Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 11
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Capítulo 11

POV: Nico

El estadio universitario nunca se llena tanto de gente como para un partido de temporada regular cualquiera, pero el derbi tradicional contra el equipo de Barcelona siempre consigue convocar hasta a los estudiantes que normalmente nunca pisan las gradas el resto del año académico.

Desde el túnel de vestuarios, mientras me ato los botines por segunda vez en este capítulo específico de mi historia personal, busco entre la multitud congregada sin querer admitirme del todo a mí mismo a quién estoy buscando exactamente.

La encuentro finalmente en la tercera fila de gradas, con una bufanda oficial de nuestro equipo que estoy completamente seguro de que Clara la obligó a comprar en algún momento de esta semana, gritando algo que no llego a escuchar con claridad desde esta distancia pero que reconozco perfectamente por la forma que adopta su boca al pronunciarlo: mi propio nombre repetido con entusiasmo.

Algo se me asienta profundamente en el pecho que no sentía desde hace muchísimo tiempo ya.

No es simplemente la adrenalina habitual previa a cualquier partido importante.

Es la certeza extraña y cálida de que hay alguien específico entre esas gradas abarrotadas apoyándome a mí en particular, después de cuatro años enteros en los que aprendí forzosamente a jugar sin buscar activamente a nadie concreto entre el público asistente.

El partido resulta duro desde el primer minuto de juego.

El equipo de Barcelona llega considerablemente mejor preparado físicamente que nosotros, pero jugamos con algo que ellos claramente no poseen: rabia competitiva acumulada durante toda una temporada anterior que perdimos por muy poco margen.

Recibo un placaje particularmente brutal en el segundo tiempo que me deja completamente sin aire durante varios segundos angustiosos, tumbado boca arriba sobre el césped mientras el árbitro pita falta claramente y el entrenador grita instrucciones desde la banda lateral.

Cuando finalmente consigo levantarme del suelo, busco automáticamente con la mirada la tercera fila de gradas.

Sara está de pie, con ambas manos apretadas contra su propia boca en un gesto de angustia evidente, y durante un segundo completo, solo un segundo eterno, veo reflejado en su cara exactamente el mismo miedo profundo que debió sentir hace cuatro años, en otro momento completamente distinto, con otra llamada telefónica de por medio.

El miedo genuino y paralizante de perder a alguien importante.

Eso me da fuerzas renovadas de una manera que no sabría explicar racionalmente estando en el campo de juego.

Jugamos los últimos veinte minutos del partido como si literalmente nos fuera la vida entera en ello, y cuando finalmente marco el ensayo decisivo en el último minuto de tiempo añadido, con todo el estadio entero rugiendo de emoción colectiva, lo primero que hago instintivamente —antes incluso de que mis compañeros de equipo me tiren al suelo en un abrazo grupal celebratorio— es buscarla otra vez entre el público.

Está llorando abiertamente. Y sonriendo al mismo tiempo. Las dos emociones simultáneas, de esa forma tan particular que solo hacen las personas que llevan mucho tiempo conteniendo algo importante en su interior sin poder expresarlo libremente.

Después del partido, ya duchado y cambiado, con el cuerpo entero lleno de golpes que sé perfectamente que mañana dolerán el doble de intensidad, la encuentro esperándome pacientemente fuera de la puerta del vestuario, apartada deliberadamente del resto de familiares y amigos que esperan a otros jugadores.

—Has estado absolutamente increíble ahí dentro —dice, con la voz todavía visiblemente temblorosa por la emoción acumulada del partido.

—Estabas asustada de verdad. Durante el placaje ese.

—Estaba completamente aterrorizada, Nico —admite con sinceridad total, y hay algo en esa honestidad cruda que me atraviesa de una forma completamente nueva—. Cuando te has quedado tumbado en el suelo sin moverte... he pensado, durante dos segundos horribles y eternos, que...

No termina la frase completa. No hace falta que lo haga. Sé exactamente en qué ha estado pensando, en qué piensa siempre instintivamente cuando alguien que le importa profundamente se queda quieto en el suelo durante demasiado tiempo seguido.

—Estoy perfectamente bien —digo, acercándome un paso más hacia ella—. Sara, estoy aquí contigo, completamente entero.

—Lo sé, lo sé racionalmente. —Dos lágrimas más se le escapan sin que intente contenerlas esta vez—. Y precisamente por eso ya no puedo seguir esperando más tiempo. Tengo que contarte la verdad completa. Esta misma noche, sin más demoras.

El corazón me da un vuelco emocional que no tiene absolutamente nada que ver con el partido que acabo de ganar hace apenas media hora.

—¿Esta noche, en serio? —repito, necesitando confirmación.

—Esta noche exactamente —confirma ella con determinación—. Todo, Nico, absolutamente todo. Te lo debo desde hace demasiado tiempo ya.

Bruno aparece entonces, todavía sudado y con la camiseta del equipo manchada de césped, interrumpiendo el momento con su habitual falta de tacto.

—¡Ferrer! ¡Menudo ensayo el del final, tío! Todavía no me lo creo. —Se fija entonces en la expresión seria de ambos, y su entusiasmo se atenúa ligeramente—. ¿Interrumpo algo importante?

—No, Bruno, tranquilo. Solo estábamos hablando.

—Vale, pues nada, os dejo. Pero luego te espero en la celebración del equipo, ¿eh? No te me escapes esta noche, Ferrer, que la victoria hay que celebrarla como se merece.

Se aleja hacia el resto de compañeros que ya empiezan a organizarse para la celebración prevista, dejándonos de nuevo a solas frente al vestuario, con la promesa de la conversación pendiente flotando entre los dos como una nube cargada de electricidad estática.

—¿Vas a poder escaparte de la celebración del equipo? —pregunta Sara, con una sonrisa nerviosa asomando en su cara.

—Por esta conversación, cancelaría cualquier celebración del mundo, Sara. No te preocupes por eso.

Nos despedimos brevemente, acordando encontrarnos en el parque en un par de horas, tiempo suficiente para que yo pueda ducharme, cambiarme, y hacer una aparición breve pero necesaria en la celebración del equipo antes de escabullirme discretamente.

Durante esas dos horas de espera, mientras finjo participar del ambiente festivo del vestuario, con música alta y gritos de celebración por todas partes, no consigo pensar en otra cosa que no sea la conversación que se avecina, repasando mentalmente todas las posibles verdades que Sara podría estar a punto de confesarme, ninguna de las cuales, sospecho, se acercará siquiera a la magnitud real de lo que estoy a punto de escuchar.

Cuando finalmente consigo escabullirme de la celebración, con la excusa de un dolor de cabeza que nadie cuestiona demasiado dado el esfuerzo físico del partido, camino hacia el parque con el corazón latiendo con fuerza, no solo por el esfuerzo del partido, sino por la anticipación de lo que está a punto de suceder.

Las calles de Valencia, todavía animadas por la celebración de otros aficionados que han visto el partido por televisión en bares cercanos, contrastan enormemente con el silencio contemplativo que reina dentro de mi propia cabeza mientras avanzo hacia el encuentro decisivo con Sara.

Paso junto a un grupo de aficionados del equipo contrario, todavía vestidos con los colores de Barcelona, comentando con resignación deportiva el resultado del partido, y no puedo evitar sentir una punzada de orgullo renovado al recordar el ensayo decisivo que marqué en el último minuto.

Pero ese orgullo se desvanece rápidamente en cuanto mis pensamientos vuelven, inevitablemente, a la conversación que está a punto de suceder.

Llego al parque unos minutos antes de la hora acordada, y me siento en nuestro banco habitual, observando cómo las hojas de los árboles cercanos empiezan a teñirse de los primeros tonos anaranjados propios del otoño incipiente.

El aire fresco de la noche contrasta con el calor residual de mi cuerpo después del esfuerzo físico del partido, y agradezco esa sensación de frescor como una manera natural de calmar los nervios que llevo acumulando desde que Sara pronunció aquellas palabras decisivas fuera del vestuario.

Cuando finalmente la veo aparecer por el camino de gravilla, todavía con la bufanda del equipo puesta, camino hacia ella con el corazón latiendo con una mezcla de amor y terror que nunca había experimentado con tanta intensidad simultánea.