendo esa calidez familiar que ya empiezo a asociar directamente con él, y le contesto contándole brevemente sobre mi despiste en clase, algo que le hace reír según su respuesta inmediata llena de emojis divertidos.