Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 13
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Capítulo 13

POV: Nico

No contesto sus mensajes durante tres días completos seguidos.

No lo hago porque quiera castigarla deliberadamente de ninguna manera, sino porque literalmente no sé qué decirle con propiedad, y cada vez que abro la aplicación de mensajería para intentar escribir algo coherente, las palabras se me quedan completamente atascadas entre la rabia justificada y la comprensión creciente, dos sentimientos contradictorios que se pelean constantemente dentro de mí sin que ninguno de los dos consiga ganar del todo la batalla interna.

Entreno considerablemente más de la cuenta durante estos días.

Corro distancias hasta que las piernas me tiemblan visiblemente de puro agotamiento físico.

Evito sistemáticamente la biblioteca central, evito la cafetería de la facultad de Filología, evito cualquier lugar específico donde pudiera cruzarme accidentalmente con ella, aunque una parte irracional de mí mismo, la parte que lleva cuatro años enteros sin poder dejar de buscarla instintivamente en cualquier multitud de gente, sigue mirando de reojo constantemente cada vez que entro en cualquier aula nueva.

El segundo día, recibo un mensaje de mi madre preguntando cómo va todo, un ritual semanal que cumplo religiosamente.

Por primera vez en mucho tiempo, considero contarle algo sobre Sara, sobre la revelación reciente, pero al final decido esperar, sintiendo que primero necesito procesar yo mismo toda esta información antes de compartirla con nadie más, ni siquiera con la persona que más me ha apoyado durante estos cuatro años de duelo compartido.

Durante uno de mis entrenamientos de esos días, el entrenador me llama aparte, notando evidentemente mi rendimiento por debajo de lo habitual.

—Ferrer, ¿todo bien? Llevas dos días jugando como si tuvieras la cabeza en cualquier otro sitio menos en el campo.

—Todo bien, entrenador. Cosas personales que estoy procesando.

—Tómate el tiempo que necesites, pero no dejes que te consuma completamente. El equipo te necesita centrado para el partido del domingo.

Sus palabras, aunque pronunciadas con la brusquedad práctica típica de los entrenadores, me recuerdan que la vida continúa a mi alrededor, con responsabilidades y compromisos que no puedo simplemente abandonar mientras proceso mi propio torbellino emocional interno.

Bruno no pregunta directamente sobre el tema, pero deja caer varios comentarios sutiles que dejan bastante claro que sabe perfectamente que algo importante está pasando conmigo.

—Sea lo que sea que te contó finalmente —dice el tercer día consecutivo, mientras recogemos juntos el material deportivo del campo de entrenamiento—, llevas tres días completos caminando por ahí como si te pesara físicamente el doble de lo normal.

—Es una situación complicada, Bruno.

—Todo lo verdaderamente importante en la vida suele serlo, tío.

—Se cuelga la bolsa deportiva al hombro con gesto pensativo—.

Mira, Nico, no sé exactamente qué te contó ella en detalle.

Pero sí sé una cosa con certeza absoluta: si de verdad fuera tan simple como odiarla completamente por lo que sea que pasó entre vosotros, ya la odiarías sin ningún tipo de duda o vacilación.

El simple hecho de que lleves tres días enteros dándole vueltas mentales al asunto significa necesariamente que hay algo más profundo ahí dentro de ti.

Tiene toda la razón del mundo, joder. Esa es precisamente la parte que más rabia interna me provoca en este momento.

Porque cuando dejo deliberadamente de pensar en Álvaro, en la llamada telefónica fatídica, en la mentira que le costó los últimos minutos conscientes de su vida sintiéndose completamente despreciado por la persona que más quería en el mundo entero, y me permito pensar únicamente en Sara —en cómo ha cargado completamente sola con este peso durante cuatro años enteros, en cómo se le rompió literalmente la voz al confesármelo todo, en el valor emocional enorme que hizo falta para decírmelo finalmente en lugar de seguir escondiéndolo indefinidamente— algo dentro de mí simplemente no puede odiarla del todo, por mucho que lo intente racionalmente.

Tenía apenas diecinueve años en aquel momento.

Estaba profundamente asustada y confundida emocionalmente.

Cometió un error humano comprensible que ninguno de los dos puede deshacer retroactivamente ahora, y ha pasado cuatro años enteros castigándose brutalmente a sí misma por ello de una forma mucho más severa de lo que yo jamás podría castigarla intencionadamente.

Eso no significa automáticamente que no me duela profundamente toda esta situación. Significa simplemente que el dolor genuino y la comprensión racional, esta vez en concreto, podrían no ser necesariamente mutuamente excluyentes entre sí.

El cuarto día consecutivo, encuentro finalmente un mensaje suyo que no ha vuelto a escribirme desde el primer día de silencio:

"No espero en absoluto que me perdones completamente. Solo necesitaba desesperadamente que supieras la verdad completa, aunque duela muchísimo escucharla. Estaré aquí disponible cuando estés listo para hablar con calma, si es que alguna vez llegas a estarlo realmente."

Leo el mensaje completo siete veces seguidas, analizando cada palabra cuidadosamente. Y en la octava lectura, finalmente, escribo una respuesta breve.

"Estoy listo para hablar. ¿Puedes venir al parque donde hablamos la última vez?"

Su respuesta llega en menos de un minuto completo, casi instantáneamente.

"Voy ahora mismo para allá."

Me quedo mirando la pantalla del móvil durante un rato largo después de enviar ese mensaje, sintiendo una mezcla extraña de alivio y nerviosismo anticipatorio ante la conversación que se avecina.

Bruno, que ha estado observándome en silencio desde el otro lado de la habitación compartida, se acerca finalmente y me da una palmada firme en el hombro.

—Sea lo que sea que decidas hacer al final, tío, confío completamente en tu criterio. Llevas cuatro años enteros siendo mi mejor amigo y el capitán más leal que este equipo ha tenido nunca. Sabrás tomar la decisión correcta para ti mismo.

Antes de salir, reviso mi aspecto brevemente en el espejo pequeño de la habitación, no por vanidad, sino porque necesito sentirme de alguna manera preparado, presentable, para lo que sea que esta conversación traiga consigo. Bruno me observa desde la cama, con una sonrisa comprensiva.

—Vas a estar bien, Nico. Pase lo que pase esta noche, vas a salir de esta conversación siendo una persona más completa de lo que eras hace cuatro días.

Sus palabras, cargadas de una sabiduría inesperada viniendo de alguien que normalmente prefiere el humor a la profundidad emocional, se me quedan resonando mientras salgo finalmente de la residencia hacia el parque, caminando bajo un cielo nublado de finales de septiembre, con el corazón latiendo con una mezcla compleja de miedo genuino y esperanza tentativa que no experimentaba desde hace muchísimo tiempo ya.

Durante el camino, repaso mentalmente todo lo que quiero decirle, aunque sé perfectamente que en cuanto la vea sentada en ese banco, probablemente todas mis palabras cuidadosamente ensayadas se desmoronarán y tendré que improvisar desde la sinceridad más pura, sin ningún guion preparado que me proteja de decir algo equivocado.

Paso por delante de la cafetería donde solíamos reunirnos para el trabajo de Sociología antes de que todo se complicara emocionalmente entre nosotros, y por un momento me detengo, recordando la primera vez que la vi allí sentada, nerviosa, evitando mi mirada.

Han pasado apenas unas semanas desde entonces, pero se siente como si hubiera transcurrido toda una vida entera de altibajos emocionales condensados en un periodo de tiempo tan breve.

Un grupo de estudiantes pasa corriendo a mi lado, riéndose de alguna broma que no alcanzo a escuchar completamente, ajenos por completo a la tormenta emocional que llevo cargando por dentro.

Envidio brevemente su despreocupación, esa ligereza propia de quien todavía no ha tenido que enfrentarse a pérdidas irreparables ni a secretos que amenazan con destrozar todo lo construido.

Cuando finalmente veo a Sara aparecer por el camino de gravilla, con el pelo recogido en una coleta apresurada y una expresión de determinación mezclada con vulnerabilidad evidente, me levanto del banco y camino a su encuentro, notando el nerviosismo evidente en su forma de caminar, en cómo se ajusta constantemente la manga de la chaqueta como si necesitara algo con lo que ocupar las manos.

—Gracias por venir —dice, sentándose a una distancia prudente en el banco.

—Gracias a ti por estar dispuesta a hablar después de todo lo que ha pasado estos días.

Nos quedamos en silencio un momento, ambos reuniendo el valor necesario para lo que viene a continuación, mientras el viento otoñal mece suavemente las ramas de los árboles que rodean el parque, como si la propia naturaleza quisiera darnos un momento de calma antes de la conversación decisiva que se avecina.