Capítulo 10
POV: Sara
El trabajo de Sociología avanza mucho más rápido de lo que había anticipado inicialmente, quizás precisamente porque trabajar codo con codo con Nico ya no se siente como una especie de examen de resistencia emocional constante, sino más bien como algo que empiezo a esperar con una parte de mí misma que sinceramente no debería sentirse tan contenta ante la perspectiva.
La profesora Aguirre nos pide una presentación oral parcial obligatoria para la semana siguiente, lo cual implica necesariamente más tardes compartidas juntos, más cafés compartidos en la cafetería concurrida de la facultad, más momentos específicos en los que consigo olvidar, aunque sea solo por minutos enteros seguidos, absolutamente todo lo que todavía no le he contado con detalle sobre aquella noche.
—Tu equipo juega el sábado que viene, ¿verdad? —le pregunto una tarde, mientras revisamos juntos las diapositivas de la presentación por enésima vez consecutiva.
—Sí, contra el equipo de Barcelona. Es el primer partido realmente importante de toda la temporada actual.
—¿Te pone nervioso jugar contra ellos?
—Un poco, la verdad —sonríe, un gesto que hace tan pocas veces delante de mí que cada vez que ocurre siento que he ganado personalmente algo valioso—. Pero bastante menos nervioso que esto de aquí, sinceramente.
Señala la pantalla del portátil con un gesto vago de la cabeza, aunque ambos sabemos perfectamente que no está hablando en realidad de la presentación académica en absoluto.
Esa misma noche, mientras reviso mis apuntes de clase sentada en mi cama de la residencia, Clara entra en mi habitación sin llamar previamente a la puerta, como hace siempre desde que nos conocimos, y se tira boca abajo sobre mi cama con el móvil todavía en la mano.
—Vale, ya está bien de evasivas. Cuéntame de una vez qué pasa exactamente con el chico de rugby ese —dice, sin ningún tipo de rodeo previo—. Llevas toda la semana entera con cara de estar librando algún tipo de guerra interna silenciosa.
Podría mentirle fácilmente, como llevo haciendo con prácticamente todo el mundo desde hace cuatro años completos.
Pero Clara es la única persona en toda Valencia que no conoce absolutamente nada de mi pasado complicado, que no sabe nada sobre incendios metafóricos ni sobre hermanos muertos trágicamente ni sobre llamadas telefónicas de exactamente once minutos de duración, y por esa misma razón específica, quizás, es la única persona a la que puedo contarle una versión parcial y editada de la verdad sin que se me rompa completamente la voz en el proceso.
—Lo conozco de hace mucho tiempo, desde niños en realidad. Y hay algo importante entre nosotros que nunca llegamos a resolver del todo en su momento.
—¿Algo bueno o algo directamente tóxico y complicado?
—Sinceramente, creo que las dos cosas a la vez.
Clara suelta una carcajada corta y espontánea ante mi respuesta.
—Eso describe literalmente a todos mis ex hasta la fecha, así que no te preocupes tanto por esa ambigüedad emocional, es bastante normal.
Me río genuinamente ante su comentario, pero por dentro algo se aprieta, porque lo que tengo actualmente con Nico no se parece en nada a lo que Clara podría imaginarse desde fuera con la información limitada que le he dado.
No es simplemente química física evidente ni tampoco solo historia compartida de la infancia ni la atracción indudable que crece cada vez que estamos físicamente en la misma habitación juntos.
Es culpa profunda y constante. Es una deuda emocional de cuatro años enteros que necesito pagar de alguna manera antes de permitirme sentir nada más significativo con él, porque cualquier cosa que construyamos juntos ahora mismo estará edificada sobre una mentira fundamental, y las mentiras, aprendí de la forma más dolorosa posible en mi vida, siempre encuentran la manera de incendiarlo absolutamente todo tarde o temprano.
—Voy a contarle la verdad completa —digo, hablando más para mí misma en realidad que directamente para Clara—. Pronto, muy pronto.
—¿Contarle la verdad sobre qué exactamente?
—Sobre algo que pasó hace mucho tiempo ya. Algo que le debo desde hace demasiado tiempo.
Clara me mira entonces con una seriedad poco habitual en ella, dejando de lado por un momento su tono habitualmente desenfadado.
—Pues hazlo pronto entonces, Sara, en serio te lo digo como amiga. Se te nota clarísimamente en la cara que te está pesando demasiado ese secreto que sea.
Tiene toda la razón del mundo, por supuesto.
Lo sé perfectamente desde hace cuatro años completos ya.
Pero saber algo racionalmente y tener el valor emocional necesario para decirlo en voz alta son dos cosas completamente distintas entre sí, y yo llevo toda mi vida adulta siendo mucho mejor en la primera categoría que en la segunda, evitando sistemáticamente cualquier confrontación directa con mis propios sentimientos más profundos.
Clara se queda un rato más en mi habitación, esta vez en silencio, simplemente haciéndome compañía mientras yo repaso mentalmente una y otra vez las distintas maneras en que podría abordar la conversación con Nico.
Al final, cuando se despide para irse a dormir, me deja con una última reflexión que se me queda grabada.
—Sabes, Sara, a veces las cosas que más tememos decir en voz alta son precisamente las que más necesitan ser dichas. El silencio parece protegernos, pero en realidad solo pospone el dolor, no lo elimina.
Sus palabras resuenan en mi cabeza durante el resto de la noche, mientras intento sin éxito concentrarme en la lectura obligatoria para la clase de literatura comparada de mañana.
Al final, cierro el libro sin haber avanzado prácticamente nada, y decido escribirle un mensaje a Nico, algo simple, solo para mantener el contacto antes de la próxima reunión de trabajo programada para el jueves.
"¿Sigue en pie lo de mañana en la biblioteca?", escribo, y su respuesta llega rápidamente: "Claro, allí estaré. ¿Todo bien?" Dudo un momento antes de contestar, sopesando cuánto revelar en un simple mensaje de texto.
"Sí, todo bien. Solo pensando en muchas cosas últimamente", termino escribiendo, una respuesta deliberadamente vaga que sin embargo parece transmitir algo, porque su siguiente mensaje llega con una calidez que no esperaba: "Si alguna vez necesitas hablar de esas cosas, aquí estoy.
Sin presión, a tu ritmo." Sonrío ante la pantalla del móvil, sintiendo que quizás, después de todo, el camino hacia la verdad completa no tiene por qué ser tan solitario como había imaginado durante estos cuatro años enteros de silencio autoimpuesto.
El jueves siguiente, en la biblioteca, trabajamos con una fluidez renovada, avanzando considerablemente en la presentación oral que tenemos que entregar la semana próxima.
Hacia el final de la sesión, Nico menciona casualmente que el sábado tiene el partido más importante de la temporada hasta ahora, contra el equipo de Barcelona.
—¿Vendrás a verlo? —pregunta, con una naturalidad que no consigue ocultar del todo cierta expectación en su voz.
—Por supuesto que iré. No me lo perdería por nada del mundo.
Su sonrisa ante mi respuesta es genuina, amplia, de esas que consiguen iluminarle completamente la cara de una manera que no le veía desde que éramos adolescentes en el pueblo.
Esa noche, mientras preparo mi bufanda del equipo que Clara insiste en prestarme para la ocasión, siento una expectación nerviosa que hace apenas unas semanas habría parecido completamente impensable sentir por algo relacionado con Nico Ferrer y su equipo de rugby universitario.
—Estás sonriendo como una tonta mirando esa bufanda —comenta Clara, entrando en mi habitación sin llamar como siempre—. ¿Tan emocionada estás por el partido de mañana?
—Un poco, sí. Es raro, nunca me ha interesado especialmente el rugby, pero ahora mismo no puedo pensar en otra cosa que no sea el partido de mañana.
—Eso se llama estar enamorada, Sara, por si todavía no lo habías identificado correctamente.
Me río ante su comentario directo, sin negar del todo la posibilidad, aunque tampoco estoy preparada para confirmarlo abiertamente todavía, ni siquiera ante mí misma.
Terminamos la noche preparando juntas pancartas improvisadas con el nombre de Nico, algo que Clara insiste en hacer "para asegurarnos de que te vea claramente entre el público", y aunque al principio me parece una idea ligeramente excesiva, termino participando con entusiasmo genuino en la elaboración de la pancarta, riéndonos de nuestros intentos poco profesionales de dibujar letras decorativas con rotuladores de colores.