Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 12
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Capítulo 12

POV: Sara

Vamos caminando en silencio hasta un banco apartado del parque cercano al estadio universitario, lejos completamente del ruido de la gente que todavía celebra la victoria del partido.

Nico se sienta a mi lado, esperando pacientemente, con una paciencia que sinceramente no sé de dónde ha conseguido sacar después de cuatro años enteros de preguntas sin respuesta satisfactoria.

Respiro hondo varias veces seguidas, intentando calmar los nervios. Es ahora o nunca, no hay más margen posible para seguir postergando esto indefinidamente.

—Aquella tarde específica, semanas antes del accidente, cuando estábamos guardando las bicicletas juntos en el cobertizo de tu casa...

—empiezo a hablar despacio, y noto cómo se le tensa inmediatamente todo el cuerpo a mi lado, como si ya intuyera con anticipación de qué le estoy hablando exactamente—.

Pasó algo importante entre nosotros dos en ese momento.

Un instante concreto. No llegamos a besarnos del todo, pero estuvimos muy cerca de hacerlo.

—Me acuerdo perfectamente de ese momento —dice él en voz baja—. Nunca hablamos abiertamente de eso después de que ocurriera.

—Porque Álvaro nos vio en ese instante exacto. Desde la ventana de su habitación.

Nico se queda completamente inmóvil de golpe, como si le hubiera caído encima un peso físico real.

—¿Qué me estás diciendo?

—Me lo confesó esa misma noche fatídica, por teléfono.

Once minutos exactos antes del accidente que le costó la vida.

Me llamó completamente destrozado emocionalmente, Nico, preguntándome directamente si yo sentía algo real por ti, si lo nuestro —lo tuyo y lo mío juntos— había sido auténtico o si simplemente se lo había imaginado todo en su cabeza.

—¿Álvaro sentía algo por...? —Nico no consigue terminar la pregunta completa, pero tampoco hace falta que lo haga.

—Sí, exactamente eso. Llevaba tiempo considerable sintiendo algo profundo por mí, aunque yo no lo sabía con certeza, o quizás no quería saberlo conscientemente, hasta el momento exacto de esa llamada telefónica.

Y cuando me preguntó directamente si tú y yo...

le respondí que no, que no había nada entre nosotros.

Le dije que había sido simplemente un error momentáneo, que no significaba absolutamente nada real, que se lo estaba imaginando todo por su cuenta.

Se me quiebra completamente la voz al continuar hablando. Cuatro años enteros guardando este secreto en silencio y ahora que por fin sale a la luz, sale como un torrente incontrolable que no consigo detener de ninguna manera.

—Le mentí descaradamente, Nico. Le mentí porque tenía muchísimo miedo de lo que sentía realmente por ti en ese momento, y porque no sabía absolutamente cómo decirle a mi mejor amigo de toda la vida que quizás sí, que quizás había algo genuinamente real entre tú y yo que merecía la pena explorar.

Y colgó el teléfono completamente dolido, enfadado consigo mismo, sintiéndose estúpido por haberse hecho ilusiones infundadas.

Cogió el coche familiar once minutos exactos después de colgar.

Nunca sabré con total certeza si iba pensando obsesivamente en esa conversación, si conducía distraído por mi culpa directa, pero he vivido cuatro años enteros con la certeza devastadora de que la última conversación real que tuvo con alguien a quien quería profundamente fue una mentira mía que le rompió el corazón en pedazos.

El silencio que sigue a mi confesión es, sin ninguna duda, el más largo y pesado de toda mi vida entera.

—Por eso desapareciste completamente de mi vida —dice Nico finalmente, con la voz completamente rota por la emoción—.

No fue porque hiciéramos algo objetivamente mal entre nosotros.

Fue porque... —se detiene un momento, procesando visiblemente toda la información nueva—.

Porque pensabas honestamente que lo habías matado tú misma con esa mentira.

—Pensaba, y sigo pensando muchas noches, que lo había empujado directamente a ese coche fatídico con el corazón completamente roto por una mentira que le dije únicamente para protegerme emocionalmente a mí misma de mis propios sentimientos confusos.

Y no sabía cómo continuar viviendo con ese peso enorme, ni cómo mirarte honestamente a la cara sabiendo que la razón última por la que tu hermano murió esa noche específica podría tener mi nombre completo escrito encima de alguna manera simbólica.

Nico se levanta abruptamente del banco, se aleja varios pasos de distancia, se pasa ambas manos por el pelo repetidamente en un gesto que reconozco perfectamente de cuando algo lo desborda emocionalmente por completo.

No dice absolutamente nada durante lo que me parece una eternidad completa, y cada segundo adicional de su silencio se me clava más profundamente que cualquier palabra directa podría haberlo hecho jamás.

—Necesito tiempo para procesar todo esto —dice finalmente, sin mirarme directamente a los ojos—. Sara, necesito... necesito estar solo un tiempo con toda esta información nueva.

—Lo entiendo perfectamente, de verdad.

—No estoy del todo seguro de que realmente lo entiendas en profundidad.

—Se gira hacia mí entonces, con los ojos completamente llenos de una mezcla compleja de dolor genuino y algo más que no consigo identificar del todo—.

Cuatro años enteros, Sara. Cuatro años completos pensando que yo había hecho algo mal personalmente, cuando en realidad tú llevabas todo este tiempo cargando sola con este peso enorme, sin dejarme ayudarte en ningún momento, sin permitirme cargar ni siquiera la mitad de este dolor compartido que nos pertenecía a los dos por igual.

Se marcha caminando sin decir nada más, dejándome completamente sola en el banco con el corazón hecho pedazos otra vez, aunque de una manera bastante distinta a como se rompió hace cuatro años completos.

Esta vez, al menos, se rompe definitivamente con la verdad puesta sobre la mesa entre nosotros dos.

Y eso, por muy doloroso que resulte en este momento presente, se siente como el primer paso real y auténtico hacia algún tipo de futuro posible entre los dos.

Me quedo sentada en el banco mucho después de que Nico se haya marchado, viendo cómo el parque se va vaciando gradualmente a medida que avanza la noche, hasta que solo quedan las farolas iluminando el camino de gravilla y el sonido lejano de la ciudad universitaria todavía celebrando la victoria del partido.

Saco el móvil y le escribo un mensaje a Clara, sin entrar en detalles concretos: "Le he contado todo.

No sé cómo va a terminar esto." Su respuesta llega casi inmediatamente: "Estoy aquí si necesitas hablar o simplemente que alguien te haga compañía. Voy para allá."

Diez minutos después, Clara aparece caminando por el parque, todavía en pijama con una chaqueta encima, sin haberse molestado en cambiarse de ropa antes de salir corriendo a buscarme.

—No hacía falta que vinieras así —le digo, aunque en el fondo agradezco enormemente su presencia inmediata.

—Por supuesto que hacía falta. Eres mi mejor amiga aquí en Valencia, y suenas destrozada. Ven aquí.

Me abraza con fuerza, sin preguntar detalles que no estoy preparada para compartir todavía, y nos quedamos así, sentadas juntas en el banco frío, durante un buen rato, mientras yo lloro silenciosamente contra su hombro toda la tensión acumulada de los últimos meses.

—¿Va a estar bien? —pregunta finalmente Clara, cuando mis lágrimas empiezan a disminuir.

—No lo sé. Necesita tiempo para procesar todo lo que le he contado. Y no sé si ese tiempo terminará en que me perdone, o en que decida que es mejor alejarse definitivamente de mí.

—Sea lo que sea que decida, Sara, tú has hecho lo correcto contándole la verdad al final. Eso cuenta para algo, ¿no crees?

Asiento, aunque por dentro la incertidumbre sigue pesándome enormemente.

Clara me acompaña de vuelta al piso compartido, preparándome un té caliente que apenas consigo beberme antes de meterme en la cama, agotada emocionalmente después de la conversación más difícil que he tenido en cuatro años enteros, sin saber todavía qué va a deparar el amanecer para la relación que tan cuidadosamente hemos empezado a reconstruir estas últimas semanas.

A la mañana siguiente, me despierto con los ojos hinchados de tanto llorar la noche anterior, y durante un instante, antes de recordar completamente lo sucedido, experimento una calma engañosa que se desvanece rápidamente en cuanto los recuerdos de la conversación en el parque vuelven a inundarme por completo.

Reviso el móvil compulsivamente, sin encontrar ningún mensaje nuevo de Nico, y esa ausencia de comunicación, aunque comprensible dado lo que acaba de vivir, se siente como una losa adicional sobre el pecho.

Clara insiste en que vaya a clase de todos modos, argumentando que quedarme encerrada rumiando no va a ayudar a nada, y aunque cada fibra de mi ser preferiría quedarme en la cama todo el día, reconozco que tiene razón.

Paso la jornada entera en un estado de distracción constante, incapaz de concentrarme plenamente en ninguna explicación, con el móvil vibrando ocasionalmente en el bolsillo por notificaciones que resultan ser de cualquier cosa menos de Nico.